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La ilustre Marta Brunet, la segunda mujer chilena en ganar el Premio Nacional de Literatura

La olvidada narradora chillaneja además de secundar a Gabriela Mistral como la continuadora de su género en obtener el máximo galardón institucional de nuestras letras, fue la primera creadora en liderar a la Sociedad de Escritores del país en 1960.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 31.7.2020

Diez años después de otorgado el Premio Nacional de Literatura a Gabriela Mistral (1951; concedido cinco años después de recibido el Nobel), en 1961 correspondió a la segunda escritora chilena en obtenerlo, la narradora Marta Brunet (1897 – 1967).

Chillaneja, como Claudio Arrau y Fernando González Urízar, Marta vio transcurrir sus primeros años de vida en el fundo familiar, en Pailahueque. Como hija de una familia rica, recibió su educación de infancia y juvenil a través de calificados preceptores, a la mejor usanza de la Europa decimonónica.

Poco después de cumplir los catorce años de edad, viajó a Europa con su familia. Ya había fructificado en ella la inquietud literaria, la lectura asidua de libros de autores franceses y rusos, los más prestigiosos en aquella época. (De entonces, estimo, arranca este hábito nuestro de no leer o de leer escasamente a nuestros ancestros y pares literarios hispanos). Ella se interesó en autores como José Ortega y Gasset y Marcel Proust. Regresaron a Chile tras el estallido de la Gran Guerra (1914-1918), y en 1919, Marta se radica en Chillán y ese año publica su primera obra, la novela Montaña adentro.

Montaña adentro sumerge al lector en un áspero universo narrativo que se desenvuelve en un rincón campesino apartado de la zona centro–sur de lo que algunos criollistas llamaban “Chile huaso”. La autora no es, como sabemos, hija de labradores modestos, sino de hacendados, pero esto no distorsiona ni vela su mirada en falsas idealizaciones del campo chileno y su realidad, más cercana a lo brutal que a lo bucólico, sin duda, como ocurriera en parecidos casos de cultores del criollismo de salón, como Mariano Latorre.

Su visión, tal vez, resultará algo externa, en una distancia que la sensibilidad y la empatía, unidas a una sólida cultura y preparación literaria, lograrán disminuir, aunque no franquear de modo definitivo.

No obstante, influida por sus vastas lecturas del realismo francés, Marta Brunet logra articular y dar vida a personajes verosímiles e intensamente humanos, sobre todo los femeninos, mostrando mujeres de gran fortaleza, tanto física como anímica, desprejuiciadas hasta donde el desapego a una rígida moral católica y patronal les permitía.

Estos méritos literarios, que nos revelan a una potente narradora, significaron para críticos de la época una suerte de limitación estética, como si se tratase de un excesivo naturalismo que acentuaba la brutalidad de un medio que los criollistas —varones todos— habían exhibido con las atenuaciones y eufemismos que caracterizaban a la clase terrateniente chilena, aún dominante en las esferas del poder político y empresarial.

La destacada escritora y crítica literaria, Kemy Oyarzún, en el prólogo del libro Aguas abajo (1947), reeditado por Editorial Cuarto Propio, en 1997, escribe:

“A pesar del apoyo que Gabriela Mistral le había brindado a Marta Brunet desde el comienzo, la autora de Desolación criticó duramente sus [ab]usos dialectales del lenguaje, considerando que los personajes de Marta Brunet “poseían vigor suficiente” como para “bastardeárseles si les daba el lenguaje ordinario”. Para Gabriela Mistral, los regionalismos debían entenderse: ‘como fenómenos colectivos de ternura por el suelo y por la costumbre, en la arquitectura a veces, hasta el traje’, pero los ‘detestaba en el lenguaje’ (énfasis nuestro).

“Ciertamente, como es evidente en Montaña adentro y Soledad de la sangre, textos que recogen el amplio espectro recorrido por la obra de Marta Brunet a lo largo de su vida, no era precisamente ternura lo que gatillaba en el imaginario de nuestra autora la cultura rural chilena de la época, tratárase de hombres o mujeres campesinas, jornaleros, comerciantes o mujeres de capas medias.

“Evidentemente, no debería haber sorprendido tanto el uso del idiolecto campesino por parte de Marta Brunet; el trabajo estético con los regionalismos había sido en cierto modo ‘canonizado’ (y en ocasiones, hasta ‘abusado’, según algunos críticos) por el movimiento criollista, no sólo en Chile, sino en toda América Latina.”

 

Podemos afirmar que existió, respecto de los críticos de su época, incluyendo al controvertido Alone —que pese a su sagacidad y conocimientos no pudo abandonar una suerte de postura de “dueño de fundo”, desde su fortaleza omnisciente de El Mercurio—, una actitud generalizada de evidente descrédito, de omisión concertada y aun de misoginia frente a las escritoras chilenas. Esto provenía de un ambiente en donde la mujer seguía siendo un ser de segundo orden, más “sospechosa” aún si oficiaba de intelectual, lo que en su caso no iba más allá —o no debiera pasar— de una simpática gracia de fin de semana, al que se le aplicaba la palabreja “hobby”. El “cuarto propio” femenino, hasta entrada la segunda mitad del siglo XX, era una utopía discursiva controlada por el patriarcado.

La obra de Marta Brunet es amplia y sólida, de indiscutible valor estético. Su proceso de creación de personajes, de ambientes campesinos y de paisajes exhibe una progresión ascendente, entre libro y libro, a medida que va dando a luz sus novelas y cuentos.

En 1926 publicó dos novelas: Don Florisondo y Bestia Dañina, desarrolladas también en el ambiente campesino, aunque en éstas agrega bellas descripciones del paisaje, dentro de la sobriedad barojiana de su estilo. En 1931, Editorial Nascimiento publica La hermanita hormiga, un curioso tratado de arte culinario. En 1938, publicó Cuentos para Marisol; en 1943, Aguas abajo, ambas, colecciones de cuentos que la hicieron acreedora al Premio Atenea, por la Universidad de Concepción. Ese mismo año fue designada Cónsul de profesión, para servir en el Consulado general de Chile en Buenos Aires.

En 1957 publicó María Nadie, novela estructurada en dos capítulos: “El pueblo” y “La mujer”, siendo considerada por la crítica chilena como su mejor obra. Sin embargo, esos análisis someros están estructurados desde una óptica patriarcal, pasando por alto los aspectos y móviles esenciales de la psicología femenina, magistralmente expresados y desenvueltos por Marta Brunet en el segundo capítulo de la novela. Medio siglo más tarde, ensayistas como Kemy Oyarzún lograrán dar cuenta cabal de esas interioridades reveladas en su literatura, superando la rémora de los clichés machistas. Así habla María Nadie:

—¿Cómo había ella conocido toda esa miseria? Entre sirvientas, en una promiscuidad sin secretos de índole alguna. Entre compañeras de escuela, hablando de la vida sin ambages, descubriéndola, suponiéndola, sabiéndola, con una tremenda obsesión de todo cuanto atañe al sexo. Y después: los libros. Y si se tiene una natural inteligencia y se mira descarnadamente en torno, siendo contemplativa y deductiva, lo que se va comprobando es no sólo la cara visible de los seres, sino el dibujo primero borroso, y al final nítido, de otro rostro contrapuesto, alucinante, revelador de tanta desoladora certidumbre.

 

(Nos preguntamos, ahora mismo, si Marta Brunet habrá leído a Virginia Woolf, porque pareciéramos escuchar en ella la voz femenina contestataria forjada en los acotados espacios de A Room of One’s Own, aunque acaso ese clamor femenino que atraviesa los siglos tenga la forma y la prosodia de un discurso reivindicativo universal).

María Nadie parece respondernos:

“iElla, que ansiaba que fueran puros los seres y los sentimientos, que simplemente aspiraba a que cada ser, cada sentimiento, tuvieran su justo relieve, en una justa proporción, y así poder entregárseles sin reservas, o de lo contrario apartarse prudentemente! Pero, ¿cómo entenderse con este entrevero que era cada cual, amasijo de afirmaciones y negaciones, en que no podía saberse siquiera qué primaba en ellos?

“¿Cómo atreverse a despreciar al padre? ¿Cómo juzgar definitivamente a la madre? ¿Dónde terminaba el bien y empezaba el mal? En ese medio medró ella, con los hermanos como encarnizados enemigos o como grandes amigos, tampoco hallando asidero en ninguno, palo a la deriva en la correntosa fluencia de un existir, entregada por circunstancias familiares al azar.

“La faz y la contrafaz del padre, su asquerosa aquiescencia a la madre, su arrastrarse mendigando favores, ¡cuánto mal le hicieron, cómo acabaron sus años de criatura precozmente madura! iY la madre, la madre, la contrafaz de la madre, su también asquerosa manera de quebrar voluntades, de crear intereses, de especular consigo misma en un comercio en que ni siquiera tenía el arrojo de darse íntegra, que todo eran promesas, encandilar deseos…”

 

Fue la primera Presidenta de la Sociedad de Escritores de Chile, en el período 1960–1961, donde destacó por llevar a cabo iniciativas de incorporación de escritoras de todo Chile al gremio de las mujeres y de los hombres de letras. No era una época en que se planteara la “equidad de género” ni otras reivindicaciones más o menos consolidadas, al menos en el ambiente literario. La personalidad de Marta Brunet y su indiscutible prestigio como narradora hicieron posible aquel hecho inédito.

(Tengamos en cuenta que, desde Domingo Melfi, primer Presidente de la SECH, en 1932, hasta el actual mandatario, Roberto Rivera, 2020, solo tres escritoras han conducido la institución: después de Marta Brunet, Inés Valenzuela en 1995–1997, y Carmen Berenguer en 2012–2013.)

En octubre de 1963, Marta Brunet fue nombrada Agregado Cultural de la Embajada de Chile en Brasil y en diciembre del mismo año lo fue de la Embajada de Chile en Uruguay, además de ser incorporada a la Academia Nacional de Letras de dicho país. Falleció en Montevideo, el 27 de octubre de 1967, mientras leía su discurso de incorporación a la Academia Uruguaya de las Letras, cumpliendo con creces su aserto: “Nunca he vivido lejos del proceso literario”.

También la muerte hizo justicia a su vocación de vida, a fin de cuentas, llevándosela en medio del brillo protocolar de las palabras.

 

***

Edmundo Moure Rojas, escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas».

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Su último título puesto en circulación es el volumen de crónicas Memorias transeúntes.

En la actualidad ejerce como director titular del Diario Cine y Literatura.

 

El primer tomo de la «Obra narrativa», de Marta Brunet (2014)

 

 

Edmundo Moure Rojas

 

 

Imagen destacada: Marta Brunet (1897 – 1967).

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