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La exposición de Andy Warhol en La Moneda: La anti estética de su montaje

"Marylin", 1964, serigrafía sobre lienzo, 101,6 x 101,6 cm

En Chile, a un alto porcentaje de niños, jamás se les enseña ha apreciar, ni menos ha entender, el arte plástico y visual. Porque así como no existe un criterio para decidir qué tipo de eventos se hacen en un centro cultural de esta envergadura, en el corazón de la capital del país, tampoco hay un contexto definido en relación a la importancia de las artes en nuestra cultura (educación primaria y secundaria), y su vínculo con la relevante y necesaria formación de audiencias.

Por Isabel Torres Macchiavello

Publicado 20.08.2017

La presente es una exposición dedicada al gran artista ícono del arte y de la cultura «Pop», donde se exhiben actualmente 228 piezas que pertenecen a la colección de «The Andy Warhol Museum», de Pittsburg, Estados Unidos. Es la muestra más importante del autor en nuestro país a la fecha, donde se incluyen algunos de sus trabajos más emblemáticos, como un retrato de la actriz Marylin Monroe, de 1964 (serigrafía sobre lienzo) y varias copias en distintas versiones de la «Silla eléctrica», pintura acrílica y serigrafía, realizadas en la década de los ’60.

Corría el año 1928 en Pittsburg, y nace Andrew Warhola, dentro de una familia de emigrantes  eslovacos, y quienes vivían en condiciones muy adversas en esta ciudad minera, ad portas de la «Gran Depresión” de los años ’30. Su infancia estuvo marcada por la escasez y por una enfermedad infecciosa que lo obligó a permanecer largos periodos en cama. Momentos desafortunados que, sin embargo, le abrieron las puertas al mundo del dibujo, la pintura y las revistas de moda de la época, las cuales su madre, quien trabajaba todo el día en las minas de carbón, le regalaba para que pudiera ocuparse en algo mientras convalecía, premiándole con chocolate cada vez que lograba terminar un dibujo.

Años después, gracias a su afición por esa técnica, estudió arte en la Universidad Carnegie Mellon. Al terminar sus estudios, se muda a Nueva York, donde inicia lo que sería su vertiginoso ascenso hasta convertirse en el creador y máximo exponente del arte Pop e ícono de la cultura estadounidense del siglo XX.  Él y sus obras han definido en gran medida la cultura visual contemporánea mundial, tan profundamente, que no es difícil encontrar huellas de su influencia en creadores y en músicos de la talla de David Bowie, de Jeff Koons y de Damien Hirst, entre otros.

Cuando escuché por primera vez que habría una gran exposición de su obra en Santiago, tengo que admitir que me sentí emocionada, son cosas que no se ven a menudo, y se agradecen profundamente. El Museo de Bellas Artes, en la temporada 2005, ya había presentado creaciones del artista, pero a una escala más pequeña, quedando en mi retina visual, desde ese entonces, la belleza y la simpleza de sus obras, la soltura de los trazos, la riqueza de la gama cromática y la calidad en el montaje de la muestra.

La visita para mí era un momento esperado, sin embargo, al llegar, en el hall central del Centro Cultural, había una horda de gente que no estaba ahí por Warhol, ni por su obra, ni por ninguna de las tantas manifestaciones de arte que existen en el lugar.  Estaban ahí por una feria de productos para gatos.  ¿Qué tengo contra los gatos?  Nada, de hecho los amo, pero no entendía nada, ¡Qué era esto, qué estaba pasando!

Concursos, rifas, regalos corporativos, artesanías, entre otras instalaciones comerciales, plagaban el espacio; y todo esto: ¿Para qué?  Lo primero que pienso es que se trata de una práctica común dentro de los museos y de los centros culturales, arrendar sus espacios para negocios privados de distinta índole, pero me pregunto, ¿no es importante seleccionar qué tipo de eventos se realizan?  ¿No existen filtros, de alguien con sentido común, que diga que ese lugar no sirve para todo tipo de manifestaciones?  ¿Dónde están los criterios? La respuesta que me doy es: la necesidad del dinero y en lo tremendamente caro que significa mantener un lugar de estas características, con el nivel de exposiciones que se presentan.

Lo más triste de todo, sin embargo, es que nadie, por lo menos en el tiempo que estuve observando, nadie que estaba en la feria gatuna, digo, se dio el tiempo de entrar a ver a Warhol y creo que es por una simple razón: En Chile, a un alto porcentaje de niños, jamás se les enseña ha apreciar, ni menos ha entender el arte. Porque así como no existe un criterio para decidir qué tipo de eventos se hacen en un centro cultural de esta envergadura, en el corazón del país, tampoco hay un criterio definido en relación a la importancia de las artes en nuestra cultura (en la educación primaria y secundaria), y su vínculo con la formación de audiencias.

En estricto rigor, no obstante, era muy interesante el fenómeno, Andy Warhol, ícono pop que inmortalizó productos de uso cotidiano como la Sopa Campbell´s y el detergente Brillo, y les dio el estatus de arte exponiendo sus obras en una galería, ahora, versus la cultura de consumo masivo pop gatuno, en el hall central del centro cultural más importante de Chile.

Una vez en el interior, me llevo el segundo impacto: las murallas eran de colores fuertes y vibrantes y sobre ellas estaban montadas las obras. Piezas importantes como la bella Marylin, donde incluso podemos apreciar los ojos caídos de la actriz, y su boca con una sonrisa forzada, posando para la que sería una de las últimas fotos suyas antes de morir. De la misma manera, había creaciones montadas encima de espejos en los cuales era posible apreciar nuestro propio reflejo, al lado del retrato de Liza Minelli o de Carolina Herrera.  ¿Nuestros quince minutos de fama, como teorizaba el artista?: “En el futuro todo el mundo será famoso durante quince minutos.  Todo el mundo debería tener derecho a quince minutos de gloria”.  No lo sé…, pero no fui a la exposición a verme al espejo y después de un tiempo, todo este montaje exuberante me molesta y agota, al impedirme analizar y disfrutar las obras con tranquilidad.

Estos trabajos son parte de la colección del Museo Andy Warhol, de Pittsburg, ciudad natal del creador, dueños de la colección y de la curatoría de la exposición, y presentan la producción del autor en un formato completamente distinto. Empero, y a pesar de la propuesta provocadora del montaje, quedé con la sensación de que no se ha considerado nuestro propio contexto, donde seguramente para los que viven con Warhol en su cotidianidad, es una manera muy creativa y nueva de presentarlo.  ¿Será que tiene el mismo efecto innovador, en alguien que nunca ha visto esta obra con anterioridad? Es un montaje que definitivamente atiborra hasta incomodar. En este, la paleta de colores vibrantes y violentos de las obras se ven minimizadas, absorbidas, y la simpleza de trazo, el juego de tonos y sus sutilezas, no logran apreciarse. Los títulos sobre la muerte, por ejemplo, un tema importante para el artista y recurrente a través de su vida, están montadas sobre murallas negras, que es como entrar a un ataúd, siendo las grandes perjudicadas piezas emblemáticas en pequeño formato como “Cuchillos” (1981-1982), que pierden su intensidad dentro de un mar de fondo negro, de vacíos importantes, sin una continuidad de lectura.  También, en los textos de la obra y de la biografía del artista, existen serios errores de redacción en las traducciones hechas al castellano desde el inglés, en un descuido imperdonable.

A pesar de mi desilusión, ya que considero el montaje violento, no siempre tenemos la oportunidad de ver obras tan importantes en nuestra ciudad, y esta exposición se podrá ver hasta el día 15 de octubre, y quién sabe, tal vez cuando usted vaya, podrá tener la suerte de comprar algún producto para su mascota.

 

Centro Cultural Palacio La Moneda, del 14 de junio al 15 de octubre de 2017
Entrada gratuita todos los días hasta las 12:00 horas
Entrada general $3.000, tercera edad y convenios $1.500

 

 

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