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[Entrevista] Isabel Coixet: «No tenía ni idea de quien era hijo Pablo Larraín»

Protagonizado por Laia Costa y Hovik Keuchkerian, la directora española acaba de estrenar en el Festival de Cine de Zúrich su filme «Un amor», que basado en la novela homónima de su compatriota, la escritora Sara Mesa, ha generado encontradas y controvertidas opiniones dentro de la crítica especializada.

Por Rafael Recuenco Gutiérrez

Publicado el 5.10.2023

La realizadora catalana Isabel Coixet Castillo (Barcelona, 1960) es una de las figuras consulares que se han dado cita durante esta semana en una nueva versión del Festival de Cine de Zúrich, una instancia que se desarrollará hasta este domingo 8 de octubre en el cantón suizo.

En la ocasión, la directora se encuentra presentando fuera de competencia, su nuevo largometraje de ficción, Un amor (2023), basado en la exitosa novela homónima de su compatriota, la narradora madrileña Sara Mesa.

La obra dramática está protagonizada por un elenco de connotados actores ibéricos, el cual es liderado por los intérpretes Laia Costa (la que aborda a Natalia) y Hovik Keuchkerian (un profesional de origen libanés, que encarna al personaje de Andreas).

Ganadora del Goya en ocho oportunidades, y en diferentes categorías audiovisuales que van desde un reconocimiento al mejor guion adaptado, a la mejor película y dos a la mejor dirección, estamos lejos de ser exagerados, si decimos que Coixet es una de las cineastas más internacionales de la industria española, en lo que va de este siglo XXI.

No en vano, la realizadora ha trasladado hacia la pantalla grande obras literarias de Stendhal, Philip Roth, Penelope Fitzgerald, y ha dirigido a una serie de famosos actores que van desde Andrew McCarthy, Monica Bellucci, Penélope Cruz y Ben Kingsley.

Títulos destacados de su filmografía son: Cosas que nunca te dije (1996), A los que aman (1998), Mi vida sin mí (2003), La vida secreta de las palabras (2003), Elegy (2008), La librería (2017) y Elisa y Marcela (2019).

Lo multifacético de su cine, puede deberse a que Coixet es licenciada en historia de formación, una disciplina de la cual se graduó en la Universidad de Barcelona.

Acerca de su novísimo estreno, pero también de las controversias estéticas y actuales de la geografía cinematográfica iberoamericana, se dio tiempo en estos ajetreados días que ha vivido en la ciudad más cara de Europa, para dialogar y reflexionar la destacada artista, junto al Diario Cine y Literatura.

 

Una exhibición con «buen ambiente»

—¿Qué te ha parecido el Zürich Film Festival?

—Creo que la selección de pelis está muy bien, hay cosas muy interesantes y, además, de todo el mundo y de todos los géneros. Es un regalazo esa estructura en el centro de la ciudad, me pareció que había un buen ambiente, lo que pasa es que he estado demasiado resfriada para disfrutarlo (ríe).

Me pareció que está muy bien organizado y, al final, lo que importa es acercar películas al público. Si no se las pones así de céntricas y de curated, pues no irían.

 

«Estar en el mundo»

—¿Qué te aportó la licenciatura de historia en tu carrera como cineasta?

—Yo tengo una obsesión con la historia desde pequeña. Mi obsesión por el cine y mi obsesión por la historia son paralelas. Me parece que la historia te permite saber, o al menos aproximadamente, dónde estás en el mundo. Es decir, cómo sitúas a tu generación en el contexto de otras generaciones, por qué ocurren las cosas.

Creo que la metodología de la historia es muy interesante y a mí me ha ayudado a la hora de escribir guiones. Todo ese trabajo de búsqueda y de interpretación y, en ese sentido, sí que me ha ayudado.

 

—¿Y la publicidad?

—La publicidad me dio soltura, en el sentido de trabajar en muchos países con técnicos de lugares muy diferentes. Me quitó miedo a la cámara, aprendí mucho y, desde luego, la publicidad está mucho mejor pagada que el cine, con lo cual cuando tienes que vivir, está muy bien.

 

«Analizar la conducta humana»

—¿Qué es lo mejor de ser un outsider?

—Lo que pasa es que tú no lo escoges, eres un outsider porque lo eres ya desde pequeño y ya te das cuenta que las dinámicas del grupo tú no las compartes. También te das cuenta que tienes que disimular. Si quieres pasar desapercibido, tienes que disimular que eres un outsider, aunque por dentro te sientas.

¿Ventajas? Te permite una distancia para analizar la conducta humana, te hace estar más en contacto con quien tú eres de verdad. ¿A veces pienso que me hubiera gustado ser menos outsider? Sí, lo pienso, pero ya lo acepto.

 

«Hay que tener conversaciones adultas con los actores»

—¿Qué es lo más difícil de grabar una escena de sexo?

—Las escenas de sexo a mí no parecen difíciles. Siempre digo: ‘tengo que hacer una escena de una masacre’, pues yo no sé muy bien cómo rodaría la masacre. Pero sí que creo que puedo rodar una escena de sexo porque las he vivido, en muchos sentidos, y no me parece tan difícil.

Creo que hay que tener conversaciones adultas con los actores, saber cuáles son sus inhibiciones, si las hay, qué es lo que les puede ir bien o no. Estar a la escucha, estar presente, en el momento que un actor no se siente bien haciendo determinado acto, pues se habla y si conviene no hacerlo, pues no se hace.

Creo que uno puede llegar a transmitir esa sensación de realidad en las escenas de sexo sin tener que hacer allí una especie de teatro del horror ni de pornografía.

 

—En Un amor hay un personaje que me pareció fascinante, Roberta, que estaba en el paradigma de loca-cuerda. ¿Bebe de la realidad este personaje?

—Cuando he conocido o estado con gente con demencia o alzhéimer, siempre me ha parecido que, evidentemente, el 80 por ciento del tiempo no están allí, están en mundo al que tú no tienes acceso. Pero, sí que es alucinante que en un momento, de repente, se muestran super cuerdos y eso siempre me choca.

Me acuerdo que mi abuela, que tenía casi 100 años, tuvo en los años finales algo de demencia, de repente, te decía algo como super cuerdo, con mucho sentido y te dejaba K.O. Porque tú tenías el chip de esta persona no está bien y luego resultaba que había momentos que sí estaba y estaba muy presente y la demencia no existía, eso me chocó siempre.

 

«Al final, las cosas no tienen tanto secreto»

—Laia Costa tiene un arco de personaje brutal, ¿cómo ha sido esta construcción de Nat?

—Yo sé que Laia es una persona muy diferente de Nat, era muy consciente que iba a ser un personaje que no tenía nada que ver con ella. Cuando hicimos Foodie Love, sí que había cosas que ella podría estar más cerca o que las podía comprender mejor.

Una de las buenas cosas de Laia es que es capaz de interpretar un personaje que poco tiene que ver con ella. La cosa es sentarse, hablar mucho, hacer muchas preguntas y tampoco hay un secreto. Creo que todo el mundo busca una especie de secreto hacia las cosas y, al final, las cosas no tienen tanto secreto.

 

«Lo que me interesa es el ritmo de las palabras»

—¿Qué porcentaje hay de ensayo y de improvisación en las actuaciones del elenco?

—A mí me gusta improvisar, pero, a la vez, me gusta improvisar a partir de cosas muy habladas y muy de texto. Cuando estamos ensayando, tú te das cuenta de los momentos en los que no funciona el texto, los momentos que tú habías puesto una pausa y notas que no tiene sentido.

Los diálogos de la película creo que no hay nada que no estuviera en el guion. A mí, más que las palabras, lo que me interesa es el ritmo de las palabras y también como la gente se mueve, como un suelo determinado y unas zapatillas determinadas te dan una manera de andar diferente. La manera de andar de un personaje, para mí, dice mucho más que muchas palabras o muchos diálogos.

Siempre pienso que mi único secreto, si lo hay, es dar un ambiente de confianza y, sobre todo, a partir de que tú escoges unos actores, pues a muerte con ellos. Y, desde luego, escuchar también lo que tenga que decir, que eso es importante.

 

—Dijiste que te dan miedo los gatos, ¿es por eso que Nat tiene un perro y Andreas un felino?

—Eso estaba en el guion. A mí los gatos, no sé, me gustan más los perros. También he tenido gatos, pero lo que pasa es que soy alérgica.

 

«Tienes que sufrir un poco para ofrecer algo»

—»La película, en realidad, es mi venganza de todos los cabrones e hijas de puta que me han hecho la vida más difícil», dijiste en una entrevista en San Sebastián, ¿crees que del sufrimiento y el dolor salen cosas bonitas cuando se traducen al arte?

—No lo sé. Durante mucho tiempo he tenido la idea de que sí, de que tienes que sufrir un poco para ofrecer algo que tenga sentido, pero ahora no lo sé. Pienso que a veces uno sufre de más y no hace falta tanto sufrimiento, la verdad.

 

Polémica por «El conde» de Pablo Larraín

—»Vida pasadas de hoy» fue un artículo que publicaste el domingo 1 de octubre en el suplemento «El Correo» de El Periódico sobre la nueva película El conde de Pablo Larraín, ¿sabías que él es hijo de Hernán Larraín, un jerarca del régimen de Pinochet y exministro de Justicia y DD.HH. de Sebastián Piñera, amigo y defensor durante décadas de la Colonia Dignidad, y que visitó el enclave después del golpe de Estado, y un lugar donde existen hasta el día de hoy fosas comunes con los restos de miles de prisioneros políticos, y en el cual también se produjeron torturas y abusos sexuales a menores?

—La verdad es que yo no tenía ni idea, lo he sabido después, porque mucha gente me ha escrito por el artículo, mucha gente chilena, por ejemplo. Un espectador japonés no tiene por qué saber todo esto.

En Chile yo entiendo que cuando estás tan cerca de una historia te cuesta un poco ver que otras personas pueden verlo desde un punto de vista o un planteamiento diferente. A mí me gusta que él haya optado por una película de género para contar un poco lo que ocurrió en su país.

En ese sentido, la película, al margen de su vinculación personal, o no, con los hechos, de esto yo no tenía ni idea.

A mí me gustan las películas de Pablo Larraín, nunca se me ocurrió mirar si es rico o no. Claro, si empezamos así, pues dices: ‘que fácil lo ha tenido mucha gente, hijos de ricos, para llegar al cine’. Si empezamos así, descalificaríamos al 80 por ciento de los cineastas. A mí no, porque soy hija de pobres (ríe).

Además, mi pareja trabajó en el caso Pinochet mucho tiempo, colaboró con el juez Garzón y yo he hecho un documental sobre Garzón (Escuchando al juez Garzón, de 2011). Conozco mucha gente que está escribiendo sobre cuando se le detuvo en Londres (a Pinochet), qué ocurrió, cómo.

Me parece que la manera que él tiene (Larraín) de abordar el caso como algo más allá de lo humano, a mí me pareció que tenía sentido. Entiendo que hay gente que está afectada de una manera directa por la historia reciente de Chile, pues igual le parece una abominación, cuento con ello.

A mí desde fuera, como espectador, me pareció que es una fórmula muy válida.

 

«Nadie es profeta en ningún sitio»

—¿Es cierto eso de que «nadie es profeta en su tierra»? ¿Te sientes más querida fuera de las fronteras de España?

—Yo me siento querida en España. Creo que hay mucha gente que les gustan mis películas, que se identifican con ellas y conmigo y también fuera.

Lo de profeta en su tierra… yo creo que nadie es profeta en ningún sitio.

 

 

 

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Rafael Recuenco Gutiérrez es graduado en periodismo por la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).

 

 

 

 

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Rafael Recuenco Gutiérrez

 

 

Imagen destacada: Isabel Coixet.

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