La nueva ‘narco novela’ del escritor antofagastino —titulada «La biblioteca hundida» y publicada en Cochabamba, Bolivia por la Editorial Electrodependiente—, transcurre en los páramos del Norte Grande y de sus porosas fronteras, como gran parte de la obra literaria de este singular autor chileno.
Por Mauro Gatica Salamanca
Publicado el 2.2.2026
Son más de quince años de oficio literario los que ha cultivado Rodrigo Ramos Bañados (1974), desde el norte de Chile. Este narrador que se mueve entre Antofagasta e Iquique, en sus escritos, esta vez hace un cambio en su última novela, y se introduce en Cochabamba, Bolivia.
La biblioteca hundida, editada por la boliviana Electrodependiente, es una ficción que transcurre en Bolivia y en una ciudad que puede identificarse como Alto Hospicio.
Así, y en medio de un campamento en Alto Hospicio, un narco levanta un luminoso edificio que será una biblioteca para homenajear a su madre.
Y con la biblioteca el barrio sufre una transformación. Los libros comienzan a transarse en la calle y aparecen en ferias libres. Se trata de una novela crítica con respecto a los lugares donde no llega el Estado.
El autor explica al Diario Cine y Literatura la motivación de escribir este texto.
«Una biblioteca pública propone un mundo sacro»
— Tu obra se centra fundamentalmente en el Norte Grande de Chile y sus problemas como narcotráfico, migración, extractivismo, aislamiento, crimen y la realidad social que afecta a muchísimos de sus habitantes; en fin, contiene una fuerte crítica social. Podríamos nombrar Alto Hospicio (Ed. Emergencia Narrativa, 2015) o Ciudad berraca (Ed. Alfaguara, 2018), por dar algunos ejemplos. La biblioteca hundida no escapa a esa mirada, pero aquí exploras otros parajes; Bolivia y Colombia aparecen en algunos capítulos, si bien ya tus personajes visitaban la frontera como en la novela Pop (Ed. Cinosargo 2010). ¿Cómo nace la idea de esta novela, el interés por el género, y de qué manera, crees tú, se hace cargo de la realidad que narra?
—Vengo desarrollando un trabajo literario desde hace varios años desde el territorio. Puedo decir que estoy marcado por el desierto, con sus fronteras, su océano y su gente.
Por esta razón he abordado temas como la migración, que es recurrente en mi obra.
En esta novela voy a Bolivia y Colombia, por la relación que tengo con migrantes provenientes de ambos países. La idea de la novela surge al encajar un dispositivo como una estrambótica biblioteca en un campamento.
Según he visto, en los campamentos hay diminutas bibliotecas como Canto a la bandera y hasta con libros cristianos ‘para abuenar a la gente’ (por todo el prejuicio que existe contra quienes viven ahí).
Una biblioteca pública propone un mundo sacro, a veces exclusivo, como son algunos clubes de lecturas. Una biblioteca también es un lugar donde se ojean los libros, se contempla su orden, se va a hacer tareas o se va a hacer tiempo. En muchos casos no se va a leer.
En un campamento donde prevalece la necesidad de sobrevivir más que nada, una inusual biblioteca regalada por un narco es toda una revolución. Tiene arquitectura chicha. Es grande, luminosa y cuenta con espacios dedicados a los intereses de quienes viven en el campamento.
Se acostumbra que el narco de ‘la favela’ regale canchas, piscinas de plástico y fiestas, pero esta vez obsequia una biblioteca, en recuerdo a su madre que aprendió a leer en una biblioteca pública.
A veces el narco de la favela hace más obras sociales que el gobierno y las municipalidades, a cambio de discreción.
La novela busca aproximarse a una realidad que puede hallarse perfectamente en un campamento del norte de Chile.
«En esta novela no todo es ficción»
— El problema de la literatura narco es que fácilmente se puede caer en lugares comunes, el cliché y la caricatura. Considerando que el narrador de La biblioteca hundida (Electrodependiente, 2026) nos relata desde la oralidad, ¿cómo trabajaste la atmósfera sonora y el lenguaje del barrio para que no se sintiera como una caricatura, como algo artificial, sino como un espacio vivo y verosímil?
—En la calle se habla breve y con modismo. Traté de mantener ese tono porque estaba contando la historia del barrio y su gente.
También como escritor y periodista llevo años escuchando a personas que cuentan sus historias. Estas formas van quedando grabadas en el disco duro, y brotan de acuerdo a lo que te vaya exigiendo la novela.
En esta novela no todo es ficción, pues hay partes de mi propia biografía con cruces de relatos de otras personas. Quizás alguno puede encontrarse ahí.
«Una biblioteca debe entender el territorio donde está dispuesta»
— ¿Cómo seleccionaste las obras literarias que se mencionan en el libro? ¿Qué libros o qué tipo de cultura debían habitar esa biblioteca financiada con recursos ilícitos hundida en el corazón de uno de los barrios más peligrosos y marginados de la ciudad? ¿Tienen un significado simbólico respecto a la evolución de los personajes o a la trama? ¿Hay un mensaje oculto ahí?
—En un momento están todos los libros 2666 de Roberto Bolaño prestados a los lectores. Hay dos factores que unen ese libro al territorio de la novela, uno que es el desierto, la frontera, y el otro, las desapariciones de las chicas que tienen relación con los casos de Alto Hospicio.
2666 es un libro que de algún modo se acerca a las fragilidades sociales que se viven en un campamento del norte de Chile. Quienes vivimos en el desierto, quizás estemos más emparentados con textos del desierto de México que con los bosques del sur de Chile. Cuentos de Rulfo hay en las historias de las salitreras, por ejemplo. Hay otros autores que aparecen por gusto personal.
Creo que una biblioteca debe entender el territorio donde está dispuesta y proponer una serie de libros que tengan cercanía con este.
Una vez, y aquí lo biográfico, me tocó estar a cargo de una biblioteca en un colegio cerca de un campamento en Antofagasta. Los estudiantes, que eran lectores, me pedían que los orientara hacia lecturas donde podían reconocerse.
No querían lecturas impuestas. Querían leer historias sobre narcos.
«El lugar donde dormimos, es el que equilibra el bien y el mal»
— ¿Cómo respondes a la crítica de que la ‘narco novela’ puede normalizar la violencia, incitar a la fascinación del mal, a la idealización de la figura del narco, incluso cuando, en el caso de tu obra, trata temas de redención?
—Hay videos musicales donde jóvenes se exhiben con pistolas. Son parte de un mundo donde la vida es rápida y el gatillo para generar dinero, al final, cobra.
Es una opción de vida como respuesta a la carencia de Estado. Hay series, docus o películas de Netflix que promueven el estereotipo.
¿Cuántos quieren ser como ‘Scarface’?
En cuanto a la narconovela y la literatura, considero que en Chile no hay mucho de donde obtener material porque no se escribe ni se edita debido a prejuicios. Por muchos años, los libros de Méndez Carrasco, Gómez Morel, Luis Cornejo o Rivano fueron considerados de baja estofa.
Todavía hay prejuicios. Lo positivo es que la academia se ha interesado por la ‘narcocultura’, y se pueden hallar investigaciones como las de Ainhoa Vásquez.
Creo que en la literatura, cuando no se cae en clichés ni estereotipos, es porque se profundiza en el por qué y en el cómo. Al final, somos todos seres humanos marcados por el contexto donde crecimos.
Ese contexto, el lugar donde dormimos, es el que equilibra el bien y el mal como en las favelas brasileñas.
«Cochabamba tiene una relación simbólica con lo narco»
— ¿Por qué publicaste en una editorial boliviana y no chilena?
—Por el respeto al trabajo que desarrolla Electrodependiente en Cochabamba, a través del libro cartonero, aunque esta novela precisamente no es en esa forma. Me gusta mucho su estilo y estética. Se interesaron cuando leyeron el manuscrito. Y porque la ecuación: narco y desierto, iba a ser difícil publicarla en Chile.
La mandé a algunas editoriales, unas no pescaron, otras me sugirieron cambiar varias cosas y hasta debe haber provocado frases como ‘Mira las gueás que escribe ese guatón del norte’. Así que a Bolivia con los pasajes de la novela, además de que habla de allá.
Cochabamba, además, tiene una relación simbólica con lo narco, a través de la película Scarface. Si se interesan en leerla en Chile, pueden contactarse con la editorial boliviana.
«Escribo sin esperar nada a cambio»
—Para cerrar, cuéntanos, ¿en qué nuevo proyecto escritural estás trabajando ahora?
—Quedé medio golpeado porque el Fondo del Libro no apoyó un proyecto para hacer un libro ilustrado sobre el vertedero de ropa de Alto Hospicio. Quizás faltó afinar el proyecto. Era un libro para un público adolescente.
Con la editorial con la que tengo comprometido ese libro, buscamos otra manera de financiarlo.
Y tengo otras cosas ahí a medias, avanzadas y terminadas. Todas relacionadas con el norte, algunas con la novela negra, que es un género que me gusta y me acomoda, y eso.
Escribo sin esperar nada a cambio.
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Mauro Gatica Salamanca (San Marcos de Arica, 1974) es escritor, editor y profesor de lenguaje y comunicación. Dirige la colección de poesía de Editorial Electrodependiente.
Ha publicado los libros de poesía Cámara letal con acetato de etilo (Editorial Aparte, 2022), La comarca ensayo sobre el desarraigo (2021), En deshabitar está la razón (2020) y Atención, este auto está retrocediendo (2016) entre otros.
Reside en Bolivia desde 2016.
«La biblioteca hundida», de Rodrigo Ramos Bañados (Editorial Electrodependiente, 2026)
Mauro Gatica Salamanca
Imagen destacada: Rodrigo Ramos Bañados.

