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«Los años invisibles», de Rodrigo Hasbún: Entre la reflexión artística y el devenir histriónico

La prosa del escritor boliviano es agradable para la creación de imágenes y la imaginación, y la naturalidad de las voces y de las descripciones se acoplan con los paisajes de la ciudad altiplánica de Cochabamba, con la realidad ficticia, pero real, de su país, con esa intención criolla de obtener la trascendencia en base a la identificación.

Por Carlos Pavez Montt

Publicado el 19.10.2020

«Uno siempre quiere vivir. Esa es la condena. Uno siempre quiere vivir, weón».
Johnny Cien Pesos (1993)

La imagen estética no significa una inclusión inevitable de la reflexión. El ámbito artístico se encuentra, al menos en estos días de espectáculo, redes y televisión, en una lejanía lamentable respecto a lo que podría constituir la visibilidad real de los problemas fácticos de lo otro.

La realidad que podemos observar está pintada, camuflada, acuartelada tras las murallas que se erigen en nombre de los ideales revolucionarios, hoy afirmativos en esta espera permanente que sitúa la posibilidad alternativa en un papel supuestamente democrático, potencial e ideológico.

Ahora podríamos preguntar. ¿Qué significa eso de lo otro? ¿Cómo que la realidad está camuflada? ¿Por qué el futuro se apuesta en una urna y no directamente en la acción? Todos estos cuestionamientos se ubican dentro de lo que podríamos llamar pensamiento crítico.

Citando a Walter Benjamin, una relación crítica podría definirse como las conexiones que nos hacen cuestionar las cosas tal como se nos aparecen ante los ojos. Una imagen tendría, entonces, la capacidad para ser una reflexión, pero también para convertirse, artificialmente, en un estereotipo.

Para intentar responder las preguntas anteriores debemos establecer una relación crítica con las mismas. ¿Qué significa eso de lo otro?

Algo que subyace bajo los focos del espectáculo y de la pretensión. Todo lo que no entra en el círculo de lo siempre mal llamado sentido común. Las luchas que permanecen con la espada en el aire mientras los escudos informáticos les cierran los caminos de la visibilidad, de la transparencia, de la comunicación.

En fin, lo otro es todo aquello que se desarrolla en una existencia subyugada ante los imperativos hegemónicos.

Una consciencia que pueda hacer frente a dichos enemigos estructurales se vuelve, para el mundo hipermoderno de hoy, un elemento de importancia vital. Porque la iluminación de la oscuridad, tópico tan minuciosamente repetido a lo largo de la historia humana, no basta para que las piernas de Goliat tiemblen ante las piedras de las imágenes y de los versos.

La diferencia positiva, afirmativa y constituyente no significa una intervención a los cimientos, sino sólo a la fachada que recubre la compleja arquitectura del existir entre la hipermodernidad y la sujeción.

La obra de Hasbún se sitúa, según esto, entre esa representación libertaria a la que aspira una totalidad y aquel carácter sobre la temporalidad que Benjamin tanto criticó. El presente eterno. La utopía de la impasibilidad como un objetivo puro, ascético, racional y religioso.

La paz que se sostiene a través de la intuición probada con termómetros y microscopios. La imagen misma de la realidad captada, no para la denuncia de los fundamentos que guían el comportamiento cotidiano, sino que en función de una diferencia que provee libertad, bienestar, alienación.

Una individualidad distinta que se hace, de manera muy justa, con un lugar en la discusión coetánea, pero que no puede competir con la veracidad y la competencia innata de su condición.

En otras palabras, esa relación que sale de los parámetros morales de la burguesía, esa situación incómoda entre la joven y el doctor, esa familia que está permanentemente forzando el cumplimiento de lo hegemónico. Si se mira entre líneas, si se revisa un offside minucioso, sí puede establecerse una relación crítica entre las imágenes y la recepción.

El problema es justamente lo que se le viene criticando desde hace años al pensamiento postmoderno. Se dice que la superación de la actualidad subyace en los propios productos de la fábrica mayor. El establecimiento genera unos resultados que deberían ser, y lo son efectivamente, tan válidos como para formar un mundo en el que la diferencia reine por la belleza de su ser propio. La estetización eterna y el estiramiento infinito del tiempo para que, en los años en los que transcurra la vida, vivamos en un mundo mejor.

La prosa de Rodrigo Hasbún (1981), hablando ya en términos propiamente literarios, es agradable para la creación de imágenes, para la imaginación. La naturalidad de las voces y de las descripciones se acopla con los paisajes de Cochabamba, con la realidad ficticia, pero real, de Bolivia, con esa intención criolla de obtener la trascendencia en base a la identificación.

Porque los acontecimientos que ocurren a lo largo de la vida sí tienen una realización distinta y fugaz en el futuro. Pero el presente es lo que que se amasa hasta que la harina ya no deja respirar al pan en el horno.

Así se construye una estructura que la crítica ha catalogado con unos términos que se asemejan a la rapidez, a lo móvil, a un precipicio por el cual se va cayendo mientras las páginas van provocando un sonido u otro.

La vida, el amor, la ilegalidad, la amoralidad, la clase media, la fragilidad del contenido, la imagen que pasa mientras el tiempo no deja ningún espacio para premeditar, retrotraer, en fin, reflexionar sobre lo que al final termina constituyéndonos: la acción.

Cochabamba, hogar que simula la existencia semejante de los pueblos latinoamericanos, queda subyugada ante la experiencia de los sujetos. La individualidad sopesa más que el sentido cósmico. La ciudad, la comunidad queda anulada de partida por los valores y la enseñanza del yo, de lo consciente, de lo inconsciente, de todas esas capas que nos separan de ser una persona hecha y derecha, de ser uno y de ser todo. Lo colectivo se arrodilla ante lo fragmentario porque los números ya no dejan que las cosas sean de otro modo.

Cochabamba, tierra conquistada y propiciada en una gran dirección, que ahora es víctima de la subjetividad, de la publicidad, de los comerciales, de las ideas liberales y burguesas, de lo que no puede filtrarse a través de los medios de comunicación.

Esa industria cultural hegemónica a la que tanto recriminaban Horkheimer y Adorno, esos valores que hoy caminan o fluyen por los tubos de casi todas las personas de este lado del mundo. A fin de cuentas, cosas parecidas a la inocencia fantasmagórica que constituyen la política, el futuro, los votos.

No podemos esperar nada de lo que se involucra con el espectáculo, con la condena permanente ligada a la exhibición.

 

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Carlos Pavez Montt (1997) es licenciado en literatura hispánica de la Universidad de Chile, y sus intereses están relacionados con ella (con la literatura en lengua romance), utilizándola como una herramienta de constante destrucción y reconstrucción, por la reflexión que, el arte en general, provoca entre los individuos.

 

«Los años invisibles», de Rodrigo Hasbún (Literatura Random House, 2020)

 

 

Carlos Pavez Montt

 

 

Imagen destacada: Rodrigo Hasbún (1981).

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