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«Luto», de Edgardo Scott: La inexorable apatía del duelo

La presente novela es uno de los extraños casos en que el fondo y la forma están en completa sintonía, conjugación que no es muy habitual en la narrativa. Así, ir leyendo este título es también una forma de sumergirse en una rutina: empezar un capítulo, terminar y volver a comenzar otro con el mismo nombre es una suerte de ritual en el cual el lector también está convidado a participar.

Por Francisco García Mendoza

Publicado el 18.6.2018

El escritor argentino Edgardo Scott (Lanús, 1978) publica Luto (Emecé, 2017), su última novela que se suma a las anteriores El exceso (Gárgola, 2012), Los refugios (Edulp, 2010) y No basta que mires, no basta que creas (Edulp, 2008). El autor, que actualmente vive en Francia -responsable también del libro de ensayo Caminantes, Flâneurs, paseantes, vagabundos y peregrinos (Godot, 2017)-, funda e integra el Grupo Alejandría, colectivo que desde 2005 inicia en Buenos Aires un movimiento de lecturas y ciclos literarios en narrativa que se mantiene vigente hasta el día de hoy.

En Luto, Scott construye la historia de duelo de Chiche, un hombre ya mayor que sufre un robo a mano armada en la pequeña tienda de electrodomésticos que administra con su esposa en los suburbios del conurbano bonaerense. Su afán por defender lo poco que le va quedando, origina un tiroteo que acaba con la vida de su mujer. A partir de este fatídico hecho, el escritor construye un esquema siete veces repetido del que se vale para narrar el resto de historia que constituye el luto del protagonista.

La omnisciencia del narrador es matizada con la duda, el no tener total certeza de lo que se está describiendo desde afuera es un acierto del argentino -como si contara un recuerdo algo difuminado por efecto del tiempo- le resta a la novela esa solemnidad y dureza propias de las historias narradas por una tercera persona que apelan a cierta verdad absoluta: “Dos hombres de más o menos cuarenta años (quizá un poco más), de apariencia común, con caras comunes. Tal vez sean un poco bajos y fuertes (tengan un ligero sobrepeso, uno más que el otro)” (16). Este es finalmente un narrador inseguro, de hecho, unos párrafos más adelante, la descripción de los sujetos anteriores difiere (o se complementa, más bien) un poco: “Son muy jóvenes y flacos. Vamos, vamos, rápido, les dice el gordo rubio mientras los muchachos van entrando al trote al local” (19).

Edgardo Scott pareciera concebir el luto como un lugar circular e inexorable que no se puede sortear a menos que algún hecho tan traumático como el que permitió el ingreso en él, ocurra. La tesis anterior se sustenta en el esquema de la historia que el argentino escoge para sostener su novela. La primera y tercera parte narran estos hechos fundamentales; mientras que la segunda parte, contiene nueve episodios que se repiten siete veces hasta llegar al punto en que la salida de esta suerte de estado límbico se hace necesaria.

La vida de Chiche está contenida en acciones que implican un hábito repetitivo. Cada sábado, por ejemplo, el protagonista cumple con el ritual de quemar la basura en el baldío y una vez al mes va a visitar a su esposa al cementerio. “Pero ante cualquier goce o satisfacción, Chiche enseguida aplica la domesticidad, el esquema, la rutina, el método” (38). ¿Hay acaso solo una manera de vivir el luto? Quizá refugiarse en lo rutinario, lo ya conocido, es también una manera de enfrentar un duelo.

Asimismo, existe en el protagonista cierta necesidad de que lo vuelvan a asaltar; hay algo de remordimiento, quizá corregir lo que no pudo hacer la primera vez que le robaron. También hay un poco de revancha, una negación a concebir ese trágico hecho como un evento aislado, porque la rutina tira en el protagonista de maneras insospechadas, un tiroteo con resultado de muerte no puede ocurrir simplemente una vez.

Por ejemplo, Chiche arrienda películas en un videoclub. Cuando ya las ha visto todas siente un gran vacío, no por el hecho de no hallar ninguna novedad cinematográfica, sino más bien por el cortar abruptamente su ritual cotidiano y la solución es muy simple: comenzar a verlas todas por segunda vez: “Sin embargo, Chiche se aburre porque en su desquiciada multiplicación, las películas son casi todas muy mediocres, incluso malísimas. Si las sigue comprando y mirando es por inercia, por mantener la costumbre, por comodidad o vicio” (158).

Luto de Edgardo Scott es uno de los extraños casos en que fondo y forma están en completa sintonía, conjugación que no es muy habitual en la narrativa. Ir leyendo Luto es también sumergirse en una rutina, empezar un capítulo, terminar y volver a comenzar uno con el mismo nombre es una suerte de ritual en el que el lector también está convidado a participar.

 

El escritor argentino Edgardo Scott (Lanús, 1978)

 

 

Crédito de la imagen destacada y de la fotografía a Edgardo Scott: La Primera Piedra (https://www.laprimerapiedra.com.ar/)

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