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Exclusivo: Páginas inéditas de «64 cajitas sobre la poesía», de Héctor Hernández Montecinos

Uno de los poetas y ensayistas chilenos más prolíficos de su generación remite al diario «Cine y Literatura» un adelanto del texto que lanzará durante la XVII Feria Internacional del Libro del Zócalo, que se realizará el próximo mes de octubre, en la Ciudad de México. De su proyecto poético en tres partes, «Arquitectura de la mentalidad», dos ya han sido publicadas: «La divina revelación» (2011) y «Debajo de la lengua» (2009). Su última obra editada es «Buenas noches luciérnagas» (2017), una suerte de escrito autobiográfico acerca de la poesía local.

Por Héctor Hernández Montecinos

Publicado el 30.08.2017

 

«Al imaginario literario es posible imaginarlo, quién sabe, como la caja roja del escritor, allí donde están encerrados pasado, sexo, biología, familia, inconsciente, moviendo sus tentáculos como un cangrejo para apoderarse de lo que haya disponible en los yacimientos de la lengua».
Héctor Libertella, en La arquitectura del fantasma. Una autobiografía

 

1. A los poemas se entra como si fueran una casa. Una casa con la luz apagada. Una casa desconocida pero no tan distinta a la que queremos olvidar para siempre. No hay luz o si la hay se la llevó el futuro. El mal tiempo que es siempre el sol. La geometría es pegajosa si nadie habla. Se impregna en los objetos como las canciones. Un hilo cae de la garganta en forma de tipografía. Se arrastra hasta los interruptores del mundo. Las personas gramaticales están ahí. Siempre lo estuvieron. Juegan a las escondidas con las mayúsculas, saltan los subrayados de allá para acá como si fuera la línea del horizonte: hacen hora pero lo que quieren es fundar una destrucción. Eso es una casa.

 

2. La muerte es la obra. No hay más. Todas las artes son las distintas habitaciones de la casa. El mundo es un museo de cera que se derrite. Un museo de fósiles que se actualizan con los antivirus. Un museo de palabras que se llama instalación de la lengua. Toda colección es un sabor. Las curatorías son cocinerías. Se expone lo que sobra de una obra. Su fetiche carnívoro. Su aura con especias. Lo que no cabe en la boca es lo que se desea. Piedras que han sido talladas con rostros de dioses muertos. Árboles cortados para hacer un fuego barroco o isabelino. El enser del ser. Los objetos desaparecen rápido por eso en la escritura siempre es tarde. No hay tiempo para las obras de arte ni arte que detenga al tiempo.

 

3. Una obra vital modifica los ángulos de la mirada sobre ella. Hace correr a quien tiene una expectativa de lo que leerá. Suspende un futuro probable. Una posibilidad de universo paralelo. Leer ha sido el intento de domesticar el cosmos: las cuatro letras fundamentales. El vano intento de buscar una verdad uniendo puntitos, líneas, círculos. Continuas y contiguas manchas exige el ojo. Planetas, órbitas y galaxias que parezcan planetas, órbitas y galaxias. La página en blanco es pura materia oscura de cabeza. Malos pensamientos dibujados con átomos y fusión.

 

4. La ficción como ese universo donde no existe ni el bien ni la belleza ni la verdad ni la belleza. Un locus donde el tiempo y el espacio son sensaciones a flor de piel y donde cada piel es una flor. La poesía es un mito cuántico. El único relato de la humanidad que es la humanidad. Hay reglas en sentido contrario al reloj pero no hay reloj. No hay literatura. No hay vacío. No hay silencio. Una partícula puede estar en dos fiestas a la vez. A eso le decimos metáfora en cualquier karaoke de la galaxia.

 

5. Un libro no es el símil del universo. Ni siquiera de un planeta. A lo sumo una mano se arquea para crear cierta oscuridad sobre las líneas del destino. Todo lo que uno escribe queda fuera de todo. No hay índice que señale la entrada pero tampoco fin. El allá en el más allá es dato duro y vibrante. Particularmente nadie ve. Es otro modo de leer el salto entre las moléculas de la celulosa. Interacciones que dan sustento al vértigo. Una letra serpentea en el aire y en realidad es una onda con cierta frecuencia. Un olor para el que no ve. La textura de un pasto hipotético que se seca. Dos extremidades que no se conocen. Signos de lo que llega en el aire.

«Buenas noches luciérnagas» (2017), último libro de Héctor Hernández Montecinos

6. Parajes, párrafos, parir. Algo se mueve. Algo se inicia. Alguien muere, sí. Leer es mover las patitas de la mente, los axones del entusiasmo, las dendritas de la vida eterna. Todo lo que une al lector desde su sistema digestivo hasta su pinacoteca imaginaria es urgente. Cuerpo, discurso, territorio. No sé qué resume esta interacción. La historia, la humanidad, la civilización como canción de cuna. No lo sé, me digo en un mapa que se fragmenta. Accidentes biográficos. Restos esparcidos como esporas. Semillas reventadas a golpes.

 

7. Una extraña flor. Se huelen las moléculas de granito con las que será dibujada. Hunde sus raíces en la línea imaginaria que separa a la perspectiva de la música. Busca en el fondo del mar el fuego que necesita. Las palabras lo arruinan todo. Esa es su propia belleza. La alegría de esperar a que eso ocurra. El resto es arriba y abajo. Inventa algo quien se reinventa a sí mismo. No es el producto sino el proceso. Puntos que se conectan. Más distantes más poderosos son. Lo nuevo es renunciar a la luz. Un paracaidista decide devolverse. No hay avión. La flor es el poema.

 

8. Las letras poco a poco empiezan a reaccionar. En la combustión hay una imagen repetida. Se enciende el motor y nuevamente a los intentos del mundo oxidándose. Un mapa en blanco que resume todos los paisajes. La gravedad ha hecho estragos en la coloratura del espíritu. Al lado izquierdo de la página todo se cae. Un magnetismo que acaba con el aire. Un poema se ve, es algo, existe. Aunque su fatiga de materiales lleve durando tres mil años en tercera dimensión.

 

9. Se escuchan los poemas con los ojos. Se palpan cuando se escriben en lo frío del aliento. Las altas nieves que se derriten debajo de las uñas. Regiones imaginarias que desfilan hacia el sur, hacia el sur de los salmos. Al final todo libro es de pan. Para hoy y mañana a los fantasmas con estómagos de coleccionista. El deshielo, los cuadernos de descomposición y las vendas. Mirar es convertir millones de puntos en unas decenas, unos pocos, en un paraguas de papel. Buses salen y buses llegan con sus propios abismos. La historia de la historia. Huir de la materia.

 

10. La geografía no es un orden sino un caos que hemos interrumpido por un momento. Todo se aleja y se acerca a la vez. Nada nunca se ha detenido. Las montañas respiran. El océano se evapora y vuelve a condensarse. Los elementos del poema siempre han sido los mismos. Los desiertos florecen y los bosques dejan de ser imaginarios. No medimos el tiempo, lo creamos. Ni siquiera. Lo destruimos. En una escala microscópica un segundo es un siglo y un siglo la eternidad. Moléculas que mueren como galaxias. Los continentes rebotan entre sí. Las especies no existen. Lo infinito que vuelve a nacer hacia atrás. Instantes de un Big Bang que somos nosotros con pelo.

 

 

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