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«Vikinga Bonsái», de Ana Ojeda: La invención de un lenguaje femenino

En la quinta novela de la escritora argentina, los avatares de un grupo de amigas frente a una tragedia común son el foco de una trama que explora no sólo los límites del altruismo y la sororidad, sino también el valor de la comunidad como posibilidad sentido. Esto último en el nivel de la historia y en un uso del idioma que permite cuestionar los verdaderos límites de lo propio en el contexto de la era global.

Por María José Schamun

Publicado el 24.8.2020

Desde el comienzo de Vikinga Bonsái, la última novela de Ana Ojeda, el uso de la lengua parece opacar una trama que podría pensarse simple. Sin embargo, nada es simple en la semana que las “Apocalipsicadas” transcurren en casa de Vikinga Bonsái o Bombay.

La novela comienza con la reescritura en femenino de la evocación a la “sombra terrible de Facundo” que D. F. Sarmiento realiza en la introducción de Facundo. Civilización o Barbarie. En su novela, Sarmiento invocaba a la sombra de un caudillo cruel y sediento de sangre, que representaba para él un germen de maldad que el tirano Rosas (enemigo de la generación romántica argentina) encarnaría de forma acabada. Contrapone, además, los espacios del campo y la ciudad asociando cada uno a los conceptos de “civilización y barbarie”, dicotomía que se volverá central en la literatura argentina del siglo XIX.

La reescritura de Ana Ojeda transforma al “tigre de los llanos” en Fecunda y, al hacerlo, cambia el signo de la evocación (que se parece mucho a una invocación). No sólo trueca la la sangrienta sed de muerte por vida, sino que el sentido mismo del fragmento entero se ve transformado y funciona como programa para la novela. La vida de este grupo de mujeres porteñas de clase media busca poner en evidencia cómo: “La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en una mujer…”.

La idea es que la mujer también es ejemplo del ser del pueblo, ya no sólo el hombre. La apuesta por lo femenino no radica, sin embargo, en la idealización, sino todo lo contrario.

Lejos de los estereotipos, los personajes son caracterizados a partir de sus acciones y, sobre todo, de su forma de expresarse. La narración la lleva adelante un narrador externo en tercera persona, pero los pensamientos se cuelan en fragmentos cercanos al fluir de conciencia y acompañan los diálogos. Cada personaje tiene una voz propia, que se nutre de discursos sociales diversos como la literatura o las etiquetas de las redes sociales, y un conflicto propio que organiza sus acciones y se entrelaza con los de las demás para construir una trama compleja en la que se pone en evidencia la carga de responsabilidad familiar de las mujeres, las expectativas sociales frente a la realidad privada e íntima, y los prejuicios y las falencias del carácter en tiempos de individualismo.

Sin embargo, con personajes femeninos que hasta cierto punto frustran los prejuicios, el relato desentraña la complejidad de las relaciones humanas y, por sobre todo, se rebela de forma feroz frente a la idea de que las mujeres sólo compiten o son aliadas incuestionables. Estos personajes no compiten ni se adoran, se entienden más y se desentienden poco, se alían para sobrevivir en un mundo que les exige y del cual no se cuestionan mucho, viven una tragedia tras otra valiéndose de la amistad que las une para poder conformar una alianza que les permita sobrevivir al sinsentido de ciertos hechos de la vida (¿o de todos?).

Es así como la sombra que alienta estas páginas, logra: “explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo” que nace, vive y muere: “En la igualdad de las horas [donde] no hay lugar ni para la memoria ni para la esperanza”, por lo que si así es, así ha sido también.

La trama se mueve entre relaciones de pareja que se ven afectadas por el excesivo individualismo y las relaciones madre-hijos que descansan en la “entrega materna” sin caer nunca en el supuesto “altruismo” de la (cuestionable) naturaleza femenina. Justamente, el punto más fuerte de la trama es el cuestionamiento de los preconceptos sobre “la mujer”.

Estos personajes oscilan entre el cansancio “de la otredad, de les pibes, del ser manada” y el comprender: “en un de pronto que en casa de Vikinga Bonsái o Bombay hay sustento, manos para prepararlo. Hay: orejas para su melopea, hablar de la mufa que la aqueja para liberarse de ella #vivaLacan. Hay, de alguna extraña manera, comunidad.”

Esa comunidad se teje como una red de contención en torno a un niño a quien la tragedia lo golpea directamente, pero su funcionamiento comienza a afectar a cada una de las participantes y poco a poco se transforman en piezas de un engranaje que nunca funciona como se espera, pero que funciona de forma efectiva. Una vez más, la oscilación entre la frustración de las expectativas y la efectividad del mecanismo de la “manada” construye la verosimilitud en un relato en el que parece que suceden las cosas más normales, dadas las circunstancias.

 

Ana Ojeda

 

En el otro extremo de la normalidad, la lengua

Si algo distingue la escritura de Ana Ojeda, es justamente su experimentación con los límites de la lengua, con su capacidad de significar más allá del consenso social que implica una variedad lingüística. Las páginas iniciales, redactadas como esas breves escenas difusas al comienzo de una película que, en breve, cobrará un ritmo vertiginoso, introducen un trabajo con la lengua que excede el uso de los hashtags y la “e” inclusiva.

Si bien el vocabulario es un elemento llamativo, no es menos importante el extrañamiento lingüístico que produce la exasperación de la sintaxis o la inversión de sustantivo y adjetivo. Sin embargo, todo esto sucede en un universo expresivo común que permite una comprensión que deja en evidencia la plasticidad de la lengua.

“La humedad es lo peor, lo repiten como un mantra idiota y se reconocen parte de ese colectivo asado y asolado por climática nefandez. Ya no hay estaciones -razonan, se quejan-, todo ha sido deconstruido. La culpa es de Derrida”.

La falta de artículo, el uso de los sustantivos en contextos inesperados y la referencia teórica parecen indicar un “que entienda el que pueda” pero lo cierto es que todos podemos, aunque no hayamos experimentado la humedad de la ciudad de Buenos Aires o no hayamos leído a Derridá. Es ése el otro punto fuerte del texto, ¿qué es la lengua entonces?

La respuesta que la novela da a esa pregunta podría ser que la lengua es un ser vivo, capaz de dar cuenta de realidades de las que no somos conscientes al quitar una coma y forzarnos a prestar atención a esas palabras o expresiones que creíamos conocer y que ahora, por primera vez, debemos cuestionar para estar seguros de haber entendido bien.

La lengua se presenta como un repertorio de posibilidades, de formas de ser y comprender. Pero también como la contradicción, el modo perfecto de poner en evidencia la tensión entre nuestra percepción de la realidad y el ser de las cosas. Porque si en la lengua de una comunidad encontramos el modo de ser de un pueblo, el elemento que tranquiliza y nos permite sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos; la literatura pone el foco en las grietas de esas certezas y hace palanca, nos cuestiona sin dar respuesta. La verdadera literatura no tranquiliza, moviliza.

Vikinga Bonsái o Bombay, como Facundo. Civilización y barbarie es una patria textual posible.

 

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María José Schamun es licenciada y profesora en letras por la Universidad de Buenos Aires, donde además cursa la maestría de literatura española e hispanomaericana. Actualmente se desempeña como docente de literatura en nivel medio y, si bien ha publicado ensayos y cuentos en diferentes medios, es colaboradora permanente del blog literario El País de la Bruma y de la revista Escritores del Mundo.

 

«Vikinga Bonsái», de Ana Ojeda (Eterna Cadencia, 2019)

 

 

 

María José Schamun

 

 

Crédito de la imagen destacada: Eterna Cadencia.

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