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«Pompeya»: Lo difuso de la marginalidad

La desaparición de una compañera travesti da pie al argumento. Dos individuos en escena hablan de su condición frente al mundo con templanza, mientras otros dos personajes entran al proscenio enajenados por la adrenalina y la exaltación de lo vivido recientemente en la calle. ¿Esta desaparición es un supuesto crimen o es una ausencia casual? ¿Es esta convicción frente a la certeza del delito, un equívoco o un acierto sin pruebas? Y así con la posibilidad de un error trágico, se inicia esta obra y se enciende en una fuerza ascendente sostenida por la exteriorización de la visceralidad de cada rol.

Por Faiz Mashini

Publicado el 25.09.2017

Es interesante ver cómo el trabajo actoral no sólo depara un conjunto de gestos miméticos. En este caso, no se trata de la manera de caminar lo que asemeja a los tres travestis y al cafiche, que por lo demás, están llevados a cabo con maestría: hay un trabajo sicológico de trasfondo de cuatro sujetos distintos, expulsando su interioridad particular en un vómito de realidad cuyas opiniones, además de representar la marginalidad de un sector distinguible de la población, también podrían ser dichas en cualquier estrato, desde una discusión pronunciada en un comedor de alta alcurnia, hasta en un diálogo propio de roles de la condición socio económica, de quienes la llevan a cabo en esta obra.

Filmes iraníes como “El sabor de las cerezas” (1997), de Abbas Kiarostami, o “Lluvia” (2001), de Mayid Mayidí, nos enseñan desde lo filosófico en el primer caso o en lo social en el segundo, las mismas opiniones populares sobre la inmigración afgana y su repercusión en la esfera laboral de ese país. En el cine francés «Caché» (2005), del austríaco Michael Haneke, o en Alemania con “Todos nos llamamos Ali” (1974), de Rainer Werner Fassbinder, se replantea la dignidad de ciudadanos de segunda categoría del inmigrante como tema constante, y así, en el conjunto de la sociedad, se debe tratar el tema. Esta pieza rescata ese diálogo callejero común a todos los lugares bajo la misma problemática, contraponiendo nacionalismo, patriotismo y ética de fraternidad. Y la segunda categoría del inmigrante se suma a la tercera categoría de la prostitución y a la cuarta categoría de ser travestis y transexuales, recordándonos el «Bello barrio», de Mauricio Redolés o la frase de Dostoievski: “El último de los hombres que es también hombre y es tu hermano”, analizando su propia época en este escáner sociológico

Para que haya con tanta fuerza una explosividad de tal dramatismo, tiene que haber una preocupación muy cautelosa de lo que acontece en el interior. De este modo, no vemos a un actor del elenco que resalte, sino que cada uno lleva con fiereza a su personaje, desplegándolo escénicamente, como cuatro personalidades pertenecientes a un mismo mundo de marginalidad: los cuatro, así, resaltan igualmente. Y en este histrionismo, jamás vemos una caricatura, al contrario, apreciamos el drama profundo de una sensibilidad sutil que habita lo interior.

En el centro del escenario, una mesa, y atrás, un altar con velas rindiendo tributo a la Virgen de Pompeya (la intercesora de los campesinos del sur de Italia). El foco puesto al centro y al fondo, que se abre hacia las esquinas en una simetría que, a pesar de la potencia, se contiene en un orden. Existe la duda de la incertidumbre acerca de lo que acontece en el exterior de la habitación, y el living de esta casa que acoge a los sujetos en su hermandad como fuerte seguro, también produce la claustrofobia en contrasta al mundo: salir es enfrentar un peligro e incluso morir.

La iluminación emula la de un living casual con el uso de una ampolleta, llevándonos a sentir la calidez hogareña que hay en lo simple. Un contraluz frío y apoyo de cuatro calles, revisten los diferentes momentos, permitiendo que los tránsitos sean interpretados por una acción concreta y bien elegida, llena de significado.

El vestuario es preciso para resaltar las personalidades, sobre todo en el vestir y desvestir en escena, con el simbolismo que implica ese acto en función del travestismo, pasando de lo casual a la actitud de “diva”, o dejando de lado la calle para entrar en lo hogareño. El personaje de mayor edad, utiliza un vestuario de colores cálidos de viejo o de vieja, como de levantarse, débil por la enfermedad y renegando de la posibilidad de sus medicamentos, por último, el cafiche, un vestuario tipo Marlon Brando, decadente, un choro de la calle. No podemos olvidar el maquillaje, vital para engañarnos, confundirnos si son actores interpretando a travestis o travestis actuando, las cejas cubiertas con base y cejas falsas delineadas, que se arquean hacia la frente.

Nuevamente, una obra dramática que reincide en un pasado de dictadura, lleva a reflexionar que gran parte de los problemas actuales son heredados, no sólo en la memoria de un hecho histórico con víctimas, sino además en los dilemas propios planteados por la cotidianidad actual.

Necesario de apreciar, para todo público, educativo por su crudeza.

 

Los protagonistas del montaje de «Pompeya», con la efigie de la Virgen que bautiza el título de la obra

 

El personaje que hace de «cafiche» ocupa un vestuario tipo Marlon Brando, decadente, como de un choro de la calle

 

Ficha técnica

Dirección e idea original: Rodrigo Soto
Dramaturgia: Gerardo Oettinger
Elenco: Guilherme Sepúlveda, Rodrigo Pérez, Gabriel Urzúa, Gastón Salgado
Diseño sonoro: Daniel Marabolí
Diseño integral: Gabriela Torrejón
Realización audiovisual: René Soto y Michael Salinas
Producción: Alessandra Massardo
Maquillaje: Bárbara Soto

Funciones: Desde el 2 al 30 de Septiembre de 2017
Miércoles a sábado, a las 21:00 horas

Edificio B, piso 2, Sala N1 del GAM

Para mayores de 14 años

$5.000 Preventa
$6.000 Gral
$3.000 Estudiantes y Tercera edad

Dirección: Avenida Libertador Bernardo O’Higgins Nº 227, Santiago

 

Crédito de las fotografías: Jorge Sánchez, del Centro Cultural Gabriela Mistral

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