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“El increíble (y exitoso) Caso Y», de Ricardo Candia: Con el acento de la orfandad

El autor emergió a la vida en la ciudad de Santiago de Chile, en 1956. Y ha publicado las novelas “Operación Cavancha (Ceibo, 2014), y la ficción de la cual copiamos un extracto a continuación. Y ha obtenido -como reconocimientos a su trayectoria literaria-, una mención honrosa en la competencia de cuentos Teresa Hamel, la disputa final en el certamen de la Revista Paula, durante los años 2010 y 2016, repetida, asimismo, en el III Concurso Internacional de micro relatos, del Museo de la Palabra, en España. Escribe habitualmente para la revista «Punto Final», y para los diarios digitales «El Clarín», «El Desconcierto» y «El Ciudadano».

Por Ricardo Candia Cares

Publicado el 27.10.2017

Capitulo 6

Entre los tres años y medio y lo seis, no consigno hechos de los que valga la pena contar algo. Esos días, semanas, meses y años, fueron todos idénticos, en los cuales se repitieron hasta el cansancio las mismas cosas, los mismos miedos, los mismos castigos y el mismo cielo enrejado que parecía expeler el olor a cosa podrida que respirábamos y que a mí no me molestaba porque seguía sintiendo el olor a mierda de cuando mi madre me tiró al papelero del baño.

Hay amistades hechas a partir de risas o dolores compartidos; otras, armadas en largas horas de escuela, recreos y tareas; otras de juegos de juventud, salidas, cines o diversiones; o creadas a partir de momentos clave vividos en coincidencia: las mías fueron hechas entre muertes, miedos y dolores. La mayoría de los otros niños tenían visitas una vez por semana. Yo no. Un día me dijeron que ya tenía edad para ir al colegio y me mandaron al kinder que había al interior del Hogar, para llegar al cual había que pasar no menos de cinco puertas y rejas, después de levantarme muy temprano y a condición de no haberme meado durante el sueño. Era la parte más agradable del día, llegar a la sala de clases. Eran dos profesoras que olían como el cielo que se empeñaron durante casi un año en enseñarme cosas. Eran como dos mundos distintos: la escuela y el resto del Hogar. En la escuela no debíamos andar como en el Hogar, cuidándonos que no nos golpearan los mayores o pagando prote para que no nos castigaran. Y esa  paz relativa duraba solamente hasta medio día, cuando salíamos de clases. En el Hogar había otras maneras de pagar prote pero que yo no aguanté nunca y por eso lo pasé muy mal. Fue la tercera vez que estuve a punto de morir cuando una  cuadrilla de mayores quiso cortarme la carrera[1] y yo no me dejé. Y durante muchos días me pregunté para qué tenía tanta capacidad de sobrevivencia.

– Si no te dejai a la buena, la cosa es peor, me dijo el vivo[2], pero no me dejé a la buena y tras patearme por varios minutos, y después de violarme entre todos, me abandonaron medio muerto detrás de los baños, con un enorme dolor en el centro del pecho que no me permitía respirar bien, ni menos gritar. Me  arrastré hasta el patio y ahí me encontraron los tíos que me llevaron a la enfermería primero y a la asistencia pública después, en donde solo me curaron las heridas de los golpes y a nadie se le ocurrió preguntarme qué más me habían hecho. Estuve cuatro días en la posta de urgencia y luego una semana en la enfermería del Hogar y en ese tiempo todos los días me preguntaba de qué me servía tener tanta capacidad para aguantar, si ni siquiera podía vengarme. Era un pensamiento que me molestaba en la cabeza y yo trataba de que no se me apareciera, pero era peor, sobre todo en las noches, antes de dormir: volvía, volvía y volvía. El tío Director del Hogar quiso que le dijera quienes habían sido, y por qué me habían golpeado pero yo les dije que me había caído y nada más. El Director expresó sus razones,

– Si no me dices quién te pegó, cabro culiao, la próxima vez vamos a dejar que te maten.

Y los tíos aportaron,

– Cabro chuchetumadre, te haces el duro pero te va a ir peor.

Cuando salí de la enfermería me llevaron al lugar más alejado del hogar, en donde había niños menores que yo, y en donde pasé el resto del tiempo que estuve en esa cárcel de niños, porque si salía a la población, los más grandes me las iban a dar[3] nuevamente. Y no es que a los tíos les importara mucho mi suerte, era más bien para evitarse complicaciones con los jefes y el Tribunal.

Mi rincón era el de los más débiles, todos entero pollos[4], y la mayor parte del día, después de salir de la escuela, me quedaba monreado[5] por temor a que los mayores me pegaran o intentaran violarme de nuevo. Una vez trajeron un televisor y eso nos cambió la vida. Después de la escuela pasábamos la tarde viendo tele y los programas favoritos de todos eran los de la farándula. En esas sesiones de televisión las imágenes sugerentes que muestran me hacían pensar en el piro[6], pero no habría sabido adonde ir. Por lo menos el resto de los que vivían ahí tenía familiares y una vez por semana eran visitados y de fugarse tenían donde llegar. Yo no. En cada oportunidad que tenían visitas volvían a los dormitorios con cosas que la familia les dejaba, como chocolates, dulces, galletas y ropa limpia. El único familiar que yo tenía era mi abuela y estaba en cana[7].

Durante mucho tiempo practiqué la manera de salir indemne de una vida peligrosa, solitaria y muy dura, y casi no hablé con nadie, pero fue entonces cuando conocí al  Rorro. Tenía como mi edad, pero parecía menor y dormía en la parte superior del camarote que me asignaron. En el kinder parecía estar en otro mundo porque no ponía atención y sólo se contentaba con mirar hacia afuera y ni siquiera en los recreos salía al patio. Los días más felices para el Rorro eran los de visitas, por eso le gustaban los fines de semana que yo detestaba. El tribunal había decretado que era mejor para él vivir ahí que con sus hermanos porque su padre y su madre, ambos choros[8], estaban presos. Tenía seis años, pero a veces parecía de tres, sobre todo por las noches cuando casi no dormía llamando a su mamá con voz muy queda, un susurro que me daba pena. Casi no salía del dormitorio por temor a los más grandes que lo golpeaban porque sí no más. Los tíos trataban de hacer algo por él,

– Defiéndete cabro culiao,

le decían cuando llegaba a la enfermería con algún chichón en la cabeza o un labio roto y llorando a mares, llamando a su mamá. Si algún familiar le traía regalos para pasar el tiempo que debía estar en el Hogar, no bien volvía, los mayores se daban maña para pasar las rejas, entrar al dormitorio nuestro y quitarle todas sus cosas al pobre Rorro, que no decía nada y dejaba que le robaran y que le pegaran. Nunca dijo nada a los tíos. Yo, muerto de miedo, veía como abusaban de él, sin ser capaz de nada más. La única vez que quise meterme, me golpearon duramente junto con el Rorro, y estuvimos dos días seguidos en la enfermería, viendo tele y comiendo papillas que las enfermeras nos daban en la boca y riéndonos de cualquier cosa. Yo sabía que él debía pagar prote, pero los más grandes abusaban demasiado con el pobre Rorro y no le dejaban nada y no había nadie de los mayores que quisiera ponerle alguna fianza[9]. Peor aún, así es la vida, sabía que no podía decir nada a los tíos, entre otras cosas para qué, si ellos sabían todo lo que pasaba en el Hogar, y tampoco contarle a sus familiares, porque si llegaba un reclamo, sabiendo que no podía salir de ahí por mucho tiempo, la cosa se le pondría peor por lenguao[10]. Cuando se vive así, da pena ser niño. Sin poder salir de allí, ni defendernos, al Rorro como a mí, nos quedaba harto tiempo de vida en ese Hogar, de manera que había que apretar los dientes y evitar achavarse[11] porque eso era peor y cada minuto había que utilizarlo en salvar la vida a como diera lugar. Sería uno de esos días cercanos a una Pascua en que al Rorro le trajeron sus cosas, regalos, ropas limpias y caramelos, cuando el asunto se puso brígido[12] para mí. Los vivos entraron como siempre para quitarle sus cosas y de paso golpearlo y no sé cómo ni de donde saqué agallas y me paré en medio del pasillo,

– Al cabro no le van a hacer nada, giles[13] culiaos,

les dije a los tres que venían por su botín, mientras tiritaba.

Tendría diez años el mayor y había dado varias vueltas[14] en este y otros Hogares. Eran del piño[15] que la llevaba[16], tipos muy duros que no se medían ante nada. Se quedaron en silencio un par de segundos y el que la llevaba dijo, por fin,

– Sale del medio cabro culiao si no querí que te la demos. A vos nadie te ha puesto ficha[17].

No me moví y se me abalanzaron como perros y me chacalearon[18] a patadas y golpes hasta cuando se aburrieron. De paso, no sólo le quitaron sus cosas al Rorro, sino que también se las dieron a él. Los tíos llegaron unos minutos después y fuimos a dar a la enfermería. El tío Director nos interrogó para que dijéramos quién y por qué nos habían dado la media biá[19].  No abrí la boca, pero el Rorro dijo que los conocía y dio sus nombres entre un ataque de llanto imparable que quizás duró un par de horas. Cuando volví al dormitorio, decidí que me iba a pirar a como diera lugar porque no aguantaba más en ese lugar. Yo sabía que los mayores tenían una mano[20] bacana[21] para salir sin que nadie del personal se enterara, o si lo hacían, miraban para otro lado. La cosa era subiéndose al techo del pasillo y luego al cobertizo que está sobre el dormitorio de los tíos, para dejarse caer por medio de una acacia gigante cuyas ramas llegan al exterior, rozando el tejado de latas. Todo se reducía a salir del dormitorio de los menores y luego trepar. Quise huir con el Rorro para salvarlo del castigo al que era sometido por el sólo hecho de ser un huacho[22] chico, y del que vendría por el hecho de haberse achavado con  los nombres de los que lo castigaron. Al otro día comenzó a llover y decidí que era el momento esperado. Puse mis cosas en una bolsa plástica y cuando desperté a media noche subí al camarote a avisarle al Rorro, pero no quiso irse, sólo lloraba muy bajito con largos sollozos que parecían muy delgados y que a mí me causaron una pena enorme. Yo quería al Rorro y me juré que no iba a seguir sufriendo. Tomé mi almohada y la apreté contra su boca hasta que no se movió más. Cuando los tíos lo encontraron después que no salió cuando faltó plata[23] en la cuenta de las ocho de la mañana, estaba helado y tieso. Yo no pude huir esa noche después de darme cuenta que no sabría qué hacer afuera.

 

[1] Cortar la carrera: violar.

[2] Vivo: delincuente que tiene cierto grado de autoridad.

[3] Dar: golpear.

[4] Entero pollo: muy tonto, cobarde, retraído.

[5] Monreado: encerrado.

[6] Piro: fuga.

[7] Cana: cárcel.

[8] Choro: ladrón. Persona del ambiente delictual.

[9] Poner fianza: avalar, defender, dar crédito.

[10] Lenguao: que se va de lengua, que acusa.

[11] Achavarse: denunciar, confesar.

[12] Brígido: álgido, peligroso.

[13] Gil: tonto. Un sujeto cualquiera. Trato despectivo.

[14] Vuelta: año en prisión.

[15] Piño: grupo, pandilla.

[16] Llevarla: mandar, dirigir, controlar.

[17] Poner fichas: invitar, dar la palabra, permitir el acceso.

[18] Chacalear: golpear duramente.

[19] Biá: golpiza.

[20] Tener mano: tener una opción u oportunidad viable.

[21] Bacán: de buena calidad.

[22] Huacho: Huérfano. Puede ser usado como ofensa y también en un sentido cariñoso.

[23] Faltó plata: cuando el número de internos no cuadra en la cuenta diaria.

 

Portada de la novela publicada por Ceibo Ediciones (2015)

 

El escritor y narrador chileno Ricardo Candia Cares (Santiago, 1956)

 

Imagen destacada: El actor francés Jean-Pierre Léaud en una escena del filme «Les quatre cents coups» (1959), del director galo François Truffaut

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