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«Obra poética», de José Carlos Cataño: La morfología piroclasta de la lengua

Acá va el prólogo que la redactora argentina del Diario «Cine y Literatura» dedica al volumen publicado en España por el autor canario de expresión castellana, y quien reside actualmente en Barcelona. El libro acaba de ser lanzado en la península por la importante editorial Pre-Textos, en una prueba más de la gran valoración internacional que ha alcanzado el nombre de Ana Arzoumanian -durante el último tiempo- en el circuito de las letras hispánicas.

Por Ana Arzoumanian

Publicado el 18.5.2019

El estallido de la palabra, el vértigo del tiempo, la voz épica reanundando la trama del mundo, no a través de un proyecto que legitime una filiación, un derecho, sino en la diáspora de una tierra naufragando toda apropiación.

La fuerza poética de José Carlos Cataño se imprime mediante una natividad que es un frotamiento de la lengua en el agua. De modo que escribir no será plegarse a la ley de un territorio, sino turbarse en el estallido del volcán. A partir de allí, Cataño trama una poética del archipiélago, a partir de su propia biografía de escritor canario de expresión castellana. Una historia de postergación y colonización sensible al desvío, a su fragilidad, una historia que reagrupa lo aislado limando el espesor continental.

Así el poeta entiende la historia, primero desanda el caos, luego sigue el exilio: el babilónico, el romano, el judío. Tres períodos bajo el signo de la catástrofe de la destrucción (Jurban). No fue sino después de la destrucción del Templo cuando el edificio invisible del judaísmo pudo ser construido. Todo sabio debe ser: “como un martillo que quiebra las rocas”, dice el Talmud y Kakfa se hace eco de esta idea cuando escribe que un libro debería ser: “como el hacha que rompa el mar helado”.

Destruir.

El archipiélago nombra los restos de diversas formas: como tierra que emerge del agua o como rocas que se desprenden haciendo indefinida su unidad, su límite, su frontera. Ese resto es nombrado primicia, diezmo, excrecencia o retoño. La escritura sacraliza ese resto, la pérdida. Y sin embargo, ese objeto retorna al libro, al dios del libro que se convierte en su poseedor, su garante, su depositario. La isla, las islas, el poeta mismo encarnan el resto de la catástrofe original. Acaso la Obra Reunida sea una invitación a hacer un rezo por el objeto perdido, desnudando en su culto aquel reencuentro imposible.

En 1977, Cataño se convierte al judaísmo ante el tribunal rabínico de Marruecos sumándose de este modo al judaísmo diaspórico. La errancia, el sacrificio, la pérdida de la inmortalidad; el poeta dialoga con el primero de los cinco libros de la Torá. Cuando comenzó, al principio, en el comienzo: Bereshít.

Grabados sobre rollos de papiro o pergamino, como notas enviadas al mar, describe la errancia a partir de una luz como primer objeto de la creación. “Y vio Elohím que la luz era buena y separó Elohím la luz de la oscuridad”. La bondad de la luz no alude a un juicio de naturaleza moral. George Steiner dice que el extraño énfasis de la frase “vio que era bueno” con el que Dios premia a la creación, habla tanto de la satisfacción del artista como de su despedida. Lo creado se separa del artista. ¿Pero por qué el texto del Génesis utiliza el plural cuando hace referencia a la creación del humano?: “Hagamos al humano”, dijo Elohím. ¿A quién se dirige? A su propia soledad en el mismo momento en que va a ser rota por la creación del hombre que escucha, del hombre que responde y contradice. De modo que el Libro de Génesis, más que una explicación sobre el origen del universo es una exposición sobre la separación y la diferencia.

Destruir. Separar.

Éxodo.

El segundo libro de la Torá se llama Shemot y ha sido traducido como Éxodo siguiendo el relato de la huida de los esclavos de Egipto. Sin embargo el libro comienza con: “Estos son los nombres de los hijos de Israel”. El pueblo de Israel se constituye desde la libertad, ya que sin libertad no hay pueblo. Shemot, en hebreo: nombres.

Éxodo. Nombres. Palabras.

El Axis Mundi, el pilar místico, el monolito natural, esa columna que sostiene el universo en el poeta es una diferencia verbal entre el ser y el estar. ¿Cómo podría el territorio de una isla quedar encerrado si sus confines son líquidos? Islas enclavadas que, siendo parte soberana de un país, se encuentran separadas por la interposición de las aguas territoriales de otro país. Para llegar a ellas es preciso atravesar una frontera, salir y volver a entrar. De modo tal que primero es la discordia, y luego el paraíso, en el relato de las islas que emergen del océano simplemente para confirmar que son las variables más insospechables de la geografía. Albergues de pájaros, de lobos, inundables, escarpadas, desérticas, volcánicas.

Hace millones de años las tierras emergidas estaban reunidas en un gran continente al que se conoce con el nombre de Pangea. Luego, esa masa terrestre comenzó a fracturarse dando lugar a dos grandes continentes. De tal modo nuestro planeta es un archipiélago o, si se quiere, un archipiélago de archipiélagos.

La poesía de José Carlos Cataño tiene el tono del oasis, ese lugar en el que está presente algún recurso que falta a su alrededor. El agua en medio del desierto, o las islas o islotes que emergen, casi por milagro, en un sitio del océano. Así trabaja la poética de Cataño con la abundancia y la falta, no con las palmeras ni con el agua, sino con el recurso de lo breve y de lo inhallable. Porque el mar es infinito, como es infinito el número de veces en que la isla se hunde y emerge de su tallo oceánico. Lo sabe el estruendo del mar en el caracol.  Lo saben los faros.

Los faros acústicos servían para alertar a los marinos sobre probables naufragios. El oasis de la poética del archipiélago catañense es también un faro, una campana que repica durante la noche. Batida por el poeta- torrero que pasa las noches en vela escudriñando el horizonte, atento, soga en mano, a tañerla ni bien divisa un paño, un mástil o cualquier objeto flotante que le hiciese temer un inminente colapso. La belleza de un badajo repicando en medio de la tempestad. Campanas que alertan, campanas que llaman, campanas en el gozo de la soledad. El poeta deviene un torrero acústico.

La marea trae, sin control ni continencia, objetos diversos, y el poeta no sólo es el torrero, también es el niño que levanta los objetos de la playa y, luego de observarlos del derecho y del revés, los vuelve a arrojar al mar. Así el efecto erosivo del oleaje hace irreconocible esos objetos en su viaje de ida hacia ningún sitio. Y cuando se cansa de apretar cada imagen sobre el pecho hace rodar, crujir, brillar o disparar las palabras, las arroja nuevamente a la arena y sigue su camino.

El tiempo en el archipiélago tiende a su disolución. El isleño sabe del estancamiento, los versos toman una siesta, pero el sueño del poema no alcanza; el tiempo que se hizo moroso lo embarga todo.

La condición insular se impone al poeta como metáfora de la espera. ¿Qué se puede hacer en una isla salvo esperar? El poeta es Viernes, el venusino en su marea de músculos que hace descender por una vía vegetal a un Crusoe colonizador siempre náufrago, siempre acopiando el sello de propietario.

¿Y si la isla no fuera un éxodo del continente? ¿Si fuera una búsqueda de soberanías por nombrarse?

Desembarcamos en la primera isla, su nombre: Sacrificio.

En el corazón mismo de la operación sacrificial hay una puesta en obra, una elaboración que transforma el campo de lo individual a lo colectivo. El recurso al sacrificio tiene lugar para afirmar una unión, crear una alianza cuando la violencia en el interior del grupo amenaza su identidad y su existencia.

Las cosas hablan a cambio de nuestro sacrificio.

 

Entramos por una abertura en el silencio,

A través de una brecha ruidosa en el silencio.

Penetramos por un corredor vaciado

A celebrar el contrato que nos precia.

 

Por ello debemos manchar de sangre nuestras palabras.

La alianza establecida obliga a fijar una memoria de los hechos originales y a asegurar su conmemoración. Exige el establecimiento de marcas de reconocimiento. Marcas que encarnan la ley y dan sentido. La inauguración simbólica sucede en el valor dado al nombre, Abram se llamará Abraham, en el judaísmo, inauguración a la que le va a seguir la circuncisión instituida a la que se somete Abraham. Sin embargo, es el “sacrificio” de Isaac lo que sella la alianza (Génesis 22). La escena implica la intención de obediencia absoluta y la confianza absoluta. Abraham liga a Isaac, lo coloca en el altar de los leños, tiende la mano para tomar el cuchillo, pero el ángel lo detiene. En su lugar, Abraham mata al carnero.

De modo que el llamado “sacrificio” de Abraham es, en verdad, una negación al sacrificio. La muerte es definitivamente apartada en el movimiento de la prueba, la cual sacrifica todo retorno a la venganza. La conmemoración del sacrificio de Isaac, la reiteración de la Alianza se realiza por medio de la circuncisión. La aceptación y la superación dialéctica del sacrificio el poeta lo relata en el poema “Kadish por Abraham»:

La inexpresable quietud del suelo-

Cuanto el hombre pide expiar.

La deuda vincula a los sacrificadores entre sí. Del lado de los herederos de la víctima, son proclamadas la inocencia y la debilidad de la misma, de allí se imputa una culpabilidad máxima imputada ya sea a los agentes del sacrificio o, como en el caso del cristianismo, a cada fiel que será considerado responsable por sus pecados de la muerte de Cristo. De modo tal que el sacrificio alimenta la culpabilidad, pero también la canaliza. Le da un nombre y unas imágenes que la estructuran.

El deseo de la metáfora

Guarda el afán de redención.

Los mitos sacrificiales en el corazón de los tres monoteísmos han marcado la evolución religiosa, política y cultural de las civilizaciones contemporáneas. Y su importancia radica en el hecho de enfrentarse a la muerte, a lo desconocido de la muerte. El decir posible sobre la muerte:

Así somos el que regresa

Y el que aguarda el retorno

Separados por el clavo de la conjunción.

“La palabra era como un corazón que se quebraba, un repentino repicar de campanas sofocadas en medio del vendaval, últimas sílabas de algún sediento que agoniza en el desierto”, escribe Malcolm Lowry, así bautiza Cataño a su otra isla: Volcán.

La belleza infernal del volcán como desastre que suplica. Partir desde la materia desencadenando un abrasamiento que encuentra su esplendor al desaparecer. Un personaje literario dice que hay un procedimiento simple para imitar a un volcán: “sólo se trata de hacer panes de diez a doce libras amasados con agua, limaduras y azufre; se colocan esos panes a tres o cuatro pies bajo tierra, en una distancia de varias leguas, a unas veinte pulgadas uno de otro: en cuanto las masas se han calentado, la erupción se hará por sí sola”. El volcán es esa montaña que se desvanece, que resplandece en su calor máximo para descomponerse, desmaterializarse. El volcán es la tierra disolviéndose en incandescencia.

Al atardecer, los cúmulos se agolpan en torno al volcán y la brisa del lago, púrpura, llega hasta el jardín y revuelve el abanico del árbol del viajero.

La vida es la pantalla de la lámpara de petróleo, como el volcán las nubes que lo rodean.

El comportamiento poético es un comportamiento de naturación, decía Aimé Césaire; y una naturación es un regreso a la naturaleza profunda de uno mismo. El volcán es para José Carlos Cataño las nubes que lo rodean, y esa naturaleza no hace más que evocar la incandescencia de la lengua, ese decir rodeando al sujeto, deshaciéndolo.

Intacta sombra

De aquel volcán,

Isla de ruinas

 

La lengua de los nuevos

Señores se decía

Mediante áspera cruz

 

En sus frentes ceñida. El

Humilladero, nuestra sombra

A la merced del mar

 

Hirviente, a veces serenado,

Según la sangre

Se fuera derramando.

La naturaleza como traductora de una colonización, se desprende y  vomita en llamas la decadencia de una civilización moralmente afectada, una Europa en las puertas de África, una política de las nacionalidades que construye una torre, encierra imponiendo una lengua. Estallido de la palabra barroca, opresión de un alfabeto en la cartografía de un monolingüismo. El pensamiento del territorio será humillado, toda vez que tendrá que nombrarse en una lengua imperial que no cesa de colonizar. ¿Cómo salir de ese encierro?

La poesía es una etnotécnica, latido de la tierra que surge del frotamiento de las lenguas, de su desgaste. Mientras el prejuicio monolingüe que se funda bajo el axioma: “mi lengua es mi raíz” paraliza; el poeta, el forjador de palabras, se aloja en la contra- dicción de sus lenguas ancestrales, sus lenguas vehiculares.

Vira al polvo de ojos, vira la mirada

A la carne que se cierra.

Una cadencia incesante, una música del fulgor, del estremecimiento que escucha el oleaje, que se empapa de lo contaminado; mestiza. Así es ese volcarse (vira al polvo los ojos, vira la mirada).

La eficiencia de un español que ha sabido borrar los sueños lingüísticos de las islas. Y, sin embargo, el poeta habla en una lengua de fuego, inmolándose a su cultura. Una orfandad. En estado de desasosiego, la lengua habla bajo el dominio del colonizador, habla desde el ardor en la marca de la lava.

He de matarte con el agua que arde

Para que no se consuma mi corazón con tu recuerdo.

He de apagar el latido que ahora me duele de ti

Por alcanzar todavía al aire de la nada,

Cuando ni de ti ni de mí ya nada persista.

La niebla ciñe

La cintura del volcán en un crepúsculo

Lleno de pájaros sin nombre.

La amada es una mujer, pero también es la lengua; ese tú. Cuando se dice Tú, para quien lo dice no hay ninguna cosa, nada tiene. Pero sí está en una relación. Tú no tiene confines. Transformar los seres en Tú, el modo de que se haga oír en ellos la sagrada palabra primordial es la tarea del poeta.

El viento me arrastra.

Allá la curva donde muere el mundo.

Arenales

        Y un ojo desierto-

Parte de mí quisiera

El anclaje

De un tú.

Toda vida verdadera, entiende Martin Buber, es encuentro. El Tú llega al encuentro, pero soy yo quien entra en relación directa, inmediata. Así la relación significa elegir y ser elegido; es un encuentro a la vez activo y pasivo. Los momentos en que se realiza el Tú aparecen como extraños episodios líricos y dramáticos. Incluirlo todo, sentencia Buber, el mundo entero, en el Tú. Porque no hay mundo ilusorio, sólo hay el mundo, que se nos aparece doble en correspondencia con nuestra doble actitud. Una cierta teofanía, mezcla de lo humano y lo divino, aquello que José Carlos Cataño denomina variación:

Extráñate en lo idéntico,

En la misma y distinta luz.

 

Extráñate

De que el latido vuelva y lo repitan

El aire permanente, las figuras

Que cruzan por tu sombra y la confunden

Con la tarde caída en las hojas.

María Zambrano anuncia que la vida no tiene partes, sino lugares y rostros. Lugares y rostros que son encuentros en la palabra. El lenguaje de la palabra primera con la que el hombre trataba en don de gracia, la palabra atravesando vacíos y dinteles, palabras sin peso de comunicación alguna ni de notificación. Palabras de comunión.

Porque no puedo hablar, puedo existir en la ausencia nombrada del mar, en la palabra hurtada al cuerpo irrecuperable.

Engendradora de musicalidad y de silencio la palabra que no es concepto porque es ella la que hace concebir, que está más allá de lo que se denomina propiamente pensar. El poema es un pensamiento que no se sirve del lenguaje sino que lo modifica, le da un mundo.

Y sin embargo,

Esta palabra

Es mi capilla.

Francisco de Quevedo entonaba “letras de luz, misterios encendidos” como modo de describir el descenso de la luz transitando tinieblas y densidad, hasta llegar a la revelación en el poeta, de allí el templo que es umbral de la palabra concebida.

Océano

Y lava fijando olas

¿Cómo entonces podía haber palabra?

Y sin embargo el despertar como reiteración del nacer en el amor no sigue la línea de los claros del bosque zambranianos según los ecos de Heidegger. Aquí el mar, lugar de la asamblea de los dioses, pero también circulación de los flujos de piratería; el mar, esa geografía de fronteras líquidas, de la prehistoria de las religiones:

Volver y entender el libro

Es

Tomar la espada y la ignorancia,

La ferocidad y el desprecio

De quienes te expulsaron.

 

Creer en una imagen única,

La que todo lo ve,

Sin párpados, vacía de olas.

José Carlos Cataño sigue la senda de la barca abierta de ese antillano que supo de la colonización de otro imperio, el francés: Saint John Perse. Césaire y Glissant en la Martinica, Perse en Antillas, el Caribe fue lugar de enmarañamiento, de intersección, libre sobre el mar, en acuerdo y en exilio. Cataño se suma, del otro lado del Atlántico, a estos autores que siembran en el corazón de los dominados la palpitación de la dignidad. Así, Saint John Perse: “En la Ciudad dirán: ¡Que los busquen! ¡Se extravían! Y su ausencia nos daña. Pero nosotros: ¿Dónde, pues, el abuso? Los dioses se ciegan sobre el agua negra. ¡Dichosos los extraviados en el mar! Y de la Mar también que digan: ¡dichosa extraviada…! Una misma ola por el mundo, una misma ola entre nosotros, levantando, arrollando la hidra amorosa de su fuerza…Y del talón divino, ese pulso muy fuerte y que lo gana todo… Amor y mar de mismo lecho, amor y mar en el mismo lecho”. Nuestro poeta sabe que la geografía es la historia:

Nada sabemos de las nubes

Apenas de las olas.

 

Mirada somos.

Un hombre lanza el anzuelo

Al mar que hierve

 

Tu historia es tu lugar

 

Tu lugar

Tu historia.

En el archipiélago, el otro nombre de la isla es: “Debilidad”.

Días y noches en el silencio, sólo las olas al fondo: eso es el habla.

El desastre quita todo refugio, algo de lo incesante se interrumpe, deviene una escritura fragmentaria. Aquello que en el sujeto no coincide con el sujeto, su eterna ausencia, se hace letra que reclama por lo real.

Maurice Blanchot llama “desastre” a lo que no tiene lo último como límite, lo que arrastra lo último en el desastre. Escribir sobre la catástrofe es velar por el sentido ausente. Y velar no es el poder de la acción en primera persona, sino estar expuesto a la otredad de la noche, allí donde el pensamiento renuncia al vigor de la vigilancia. Así el escritor acoge lo ausente: desprovisto, abandonado, desguarnecido.

Trato con las cosas, y guárdate

Para lo frágil.

Un rodeo, un retraso; lo sin meta, tal la intransitividad, aquella discontinuidad con lo político. Escribir como se muere: sin poder, sin unidad y, precisamente, sin cómo.

Hacer eco al “no me leerás” de Mallarmé. Restos de palabras, como si el lenguaje estuviera hecho de frases aplastadas.

Muda, casi espejo, te llamo mundo

Nacido en mi deseo

Y de él desatendido,

 Al margen,

 De tus líneas siempre al margen,

Intransitivo

Tú.

Escribir ante un desacuerdo frente a lo que queda por decir sobre la soledad, el vacío, la muerte, el desastre. Un rumor final.

Y cuando cierres los ojos y sientas

El sordo rumor del mundo que sigue

Por la débil memoria de las otros,

La raíz del estruendo en las entrañas,

Y paseee por ellas la luz que ya no sientes.

Alguien te nombrará en los labios:

Tú fuiste la deshabitada sangre.

Si el lenguaje es un lugar sin exterior, el archipiélago y su nada de fronteras lo escenifica regiamente. Pero no todo es agua en la poesía de Cataño, está la roca ígnea, la pluma volcánica, ese magma enfriado en llama eruptiva. Del agua al fuego que se solidifica durante el recorrido aéreo. “Piensa en el tiempo en que la noche subió al monte con nosotros,/ piensa en el tiempo,/ piensa que yo era lo que soy:/ un dueño de prisiones y de torres,/ un soplo en los tejos, un bebedor en el mar,/ una palabra hacia la que tú ardes” escribe Paul Celan en su poema “Agua y fuego”, allí donde se “reúne lo escuchado” el poeta entra en su nombre; en su nombre, el lector arde.

Sopló anoche fuego por el barranco hasta el mar.

Las cenizas, el testimonio. “Nadie/ testimonia por el/ testigo…/ Gloria/ de cenizas detrás/ de ustedes las manos/ del triple camino…” La poética de Celan se pregunta cómo hacer para que el polvo hable, un polvo que son cenizas- restos- residuos. Himen o prepucio; borde. En forma de anillo. Límite que gira, retorna. Todos los poetas son judíos, dice Marina Tsvietáieva, afirma Jabès. Puntos de sutura, palabras cortadas: “A ése/ circuncídale la palabra”, en la palabra abierta de Celan. ¿Cuál es la insistencia que busca dejar la marca de aquello perdido? Codicia del poeta por el resto. Lo que queda, apenas. Derrida o Helène Cixous, un tejido, un texto, chal o talit de plegaria que se apega al cuerpo. Reiniciar el viaje es adentrarse en la isla del desierto o en la memoria. Ir hasta el lugar del “antes de”, avidez del resto en el libro que deviene huella, anillo, alianza.

El fuego roto, el viento que transporta la tefra causando enterramientos o incendios con un ritmo de descarga densa. La diáspora de la lengua en José Carlos Cataño conjuga su demora:

El alto océano y los miembros

Que palpitan en agónica demoración.

Soltad las redes

Y traspasarán las aguas, las mansas

Escuadras en deriva.

La intransitividad del verbo, el detener, esa privación de la libertad de quien se sospecha autor de un delito, esa medida precautoria. Si pensamos en el delito como concepto extensivo de la palabra falta, el poeta es aquel que comete la falta, el que falta, le falta a un lector que desea la palabra justa y se detiene. Viene a escuchar la voz y es demorado en el encierro de la isla. Y en esa medida suspensiva acontece la figura imputable a la avalancha del combatiente, del que golpea, el destructor encerrado en la montaña del Teide. El poeta es el demonio y a su vez quien realiza ofrendas, quien trae vasijas con alimentos para aplacar el hambre del fuego; allí el modo piroclasta de su Verbo:

Al pie de otro volcán

¿Hay patria que cantar?

 

Trazamos

El color de la sombra

De los cuerpos ausentes y nombramos

Lo que la aviva

Con los restos de los borrados

En la lengua de sus verdugos.

 

Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.

De formación abogada, ha publicado los siguientes libros de poesía: LabiosDebajo de la piedraEl ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos; los relatos de La granadaMíaJuana I; y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.

Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar. Fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.

Rodó en Armenia y en Argentina el documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de la República trasandina, un largometraje en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en la dictadura militar vivida al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010). Es miembra de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, lanzó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.

El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

 

 

 

«Obra poética (1975-2007)», de José Carlos Cataño (Editorial Pre-Textos, 2019)

 

 

Ana Arzoumanian

 

 

Crédito de la imagen destacada: Editorial Pre-Textos.

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