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«Migraciones», de Gloria Gervitz: El milagro de la herida

Cinco meses después de recibir el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda —un reconocimiento entregado por parte del Estado de Chile— este libro (que recoge un poema de largo aliento) apareció por un trabajo mancomunado de las editoriales nacionales Aparte y Cuneta, como una de las novedades para la octava Primavera del Libro, efectuada durante octubre de 2019.

Por Nicolás López-Pérez

Publicado el 7.5.2020

Un prolegomenito. No deja de llamarme la atención que Gloria Gervitz (Ciudad de México, 1943) sea la última Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, galardón que este mes de mayo correspondería a su decimosexta entrega, y que, consiguiente a la flamante publicación de su colosal libro Migraciones en Chile, no exista mayor conversa pública al respecto.

No creo que valga la pena ahondar en si el merecimiento de tal o cual galardón existe o del estatus de los premios en relación a impacto, resonancia y calidad de la obra y de la figura como poeta. El primer galardonado con el laureo de marras fue un compatriota de la poeta: José Emilio Pacheco. En adelante, hay una finísima selección de obras y poetas cuya reverberación en Latinoamérica no es menor, pienso en, por ejemplo, Ernesto Cardenal, Nicanor Parra, Augusto de Campos, Carmen Berenguer y Raúl Zurita. Lo extraño, insisto, es lo desapercibida que pasa la obra y figura de Gloria Gervitz por una ¿invisibilización?

Lo cierto, según uno de los jurados de la versión 2019, el ecuatoriano Ernesto Carrión, hubo en parte un desconocimiento de la laureada. Cinco meses después del premio, Migraciones apareció por un trabajo mancomunado de las editoriales Aparte y Cuneta como una de las novedades para la octava Primavera del Libro. El comentario sobre la obra de Gloria Gervitz a continuación es a partir de lo que leí en la edición de editorial Mangos de Hacha, de 2016. Imagino que será el mismo contenido, toda vez que ya está consolidado el contenido del poema. Dato adicional: en febrero del año en curso, Migraciones se editó en España por Libros de la Resistencia.

En lo que podría llamarse tradición mexicana de la poesía hay una pluralidad de voces que paulatinamente se abre aún más en el siglo XX desde una flor que nace en un jardín con luces hispano-clásicas y modernistas hasta una galaxia que continúa extendiéndose a la luz de poéticas tan sorprendentes como alucinantes, tal es el caso, por ejemplo, del trabajo de la Red de Poetas Salvajes. No obstante, releo Migraciones y busco algo de información en Google para afinar una especie de comentario. La mayor parte de los sitios web que saltan —en el algoritmo asignado a mi computador— son recientes, digamos, 2019. Voy revisando para contrastar ideas.

Migraciones es un poema largo dividido en siete partes. Se publicó íntegramente por primera vez, transcurridos cuarenta años desde el punto cero de la escritura, en 2016: «Reverberación / somos lo que pensamos / pensamiento atrás del pensamiento», primera idea. Temo que la “descontextualización” de las líneas que extracté para comentar les quite su fuerza poética. Sigo: «Tócame adentro de ti / con esa contención que se desborda / tócame / en esta oscuridad del pensamiento / en lo incomprensible de mí / en esa otra incomprensible yo / ah si pudieras tatuarme / si te quedaras ahí / si tan sólo te quedaras / como una perra ciega amamantando / quédate / dame las palabras». En la página siguiente, la luz apunta a: «reconcíliame contigo / para que la tierra me sea leve».

Enuncio los versos para seguir urdiendo un tejido por donde pase la migración como bomba de racimo que atraviesan las palabras. Lo interesante está en las lecturas posibles que puede recibir este libro-poema. Migraciones es el cuerpo de una escritura, es el bisturí de una voz y la sangre seca de una historia personal cruzada con la historia de un libro que no existe y no existirá.

En la (no) tradición mexicana de la poesía, el trabajo de Gervitz conversa con la poesía de Rosario Castellanos. Me detengo en un poema hermoso titulado —por primer verso—: «Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras”. Al cierre, Castellanos escribe: “Pero yo no conozco más que ciertas palabras / en el idioma o lápida / bajo el que sepultaron vivo a mi antepasado.”

Migraciones es un libro que avanza en su propio barro lírico a través de la sinécdoque que plantea Bernardo Soares en su gran obra: “saber pensar con las emociones y sentir con el pensamiento”. La escritura es mixtura de recursos para que una canción tenga el tono deseado. Ese tono.

Este libro puede ser leído como una obra ingente de la memoria, de una memoria que no se sabe cuál o de quién, una memoria cruzada por la herida, por la fractura, por la familia, por el escape, por la diáspora. Gervitz escribe con las mujeres de su familia y con el adentro de sí misma. Una escritura ancestrológica a través de las costuras del destino propio. La memoria puede concebirse como una casa grande, a la cual nos mudamos y que al ingresar por primera vez vamos conociendo (reconociendo) el mobiliario, como si siempre hubiese sido nuestro (porque es nuestro).

Hay una distancia, no solo en los versos extractados hace un par de párrafos, sino en más, por ejemplo: “un día el dolor y tú supuran / y el dolor ya no puede contenerse / y no hay quien te defienda de ti / no hay más nada ni nadie / nadie ni nada solo tú / sólo esa tú que eres tú (…) estoy sumergida en ese sueño / estoy sumergida dentro de ti / ¿tú también tienes miedo? (…) ¿por qué no llegaste a ser lo que sólo tú podías llegar a ser? (…) y yo / que siempre soy otra / y la misma / aquí”, entre un yo y un tú. Una distancia que escribe a un arquetipo, que desdibuja los márgenes del pronombre. Una distancia que va como renglones en el uso, ya no del verso, sino derechamente de la línea. Desde ese lugar, aproximarse a lo que Denise Levertov llamaba la “fidelidad a la experiencia”.

Migraciones puede ser leído como el cuerpo de una fractura, como una escritura insuficiente, un collage de las formas en que el dolor sale a flote en el mar de lo insondable. Una obra que solo contiene el adentro. Un collage de sensaciones, preguntas, introspecciones; un collage cuya forma de ensamblaje se muestra como la búsqueda de redención en un diálogo interrumpido consigo misma y con las diferentes ella que cohabitan en el reverso de la escritura, en eso que el poeta peruano Martín Adán llamó “cloquera”, o sea, al ímpetu inicial que es lucidez, criterio, designio y que sucede en el tiempo posible y de donde viene el poema.

Gervitz apunta en su artículo “Algo sobre el poema Migraciones” publicado en el número 34 de la revista El poeta y su trabajo un par de pistas sobre su proceso creativo para afinar otra u otras lecturas posibles. Un subrayado-pastiche del texto aludido: Nunca tuve un plan con el poema. El poema me impuso su tiempo y su estructura. Y la poesía es siempre una ofrenda. La poesía ha sido el puente que he tenido de mí a mí misma, de esta yo a la otra yo que sabe lo que no sé y me dice y se dice y me sorprende siempre y me acoge en ese su regazo de mí y me va diciendo y yo voy reconociéndome en lo que dice. El poema es, ha sido, el largo camino hacia mí. La poesía y el amor son estados de gracia. Fin del subrayado.

Hay una especie de asombro por parte de la posibilidad de crear y por parte de lo que ha sido posible. La gracia, ese “estar-ahí” en la poesía. Estar en la poesía, de alguna manera, de una que irradie luz. La poesía como una luz dentro de una luz. En la metáfora de Simone Weil en La gravedad y la gracia (1943) se cae a la gracia. Caer, como en caída libre. Desde ahí, la creación y olvidar a Newton. Se cae como si no existiera fuerza de gravedad. En Migraciones la fuerza de gravedad es la respiración de las palabras que avanzan. La creación va colmando, pero requiere de un vacío. El vacío se asocia a la generación de un espacio umbrío para dar vitalidad a la escritura. El libro es un espacio, un destino común. Y ese destino proveyó a la poeta un nicho por donde re-conocer, por donde gatear hacia lo des-conocido. Una primera fortaleza y debilidad: una poética en la búsqueda de la verdad, de una verdad íntima.

Migraciones puede leerse como un poema largo, un poema lírico que pone en tensión el deseo en las cimas de la subjetividad. Una obra bisagra que puede decirnos si hay un refuerzo a la autoría y voz propia o derechamente un océano donde la subjetividad es parte de lo privado, de lo incomunicable, y cuyas olas son las creaciones que sobrepoblarán el espacio literario, ¿es ésta una dirección poética idónea a seguir o a virar?

Si la obra de Gervitz pone a circular el deseo, también pone a la carencia en el centro del asunto. Y claro, Migraciones puede leerse como una trayectoria del luto y la necesidad de unificarse en algún punto del camino. Hay una experiencia por nombrar. No sé si me resulta erótica o mística. Tal vez, ambas juntas y ninguna de las dos.

La lectura dentro de la tradición judía literaria puede ser la más satisfactoria. Se presenta un diálogo con el libro de Job y con dos rituales que funcionan como pequeñas liturgias de la ausencia. El kadish, una oración que alaba y santifica a dios, y que se realiza todo el año después del fallecimiento de la madre, del padre, del esposo o esposa, de un hijo o hija. El yizkor que consagra a la persona querida —veamos si nuestra edición contiene el glosario de términos hebreos al final— y que viene de la raíz “zajor” que significa recuerdo. El yizkor es una oración que en general tiene lugar en Yom Kipur, en el último día de Pesaj, en el Shabuot y en el Sucot.

Migraciones puede tomar la forma de un poema-plegaria, de un cantar al cuerpo y que puede —o no— impostar una profundidad, por donde la gracia vele y revele la significación del poema o los materiales de construcción que desvelan una serie de sugerencias.

A la postre, lo que se elicita —digamos, la información que se transmite— está en colmar el vector de “lo poético” en la pérdida, en el dolor. Dos referencias cruzadas con Edmond Jabès, otro escritor que forma parte de la tradición judía literaria.

1) Para el escritor, descubrir la obra que va a escribir es a la vez un milagro y una herida, como el milagro de la herida (El libro de las preguntas)

2) El dolor —decía un sabio— es el libro más vasto, ya que contiene todos los libros (El libro de la hospitalidad)

Entonces, Gervitz descubre la obra que está escribiendo cuando se encuentra en pleno camino. Después de eso, ninguna cosa es ni será idéntica a sí misma. La escritura de Migraciones puede leerse como el milagro de una herida, como una página en el gran libro del dolor, y así como una obra insuficiente, una antología de la vida que no alcanza a continuar respirando, un pre-texto, un lejano intento por poblar más la vida con silencios más que con palabras, gestos y expresiones cargadas de significado y simbolismo.

María Negroni, parte del jurado que le confirió a la autora mexicana el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2019, afirma que Migraciones crece como un libro de arena (¿sin comienzo ni fin?, según el cuento de Jorge Luis Borges) y que luego confirma esa cita de Stéphane Mallarmé: tout, au monde, existe pour aboutir à un libre (todo, en el mundo, existe para terminar en un libro). El comienzo y el fin están en la memoria. Y para poner otra referencia, va en lo que escribió el poeta griego Yorgos Seferis: “la memoria, donde se la toque, duele”, cita que coincide con un epígrafe empleado por Gervitz en ediciones anteriores del poema que es Migraciones ahora. Y que todo exista para terminar en un libro es una ilusión para que dure un poco más. Regreso a la idea de Jabès sobre el dolor. El dolor es lo real. La literatura es un sucedáneo de dolor que cree parecerse al dolor o tan solo decirse que hay dolor en un libro para que exista un libro.

La edición que contempla los cuarenta años de la escritura —o caminando por el desierto de su propia realidad— tiene la ventaja y astucia de prescindir de títulos, epígrafes, la remoción de mayúsculas, las separaciones por capítulos y, además, redujo la puntuación a un mínimo que solo deja subsistentes a las interrogaciones. Para que el texto quede como un río que va a dar a alguna mar. Y el libro queda más como un desplazamiento que como el resultado de una obra final, un monólogo que es una conversación consigo misma para afirmar un proceso de autoconocimiento y metamorfosis. Siempre se queda en el espacio de la identidad. Una segunda fortaleza y debilidad.

El texto va envejeciendo como envejece la poeta. El texto puede leerse como un monumental réquiem que se mantiene consciente de lo posible que es morir. La muerte es cierta. De hecho, el cierre: “y yo / que un día / moriré / estoy aquí”, pone a la edad como un perpetuo solipsismo a medio andar entre relaciones incompletas e imperfectas, semióticas e inestables entre el discurso y el territorio de lo que se puede aprehender y lo que escapa, lamentablemente, del poema. En la sacralización del poema, lo evidente se esfuma para dar paso a lo oculto, subvierte papeles, filma una excepción que se instala en la punta de la lengua, disfrazada de pensamiento cuando resulta ser emoción.

El poema es una herida siempre abierta que si bien puede escribirse —de forma prematura— un final después de la catarata de versos y líneas o acabar en una página para que, en otra, empiece otro poema que tiene todo que ver con el anterior. El poema se mantiene abierto porque explora y derrama luz en la luz. El poema pone las palabras en un espacio insondable, evanescente e inasible, que no alcanza a ser sino un paseo por lo místico, por el vacío, por el mito. Lo fija en un altar construido por la velocidad del salto de línea, para —de nuevo— no decir verso.

En Migraciones el último trago es un poema-memoria, con todas las referencias antes hechas, solo me quedo con el soneto LXIX de Pablo Neruda. Ahí se lee: “soy porque tú eres / y desde entonces eres, soy y somos”. La memoria no se rescata, se reconstruye, desde ahí brilla la migración, el milagro y la herida de Gloria Gervitz dando escritura y cuerpo a su individualidad, a su relato de vida, a su tránsito en la frontera de un mundo que disocia los verbos sentir y pensar, y que da aire a esa vieja nueva subjetividad en la poesía latinoamericana.

 

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Nicolás López-Pérez (Rancagua, 1990) es poeta y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost, administra la mediateca de poesía “La comparecencia infinita” y sus últimas publicaciones son Coca-Cola Blues (Ciudad de México: Vuelva Pronto Ediciones, 2019) y Escombrario (Santiago: Contraeditorial Astronómica, 2019).

 

«Migraciones», de Gloria Gervitz (Editoriales Aparte y Cuneta, 2019)

 

 

Nicolás López-Pérez

 

 

Imagen destacada: La poeta mexicana Gloria Gervitz.

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