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[Entrevista] René Araya: «El modelo de campo de concentración ha reemplazado a la polis en nuestras democracias»

El escritor y psicólogo chileno acaba de presentar su obra de ficción «Buen pastor», un motivante y ambicioso texto que según su propia definición corresponde a una novela «biopolítica», matizada por el misterio antropológico del cristianismo —»la religión de la derrota y de los perdidos»—, y la cual aborda en su trama y en su argumento, el sentimiento apocalíptico que caracteriza a un sociedad capitalista.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 19.12.2023

Buen pastor (Ediciones del Gato, 2023) es una novela, dividida en tres secciones, que revela el proceso de deterioro de un hábitat completo. Su autor, René Araya (Iquique, 1980), construye una narración en la que es posible ver una serie de veladas denuncias, a partir del modo en que la voz narrativa observa y describe el caos que lo rodea a él y a la sociedad entera.

Con un tono que mezcla cinismo, abulia e indiferencia moral (atravesado por una curiosa pulsión religiosa), Buen pastor comienza con el núcleo que es una pareja. Tenemos a la esposa, descrita por su protagonista en primera persona, como la mujer elefante. Aunque él mismo es obeso, las críticas se dirigen a la mujer, quien, a pesar de haberse sometido a cirugía bariátrica, resulta repulsiva y le hace pensar en: «un paquidermo… un elefante hembra».

Víctimas de trastornos alimenticios y de distorsiones orgánicas, los cuerpos protagonistas son reflejo de la toxicidad en la que habitan. Aquí confluyen iconos biopolíticos diversos como la oveja Dolly, Babe, el cerdito valiente, y marcas reconocibles por ser verdaderas empresas de explotación (Nike, Netflix, Adidas, KFC, HBO).

El ecosistema está sufriendo una transformación y el espacio urbano resalta por su desajuste. El caos que genera se asemeja a una película post-apocalíptica: «Cuando veía ese lugar, imaginaba que así luciría el mundo dentro de un par de décadas. Un basural gigantesco».

Así, el protagonista, que no tiene nombre, representa al típico trepador neoliberal. Se trata de un veterinario sin vocación: «… a mí los animales me han importado siempre muy poco…». Aunque es veterinario, debe buscar en Google la información que le indique de qué se alimentan las ovejas.

No hay vocación, sino puro cinismo. Su trabajo es enfrentado con banal pragmatismo: «Me encargaba… de verificar el daño que los productos hacían sobre la piel y ojos de conejos y cobayas…». Más adelante, admite que: «para mí se volvió un hecho trivial ver a los animales en condiciones lamentables…».

Él dice no tener inconveniente «en morder la mano que me alimenta» y reconoce que el logo: «NOT TESTED ON ANIMALS de nuestros envases era una farsa. Basura».

Hay mucho que ponderar aquí en torno a debates políticos, como el enarbolado por los antivacunas, por ejemplo, la industria farmacéutica, y su depredación que ni siquiera tiene el «cuidado de deshacerse de toda la evidencia». Esto ocurre en una sección donde las noticias anuncian que en un vertedero de Quilicura han encontrado montañas de animales muertos: «conejos, cobayas y ratas de laboratorio, algunos de los cadáveres tenían todavía las etiquetas numeradas con el logo de la farmacéutica prendadas en las orejas».

Además de escritor, René Araya es psicólogo, docente y magister en ciencias sociales con estudios en literatura y lingüística hispánica. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda para la creación poética.

En efecto, y antes de Buen pastor, publicó el libro de cuentos Crueles y salvajes (Ediciones del Gato, 2022), la novela Cautiverio feliz (Editorial Ril, 2022), y los ensayos Apocalipsis: la política del desconcierto (Editorial Estrategik, 2019) y Obama: escenas del fin de la política (Editorial Estrategik, 2016). Asimismo, sus relatos y crónicas han sido considerados en diversos libros compilatorios.

 

«Buen pastor es una historia de animales, es una fábula»

—La animalización es un recurso nítido en el texto y esto se lleva a la referencia de la Biblia: «ese fragmento en que dicen de Jesús que fue como cordero al matadero… sin oponer ninguna clase de resistencia».

—Ese episodio bíblico ha resultado siempre fascinante para mí. Es una historia que oímos desde niños, tal vez porque hay algo de fábula en el pasaje. Durante mi infancia me llamaba la atención el hecho de que un pastor fuera capaz de arriesgar a casi todo su rebaño por ir detrás de una oveja que no sabe en qué condiciones encontraría, siquiera si la oveja estará dispuesta a regresar.

De niño, me costaba trabajo comprender que eso pudiera resultar conveniente en alguna forma. Tarde o temprano, comprendes la metáfora que es, de hecho, en mi opinión, una de las metáforas más fundamentales del cristianismo, la religión de la derrota y de los perdidos.

La religión que dice: «deshazte de todos tus bienes y sígueme a deambular», la religión que ordena poner la otra mejilla cuando alguien te da una bofetada. En fin, en Buen pastor, en principio, la metáfora aparece en su modo más obvio y literal.

En nuestras sociedades, los ciudadanos vamos hacia el matadero sin chistar. En el caso de la novela se plantea una crítica a las conductas que asumimos como ciudadanos a propósito de las medidas sanitarias que se tomaron en la crisis sanitaria por el coronavirus.

A mí me resultaba increíble que todos estuvieran tan disponibles para que las libertades individuales fueran suprimidas del modo en que se hizo. Nadie objetó, no de modo especialmente elocuente. Fuimos silentes al matadero. Ovejas que nadie vendrá a rescatar.

Para mí, la crisis del coronavirus volvió a poner en relieve la idea de Giorgio Agamben de que el modelo de campo de concentración ha reemplazado a la polis en nuestras democracias. La lógica del campo nos rodea por doquier: en los supermercados, en los aeropuertos, en los estadios de fútbol, espacios en los que inevitablemente tenemos la sensación de que transitamos por lugares en que nuestros derechos pudieran ser puestos en suspenso.

En ese sentido, quise conectar también con la idea de un texto que remitiera de cierto modo a la idea de fábula, pero a una fábula degradada, inoperante, es decir, una fábula de la que ya no es posible obtener ninguna clase de moraleja. Después de todo, las fábulas tenían sentido cuando existía algo que podíamos reconocer como sabiduría.

La sabiduría ya no existe. En lugar de eso existe la información, el big data, la minería de datos. La degradación de la fábula —como expresión de sabiduría— quedó desvirtuada ya con la aparición de los dibujos animados. El animal dejó de ser fuente de experiencia interpretable y pasó a ser motivo de ridículo.

Pensemos en el Coyote: una y otra vez se enfrenta a los mismos riesgos y peligros, pero es incapaz de obtener el más mínimo saber acumulable luego de todas sus experiencias de intento de captura del Correcaminos. Continúa, invariablemente, estrellándose contra las rocas, precipitándose al vacío o ennegrecido por el hollín de los explosivos que detonan a destiempo. No hay saber. La fábula degradada.

Intenté poner algo de eso en juego en Buen pastor: esta es, de cierta forma, una historia de animales, es una fábula, pero una fábula de la que no puede obtenerse ninguna clase de sabiduría. Una fábula donde los animales no están antropomorfizados, sino donde los humanos son animalizados, pero han perdido casi todas las facultades humanas que harían posible compartir alguna clase de experiencia que pueda transformarse en sabiduría.

Lo mismo ocurre a la humanidad: no obtendremos ni una sola lección después de la reciente crisis sanitaria. La próxima está, por tanto, a la vuelta de la esquina. Esa es, de hecho, la anécdota que da inicio a la novela.

 

«Al final del día, todos somos o seremos migrantes»

—Hay marcas raciales que se nombran, como la estereotipada mujer negra de las caricaturas Tom y Jerry, el asesinato de George Floyd en Minnesota. También se observa el fenómeno de la inmigración. ¿Qué lugar tiene la denuncia de estos prejuicios en la novela?

—Creo que en torno a la cuestión de la migración hay mucha hipocresía. Todos se aprovechan de la migración, pero nadie está, finalmente, lo suficientemente dispuesto a tomárselo en serio y una de las cosas que esto demuestra es que, llevado a últimos términos, la globalización —en tanto proyecto civilizatorio global— es una mentira.

Los capitales y las mercancías pueden circular sin inconvenientes, pero las personas no, salvo que lo hagan temporalmente y con una cantidad apropiada de dinero para contribuir con las economías locales. Las personas tienen que enfrentar restricciones de toda clase para circular.

Creo que uno de los principales motores políticos es el miedo y la migración ofrece múltiples postales del miedo que suelen ser aprovechados para infundir temor y sacar réditos políticos entre los detractores de la migración, o aquellos que fingen serlo, que para el caso es lo mismo.

Pero incluso entre aquellos que parecen defender el derecho de las personas a migrar, tarde o temprano terminan sucumbiendo al imperativo de que aquel que migra es un peligro, especialmente en los tiempos que corren.

El populismo, ese riesgo brutal para nuestras democracias, se nutre bastante del miedo, en especial del miedo a quienes atraviesan las fronteras ilegalmente. Resulta increíble que aún ahora, sobre todo ahora, las fronteras de los estados gocen de mejor salud que nunca.

Recuerdo siempre —perdonen mi insistencia en abusar de los dibujos animados para ilustrar— a Speedy González. Muchos ya no recuerdan aquel dibujo animado en que un ratón atravesaba la frontera de Estados Unidos para robar un poco de queso. La metáfora de la historieta era explícita: las ratas vienen de México y vienen a robar.

Así las cosas, la alegoría no es tolerable hoy por hoy y debió retirarse de TV, pero a pesar de eso el racismo y la cuestión migratoria persiste. Hay algo de hipocresía en eso. Al final del día, todos caemos en la trampa de enrostrarle al migrante que vaya con cuidado porque no está en su país.

Tarde o temprano, sin importar lo que escribamos en Twitter, estamos a un paso de la trampa de insinuarle al migrante que se devuelva por donde vino apenas este resulta incómodo para nuestros propios intereses. Tarde o temprano los migrantes son los otros, ellos, eso a pesar de que esta es la era de mayor movilidad humana de todos los tiempos.

Al final del día, todos somos o seremos migrantes, pero llegado el momento siempre es alguien más, distinto de nosotros. Slavoj Žižek ha escrito que los inmigrantes y los refugiados representan la nueva lucha de clases. Probablemente, algo de eso sea cierto.

Como sea, el protagonista de Buen pastor quiere dejar en claro, al menos testimoniar, que al final del día a nadie le importan realmente los migrantes, salvo para intereses mezquinos. Lo hace a su manera, desde luego. Es un tipo bastante insoportable y cínico que se pasea por los supermercados derramando detergentes para ver a trabajadores migrantes trapear su estropicio.

 

«El capitalismo tiene una extraña pulsión por el apocalipsis»

—El futuro se vislumbra apocalíptico y, a través de las descripciones del ecosistema, la alimentación, las industrias cárnica y la farmacéutica, entre muchas otras, vemos el alarmante momento al que hemos llegado. ¿Cómo proyectas estas preocupaciones en Buen pastor?

—Hay un asunto en el que pienso de modo recurrente: tiene que ver con la compulsión que tienen nuestras sociedades a vaticinar el fin de los tiempos. A vivir permanentemente en el Fin de algo. De hecho, escribí un ensayo en torno a esto. El ensayo se llama Apocalipsis: la política del desconcierto.

Me llama la atención el modo en que nuestras sociedades se las arreglan para generar postales que hacen referencia a finales que se constituyen en oportunidades de refundación. Lo dijeron a inicios del siglo, a propósito del desplome de las Torres Gemelas: el mundo ya no será el mismo. Pero luego siguió siendo exactamente igual.

Es cierto que muchos procesos se exacerbaron, pero en la práctica continuó siendo exactamente lo que era antes. Nos hicieron la misma promesa a propósito de Barack Obama, aunque en esa ocasión utilizaron una vulgar metáfora cromática: cambió el color de la historia. El asunto es que aún después de eso Estados Unidos continúa siendo una nación muy racista. Lo dijeron, más recientemente, a propósito de la pandemia por coronavirus: el mundo —de nuevo— cambiaría para siempre.

Es inevitable preguntarse cómo es posible que algo cambie para siempre una y otra vez para seguir siendo exactamente lo mismo. ¿De veras alguien cree que el mundo cambió luego de la pandemia? El esfuerzo por volver a la normalidad ha resultado bastante consistente.

Nuestros esfuerzos por preservar nuestro modo de vida son tan vigorosos que lo hemos conseguido de modo bastante sorprendente. Hemos vuelto a consumir en las mismas condiciones y términos. Las enfermedades zoonóticas siguen estando a la vuelta de la esquina porque no hemos hecho nada al respecto.

El capitalismo tiene una extraña pulsión por el apocalipsis. Pocas cosas estimulan más la imaginación del capitalismo tardío que el fin de los tiempos. Ese fin, después de todo, no es un fin sino el mero anuncio de la tediosa consigna de que «el mundo ya no será el mismo», promesa, que, por lo demás, resulta siempre inevitablemente falsa y permite al capitalismo sobreponerse y refundarse en la catástrofe. Siempre desbordándose, pero nunca desbordado. Instante perpetuo.

No me olvido nunca de la fábula que escribió Lyotard: al final, cuando ya no exista este mundo, el capitalismo —el más exitoso de los sistemas en producir y consumir energía— se las arreglará para hacer de las suyas en otro planeta. Quise relacionar esa misma impronta con los hechos políticos por los que ha atravesado Chile en los últimos años.

Las cosas cambian para permanecer exactamente igual, como lo prueba el hecho de que —mientras hacemos está entrevista— es altamente probable que después de tanta ida y vuelta los chilenos terminen decidiendo en las urnas que continúe vigente la Constitución de 1980.

Es decir, no importa que sucede este domingo 17 de diciembre. Sea como sea, lo que habrá triunfado es el statu quo. Vivimos en una especie de bucle. La historia es cíclica nos dicen de vez en cuando y pareciera que debemos resignarnos de vivir en ese bucle.

 

«Esta es una sociedad del riesgo»

—En «Oveja perdida» la institución de la Iglesia aparece bajo la figura del sacerdote, quien tiene «delirio de sociólogo». El narrador siente la necesidad de ir a Misa y le pide a «su mujer», como la llama, que lo acompañe, y a esta le sorprende que haya una iglesia cerca de su vivienda. El narrador dice ser reconocido por este sacerdote y aunque su discurso es fatuo, igualmente siente esta curiosa necesidad religiosa. ¿Crees que hay respuestas en estas búsquedas espirituales patrocinadas por instituciones?

—Creo que el que escribe no es consciente o no comprende todos los niveles de lo que escribe. Al menos, creo que me sucede a mí.

Sentí la necesidad de que el protagonista buscara alguna clase de respuesta en la Iglesia, a propósito de la metáfora de la oveja pérdida que debe volver al rebaño. El protagonista se siente como una oveja perdida e intuye que, sin embargo, nadie vendrá detrás de él. Nadie dejará a 99 especímenes detrás para ir a perseguirlo.

En los tiempos que corren si vale la pena hacer el cálculo, pues esta es una sociedad del riesgo: ¿vale la pena dejar 99 para rescatar a una? Necesita refrendar ese certeza asistiendo a la iglesia. En ese sentido, en la novela, esta implícita la idea de que no hay salida al posible al sinsentido.

Hacia el final de la novela, el sacerdote —el pastor— no es capaz de proteger al rebaño a su cargo, rebaño que, por lo demás, está en las condiciones más deplorables posibles. Al margen de lo anterior, creo que las personas pueden pretender encontrar —o hallarlas, probablemente— respuestas en cualquier clase de lugar.

Al fin y al cabo, escuchamos lo que queremos oír y las respuestas que encontramos son migajas que pan que desparramos mientras nos llevaban al bosque. Cuando miramos atrás la mayoría de las migajas desaparecieron, pero nos gusta regodearnos en el hecho de que estuvieron allí, de que pueden estar aún, ocultas en algún sitio.

 

Una novela «biopolítica»

—¿Qué nos dice este giro irónico: humanos degradados, animales reivindicados?

—En torno a ese asunto hay de fondo una mirada filosófica. La biopolítica —la biologización de la política, la politización de la política— me interesa mucho. Buen pastor es, de hecho, una novela biopolítica, como resulta bastante evidente. Esa ha sido, en parte, mi intención.

He leído con insistencia a Foucault y a sus receptores (Deleuze, Agamben, Sloterdijk, entre otros) y me resulta muy enigmático el hecho de que vivimos en sociedades en que la división entre bíos (vida calificada) y zoé (vida simplemente) se ha pervertido o, en la práctica, difuminado su frontera.

Esa difuminación, inevitablemente, opera en la práctica como una retirada de la idea de que la vida humana es excepcional, en alguna forma, y abre nuevas rutas en el modo en que la vida animal es considerada. Algo de eso aparece en el libro.

Así, es paradójico el modo en que a veces la vida humana llega a despreciarse. En boca de uno de los personajes aparece una anécdota que siempre me impactó. Esa anécdota relata la historia de un joven que padecía problemas psiquiátricos y terminó arrojándose a la jaula de los leones en el Parque Metropolitano.

Por razones obvias, frente a ese escenario, los guardias determinaron sacrificar a uno de los leones. Acto seguido, Twitter ardió con comentarios de personas que se quejaban de la muerte del león y que responsabilizaban al joven suicida de lo sucedido.

A nadie le importó que este padecía padecimientos psiquiátricos y serios problemas familiares, de modo que, en lugar de merecer ira y ataques, merecía misericordia y comprensión.

Debo confesar que siento un profundo respeto por todas las especies animales —muy profundo— pero sigo creyendo que la vida humana merece mayor consideración.

 

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio y Succión, además de los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Buen pastor», de René Araya (Ediciones del Gato, 2023)

 

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: René Araya.

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