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Roberto Brodsky: «En Chile caminamos de lado, mimetizados con la geografía que nos tapa la boca»

A propósito de la cercana reedición de su novela «El arte de callar» (2004) por Random House, el escritor santiaguino dialogó en extenso con el Diario «Cine y Literatura»: habló de su estancia en Nueva York (donde vive actualmente), del estado actual de las letras locales, y del ninguneo que dice sufrir por parte de sus colegas y de la crítica nacionales, dejando en claro su admiración por las narradoras de estas latitudes, quienes con su talento son las únicas que lo salvarían del infierno que significa para cualquier ser pensante, el hecho de identificarse como un «chileno».

Por Joaquín Escobar

Publicado el 26.9.2019

Con el mismo apellido que el inmortal poeta ruso-estadounidense de origen judío, de nombre Joseph, este artista sudamericano y cosmopolita, se ha transformado en una suerte de novelista sin afiliación precisa en el caprichoso canon de las letras nacionales: esa cartografía de redes culturales y políticas, armada en base a claudicaciones y de servilismo al poder de turno.

Pero Roberto (Santiago, 1957), consciente de que la libertad es el único mapa posible para crear una obra digna y de respeto, que persiga el valor de la trascendencia y la admiración de los autores jóvenes, hace años que escogió salir del horroroso Chile, y se afincó en Nueva York, Estados Unidos, país desde donde observa con lucidez y distancia -entre medio de la cátedra y del oficio de narrar- a la jungla local de las cofradías y de las bandas casi delictuales tan caras a nuestro medio literario.

Autor de novelas como el Bosque quemado (2008) y El arte de callar (2004), es debido al relanzamiento de esta última -hace un par de semanas, por el sello Random House Mondadori-, que el díscolo creador aceptó conversar honestamente y sin censura con este medio, acerca de ese país propio y que por eso mismo detestamos y el cual nos duele, pues «los que aman, odian», perpetuaron Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.

 

Nos parece interesante el registro híbrido que está presente en El arte de callar. Hay ficción, ensayo, diario de vida y crónica, ¿cómo se hace para trabajar con tantos géneros sin nunca perder la intensidad y el equilibro narrativo? La novela, pese a su multiplicidad, nunca se desborda.

-Le doy todos los méritos a la novela como género, porque la mezcla y el contagio son parte de su esencia. De hecho, creo que el género novela es esencialmente impuro, voluble, y también canallesco en su carácter camaleónico para hacer pasar un tipo de discurso por otro. Pero ese mismo carácter transgresivo está marcado por unas leyes de composición narrativa que hay que seguir de manera más o menos organizada, aplicando una estructura que no es previa sino que surge y evoluciona con el propio discurso de la novela que se escribe. Es como cuando los profesores de yoga te hablan de que el cuerpo encuentre su centro, su fundación lo llaman ellos, para poder volver a él cada vez que te pierdes en medio de los ejercicios, porque la novela es el desorden y la dispersión que somos, pero sujeta a un horizonte autónomo que le permite navegar por géneros y discursos aparentemente muy alejados unos de otros, pero que ella absorbe y los reconvierte en algo distinto. Me alegra en todo caso que identifiques esas cualidades en El arte de callar, porque esos laberintos interiores se me impusieron como inevitables una vez que el relato exigió esa coralidad de puntos de vista y modos narrativos para hablar sobre y desde lo que podría llamarse la verdad ficcional de un caso real.

 

Pareciera que en Chile callar es un concepto que atravesó y atraviesa toda nuestra historia. Callaron los militares con sus pactos de silencio, callaron los gobiernos de la Concertación ante las demandas de justicia política y social, callaron los cómplices civiles de la dictadura y así un largo etcétera. La novela, más allá de centrarse en la historia de Jonathan Moyle, es un retrato del Chile reciente, del que prefiere omitir y guardar silencio.

-Sí, el Chile de todos los días y que está en todas partes pero del que nadie habla porque vivimos de la boca para afuera mientras callamos lo que nos aprieta. En Chile caminamos de lado, mimetizados con la geografía que nos tapa la boca. Hoy son los curas, ayer los milicos, mañana la prensa, quién sabe. Pero la novela no condena ese modo de ser, más bien lo acepta para sí misma en uno de los protagonistas, y lo pone de manifiesto como un síntoma social en la voz de otro, el fantasma, el que vive fuera pero sigue sin mover un pie fuera del pathos chileno que lo define. Bueno, ese es también mi mundo narrativo: ser un esclavo de lo que se dice y un amo de lo que se calla, entonces la novela no podría dar lecciones de moral y más bien se preocupa de sembrar dudas, levantar sospechas, mezclar lo real con lo imaginario, entregar versiones. Se trata de pervertir lo que se nos entrega naturalizado en la forma de una razón de Estado, de una tradición literaria, de una historia nacional o de un archivo cultural, o incluso de lo que es una muy buena novela para llevarse de vacaciones a la playa.

 

Dentro de El arte de callar hay un sinfín de referencias literarias (Donoso, Hamlet, Lihn, Arthur Schnitzler, Kavafis), nos parece que estamos ante una novela sociológica que se vale de la literatura para construir su relato. Es como si ambas disciplinas necesitaran retroalimentarse para narrar al país.

-Discrepo de esa caracterización, y no sólo por el hecho simple y rotundo de que El arte de callar sea una ficción. Y vuelvo sobre lo dicho. Para mí la novela es un género que no tiene literatura, o al menos no del mismo modo en que podríamos hallarla en el cuento o en la poesía. La novela puede ser un episodio de las guerras napoleónicas, la aventura de un cazador de ballenas en el mar Pacífico o el encierro de un oficinista que se piensa a sí mismo como un escarabajo. ¿Significa eso que estamos ante una novela histórica, o ante una novela de marinería, o ante una novela de zoología antromórfica? Ni La guerra y la paz, ni Moby Dick, ni La metamorfosis tienen otro crédito que el de ser ficciones, mundos imaginados por donde transitan las pasiones humanas de la guerra, de la aventura, y de la alienación extrema. Lo que pasa es que cada una de ellas en particular, y la novela en general, adopta la forma del mundo que la ocupa, y no al revés. No hay una forma definida de la novela cuando es de verdad una novela, es decir un universo de relaciones autónomas, una vasija que se forma con la forma de los discursos que acoge y reconvierte en ficción, sea éste el discurso bélico, el marinero, el alienado o el sociológico, para ir al adjetivo que tú apuntas.  Y las referencias y citas de El arte de callar son exactamente eso, discursos de situación recortados sobre la trama de los personajes. Incluso la sociología que puede haber en la novela, respecto por ejemplo de la caracterización de la transición chilena, está suspendida entre manchas oscuras, un poco como esas luces nocturnas donde se arremolinan los insectos atraídos por el único farol encendido en toda la cuadra. Esa es la imagen de la transición que entrega la novela, no un análisis de Foxley sobre el aumento del uso de tarjetas de crédito entre la clase media.

 

El arte de callar tiene muchos pasajes de novela policial y de enigma. Por largos momentos uno como lector recuerda al detective Heredia de Ramón Díaz Eterovic. ¿Qué otros personajes y escritores han influido en tu escritura?

-Con todo el respeto que me merece el detective Heredia, la verdad es que nunca lo seguí. Ni a él ni a Díaz Eterovic. Sobre el género en cuestión, el policial que más me ha influido es Edipo Rey, donde aparece el primer detective de la literatura mundial después de que un descarriado mata a su padre y se acuesta con su madre. En términos de escritura, las influencias se nombran por periodos, salvo Onetti que fue de una vez y para siempre. Pero antes estuvo Kafka, Dostoievski, Juan Emar, Arlt, Gombrowicz, Proust y Felisberto. Una mezcla rara, ecléctica, personal, a la que luego se fueron sumando los de escritores de Cacania, los judíos de la diáspora y todo Sebald y todo Coetzee.

 

El arte de callar fue publicada hace más de quince años y hoy frente a nosotros tenemos su reedición en una nueva casa editorial. En el epílogo del libro dices que es una novela distinta a la que se publicó originalmente, ¿cómo sientes que se ha dado este proceso de envejecimiento?

-Espero que como los buenos vinos, que se guardan hasta que envejezcan en un lugar frío, ojalá bajo tierra. Al menos los antecedentes reales dicen eso, porque yo tenía perdido el soporte digital del texto y sólo tenía una copia de la edición original de Sudamericana. Eso hasta que Amalia Ruiz, del departamento de diseño en Random House, encontró el archivo y pudimos trabajar la adaptación de la novela a serie de tv. A su vez, esto abrió el camino para la reedición. Para mi gran sorpresa, no cambié nada del original: quince años después la novela seguía leyéndose bien, o incluso mejor, sin el apuro de figurar o no en el ranking. Es un mundo constituido, con sus leyes internas, pausas y aceleraciones que mantienen hasta hoy su intensidad. Envejeció bien, cada vez mejor.

 

-¿Qué opinas del estado actual de la literatura chilena? ¿La sigues de cerca? ¿Está ingresando en el mercado literario norteamericano?

-La distancia me hace perderla de vista muchas veces, pero me repongo cada vez que sale una antología. Hace unos días Carlos Franz presentó la más reciente en un número especial de la revista Review, editada por el City College de Nueva York. Está muy bien, pero me recordó a Bolaño cuando hablaba de la literatura chilena como de una temporada en el infierno: nada pidas que nada se te dará, no luches que siempre serás vencido, no pidas entrar a una antología que tu nombre siempre se ocultará. Es el arte de callar de la literatura chilena de hoy, mañana y siempre, lo cual no desdice el esfuerzo de Franz por hacer un muestrario fiel del país literario. Al contrario, es una excelente muestra de esa construcción de posiciones llamada literatura chilena actual, y en la presentación que hizo, y a la que por cierto asistí, Carlos fue consciente de ese hecho y así lo manifestó.

No guardo rencor por no figurar allí, porque la literatura chilena nunca me ha considerado uno de los suyos, y en lo que escribo por otra parte yo tampoco he buscado esa filiación o pertenencia, así que los ninguneadores chilenos son felices conmigo. Yendo a lo más actual, creo que funciona muy bien el contingente femenino, y esto más allá de la escritura de género: Alia Trabucco, Andrea Jeftanovic, Nona Fernández, Carla Guelfenbein, Alejandra Costamagna, Lina Meruane y el mismo premio nacional para Diamela Eltit están diciendo algo nuevo sobre la literatura chilena. Quizá sean ellas las que me salven del infierno.

 

-¿Qué opinión tienes sobre la crítica literaria chilena?

-Bueno, la crítica es la que construye esa literatura de la que estamos hablando. En algún momento esa crítica decidió que yo valía mucho la pena, tras la publicación de Bosque quemado, y acto seguido decidió que yo no valía nada la pena, acontecimiento luctuoso donde los haya, ocurrido a partir de la publicación de Veneno. ¿Qué puedo decir de la crítica después de ponerse ella misma en evidencia, con ese pensamiento mágico que va del súper elogio de un autor a su virtual inexistencia?

 

-¿Cuál es el público objetivo de El arte de callar? ¿Hay algún espacio que se pretende alcanzar?

-Voy a responderte con una anécdota ocurrida durante la presentación de la novela en Santiago, hace unas semanas. Con el fin de situarla ante el público, Random me invitó a un desayuno ritual y multitudinario con los libreros, donde podía aprovechar de entregar pistas y algunos argumentos de venta. Pero fue muy poco lo que pude hacer, porque a esos cientos de libreros reunidos yo tendría que haberles explicado que soy un escritor que no vende, que nunca había pensado en que pudiera venderse lo que escribo, y que si ellos necesitaban un argumento de venta entonces tenían que relacionar El arte de callar con una tradición de escritores y novelas que no venden, desde El pozo a Ferdydurke, y desde Miltin a El Castillo, una tradición que es enorme y sin duda más larga y preciosa que la tradición de los que venden, y que para mí es la única tradición válida, pero creo que hasta allí habría llegado no más el diálogo con los libreros, porque ellos no estaban allí para perder el tiempo con escritores que no venden, sino para tratar de vender más libros de los que venden. Period, como dicen los gringos: punto final.

 

¿Qué lees en estos momentos?

-Un libro de literatura chilena, magnífico, fíjate cómo son las cosas: lo escribió Felipe Reyes y tiene un título de pincel: Un reflejo en el agua movido por el viento. Me lo pasaron antes de subir al avión y no lo había abierto hasta ahora. Son incidentes mínimos de escritoras y escritores chilenos a lo largo del siglo, pequeñas piedras preciosas que Reyes va narrando como si estuvise en la playa alrededor de una fogata. Lo paladeo con miedo a que se termine, porque es corto en su retrato de la tradición amistosa de la literatura chilena, y no quiero pensar en todo lo que me robó la dictadura.

 

Joaquín Escobar (1986) es escritor, sociólogo y magíster en literatura latinoamericana. Reseñista del diario La Estrella de Valparaíso y de diversos medios digitales, es también autor del libro de cuentos Se vende humo (Narrativa Punto Aparte, 2017).

Asimismo es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

Novela «El arte de callar» (Random House, 2019)

 

 

Imagen destacada: El escritor chileno Roberto Brodsky (Santiago, 1957).

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