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¿Mueren alguna vez las personas?: «Caja de resonancia», de Constanza Anabalón

La novela de la autora se enmarca dentro de la generación de escritores contemporáneos que apelan a un relato fragmentario, en donde más que la historia la importancia radica en la vivencia, en la ficcionalización de un yo que constituye una voz narrativa íntima y personal. En un intento por reconstruir una historia familiar algo truncada, la creadora propone un ensamblaje que se aferra a los retazos de la memoria, en donde no existe necesariamente una continuidad ni una conexión lógica entre un recuerdo y otro.

Por Francisco García Mendoza

Publicado el 23.1.2018

La primera novela de Constanza Anabalón (1987), Caja de resonancia (La Calabaza del Diablo, 2016), comienza con una reunión familiar de Año Nuevo donde llama la atención la ausencia de la madre. Personaje que, sin embargo, al igual que la tía, el padre y una novia de la adolescencia, irán apareciendo y desapareciendo de la narración, en un intento de la escritora por reproducir las lógicas mentales del recuerdo. Aparecen capítulos por aquí, alguna anécdota para allá, una imagen, algo completamente irrelevante pero que está ahí con un sentido aparente, capítulos cortos, frases sueltas, que sostienen esta suerte de montaje narrativo que es Caja de resonancia.

La novela de Anabalón se enmarca dentro de la generación de escritores contemporáneos que apelan a un relato fragmentario, en donde más que la historia la importancia radica en la vivencia, en la ficcionalización de un yo que constituye una voz narrativa íntima y personal. En un intento por reconstruir una historia familiar algo truncada, Anabalón propone un ensamblaje que se aferra a los retazos de la memoria, en donde no existe necesariamente una continuidad ni una conexión lógica entre un recuerdo y otro.

Para la protagonista de Caja de resonancia, la memoria se transforma en una necesidad. Un hallazgo casual en el computador la obliga a repensarla como fórmula de trascendencia:

“No puedo creer que mi tía se murió y yo nunca supe la tremenda escritora que teníamos en la familia. Textos dolorosos y profundos, me remezo en la silla, voy, me sirvo otra copa, lloro un poco, sigo leyendo, me devoro cada texto, con sus muertes, recuerdos, cómo hacer para que todo esto no desaparezca, no se borre, cómo puede ser tan frágil la memoria. ¿Después de la muerte qué ocurrirá? ¿Habrá algún heredero de la memoria?” (37).

¿Se van alguna vez las personas? ¿Cuánto tiempo resuenan las voces de los que ya no están? Una de las tesis presentes en la novela apunta a que las circunstancias en la vida contribuyen a mantener vivo algún recuerdo. Como si la experiencia fuese una suerte de bien heredable.

La tía de la protagonista, torturada en dictadura, cae hospitalizada y todos a su alrededor se enfrentan indirectamente a la muerte. Porque cuando un ser querido muere, todos parecieran también morir un poco: «No entendimos que a veces la muerte solo llega. No hay poesía en eso. Un día amaneces un poco mejor, comes helado de piña con galletas y luego te vas, tal como llegaste. Sutil y hermosa. En silencio» (87).

En la narrativa chilena actual, la memoria pareciera estar inevitablemente asociada al periodo de dictadura. No sé cómo se llama ese fenómeno, pareciera no existir una denominación específica a esa asociación, cuando un concepto arrastra casi de manera automática a otro: memoria/dictadura, por ejemplo. Si bien en Caja de resonancia hay algunas menciones, me parece que el tema de la memoria se trabaja y desarrolla en un espacio que va un poco más allá de determinado periodo histórico. La memoria está asociada a las relaciones filiales, como si viniera también impregnada en una hebra del ADN, hay cierto determinismo que funciona como legado de los progenitores: «Los hijos son como una caja de resonancia de sus padres/ Atravesados por el suave sonido inicial/ No piensan que el eco puede durar para siempre. / Me sé de memoria tu melodía, mamá/ Tanto es así que ya no sé cuál es la mía propia» (121).

Finalmente, la primera novela de Constanza Anabalón trata sobre cómo se logra recomponer una relación con un ser querido: con una tía y una madre que, a pesar de sus muertes, permanecen siempre presentes en la vida de la protagonista como un eco que resuena desde un lugar indeterminado. O la relación con el padre que, por el contrario, a pesar de estar vivo, pareciera ser un personaje más bien ausente que también pena en la vida de Alejandra: «Ya son tres veces las que nos despedimos y siempre encontramos el camino de regreso» (209).

 

La novela publicada por la editorial La Calabaza del Diablo (2016)

 

La narradora chilena Constanza Anabalón (1987)

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