Icono del sitio Cine y Literatura

«Los tiempos de la caimaguana», de Dauno Tótoro Taulis: La recuperación de lo perdido

En esta ficción, bajo el símbolo de un animal mezcla de caimán e iguana, una suerte de “Dragón de los Mares”, como en la novela previa del autor («La sonrisa del caimán»), se nos devela un mundo narrativo, ficticio y a la vez muy real, situado allende la cordillera austral de América. Y un orbe ajeno del todo a la casa, la familia y los clanes chilenos. Pues Marco Buitrago, apodado Buitre, el protagonista periodista/detective de la trama, es un hombre de quién no sabemos nada de casa, de familia, de padre ni madre ni abuelos, que vive viajando por todo el continente a una velocidad descomunal: En algo más de tres meses va de Santiago a Tabatinga en la Amazonía, Manaos, Sao Paulo, Buenos Aires, Caracas, Puerto España, Trinidad, Veracruz, el Aeroplano en el Golfo de México, vuelta a la Amazonía y a la capital de Argentina, para anclar finalmente en Puerto Natales. Acá, ofrecemos páginas escogidas para los lectores del Diario «Cine y Literatura».

Por Dauno Tótoro Taulis

Publicado el 26.10.2017

Había oído decir que todos los cerros que los rodeaban, alguna vez habían estado tapados por una densa selva impenetrable. Que esas lomas y esas quebradas ahora cubiertas de líquenes, que esas riberas del Orinoco que acababan de abandonar, ahora convertidas en un lodazal pestilente, habían sido un verdadero paraíso. Pero Juan Segundo Norambuena había aprendido a pensar que lo que le contaba su padre no siempre era cierto, por lo menos no exactamente del modo en que se lo relataba el viejo. Recordaba su rostro, los ojos estériles cubiertos por esa fina tela, como de arañas invisibles, mirando la nada a la distancia mientras hablaba de las maravillas amazónicas, de la exhuberancia, de la vida irreverente. No es que estuviera desilusionado, pues sabía que el viejo relataba paisajes de otros tiempos, de antes incluso que el propio Segundo Robespierre Norambuena naciera, pero le costaba tanto imaginar un árbol, que ya la tarea de imaginar una selva era algo que estaba por encima de sus capacidades. Fuera de su mundo. Es más, dudaba de que alguna vez hubiese existido una selva. Las cosas grandes y poderosas no se acaban en tan poco tiempo, no desaparecen sin dejar huella. Es algo imposible. Por lo menos improbable.

Ahora se encontraban ahí, en las afueras de San Carlos de Río Negro, según el mapa, pero de lo que en la carta aparecía marcado como una pequeña aldea amazónica, sólo quedaba en pie un par de altas estructuras de ladrillos rojos. “Chacuacos”, había dicho El Tetas, viéndolas recortadas contra la distante mole gris de la Piedra del Cucuy. “Por allá de Villahermosa y Veracruz hay un chingo de chacuacos… son viejas chimeneas ‘onde los antiguos cocían la caña para hacer el azúcar”. Para Sudacorganic resultaba inimaginable que esa llanura reseca, marcada al centro por la depresión del otrora correntoso río Negro, pudiera haber estado cubierta alguna vez de caña dulce.

Habían abandonado las chalupas cincuenta kilómetros atrás, enfangadas en el lecho intransitable del río Inirida, a pocas horas del punto en que el afluente del Orinoco unía sus pestilentes aguas a los lodos del otrora gran río y con ellas se habían despedido también de los cuatro motores fuera de borda y del combustible, además de buena parte de la carga. Lo más preciado para Juan Segundo Norambuena, sin embargo, las semillas que rescatara del Cilindro Maíz, estaban a buen  resguardo en su morral. Lamentaba haber tenido que dejar en el Dragón de los Mares los dispositivos de proyección holográfica que contenían las instrucciones de uso y manejo de cada una de las especies, pero confiaba haber retenido en la memoria lo más importante. Su carga personal consistía, además de las placas petri para la conservación de las simientes, en un odre con diez litros de agua desalinizada, dos fusiles Cluj con veinte rondas de parque, un lanzacohetes y un fardo de diez pieles de caimaguana. El Tetas, que llevaba consigo dos fardos de cueros, se había resistido a abandonar los cerca de quince kilos de charqui de Malintzines y de osezno; tampoco había escuchado razones acerca de la inconveniencia de transportar cinco Cluj con munición suficiente como para abastecer a un pequeño ejército, dos lanzacohetes y la caja de explosivos restante. Pero el cabo yucateco era fuerte… y porfiado.

La travesía, desde que escaparan de Manaure, había sido a pie forzado, obligándose a navegar a pocos metros aguas adentro de las rompientes para confundir a los radares termoacústicos de las unidades de rastreo de Matsuhita, en caso de que la faramalla de “huída” con el Dragón de los Mares no los hubiera convencido del todo. Fueron cerca de seis jornadas sin pausa hasta la desembocadura del río Orinoco, que se había convertido en una amplia ría salina, a  diferencia de lo que ofrecían las caducas cartas de navegación. El tránsito corriente arriba, en los primeros cientos de kilómetros, había resultado sencillo gracias a la ausencia de quilla en las chalupas y al poder de los Evinrude modificados, que lograban desplazar con sus hélices la gruesa y chiclosa sustancia en que se había convertido el flujo del río. Al final, cuando los motores se agriparon definitivamente y fueron incapaces de funcionar en el fango espeso, debieron seguir adelante, penosamente, metro a metro, impulsándose con los remos de emergencia a modo de bastones que apoyaban contra el fondo lodoso.

El paso junto a Puerto Páez, luego en las cercanías de Puerto Carreño y, finalmente, la travesía a espaldas de Puerto Ayacucho, no estuvieron libres de tensión al comprobar a la distancia la presencia de campamentos que, supuso Sudacorganic a juzgar por la precariedad de las tolderías y la celeridad con que sus habitantes abandonaban todo para refugiarse al detectar su inminente presencia, podrían pertenecer a contrabandistas de ámbar o a buscadores de esmeraldas.

Fue al desembocar en la Quebrada de Zancudo que Sudacorganic decidió abandonar las chalupas y proseguir a pie hasta empalmar con el Río Negro. Fueron dos jornadas de marcha intensiva, con exceso de carga, hasta las ruinas de los ingenios de San Carlos y una vez ahí Juan Segundo Norambuena sintió con más fuerza que nunca la inutilidad del viaje. No quedaba nada del mundo. Agotado, casi sin esperanzas de que algo pudiera señalarle, aunque fuera sugerirle, la posibilidad remota de la existencia del refugio de los Resistentes, sentía que la cabeza le estallaba, la piel le ardía. Había descuidado la protección navegando largas horas con la frente expuesta a los rayos asesinos; el aire caliente laceraba más que de costumbre sus alvéolos. El veneno en que se había convertido la atmósfera del planeta parecía concentrarse en la medida en que se dirigían más y más al sur. “Quizás El Tetas tenga razón”, se decía a sí mismo Sudacorganic, “quizás sea verdad que el mundo termina en un insondable abismo”.

Ya desde las cercanías de Obando, cuatro jornadas antes, había notado un creciente oscurecimiento en el tono plomizo habitual del cielo calcinado y un aroma indeterminado que, en ocasiones, cuando corría viento, le recordaba vagamente el tufo agrio del amoníaco con que su madre disolvía los cascotes cristalizados que los Gatos cazaban en las esclusas de evacuación del Chancho Chino. Ahora, en San Carlos, el cielo se había vuelto definitivamente brumoso y la peste a urea se hacía casi insoportable.

En los mapas, Sudacorganic había definido una ruta que ahora parecía incierta. Para acceder al curso del Río Negro habían tenido que emprender una fatigosa marcha, pues el estero del Xié, que en las cartas aparecía claramente identificado como ‘curso navegable’, en la vida real no era más que una sombra de tierra apisonada, más oscura que el suelo del entorno y que con algo de voluntad podía confundirse con el lecho de un antiguo riachuelo ya extinto. Y aún así, la promesa del afluente del Amazonas no se hacía presente. “Vamos a escalar la Piedra del Cucuy”, decretó Juan Segundo Norambuena como último recurso, sin que El Tetas se inmutara, absorto como estaba en masticar una larga loncha de carne disecada; e inmediatamente después se justificó el chileno sin que nadie se lo exigiera, explicando que “desde la altura siempre se ve más claro para dónde hay que seguir la huella”.

Habrían desistido de tan inútil misión, considerando la lisura de las paredes de granito del peñón de Cucuy y la fatiga que les impedía moverse con soltura con tanta carga a cuestas, de no haber sido por la cantidad de clavos, mosquetones y líneas que presentaba la pared occidental del monolito rocoso de cerca de quinientos metros de altura. A un costado de la enorme formación rocosa, los restos de un antiquísimo letrero acrílico daba la bienvenida al Centro de Escalada Cucuy.

Cinco horas más tarde, el renegado chileno y el mercenario yucateco hacían cima en el peñasco, con toda su carga a cuestas, resoplando como energúmenos. Dedicaron cerca de treinta minutos a recuperar el aliento perdido, respirando agitadamente, echados de espaldas sobre la meseta. “¡Jodido…!”, exclamó el agotado Tetas, “¡Eso si qu’estuvo cabrón, pica-pica!”. “¡Chucha… chucha… chucha!”, se limitó a contestar el Segua, ventilándose aparatosamente mientras se sentaba, apoyándose en la abultada mochila de cueros de caimaguana que llevaba a la espalda. Y aún a pesar de la agitación alveolar, aún ahogado y abatido por el esfuerzo, el panorama que desde la altura se presentó ante sus ojos lo hizo considerar que respirar era no más que una superficialidad indefendible. Ante ellos, a menos de cinco kilómetros de distancia y a lo largo de una franja regular que se extendía de izquierda a derecha hasta donde alcanzaba la vista, lo único que se distinguía era una muy definida fractura, un precipicio, un abismo que certificaba sin retrucos la hipótesis -o certeza- de El Tetas (antes descartada como innoble) de la existencia de un fin de mundo tangible, comprobable, sufrible. Ahí lo que había, era el fin del mundo. El abismo. Sin más.

La verdad es que ya nada importaba. “¡Te lo dije, pinche pica-pica… el barranco donde se acaba el mundo, pero tú, necio, cabrón, necio… que no, que hay un dizque refugio, cabrón!”, reclamaba El Tetas, sacando de su morral una larga tira de charqui, “¿Y’ora…? No más llegamos hasta acá… y tanto viaje, cabrón, que los charcos, los mares, volando torres, chingándose Malintzines, ¿pa’ qué, pica-pica?”. Observaron el paisaje en silencio; el corte del planeta era filoso, preciso, un límite inexorable. Y más allá, hasta donde alcanzaba la vista, una densa bruma opaca, gris, metálica, cien o doscientos metros bajo el nivel de la meseta que se desplomaba al vacío, al espacio infinito. ‘¿Y qué tal será caer a la nada?’, se preguntaba para sus adentros Sudacorganic con un suspiro, ‘una caída infinita a la nada, a la nada, a la nada, por siempre’. Juan Segundo Norambuena metió la mano al morral y sacó una de las placas petri; estudió las semillas a contraluz, suspendidas en su cama nutriente de agar agar. Ahí estaban las simientes estrelladas de Ambarina Ritornante. Jamás llegaría a enterarse de qué clase de planta podía surgir de ellas. Abrió la placa, ya nada importaba, estaba todo perdido. “A la rechucha”, dijo en voz alta, mientras se echaba una semilla a la boca y masticaba lentamente. “A la verga”, comentó El Tetas, echándose nuevamente de espaldas contra la roca dura, respirando hondo, “a la gran verga de su chingada madre”.

Una oleada de sabor dulce, penetrante. La boca se le llenó de saliva. Dejó de sentir ese persistente dolor de cabeza, el ardor de la piel cedió de pronto. El cansancio se disipaba dando paso a una sensación de otredad. “Soy otro”, pensó Juan Segundo Norambuena, “otro dentro de otro”. Rió suavemente. El Tetas abrió los ojos y volteó a verlo con desconcierto. Era como si flotara envuelto en una nube, una nube dulce. Se quitó de un jalón las malditas antiparras y las lanzó con fuerza. Los cristales rebotaron contra la pendiente rocosa, despedazándose. Respiró hondo y sintió que su cabeza crecía, el cuerpo era absorbido por sí mismo, se autoabsorbía. No pesaba nada, era infinitamente liviano. Ante sus ojos, una danza de colores vivos lo maravilló durante algunos segundos.

Una laguna pequeña, un ojo de agua cristalina rodeado por paredes de roca. De la roca húmeda surgían helechos, musgos. Se inclinó sobre el agua, absorto en los destellos de las delicadas escamas de colores de los peces rojos, azules, amarillos.

Un movimiento a su lado llama su atención; voltea y lo encuentra a su izquierda, sentado con las piernas cruzadas, las manos sobre los muslos desnudos, el torso cubierto por collares de conchas y pedernales, el gran tocado de plumas de guacamayo sobre la cabeza. “Sabio Pez Tierra”, dice en voz alta Sudacorganic, reconociéndolo. Sabio Pez Tierra asiente. Desde la oscuridad, oye entonces la voz adormilada de El Tetas. “No te estés recordándote de mis recuerdos, pinche pica-pica”. Un movimiento a su derecha y al voltear, sentado con las piernas cruzadas, las manos sobre los muslos desnudos, el torso cubierto con collares hechos de pequeños cráneos de aves y plumas de colibrí, el florido tocado de orquídeas sobre la cabeza, lo encuentra. “Gigante de la Tierra”, lo nombra Sudacorganic, reconociéndolo. Gigante de la Tierra asiente. Desde la oscuridad, Juan Segundo Norambuena vuelve a escuchar la voz pastosa de El Tetas. “¡Órele, pica-pica… saliendo, saliendo, circule, circule joven… no se esté ahí, merodeándose en mis ideas, cabrón”.

– Yo hice la Tierra -dice de pronto Sabio Pez Tierra.

– Yo sacudo al cielo, trastorno a toda la tierra -dice Gigante de la Tierra.

“Así contaba mi abuela en Oxkutzcab”, comenzó a explicar El Tetas desde la oscuridad, “de cuando el tiempo de los Hombres Sabios que crearon la Tierra. Contaba mi abuela que así decía Principal Guacamayo… ‘Yo soy, pues, grande por encima del hombre construido, del hombre formado. Yo el sol, yo la luz, yo la luna… No está bien que pase eso’, dice mi abuela que dijo, ‘ese hombre no debe vivir aquí, en la superficie de la Tierra. Trataremos, pues, de tirar con cerbatana contra su comida; tiraremos con cerbatana contra ella, introduciremos en ella una enfermedad que pondrá fin a sus riquezas, a sus jadeítas, a sus metales preciosos, a sus esmeraldas, a sus pedrerías, de las cuales se glorifica como lo harán todos los hombres’, contaba mi abuela que dijo ese Principal Guacamayo”[1].

Juan Segundo Norambuena hundió ambas manos en el agua cristalina y los peces de colores no se espantaron. El agua fría, clara, fresca como nunca antes sintió el agua. Cerró los ojos y se empapó el rostro con el agua. Lleno de dicha y sorpresa, abrió los ojos y se encontró nuevamente en la cima de la Piedra del Cucuy, junto a El Tetas que seguía hablando, las manos tras la nuca, reposando contra el fardo de pieles de caimaguanas. “Ay, pica-pica… así hablaba mi abuela”, suspiró El Tetas, “y contaba de cuando se celebró consejo acerca del hombre, de cuando se buscó lo que entraría en la carne del hombre. Los llamados Procreadores, Engendradores, Constructores, Formadores, Dominadores poderosos del Cielo…”.

Sudacorganic sonrió, interrumpiendo a El Tetas: “En Casas sobre Pirámides, en la Mansión de los Peces, así llamadas, nacían las mazorcas amarillas, las mazorcas blancas…”.

El Tetas, extrañado, se sentó y volteó a ver a Sudacorganic. “No estés chingando, pica-pica, ¿a poco conocistes a mi abuela?”. “No”, contestó El Segua, “pero escúchame, que conozco también esa historia de los hombres de maíz, la conozco desde ahora, Tetas, y sé qué ‘plenitud de alimentos había en aquella ciudad llamada Casas sobre Pirámides, cerca de la Mansión de los Peces. Subsistencias de todas clases, pequeñas subsistencias, grandes subsistencias, pequeñas sementeras, grandes sementeras… Entonces fueron molidos el maíz amarillo, el maíz blanco, y Antigua Ocultadora hizo nueve bebidas… El alimento se introdujo en la carne, única alimentación de las piernas, de los brazos del hombre’”. “¡Caray, pica-pica!”, exclamó El Tetas, entusiasmado, “¡si hasta lo cuentas más bonito que la abuela!… ‘Y he aquí que una joven, hija de un jefe, oyó la historia de las frutas del árbol que le fue contada por su padre, se maravilló grandemente de tal relato… ‘¿Por qué no iría yo a ver ese árbol del cual se habla?’”, continuó evocando El Tetas, pero Sudacorganic, la respiración agitada por la emoción, excitado, saltó y se puso de pie ante el cabo yucateco y lo interrumpió nuevamente, “por lo que oigo decir, esas frutas son verdaderamente agradables, se dijo ella… Entonces partió sola, y llegó al pie del árbol plantado en medio del Juego de Pelota de los Sacrificios… ¡Ah, ah! ¿Son esas las frutas del árbol?”. Sudacorganic, los ojos desorbitados, se acuclilló ante El Tetas, que lo miraba divertido. “¡Tetas, escucha… ese es el conjuro del Cilindro Cacao… Tetas… ¿Dónde lo aprendiste?!”. “Mi abuela…” atinó a contestar El Tetas, encogiéndose de hombros, “mi abuela que nos contaba las historias de los antiguos, las historias cantadas de la Flor de Pechoto”.

– Pechoto… Flor de Pechoto -repitió, extrañado Sudacorganic; se pasó la lengua por los labios, se puso de pie y dio la espalda a El Tetas, enfrentando la inmensidad del abismo hacia la nada infinita-. Pechoto… ¡Peixoto!… ¡Mierda…!

Juan Segundo Norambuena observaba fijamente la bruma metálica que opacaba la inmensidad del abismo, mientras recitaba el conjuro que su padre le enseñara, el conjuro de los Resistentes: “No había ningún cansancio en sus corazones… los dioses se encargaron de venir del Lugar de la Abundancia-Barranco, allá lejos, en el Sur… Estaban pues allí, en la selva… He aquí el alba en Lluvioso, en Sembrador, en Volcán, se dice ahora. He aquí que fueron hechos los jefes, que tuvieron el alba, nuestros abuelos, nuestros padres. Contaremos el alba, la aparición del sol, de la luna, de las estrellas”. Una lágrima rodó por su mejilla en el momento en que abajo, muy abajo, rompiendo la superficie de la bruma metálica, surgió a la distancia un manchón diminuto de colores naranja y rojo. Nueve guacamayas de vivos plumajes, a la distancia, emergieron por encima de los nubarrones, planearon durante un par de segundos y luego, con un agudo graznido que retumbó en las paredes de granito calcinado, volvieron a sumergirse en el abismo.

Descendieron la Piedra del Cucuy sin mayor dificultad, arrastrando su carga. Caminaron sin temor hasta el abismo y se detuvieron en el borde mismo a contemplar el infinito cubierto por las espesas nubes. “Bajemos, pues”, El Tetas estaba ansioso. Se asomaron lentamente y vieron que el corte a pique tenía numerosas piedras, fisuras, agarraderas. Ataron firmemente las pieles de caimaguanas y el resto de la carga a sus espaldas. “Oyes, chileno”, dijo El Tetas mientras se ataba la piel de osezno en torno a la cabeza a modo de capucha, “están padres las palabras cantadas… Ese conjuro de los Resistentes, que dices, ¿termina ahí donde acabastes, pica-pica?”. “Sigue”, contestó lacónicamente Juan Segundo Norambuena mientras comenzaba a descender el barranco, aferrado con ambas manos a la saliente, “lo llaman el árbol de la memoria… Ahí te va”.

“Cuando todos se vayan a otros planetas

yo quedaré en la ciudad abandonada

bebiendo un último vaso de cerveza,

y luego volveré al pueblo donde siempre regreso

como el borracho a la taberna

y el niño a cabalgar

en el balancín roto.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,

Sino echarme luciérnagas en los bolsillos

O caminar a orillas de rieles oxidados

O sentarme en el roído mostrador de un almacén

Para hablar con antiguos compañeros de escuela[2].

– Chingón -comentó entre dientes El Tetas, bajando por la escarpada pared del abismo del fin del mundo. Más abajo, Juan Segundo Norambuena, Sudacorganic, desaparecía en la bruma metálica.

 

[1] La abuela de El Tetas recitaba, sin dudas, extractos del gran libro maya del Popol Vuh.

[2] Sudacorganic no podía saber que aquel cierre de la clave para el cilindro Cacao correspondía a la obra del poeta chileno Jorge Teillier en El Árbol de la Memoria, de 1961.

 

La novela «Los tiempos de la caimaguana» (Ceibo Ediciones, 2011)

 

El periodista y escritor chileno Dauno Tótoro Taulis (Moscú, 1963)

 

Imagen destacada: El actor francés Jacques Perrin, en un fotograma del largometraje «Il deserto dei tartari» (1976), del director italiano Valerio Zurlini

Salir de la versión móvil