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Aniversario: Francisco Coloane, los abismos de un niño chilote

Este miércoles 5 de agosto el narrador por excelencia de los mares del Pacífico sur, el Jack London y el Herman Melville juntos de nuestras letras, cumple 110 años de vida en la memoria de sus febriles textos y en el recuerdo de sus apasionados lectores.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 5.8.2020

 

“La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia”

Francisco Coloane Cárdenas (19 de julio 1910 – 5 de agosto 2002), el más grande y prolífico narrador de aventuras y viajes de la literatura chilena; el novelista chileno más conocido y editado en Europa. Pertenece a la generación literaria de 1938, galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1964. Algunos de sus relatos han sido llevados al cine: Tierra del fuego, La tierra del fuego se apaga, Si mis campos hablaran.

Nació en la aldea de Quemchi, Chiloé. Hijo de un capitán de barcos balleneros y de una modesta agricultora. Francisco Coloane, en un bello texto autobiográfico, El Chiloé del niño, nos narra:

“Nací en la costa oriental de la Isla Grande de Chiloé… La vida de esta región está regulada por el flujo y reflujo oceánico que viene desde los cuernos de la luna y de lo que habrá más allá de los astros. Llueve allá de mil formas, con cerrazones bramando huracanadas, copiosos llantos celestiales que traspasan el corazón de los vivos en comunicación con sus muertos que reposan bajo los cementerios de conchales.

“Mi infancia lejana se desarrolló entre dos islas del archipiélago de Chiloé, en la costa oriental de la isla grande y frente a la de Caucahué, que en huilliche quiere decir ‘lugar de grandes gaviotas’. Entre las dos islas pasa el canal de Caucahué, formando un ángulo obtuso, en cuyo vértice está el puerto de Quemchi, que tenía poco más de quinientos habitantes cuando yo nací.

“Al oriente del varadero, en ‘la tierra de la punta’, en una casa construida por pilotes de madera alquitranados, mi madre, Humiliana Cárdenas Vera, campesina de Huite, hija de Feliciano Cárdenas y de Carmen Vera, me dio a luz a las cinco y media de la mañana… Mi padre, Juan Agustín Coloane Muñoz, andaba navegando de capitán de barco de cabotaje…

“En la casa había una especie de puente de tablones para ir del comedor a la cocina. En la alta marea, el oleaje llegaba hasta debajo del dormitorio y así no demoré mucho en pasar del rumor de sus aguas al de las aguas del mar. Hasta hoy me acompañan el flujo y el reflujo de esas mareas y sangres. La voz de mi madre y el rumor del mar arrullaron mi infancia. Los sigo amando y temiendo. De madrugada ella me gritaba: ‘Panchito, arriba, está listo el bote’. Y yo me levantaba a regañadientes para tomar desayuno y embarcarme en un bote de color plomo, de cuatro bogas, hecho de tablas de ciprés y cuadernas de cachiguas, que nos llevaba al alto del estero de Tubildad. Allí teníamos siembras de trigo, papas, linaza y legumbres, y nuestros animales: algunos cientos de ovejas y cientos de vacunos…”.

 

He aquí el ámbito vital, el mundo anímico, marinero y campesino, que echaría raíces en las entrañas aventureras de Francisco Coloane, proyectando su creatividad hacia los anchos espacios telúricos de la geografía austral, donde el ser humano parece siempre minimizado por la imponente naturaleza que le sobrepasa. Cultura de bordemar, en la que las faenas agrícolas y de la pesca confluyen para gestar a ese curioso campesino–marinero, hombre de dos mundos: el chilote.

En numerosas travesías junto a su padre, recorrió el intrincado archipiélago de Los Chonos, Reloncaví, golfo de Ancud y otros derroteros marinos del sur profundo, donde desempeñaría luego diversos oficios y trabajos de circunstancia: cuidador de rebaños, tripulante de barcos de cabotaje, pescador y cazador de lobos marinos.

Se enroló en la Armada, siendo parte de la tripulación del buque escuela Baquedano. Esa experiencia, de primera mano, le llevaría a escribir su libro más famoso, tal vez el más editado en Chile, otrora, materia de estudio en la enseñanza media; me refiero a su célebre novela El último grumete de la Baquedano, en la que luce la maestría de un narrador de peripecias y avatares marinos.

Enseguida vendrá Cabo de Hornos (1941), conjunto de catorce relatos, libro prologado por el entonces afamado escritor, Mariano Latorre. Sus personajes, retratados con intenso realismo, son seres enfrentados a una lucha desigual contra los embates de la naturaleza y de esa pavorosa indiferencia que ésta muestra con quienes la desafían. Coloane describe sus peripecias trágicas y nos muestra sus obsesiones, su deambular siempre al filo del desquiciamiento y la arrebatada locura. Estos móviles, vitales y estéticos, están presentes también en sus novelas y cuentos de gran calidad narrativa.

Una somera bibliografía nos muestra su sólida trayectoria de escritor: Golfo de Pena (1945); Los conquistadores de la Antártica, Zig-Zag, Santiago, (1945); Tierra del fuego, Editorial del Pacífico, Santiago, (1956); Viaje al este (1958); El camino de la ballena, novela, Zig-Zag, Santiago, (1962); El témpano de Kanasaka y otros cuentos, Editorial Universitaria, Santiago, (1968); El chilote Otey y otros relatos, Quimantú, Santiago, (1971); Rastros del guanaco blanco, novela, Zig-Zag, Santiago, (1980); Crónicas de la India, Nascimento, Santiago, (1983); Velero anclado (1995); Los pasos del hombre (memorias, 2000); Papeles recortados (escritos sobre su vida en China) Lom, (2004), con prólogo de Armando Uribe​ y Última carta, Editorial Universidad de Santiago (2005).

Se le ha señalado a menudo, por críticos y lectores, latinoamericanos y europeos, como el “Jack London sudamericano”, analogía quizá un tanto arbitraria o manida, puesto que el gran narrador estadounidense no fue un hombre aventurero, como Coloane lo fuera en su juventud, sino un artífice literario de los páramos helados del extremo norte del continente americano, que supo indagar y aprehender una cantidad enorme de relatos orales, situaciones extremas y hechos acometidos por los desarrapados conquistadores y vagabundos que erraban en busca del oro, sin participar directamente en ninguna de aquellos sucesos de exigencias y padecimientos sobrehumanos.

Pancho Coloane tuvo destacado desempeño como periodista y redactor en conocidos medios de la prensa escrita, a través de numerosos artículos, crónicas, reportajes y notas. El diario El Siglo y la revista Zig-Zag difundieron sus escritos, en los que exhibía una prosa ágil y apasionada, sin mayores subterfugios literarios, pero eficaz y directa. Fue un miembro entusiasta del Colegio de Periodistas de Chile.

En 1956 fue galardonado con el Premio Municipal de Cuento también obtuvo el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile, en 1957, institución de la que fue un activo y destacado presidente, en los años 1966 y 1968. En 1964 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura y en 1997, el gobierno francés lo honró con el título honorífico de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.

Rastros del guanaco blanco (1980), uno de sus últimos libros de narrativa, ha sido señalado por la crítica académica especializada como una parábola o alegoría de Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Más bien, creemos, se trata de una indignada denuncia ante el exterminio inmisericorde de las últimas etnias de Tierra del Fuego y la aniquilación de su fauna a manos de empresarios inescrupulosos y sus secuaces mercenarios. En el año 2000, ya por cumplir 90 años de fructífera vida, asistió al estreno cinematográfico de la película Tierra del fuego, del cineasta chileno Miguel Littin, inspirada en la novela homónima del autor.

Francisco Coloane, el compañero Pancho, es uno de nuestros grandes de la literatura chilena. Le honramos con el recuerdo, pero el mejor homenaje seguirá siendo leer las encendidas y arrebatadoras páginas de sus libros. Cerramos esta crónica con las palabras del maestro de los mares australes:

“Hay veces en que despierto al borde de un abismo donde termina el mar de mi infancia; pero siempre encuentro a alguien a mi lado. O una música lejana que viene de mis islas, traída por el tamborileo de la lluvia sobre los techos del viento. Bajo esas aguas del tiempo y en el fondo de mí mismo, no veo otra cosa que un hombre, una mujer y un niño, jugando con un bote a orillas de nuestro mar interior chilote, al cual le han puesto un mástil y un timón, esperando un soplo en la vela, para hacerse a la mar entre las islas.”

 

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Edmundo Moure Rojas, escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas».

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Su último título puesto en circulación es el volumen de crónicas Memorias transeúntes.

En la actualidad ejerce como director titular del Diario Cine y Literatura.

 

 

Una edición reciente de «Tierra del fuego»

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Francisco Coloane (1910 – 2002).

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