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«La McDonalización del mundo»: La clave histórica detrás del Covid-19

El coronavirus más reciente en sus orígenes «salvajes» desde un murciélago o pangolines y su repentina propagación a través de un núcleo fuertemente industrializado y urbanizado de la economía internacional, representa ambas dimensiones de nuestra nueva era de plagas políticas y financieras, vinculadas a la existencia de un mercado global que conecta a la totalidad de los sistemas biológicos y ecológicos del planeta.

Por Colectivo Chuang

Publicado el 26.3.2020

«Quisiera compartir una revelación que he tenido durante el tiempo que he estado aquí. Me llegó cuando traté de clasificar a tu especie: Me di cuenta que realmente ustedes no son mamíferos. Cada mamífero en este planeta desarrolla instintivamente un equilibrio natural con el ambiente que lo rodea, pero los seres humanos no. Se trasladan a un área, y se multiplican y multiplican, hasta consumir cada recurso natural. La única forma de sobrevivir es instalarse en otra área. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón: El VIRUS. Los seres humanos son una enfermedad, un cáncer para este planeta, una plaga…»
Agente Smith mientras tortura e intimida a Morfeo, en el filme The Matrix (1999)

Ejemplos de comportamiento “plaga” sobran en la historia: la llegada del hombre blanco y cristiano al continente americano, la invasión a Iraq por parte de la “plaga” imperialista yanqui o la actual agresión contra el pueblo palestino en Gaza por parte de la “plaga” sionista israelí. El genocidio Selknam por parte de la “plaga” de colonos británicos, argentinos y chilenos en Tierra del Fuego. Hasta nuestros días, parece ser que la peor plaga es el hombre mismo. Sin embargo, no es justo aplicarle a toda la especie humana esa comparativa, pues resulta que las sociedades «primitivas» como las clasifica el hombre-virus “civilizado”; tales como las de algunas etnias indígenas sudamericanas o las de aborígenes australianos, no manifiestan un comportamiento destructivo hacia su medio ambiente y no imponen a sangre y fuego la McDonalización del mundo, que es la real enfermedad y que esta pandemia de COVID-19 nos muestra como una nueva oportunidad.

En ese sentido, el brote llama a dos reflexiones; en primer lugar, analizar la forma en que la producción capitalista se relaciona con el mundo no-humano pues, en resumen, el medio ambiente, incluidos sus sustratos microbiológicos, no puede entenderse de forma separada a la forma en que la sociedad organiza su producción. Transformándose en una advertencia seria respecto de que el único sistema que se podrá desarrollarse en el futuro será aquel que incluya el potencial de un naturalismo plenamente politizado; en segundo lugar, podemos utilizar este momento de aislamiento para nuestra propia reflexión, puesto que muchas cosas se aclaran cuando todo se detiene de forma inesperada y una desaceleración de este tipo no puede evitar el hacer visibles tensiones previamente ocultas y a través de ellas inferir el estado completo de una sociedad.

¿Por qué la McDonalización? El virus que está detrás de la actual pandemia (SARS-CoV-2), al igual que su predecesor, el SARS-CoV de 2003, así como la gripe aviar y la gripe porcina que la precedieron, se gestaron en el crisol de economía-epidemiología. No es casualidad que tantos de estos virus hayan tomado el nombre de animales: la propagación de nuevas enfermedades a la población es casi siempre producto de lo que se llama transferencia zoonótica, que es la forma técnica de decir que tales infecciones saltan de los animales a los seres humanos. Ese salto interespecies está condicionado por cosas como la proximidad y frecuencia del contacto, todo lo cual construye el entorno en el cual la enfermedad evoluciona. Cuando esa interfaz entre humanos y animales cambia, también lo hacen las condiciones dentro de las cuales tales enfermedades lo hacen.

Y la polarización descontrolada y crecimiento de centros urbanos hacinados y sus pantagruélicos requerimientos de hamburguesas transforman a los sitios de producción industrial de comida en una olla a presión evolutiva y el medio ideal a través del cual plagas cada vez más devastadoras nacen, se transforman, son inducidas por saltos zoonóticos y luego vectorizadas agresivamente a través de una población humana flotante y cada vez más conectada que, antes de esta crisis, mantenía todo el tiempo más de 1 millón de personas en el aire. La idea la desarrollada a fondo el biólogo Robert G. Wallace, en su libro Big Farms Make Big Flu (Las grandes granjas hacen la gran gripe), publicado en 2016, en donde expone exhaustivamente la conexión entre la agroindustria capitalista y la etiología de las recientes epidemias, que van desde el SARS hasta el Ébola. Rastreando la propagación del H5N1, también conocido como gripe aviar, resume varios factores geográficos clave para esas epidemias que se originan en el núcleo productivo:

«Los paisajes rurales de muchos de los países más pobres se caracterizan ahora por una agroindustria no regulada que ejerce presión sobre los barrios de barrios periféricos. La transmisión no controlada en zonas vulnerables aumenta la variación genética con la que el H5N1 puede desarrollar características específicas para el ser humano. Al extenderse por tres continentes, el H5N1 de rápida evolución también entra en contacto con una variedad cada vez mayor de entornos socioecológicos, incluidas las combinaciones locales específicas de los tipos de huéspedes predominantes, los modos de cría de aves de corral y las medidas de sanidad animal». Robert G. Wallace, Big Farms Make Big Flu: Dispatches on Influenza, Agribusiness, and the Nature of Science, Monthly Review Press, 2016, p. 52.

Es un hecho entonces que la «globalización» permite la propagación de enfermedades más rápidamente; y una adición importante es que el mismo proceso de circulación también estimula al virus a mutar más rápidamente. La misma lógica básica del capital ayuda a que cepas virales previamente aisladas o inofensivas, colocadas en entornos hipercompetitivos favorecen los rasgos específicos que causan las epidemias, como ciclos rápidos de vida del virus, mejorar su capacidad de salto zoonótico entre especies portadoras y la capacidad de desarrollar rápidamente nuevos vectores de transmisión. La competencia… perfecciona.

Y las nuevas cepas tienden a destacar precisamente por su virulencia, pero no por su mortalidad, como una bala Parabellum de 9 mm. Pues en términos absolutos, el desarrollo de cepas más mortíferas tendría el efecto contrario, ya que matar antes al huésped da menos tiempo para que el virus se propague, así el aumento de la virulencia se convierte en una ventaja evolutiva. El ejemplo de la gripe aviar es destacado. Wallace señala que los estudios han demostrado que: «no hay cepas endémicas altamente patógenas [de influenza] en las poblaciones de aves silvestres, que son el reservorio-fuente último de casi todos los subtipos de gripe». En cambio, las poblaciones domesticadas agrupadas en granjas industriales parecen mostrar una clara relación con esos brotes, por razones obvias:

«Los crecientes monocultivos genéticos de animales domésticos eliminan cualquier cortafuegos inmunológico que pueda existir para frenar la transmisión. Los tamaños y las densidades de población más grandes facilitan mayores tasas de transmisión. Tales condiciones de hacinamiento reducen la respuesta inmunológica. El alto rendimiento, que forma parte de cualquier producción industrial, proporciona un suministro continuamente renovado de susceptibles, el combustible para la evolución de la virulencia». Ibid, p. 56-57.

Por supuesto que cada una de estas características es una consecuencia de la lógica de la competencia industrial. En particular, la rápida tasa de «rendimiento» tiene una dimensión biológica marcada: «Tan pronto como los animales industriales alcanzan el volumen adecuado, son sacrificados. Irónicamente, el intento de suprimir brotes mediante la eliminación masiva —como en los recientes casos de peste porcina africana, que provocaron la pérdida de casi una cuarta parte del suministro mundial de carne de cerdos— puede tener el efecto no deseado de aumentar aún más esta presión de selección, induciendo así la evolución de cepas hípervirulentas. Las plagas son en gran medida la sombra de la industrialización capitalista, paradojalmente, también actúan como su precursor.

Si miramos a Inglaterra, donde primero surgió el capitalismo en el campo mediante la masiva expulsión de campesinos de las tierras para ser reemplazados por monocultivos de ganado, vemos los primeros ejemplos de plagas distintivas del capitalismo. Tres pandemias diferentes ocurrieron en la Inglaterra del siglo XVIII, abarcando 1709-1720, 1742-1760 y 1768-1786. El origen de cada una fue el ganado importado de Europa, infectado por las frecuentes pandemias precapitalistas que siguieron a las guerras. Pero en Inglaterra, el ganado había comenzado a concentrarse de nuevas maneras y la introducción del ganado infectado se propagaría por la población de manera mucho más agresiva que en Europa. No es casual, entonces, que los brotes se centraran en las grandes lecherías de Londres, que ofrecían entornos ideales para la intensificación de los virus. Cada brote fue contenido mediante la eliminación selectiva y temprana en baja escala, combinada con la aplicación de prácticas médicas y científicas modernas en esencia similares a la forma en que se sofocan las epidemias hoy en día. Ese fue el primer ejemplo de lo que se convertiría en una pauta clara, imitando la de las propias crisis económicas: colapsos cada vez más intensos que parecen poner a todo el sistema en un precipicio, pero que en última instancia se superan mediante una combinación de sacrificios masivos que despejan el mercado-población gracias a la intensificación de los avances tecnológicos, en ese caso, prácticas médicas modernas más nuevas vacunas, que a menudo llegan demasiado poco y demasiado tarde, pero que sin embargo ayudan a limpiar las cosas tras la devastación.

Sin embargo, los resultados en otros lugares fueron mucho más devastadores. El ejemplo con mayor impacto histórico es probablemente el del brote de peste bovina en África que tuvo lugar en la década de 1890. La fecha en sí no es una coincidencia: la peste bovina había asolado Europa con una intensidad que seguía de cerca el crecimiento de la agricultura en gran escala, sólo frenada por el avance de la ciencia moderna. Pero a finales del siglo XIX se produjo el apogeo del imperialismo europeo, personificado en la colonización de África. La peste bovina fue llevada de Europa al África oriental con los italianos, que trataban de alcanzar a otras potencias imperiales colonizando el Cuerno de África mediante una serie de campañas militares. Estas campañas terminaron en su mayor parte en fracaso, pero la enfermedad se propagó luego a través de la población ganadera autóctona y finalmente llegó a Sudáfrica, donde devastó la primera economía agrícola capitalista de la colonia, llegando incluso a matar al rebaño en la finca del infame y autoproclamado supremacista blanco Cecil Rhodes. El efecto histórico más amplio fue innegable: al matar hasta el 80-90 % de todo el ganado, la plaga provocó una hambruna sin precedentes en las sociedades predominantemente pastoriles del África subsahariana. A esta despoblación le siguió la colonización invasiva de la sabana por el espino, que creó un hábitat para la mosca tse-tsé, que es portadora de la enfermedad del sueño e impide el pastoreo del ganado. Esto aseguró que la repoblación de la región después de la hambruna fuese limitada, y permitió una mayor expansión de las potencias coloniales europeas en todo el continente.

Además de inducir periódicamente crisis agrícolas y producir las condiciones apocalípticas que ayudaron a que el capitalismo surgiera más allá de sus primeras fronteras, esas plagas también han atormentado al proletariado en el propio centro industrial. Antes de volver a los muchos ejemplos más recientes, vale la pena señalar de nuevo que simplemente no hay nada exclusivamente chino en el brote de coronavirus. Las explicaciones de por qué tantas epidemias parecen surgir en China no son culturales: se trata de una cuestión de geografía económica. Esto queda muy claro si comparamos China con Estados Unidos o Europa, cuando estos últimos eran centros de producción mundial y de empleo industrial masivo. Y el resultado es esencialmente idéntico, con todas las mismas características. La muerte del ganado en el campo se produjo en la ciudad debido a las malas prácticas sanitarias y a la contaminación generalizada. Esto se convirtió en el centro de los primeros esfuerzos liberales-progresistas de reformas en las zonas de la clase trabajadora, personificados en la novela del escritor estadounidense Upton Sinclair La jungla, escrita originalmente para documentar el sufrimiento de los trabajadores inmigrantes en la industria de la carne, pero que fue retomada por los liberales más ricos preocupados por las vulneraciones a la salud y las condiciones generalmente insalubres en las que se preparaban sus propios alimentos.

Esta indignación liberal por la «inmundicia», con todo su racismo implícito, todavía define lo que podríamos pensar como la ideología automática de la mayoría de las personas cuando se enfrentan a las dimensiones políticas de algo como las epidemias del coronavirus o el SARS. Sin embargo, los trabajadores tienen poco control sobre las condiciones en las que trabajan. Más importante aún, mientras que las condiciones insalubres se filtran fuera de la fábrica a través de la contaminación de los suministros de alimentos, esta contaminación es realmente sólo la punta del iceberg. Tales condiciones son la norma ambiental para aquellos que trabajan en ellas o viven en asentamientos proletarios cercanos, y estas condiciones inducen descensos en el nivel de salud de la población que proporcionan condiciones aún mejores para la propagación del vasto conjunto de plagas del capitalismo.

Tomemos, por ejemplo, el caso de la gripe española, una de las epidemias más mortíferas de la historia de la humanidad con 50 millones de muertes. Fue uno de los primeros brotes de influenza H1N1 (relacionada con brotes más recientes de gripe porcina y aviar), y durante mucho tiempo se supuso que de alguna manera era cualitativamente diferente de otras variantes de la influenza, dado su elevado número de muertes. Si bien esto parece ser cierto en parte (debido a la capacidad de la gripe de inducir una reacción excesiva del sistema inmunológico), en exámenes posteriores de la bibliografía y en investigaciones epidemiológicas históricas se comprobó que tal vez no fuera mucho más virulenta que otras cepas. En cambio, su elevada tasa de mortalidad probablemente se debió principalmente a la malnutrición generalizada, el hacinamiento urbano y las condiciones de vida generalmente insalubres en las zonas afectadas, lo que fomentó no sólo la propagación de la propia gripe sino también el cultivo de superinfecciones bacterianas sobre la viral subyacente.

En otras palabras, el número de muertes por la gripe española, aunque se presenta como una imprevisible irregularidad en la naturaleza del virus, recibió un impulso relacionado con las condiciones sociales. Entretanto, la rápida propagación de la gripe fue posible gracias al comercio y la guerra a escala mundial, que en ese momento se centró en los imperialismos velozmente cambiantes que sobrevivieron a la Primera Guerra Mundial. Y volvemos a encontrar una historia ya conocida de cómo se produjo una cepa tan mortal de influenza en el lugar inicial: aunque el origen exacto sigue siendo algo oscuro, ahora se supone que se originó en cerdos o aves de corral domesticados, probablemente en Kansas, Estados Unidos. El momento y el lugar son notables, ya que los años posteriores a la guerra fueron una especie de punto de inflexión para la agricultura estadounidense, que presenció la aplicación generalizada de métodos de producción McDonalizados, cada vez más mecanizados y de tipo industrial.

Estas tendencias se intensificaron a lo largo de la década de 1920, y la aplicación masiva de tecnologías como la cosechadora indujo tanto a una monopolización gradual como a un desastre ecológico, cuya combinación dio lugar a la crisis del Dust Bowl y a la migración masiva que le siguió. La concentración intensiva de ganado que marcaría más tarde las granjas industriales no había surgido todavía, pero las formas más básicas de concentración y rendimiento intensivo que ya habían creado epidemias de ganado en toda Europa, eran ahora la norma. Si las epidemias de ganado inglesas del siglo XVIII fueron el primer caso de una plaga de ganado claramente capitalista, y el brote de peste bovina de la década de 1890 en África el mayor de los holocaustos epidemiológicos del imperialismo, la gripe española puede entenderse entonces como la primera de las plagas del capitalismo sobre el proletariado. A esto se añaden procesos igualmente intensivos que tienen lugar en los márgenes de la economía, donde las cepas «salvajes» son encontradas por personas empujadas a incursiones agroeconómicas cada vez más profundas al interior de ecosistemas locales.

El coronavirus más reciente en sus orígenes «salvajes» desde un murciélago o pangolines y su repentina propagación a través de un núcleo fuertemente industrializado y urbanizado de la economía mundial, representa ambas dimensiones de nuestra nueva era de plagas político-económicas. El hecho es que la esfera «natural» ya está subsumida en un sistema capitalista totalmente mundial que ha logrado cambiar las condiciones climáticas de base y devastar tantos ecosistemas precapitalistas que el resto ya no funciona como podría haberlo hecho en el pasado. Aquí reside otro factor causal, ya que, según Wallace, todos estos procesos de devastación ecológica reducen: «el tipo de complejidad ambiental con el que el bosque interrumpe las cadenas de transmisión».

La realidad entonces es que pensar en tales áreas como la «periferia» natural de un sistema capitalista que es global y también totalizante. Es el error. Puesto que no existe un borde o frontera con alguna esfera natural no-capitalista más allá de él, y por lo tanto no hay una gran cadena de desarrollo en la que los países «atrasados» sigan a los que están delante de ellos en su camino hacia la cadena de valor, ni tampoco ninguna verdadera zona salvaje capaz de ser preservada en algún tipo de condición pura e intacta. En su lugar, el capital tiene simplemente un interior subordinado, que a su vez está totalmente subsumido en las cadenas de valor mundiales.

Los sistemas sociales resultantes —incluyendo todo, desde el supuesto «tribalismo» hasta la renovación de las religiones fundamentalistas antimodernas— son productos totalmente contemporáneos, y casi siempre están conectados de facto a los mercados globales, a menudo de forma bastante directa. Lo mismo puede decirse de los sistemas biológico-ecológicos resultantes, ya que las zonas «salvajes» son en realidad inmanentes a esta economía mundial tanto en el sentido abstracto de dependencia del clima y los ecosistemas conexos como en el sentido directo de estar conectados a esas mismas cadenas de valor mundiales.

¿Qué nos queda entonces? Arreglárnoslas, siempre lo hemos hecho y seguiremos haciéndolo, como especie humana, para volver a una sociedad «primitiva» como las clasifica el hombre-virus “civilizado”; tales como las de algunas etnias indígenas sudamericanas o las de aborígenes australianos, no manifiestan un comportamiento destructivo hacia su medio ambiente y no imponen a sangre y fuego la McDonalización del mundo: que es la real enfermedad de esta pandemia como lo sostenía el Agente Smith.

 

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*Traducido en parte por Rodrigo Barra Villalón de: Social Contagion Microbiological Class War in China, colectivo Chuang (un grupo disidente chino cuyo vocablo significa algo así como «libérate; ataca, carga; rompe las líneas enemigas; actúa impetuosamente» / chuangcn.org.

 

Rodrigo Barra Villalón nació en Magallanes en 1965. Profesional de la Universidad de Chile en el área de la Salud, ejerció durante algunos años para luego dedicarse a la actividad empresarial en un ámbito del que recién se comenzaba a hablar: Internet. La literatura siempre fue una pasión, pero se mantuvo inactiva por razones de fuerza mayor. Hasta que en 2018, alejado ya de temas comerciales, tomó la decisión de convertirla en un imperativo.

En ese año sometió su escritura al escrutinio de diversos editores, talleres y cursos; publicando su primer libro de cuentos-crónicas políticas del período de la dictadura (1973-1991) Algo habrán hecho en diciembre de esa temporada (Zuramerica, 2018), el cual obtuvo una positiva reacción por parte de la crítica especializada y el público lector. Luego vendría Fabulario (Zuramerica, 2019) una colección de treintaisiete narraciones de ficción alegóricas y se encuentra trabajando en su primera novela Un delicioso jardín. Es socio activo de Letras de Chile.

 

Rodrigo Barra Villalón

 

 

Crédito de la imagen destacada: Colombiacheck.com

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