Las últimas realizaciones audiovisuales del director español en el género de la ficción corresponden al estreno de un documental dramatizado sobre el trabajo del pintor Antonio López, cuyo título es «El sol del membrillo» (1992), y tras un prolongada pausa, se presentó en Cannes con «Cerrar los ojos» (2023), donde ambas obras esconden una inquietud reflexiva importante para el cine de la actualidad.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 21.3.2026
Víctor Erice (1940) es un realizador cinematográfico español cuya breve obra está cargada de premios. Dotado de una sensibilidad artística destilada, ha conseguido producir auténticos primores en el cine. Se consagró en 1973 con la película El espíritu de la colmena con la cual ganó el premio al mejor filme en el Festival de San Sebastián.
Hoy en día está considerada como una obra maestra de la cinematografía española. El título, según cuenta el director, está entresacado del libro de Maurice Maeterlink (Premio Nobel de Literatura de 1911), Vida de las abejas.
Diez años más tarde presentó El sur (1983), basada en un relato de Adelaida García Morales (1945 – 2014), sobre la relación admirativa de una hija con su padre, que recibió calificativos del tipo de «inacabada obra maestra» y reconocimientos del Círculo de Escritores Cinematográficos. Problemas de financiación arrumbaron el despliegue completo del proyecto inicial en una continuidad, a pesar de la belleza de lo ya rodado.
Tras todo ello, Erice entró en un largo periodo de silencio en el que se dedicó a un cine más personal, a la docencia y a la publicidad, con lo que adquirió una fama de director esquivo, minucioso y artísticamente exigente entre el gremio de los productores.
Nueve años después, estrenó un documental dramatizado sobre el trabajo del pintor Antonio López con un largometraje sorprendente, El sol del membrillo (1992), y tras otra elongada pausa, se presentó en Cannes con Cerrar los ojos (2023). Dos últimos actos por el momento no demasiado bien entendidos por los aficionados, pero que esconden una inquietud reflexiva importante para el cine de la actualidad.
En tales actos quiere centrarse el artículo.
«Un poema no se acaba, se abandona»
Antonio López se propuso pintar un árbol cargado de fruta en la época del año en la que maduran los membrillos en España. Árbol en sazón iluminado por una dorada luz especial que durante unos pocos días bendice la despedida del verano a finales del mes de septiembre y principios de octubre en el hemisferio norte durante el conocido como «veranillo de San Miguel».
La cuestión se plantea con el hecho de que la luz durante esas jornadas cambia con rapidez y la fugacidad de sus matices es progresiva. Se establece, así, un reto para el pintor, una carrera contra el fluir del tiempo en su deseo de acogerse a las palabras de Fausto sobre el momento perfecto: «Detente, eres tan hermoso».
Con todo, la película de Erice es la crónica de la lucha entre el arte y el tiempo, pero ¿qué ser humano puede detener el viaje estacional del sol? Por lo que nos muestra la historia de una fuga. Antonio López pretende algo imposible: fijar la luz exacta de un membrillero en los días del año en que la claridad se adelgaza y afantasma.
El filme registra ese combate con un silencio casi metafísico. Y lo que revela es: primero, que la realidad es móvil; segundo, la luz es inaprensible; tercero, el tiempo no descansa y cuarto, la obra de arte siempre llega tarde. O, dicho de otra manera: la pintura está condenada al fracaso.
Paul Valéry había expresado esta misma idea con respecto a la poesía: «Un poema no se acaba, se abandona». La obra del artista no concluye, se rinde. Sin embargo, este fracaso es fecundo, significa el camino humano hacia el misterio, que siempre permanece abierto. Un esfuerzo asintótico de aproximación infinitesimal a la realidad, a la verdad. Es una concepción que ya se encuentra en Platón: el viaje de lo efímero a lo eterno sin alcanzarlo nunca. La obra de arte no es el logro, sino el proceso. No en vano la película se titula en inglés Dream of Light.
La luz que cambia demasiado deprisa conforma una metáfora del cine. Y aquí mismo es donde comienza Erice la escena del segundo acto con la película Cerrar los ojos, un melancólico homenaje al séptimo arte de siempre, a sus tramas de aventuras y emociones. Luz y tiempo que escapan. Tempus fugit, Lux fugit. El cine está en tensión con ambos como quien intenta atrapar un fantasma.
Refinadas ironías
Cerrar los ojos cuenta la historia de un viejo actor del celuloide desaparecido sin dejar huella. Al final es encontrado en una residencia de ancianos desmemoriado y al parecer afecto de un tipo singular de deterioro cognitivo. Con todo y con eso, lo más interesante es la multiplicidad de sentidos que encierra el título, característica que confiere al filme un aire de totalidad, una persecución de dirección hacia el absoluto casi mística.
Por de pronto, «cerrar los ojos» es una acepción de «no querer ver», no «querer enterarse de algo», en definitiva, de disociar la conciencia, de huir. Bajar los párpados supone perder el acceso al mundo externo.
Empero, al ser el cine la fábrica de los sueños, alude también al contenido onírico de nuestro interior que aflora al tapar la mirada. Es decir, insinúa una zambullida en nuestra intimidad más estricta. De tal modo que se refiere asimismo a la actitud de recordar.
Finalmente, «cerrar los ojos» es morir, renunciar a la ilusión de control, descender a nuestra más insondable profundidad o lo que es lo mismo al corazón del misterio. Y aquí alcanza la película su pináculo. No podemos retener la luz, pero sí intentarlo, y en ese lance nos jugamos nuestra humanidad. El cine verdadero emociona porque convierte el fracaso en un acto de amor. En dos, en el caso de Víctor Erice. Su gran apuesta.
Algunas veces, se le ha acusado al director de excesiva seriedad y de falta de humor. Una simple anécdota arrojará claridad sobre el asunto. En 1969, tres jóvenes cineastas españoles, José Luis Egea, Claudio Guerín Hill y Víctor Erice, rodaron un largometraje integrado por tres episodios. El último de ellos, debido a nuestro autor, relata la peripecia de una egocéntrica comuna pseudohippie y un mono en un pueblo abandonado.
En dicho capítulo, pueden verse dos planos con el chimpancé leyendo silenciosamente. En el primero lo hace de El origen de las especies, de Charles Darwin; en el segundo prefiere deletrear Hermosos y malditos, de Francis Scott Fitzgerald, en mención oblicua al grupo protagonista y su violenta deriva. Y aún hay otro fotograma como de pasada en el que el primate está absorto en Mallarmé. Una refinada ironía.
¿Quién sería capaz de afirmar que estos planos carecen de humor e intención?
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

Luis Miguel Iruela Cuadrado
Imagen destacada: Víctor Erice (por Carlos Álvarez).
