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«Sinestesia», de Nicolás Poblete Pardo: Una impostura posmoderna

El autor chileno ya supo ponernos en una ruta donde hay que remar duro para llegar a destino: «No me ignores», «Espectro familiar», «Si ellos vieran» -sus creaciones anteriores- rezuman una prosa trabajosa, no exenta de humor, en el centro de lo experimental, y en los bordes de lo extravagante: leo que en esta novela todo es desborde (y talento).

Por Alejandra Boero Serra

Publicado el 2.1.2020

«…Traten, si pueden, de no pensar. Intenten reprimir sus dudas y piensen el poder que ejerce y que reclama esa imagen como mera presencia, sin significado. Sí, asegura casi con un grito: Sin significado. Pero ojo, dice, como sorprendiéndose a sí mismo con una contradicción acompañada de una risa abrupta y breve: No hay Arte sin ojos que lo vean como Arte…». Este párrafo, casi al finalizar las novela es todo una (im)postura y una profesión de fe. En las 178 páginas que la componen «se escucha la oscuridad» de una moda que se impone y se festeja: la del BioArt. Todo vale y si es sórdido y repugna, aún más. Algo huele mal en los ambientes «intelectuales» y Durán es sólo la piedra de toque, o el chivo expiatorio, la carne necesaria, el semen impotente de un cuerpo social, performático, ciego. «..Quedar ciegos, esa es la clave, precisa Durán…». Precisa: ¿Quién?, ¿qué? Precisa lo excéntrico de un entramado que rige al circuito del arte en estos tiempos y no sólo en estas latitudes.

Este mundillo, totalmente verosímil, en el que Durán es el protagonista está sostenido por personajes como Daniela, Alme, Oliverio, Javier y Tristán que rozan la caricatura y lo maniqueo a falta de un espesor psicológico que atribuyo a la parodia ¿bio?, ¿art?, que sólo puede flotar en una superficie en que las historias, las anécdotas se disuelven en el manifiesto, en la crítica corrosiva a un circuito que estalla en fuegos de puro artificio.

Mi venus es «la obra» que desata o anuda esta parodia en que los involucrados, sean del bando de los que eligen cual snobs: «confrontar con los prejuicios» y «la reacción de la gente silvestre», no dejan de reflejar: «banalidad, falso protocolo y solemnidad, ineptitud y rapidez en los ojos,flojera, abulia…».

En el siglo XXI el sistema del arte obedece al mercado gestionado: «para los ricos, ellos decidían qué se vendía y que no, o sea, qué era arte y qué no. Unos arribistas a cargo de la historia…». Y sin embargo, los Durán insisten en imponer otra narrativa que juega con una noción de arte que aquí se pliega en pos de legitimar una sensibilidad discordante, creyendo que con estas manifestaciones ponen en crisis la naturalización de lo establecido, estableciendo un nuevo canon del que se creen potencias transformadoras. Ya lo dice Durán: «…La naturaleza del arte es elusiva y susceptible de ser controversial. Mientras más extremo y más experimental, más indignación provoca en algunos sectores. Mi venus es una obra de arte, es una obra, me atrevería a decir, sublime. Es producto del misterio que somos. Mi venus es una búsqueda, una preocupación por las preguntas fundamentales que nos competen a todos. De qué estamos formados, cómo nacemos, ésas son las preguntas que mi trabajo está planteando…». Y arriesgo que Poblete, en un tiro por elevación, lo plantea también en la literatura con su literatura. Las preguntas y la ironía que Sinestesia (Editorial Cuarto Propio, 2019) proyecta están encarnadas en una prosa compacta, acumulativa, con términos específicos de la actividad artística y extranjerismos que embarran, atiborran las páginas, diálogos que van hacia el monólogo y se pierden, ¿quizás la deriva bioart? El lector tiene que atravesar esta muestra, llegar a la Venus y ver qué le provoca. Y elegir de qué lado de la mirada se posiciona.

Sinestesia es una arriesgada operación de intrigas que no existen pero que se sostienen en un verosímil artefacto textual complejo, casi diría en exceso, pero  en consonancia con el tema que toca, que despliega para circundar la gran pregunta: ¿es esto arte?

La novela de Poblete es también una trampa: «Si podemos apreciar, emocionarnos con un retrato de Rembrandt, también podemos encontrar el eco en una obra de este tipo. Es necesario abrirnos a la experiencia, abrir nuestras almas, confrontar nuestros prejuicios… la reacción de la gente silvestre también debe ser registrada, es parte del arte. Es arte…». También el lector, acá, deberá elegir qué entiende por prejuicios y por gente silvestre, si la parodia y la ironía se terminan parodiando transformando y reformulando las preguntas, la pregunta y allí: «…el silencio se vuelve espeso sobre sus ojos… Su rostro es calmo e introspectivo; es la expresión de quien está atento a una música que nadie más escucha…».

Nicolás Poblete (Santiago, 1971) ya supo ponernos en una ruta donde hay que remar duro para llegar a destino: No me ignores, Espectro familiar, Si ellos vieran rezuman una prosa trabajosa, no exenta de humor, en el centro de lo experimental y en los bordes de lo extravagante. Leo que en Sinestesia todo es desborde. Y talento.

 

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Alejandra M. Boero Serra (1968). De Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina, por causalidad. Peregrina y extranjera, por opción. Lectora hedónica por pasión y reflexión. De profesión comerciante, por mandato y comodidad. Profesora de lengua y de literatura por tozudez y masoquismo. Escribidora, de a ratos, por diversión (también por esa inimputabilidad en la que los argentinos nos posicionamos, tan infantiles a veces, tan y sin tanto, siempre).

 

 

 

Imagen destacada: El escritor chileno Nicolás Poblete Pardo.

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