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«Z, la ciudad perdida», la vida es un misterio

El director estadounidense James Gray (conocido por “Los amantes”), presenta en su sexto largometraje de ficción, una innovación temática con respecto a sus créditos anteriores: la adaptación de un libro inspirado en hechos verídicos, en esta ocasión acerca de la biografía del militar y geógrafo inglés Percy Fawcett, y su búsqueda de una mítica ciudad fundacional, en cuanto huella de una civilización perdida, al interior del sistema fluvial de la Amazonia sudamericana. Protagonizada por  Charlie Hunnam, Robert Pattinson y Sienna Miller, el filme resalta por su fotografía, por su dirección de arte, y por su afinado libreto dramático.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado 17.08.2017

“Belleza, prolongación de lo infinito y cosa inútil, belleza, belleza, madre de la sabiduría, colosal lirio de aguas y humo, aguas y humo sobre un atardecer extraordinario como el nacimiento de un hombre. ¿Qué quieres conmigo, belleza, qué quieres conmigo?”.

Pablo de Rokha, en Los gemidos

 Un encargo profesional para el mayor del ejército británico Percy Fawcett (1867 – 1925) termina por confundirse con la meta póstuma y total de su existencia. El trazo de un mapa limítrofe entre Bolivia y Brasil, en la zona de la selva Amazónica, se transforma en el objetivo absoluto de la vida del oficial inglés, luego de entrever, en la actuación propia de esa laboriosa y esforzada misión, las ruinas, los vestigios y los rastros de una antigua civilización, desconocida e ignorada en la actualidad, extendida a través de los numerosos afluentes y orígenes que conforman al famoso latido fluvial del corazón de Sudamérica.

Ambientada en las primeras décadas del siglo XX, “Z, la ciudad perdida” (“The Lost City of Z”, 2016), recrea una estética expedicionaria, sintetizada con las búsquedas de significados místicos y trascendentales del excéntrico protagonista, interpretado por un hábil Charlie Hunnam. Embarcados en una misión cartográfica por la Real Sociedad Geográfica británica, Fawcett y sus compañeros encuentran las definiciones de una nueva meta dentro de ese propósito y encargo profesional, al descubrir restos de alfarería y de dibujos rupestres y simbólicos en maderas y piedras, que el militar identificó como señales de una civilización perdida y desconocida, en la línea de El Dorado y de otras míticas localidades urbanas, las cuales persiguieron en los albores de la conquista europea, con entusiasmos iguales las fuerzas españolas y portuguesas, luego del arribo de Colón.

La indagatoria de un origen, ya sea fluvial, arqueológico y antropológico, representa el argumento de esta cinta, donde un hombre es capaz de dejar atrás a su mujer y a su familia, a sus pequeños hijos, con el objetivo de aumentar el conocimiento humano y el acervo cultural de Occidente, para así poder desentrañar los misterios reales y esotéricos de la América del Sur. La dirección de arte construye una realidad creíble y magnífica de la selva brasileña, en los bordes de los números ríos y vertientes que desembocan en el Amazonas (el filme fue rodado en locaciones de Irlanda del Norte y de Colombia). Incluso, se registra la cita a un título cinematográfico mayor en la estética audiovisual de los desiertos verdes, como lo es la “Fitzcarraldo” (1982), de Werner Herzog, y sus arias de ópera que recorren el alma inexplorada y virgen de la jungla, con personajes al borde del delirio y del absurdo.

Percival Harrison Fawcett fue uno de los últimos exploradores que persiguieron, en plena era de la modernidad, la realidad de una ilusión contada por los aborígenes a los invasores europeos, con el fin de satisfacer sus necesidades de gloria, de riquezas y de sueños de ególatra grandeza histórica. El ansia por ser los primeros, como cuando el señor Henry Costin (el papel de Robert Pattinson), entra en un verdadero frenesí, luego de encontrar el origen de esos ríos que, en la leyenda, descendían virtualmente del cielo, en las fronteras de Bolivia, Brasil y el Perú. La emoción de inscribir el patronímico y el nombre propio y personal en los libros de geografía y en los anales de la bitácora, durante los años y los siglos del futuro.

La cámara inmortaliza esa obsesión, y la lucha de esos flemáticos ciudadanos británicos, por no caer irremediablemente en lo que ellos definían como conductas bárbaras y salvajes. Mientras buscan esa ciudad mítica, hallazgo y explicación de las circunstancias y civilizaciones actuales, estalla la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918), y Fawcett acude a su encuentro, y a los brazos y al regazo de su abnegada esposa, encarnada por la actriz estadounidense Sienna Miller, quien se revela en múltiples edades y facetas de su talento actoral e interpretativo, al abordar a esa mujer (Nina), símbolo de la fiel espera y del amor femenino ilimitado.

El libreto, en efecto, recoge las demarcaciones físicas y emocionales de ese lecho conyugal constantemente postergado en pos de las pesquisas ancestrales que el aventurero esposo emprendía por la negra espesura de unas urbes de oro inexistentes. La selva, el lugar escénico y cinematográfico de un desierto de hojas, humedad, calor infernal. Fotogramas que se abren en el ingreso a un contexto que bordea la locura, lo mágico, la estética del “nunca nadie ha estado aquí”.

Y las tinieblas humanas, ceden a la luz, a la música que se oye desde una cascada, lumbre de lo divino, de la esencia de antepasados desconocidos e inubicables. Quizás, bajo el mismo ánimo y sentimiento, que manifestaron los navegantes que se internaban al sur de los mares, que serpentearon la Tierra del Fuego, que bautizaron el Estrecho de Magallanes, y que vislumbraron el reflejo eterno, blanco y enfermo de un continente antártico nunca antes poseído.

Civilización y barbarie, en una dinámica que contradice y se yuxtapone a los conceptos tenidos por aceptables y verídicos, en esta evolución de formas, ideas, de sistemas de riegos, de estrategias de cultivos, de sembrar el suelo, de maneras distintas de ser hombres sobre la tierra. La música implementada por Christopher Spelman, tal vez pudo haber sido mejor utilizada con el propósito y la aspiración de sugestionar al espectador en esa travesía impregnada del dolor, los estremecimientos, los padecimientos y la felicidad auroral, inaugural, por observar inicialmente un terreno, un río ignoto antes que cualquier otro hombre venido desde Europa.

“Z, la ciudad perdida”, el sexto largometraje de ficción del realizador estadounidense James Gray (1969) es un filme generoso en componer fotogramas que inclusive recuerdan a Stanley Kubrick y a sus inmensas películas de época. Sin ser una superproducción en el sentido estricto de la palabra, las mayores fortalezas artísticas y audiovisuales de esta entrega, se refuerzan en torno a la estructura de su fotografía, al uso del factor lumínico dentro de las prerrogativas de la misma, a la coherencia dramática y literaria de su guión, y al alto valor de sus actuaciones principales, en ese elenco donde resaltan los nombres de Charlie Hunnam, Robert Pattinson y las señas de la siempre sorprendente Sienna Miller.

Se agradece una obra, entonces, que en concordancia a las características técnicas y de análisis señaladas, ofrezca, asimismo, un discurso argumental y una retórica semántica que se interne, mediante un lenguaje cinético de alta cualificación, en una alfabetización basada en el imaginario occidental e indoamericano de las ciudades de oro, letras de los orígenes poéticos de la especie, obertura al encuentro de los significados más profundos de la vida, la clave del enigma que impulsa la belleza inefable de los actos humanos.

 

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