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Cine de mundos en peligro: «Parasite» («Parásitos»), la negación de la vulnerabilidad

Una destacada psicoanalista nacional analiza el filme del realizador surcoreano Bong Joon Ho —ganador de cuatro premios Oscar 2020, incluyendo el de mejor película del año— dentro de los parámetros propios de su disciplina y de los conceptos formulados por el terapeuta inglés Donald Winnicott.

Por Carmen Gloria Fenieux

Publicado el 15.4.2020

No es casualidad que la película que ganara el Oscar 2020, Parásitos, sea aquella que lleva a escena una violencia y un odio gestado al interior de la sociedad como un subproducto, que podríamos pensar, resuena familiar en el mundo contemporáneo.

Es difícil, sino imposible saber si los tiempos actuales están más o menos caracterizados por el odio que otros momentos de la historia. Sin embargo, se puede afirmar con seguridad que el odio, al igual que todos nuestros sentimientos, acciones y pensamientos, toman una dimensión epocal que podemos intentar comprender. ¿Cómo explicamos hoy este odio y violencia que muchas veces se enclava en nuestras maneras de mirar al otro? ¿Cómo el engranaje social favorece cierta estructuración psíquica y cultural del odio contemporáneo?

Parece ser un síntoma epocal el uso de la negación como absurda ceguera para evitar el complejo acontecer del mundo interno propio y sobretodo para evitar hacerse cargo de la fragilidad de la existencia. Las “pasti”, la cocaína, el alcohol, la marihuana, tan frecuentes en nuestra época, son una muestra elocuente de la tendencia a evitar tomar contacto con lo más íntimo y vulnerable.

En la película citada, esta perspectiva se encuentra representada por una familia cuyo síntoma es estar presa de una inocencia idiotizada al actuar como si fuéramos sujetos transparentes, sin recovecos, sin misterios existenciales, sin necesidades emocionales, evitando entender lo ominoso de lo humano. En esta transparencia y comodidad, Yeon-kyo, la dueña de casa, hermosa, joven y adinerada, busca una precaria seguridad al externalizar la solución de su existencia a través del pago de servicios. Vive adormecida en la comodidad del “tener”, sin lograr aplacar el miedo que la consume. En un espacio, aparentemente tranquilo, su existencia precaria en lo emocional, se sostiene en lo simplón, en lo concreto, la materia, lo aparente. Con todo ello, solventa la omnipotente idea que a través de lo económico logrará el ansiado equilibro y seguridad para ella y su familia.

El miedo a perder este control comanda su vida y todo lo que implica perderlo es negado, minimizado, evitado, para renegar de la fragilidad que esculpe la vida.

En su mansión, todo parece estar en perfecto orden, controlado, pulcro y bello. Es una belleza que no tiene rasgaduras, excepto que debajo de la mesa y en el subsuelo, yace el inconsciente de ella, de ellos, representado por una familia marginal, que en su fragilidad cloacal y en sus necesidades denegadas, ha cultivado el odio.

Esta familia marginal, desesperada, abandonada por el sistema  y desahuciada en la pobreza de sus recursos emocionales y económicos, vive en el subsuelo. Viven en un espacio habitacional, que dada la tormenta de lluvia que azota la ciudad, se convierte en cloaca. Esta cloaca podría representar el mundo interno caótico, desbordado de  sentimientos no digeridos, no elaborados,  que en la explosión, emerge con deshechos que contaminan y ensucian todo. En estas circunstancias de vida, esta familia ha cultivado una voracidad, una rabia y una astucia, que cínicamente va definiendo su actuar.

En el encuentro, estas familias se desprecian mutuamente y de distintas maneras según la vereda en la que se encuentran. Unos se asquean con  los otros… sienten el olor de la diferencia social que los separa. Sin embargo, niegan cualquier referencia de la realidad. Son ciegos, no quieren ver lo que hay detrás de la aparente normalidad y servilismo de sus empleados. El pequeño hijo, el único que no ha perdido la lucidez de ver, da señales, grita explícita y solapadamente que algo grave está ocurriendo debajo de lo aparente. A pesar de ello, la comodidad de creer que todo podría estar bien, y de que se puede vivir en la precaria tranquilidad del control, gana, en ese momento, la batalla. Entonces, ciegos, solo viven adormecidos sin comprender ni ver más allá de sus narices evitando así, cualquier contacto emocional real consigo mismo y los otros.

Por otra parte, la familia de los despojados, viven a expensas, como parásitos, de los que posen el control aparente. Por detrás, se burlan, sacan ventajas. Generan  múltiples y creativos movimientos para engañar a estos enemigos que poseen todo lo que ellos añoran. Es algo así como una venganza frente a la negación y el desprecio a su condición marginal. En ese contexto, de guerra subterránea entre clases sociales, o tal vez también, entre consciente e inconsciente, aparece el odio y la violencia que desenlaza en tragedia.

El Otro, en la diferencia, asusta. El extranjero con su carga de fragilidad, aquel que puede interpelarnos,  evidencia nuestra propia vulnerabilidad y en este acto, nos amenaza. Ello puede generar una movilización inconsciente cuya fuerza se dirige a no dar espacio a la existencia del “nosotros” y de los otros como sujetos.

Somos sujetos agresivos, emocionales, frágiles, dependientes, necesitados, racionales, irracionales, intentando, en el mejor de los casos, alcanzar  un equilibrio siempre precario al intentar integrar todas estas condiciones. Este doloroso proceso de integración de aquello que rechazamos, muchas veces fracasa. Entonces, pueden aparecer fuerzas destructivas que rechazan la vulnerabilidad y todo lo doloroso que nos constituye, con lo que se busca aplacar el deseo y la necesidad. Cuando la escisión o la negación de estos aspectos es mayor, facilita el odio. La tenaz ceguera a la vulnerabilidad  es una manifestación encubierta de odio. Odio a pensar, a sentir, a comprender. Se niega la dependencia del otro y por ende se desprecia solapadamente el amor con el desgarro que lo erige. Se desdibuja la paradoja de la fragilidad y el infinito de la propia experiencia. El encuentro genuino con el otro se evita y parece poco importante.

Winnicott (1896-1971) importante psicoanalista británico, enfatiza la dependencia estructurante que nos define. Un neonato solo puede subsistir si existe un ambiente que lo contenga. Si vamos más allá, podemos decir que un pequeño ser humano solo puede desarrollarse emocionalmente, si ha existido un ambiente suficientemente bueno que lo contenga y satisfaga no solo sus necesidades físicas de alimentación, temperatura, limpieza, salud, sino también satisfaga sus necesidades emocionales de ser cobijado, acariciado, visto, aceptado en sus aspectos demandantes y rabiosos. En definitiva, solo puede desarrollarse sanamente  si es  considerado como un pequeño ser digno de cuidados tanto en sus aspectos amorosos, como odiosos.

Somos seres que transitamos desde una dependencia absoluta hacia una independencia relativa. Jamás somos totalmente independientes. Nuestra tranquilidad depende de la tranquilidad del otro. Montamos una estructura social en la cual somos todos somos co-dependientes del otro. En esta co-dependencia, se requiere integrar y contener los aspectos necesitados y agresivos de cada cual. El autor entiende la agresividad como parte de la fuerza vital que nos permite comer, triturar la comida, luchar por lo que deseamos, usar nuestros músculos con energía suficiente como para ocupar el espacio, entre otras tantas cosas. Esta agresividad y necesidad, si están suficientemente contenidas y no negadas, se convierten en fuente de vida, en energía, en fuerza.

Sin embargo, en la negación reiterada de estas necesidades, en la no contención y en la consecuente acumulación, va decantando, con el tiempo, en destructividad que se vuelve en contra del desarrollo del sujeto mismo o en contra la sociedad. Así, la agresión que no ha podido ser integrada y contenida, permanece escindida, acumulándose y latiendo en el subsuelo de nosotros mismo y de la sociedad.

El estallido viral y el estallido social nos obligan a replantearnos esta denegación de la vulnerabilidad y dependencia que nos constituyen. Ojalá permitamos nos subvierta, en el sentido que logremos modelar la manera que hemos tenido de relacionarnos. Ojalá nos interpele en el propio desafío de integrar en  nosotros mismo los aspectos desvalidos, necesitados y también los aspectos destructivos y odiosos. Integrar significa pensar, sentir, elaborar para evitar actuar en la violencia de la destrucción.

Tener mucha rabia y desea la desaparición de quien me perturba, es radicalmente distinto a asesinarlo. Entre medio de estas dos concepciones, ocurre la elaboración, el pensamiento, el entendimiento, los cuales matizan nuestro actuar. Evitar sentir la complejidad de nuestra existencia nos puede ubicar en una adormecida comodidad que nos expone, en algún sentido, a la muerte. Necesitamos seguir conversando de lo humano.

 

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Carmen Gloria Fenieux Campos es psicóloga de la Universidad de Chile, psicoanalista de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA) y diplomada en la praxis y fundamento de la práctica Winnicotiana, por la Universidad Alberto Hurtado (Chile).

Académica de postgrado en diversas universidades del país es la co-editora del libro Sexo y psicoanálisis. Una mirada a la intimidad adulta (Pólvora Editorial, 2016, Santiago, Chile), y del volumen El odio y la clínica psicoanalítica actual (Pólvora Editorial, 2020, Santiago, Chile). Además es autora de diversos artículos publicados en revistas de psicoanálisis de Latinoamérica y Chile.

 

Un fotograma de «Parasite» (2019)

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

Carmen Gloria Fenieux Campos

 

 

Imagen destacada: Afiche promocional de Parasite (2019), del realizador surcoreano Bong Joon Ho.

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