Nona Fernández: «Las feministas estamos aquí para tener procesos que sean anti racistas, anti clasistas, anti neoliberales y anti capitalistas»

En el contexto de este 8-M, la multifacética escritora y actriz chilena, se sinceró con el Diario «Cine y Literatura»: reflexionó sobre la actualidad política del país, de sus miedos, temores e ilusiones al respecto (de que todo esto se evapore en nada), de su obra literaria que comienza a posicionarse en las grandes ligas internacionales, de las batallas que junto a las mujeres de su doble gremio, emprende en contra de las malas prácticas sexistas, en ambas industrias de la cultura y del espectáculo, y del modo en que los fantasmas de nuestra historia pública y privada, nos siguen rondando mientras se debate qué hacer con la energía incontenible desatada en las calles locales, a partir del estallido social del 18 de octubre de 2019.

Por Felipe Espinosa Alarcón

Publicado el 8.3.2020

Durante noviembre, en pleno estallido social, fui a una firma de libros de Nona Fernández (1971) en la librería Qué Leo Forestal, en plena zona cero. Adentro era difícil respirar: una mezcla entre gas lacrimógeno y humo de las barricadas. En la calle todo era contingencia. Me quedé mirando afuera, para verificar si era seguro estar ahí. Entré. Ella estaba sentada en el fondo, sonriente y amable: «Para Felipe, estos marcianos que vuelven», me escribió.

Su labor dramática y creativa, en efecto, simbolizan una de las obras más auténticas y medulares de la literatura chilena de las últimas décadas. Tanto en el teatro —con montajes icónicos como El taller—, donde destaca la preocupación y el trabajo en torno a la memoria histórica y las proyecciones de ésta, como en el desarrollo de su quehacer novelístico.

En esta entrevista hablamos acerca de su último libro, Voyager (Penguin Random House, 2019), de la cuarta edición de Space Invaders (Alquimia Ediciones, 2020) —cuya versión al inglés estuvo entre las 10 obras nominadas por el jurado de la National Book Foundation, en la categoría Literatura Traducida del National Book Award 2019—, y de la adaptación de este último título a las tablas, en un montaje que se estrenará durante el próximo mes de junio, a cargo de la compañía La Pieza Oscura y co-producida por la Fundación Teatro a Mil, la Corporación Cultural de Quilicura y el Teatro UC.

Pero, también, dialogamos con la narradora acerca de la importancia de los «feminismos» en la articulación de la movilización social chilena, sobre el rol del arte en el proceso constituyente que se votará durante el cercano mes de abril, y en torno a la verdad, la justicia y los recuerdos comprometidos, al interior de nuestra atormentada (y torturada) historia reciente.

 

Con la bendición de Patti Smith

—Llegaste hace poco de México, presentaste Space Invaders con el Fondo de Cultura Económica. ¿Cómo fue la recepción?, ¿cuál es la mirada de los mexicanos acerca del proceso que estamos viviendo en Chile?

—Lo interesante de mi viaje, es también lo que me ha pasado con los últimos libros, pensando en que también salió hace poco Voyager (Penguin Random House, 2019), es que finalmente termino hablando de Chile, del momento histórico, de lo que pensamos y de lo que está ocurriendo. Fue muy interesante la presentación, con México hace tiempo estábamos coqueteando con la idea de publicar Space, me ubican muy bien por el premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Ferie del Libro de Guadalajara, soy una autora que está ahí pero no tienen acceso a la lectura, por esto era una edición muy esperada. Fue súper bueno, hicimos una presentación en el DF y Querétaro. Las dos estuvieron muy bonitas.

Querétaro es una ciudad a la que he ido muchas veces, me leen mucho, sobre todo en la Universidad, hay mucha buena onda, mucho cariño y siempre me han recibido muy bien. Y claro, se transforma en un ejercicio de activismo, pero me gusta que sea así porque es como veo el trabajo literario. Se trata de entregar mi mirada. Yo creo que hay dos temas que están dando vuelta hace mucho tiempo allá que encuentran eco en el proceso chileno. La violencia de género que se vive, que es feroz, y con la violencia en general. México es un país donde uno va pisando y es posible que haya muertos. Muertos que ni siquiera saben quiénes son. Entonces hay una sensibilidad con respecto a la violencia. La palabra desaparecidos allá es muy fuerte. También con respecto al mundo feminista, al que le falta articulación. Creo que están viviendo ese proceso.

Cuando estuve había pasado esta noticia de las niñas que habían sido secuestradas y muertas. Estaban todos dados vuelta. Era muy fuerte. El presidente no había sido lo suficientemente sensible con el tema y el mundo feminista estaba en llamas con eso. Esas lecturas caían por alguna razón en el proceso chileno. De un pueblo que despierta, de una ciudadanía que pide fin a los abusos. Basta ya de violencia. La violencia chilena tiene que ver con los Derechos Humanos, pero tiene que ver con la violencia que se ha ejercido durante décadas. Entonces había mucha sensibilidad al respecto.

Debo decir que también siento que Chile es un país bien mirado internacionalmente. Cada vez que me toca viajar, hago un poco de embajadora. Es observado y querido. Claro, voy yo que soy chilena, por lo tanto, me voy a encontrar con un público que tiene interés por el proceso chileno. Diría que Chile es un país observado. Ahora en un punto específico, pero cada vez que viajo me encuentro con mucho interés. No solo por hablar de literatura. Literatura latinoamericana y chilena. Sino también por hablar de los procesos políticos e históricos que Chile ha pasado. Que son emblemáticos a nivel mundial.

 

—Hay una conexión especial entre el proceso revolucionario chileno, Salvador Allende y México. Por ejemplo, con el discurso de Guadalajara.

—Claro, porque Allende también es un personaje internacionalmente admirado, es un ícono. Muchísimo más que acá, sin duda. Afuera no pueden entender, personas que incluso son detractores. Para personas que no tienen sensibilidad de izquierda, es un personaje muy respetado. No se entiende cómo puede ser que acá en Chile haya gente que lo aborrezca, que sea algo parecido al demonio.

 

—¿Con respecto a la traducción de Space Invaders al inglés?, ¿qué piensas de la recepción que ha tenido en el mundo anglosajón? Con la foto que subió Patti Smith a su Instagram, por ejemplo.

—No, lo de Patti Smith fue impactante.

Bueno, desde el inicio, se trataba de una muy buena la editorial. Que la editorial Gray Wolf se haya interesado en el libro fue un super regalo. Luego, la editorial Gray Wolf se empecinó en que la traductora fuera Natasha Wimmer. Digo que se empecinó, porque Natasha tiene una agenda de traducción importante. Había que esperarla. Inmediatamente dije: Obvio, esperémosla, no tenemos ningún apuro en salir. O yo por lo menos no me manejo literariamente con ningún apuro. Entonces, si ellos consideraban que era lo mejor, con el currículum de Natasha, dije: Si hay que esperar un año y medio, esperémosla. Íbamos súper bien.

La traducción quedó muy bonita. A mí me dejó súper contenta.

Me gustó mucho como iba traduciendo. Cómo trabajó el material, de manera muy sensible. Iba siempre preguntando, siempre en diálogo. Estuvo acá. Hicimos un paseíto juntas. Estuvimos en el Museo de la Memoria. Caminamos por barrios que a ella le interesaban para hacer la traducción de Space… y de La dimensión desconocida. Ahí ya estaba todo súper bien.

Ahora apareció la traducción, en noviembre. Claro, cayó en manos de Patti Smith, además. Fue super bien vista por ella. Yo todavía estoy tiritona con sus comentarios. Fue impactante. Para mí ha sido pura alegría, pura maravilla. Después está también la nominación al National Book Award. Todo ha sido hermoso y feliz. La editorial está igual de sorprendida que yo, de lo bien que ha corrido el libro allá.

 

Versión de la novela «Space Invaders» en inglés (2019)

 

El estallido social del 18-O: Los símbolos de una pesadilla

—A partir del epígrafe de Space Invaders: “Estoy sometido a este sueño: sé que no es más que un sueño, pero no puedo escapar de él” (La cámara oscura, George Perec). El 18-O vivimos un despertar social que se ha extendido por casi cinco meses y probablemente seguirá otro tiempo más, ¿se trata de un episodio más de este sueño al que seguimos sometidos?

—Cuando uno escribe un libro no tiene mucha claridad de nada. Esa es la verdad. Son signos que uno va organizando, intentando dar algo de coherencia o sentido. Ese epígrafe lo tenía incluso antes de escribir el libro. A la luz del tiempo creo que hacía referencia a la idea del encierro en un sueño del que no puedes despertar, porque nunca has salido. Una pesadilla. Más allá de la anécdota especifica de la que habla el libro, el Caso Degollados. Es la vivencia de una dictadura, que se siente que vive en uno, que no te la puedes sacar de encima. Por lo menos para mi generación, no podemos salir de ahí. Con todo lo que tú señalas me viene un revival muy fuerte, casi la certeza histórica de que nunca salimos de ahí.

 

—¿Aunque se hable del despertar? Es cierto, hemos visto la movilización social, pero también nos hemos encontrado con mucha represión y el resurgimiento del fascismo.

—Si tú lo piensas en términos históricos, estamos habitando el sistema neoliberal, ensayado en Chile e implantado en dictadura. Si entendemos que seguimos en ese mismo sistema, con la constitución de los militares, nos damos cuenta de que seguimos ahí. Tuvimos un proceso de apertura con la democracia, pero una democracia que solo legitimó lo que la dictadura había hecho. Eso es lo que nos explotó en la cara. Un sistema de vida y económico que ha pauteado todo desde que entró: ¿Qué tipo de democracia es esta que no nos sacó nunca de ahí?

Entonces, pones en duda si alguna vez salimos del sueño dictatorial. Yo creo que no, que no salimos. O no salimos del todo. Arrastramos con eso de manera súper fuerte. Ahora es muy claro, son los mismos rostros de la dictadura. El rostro de Allamand, ahora se rumorea incluso que puede ser ministro del Interior.

 

—Y los fascistas marchando por Providencia, cual Patria y Libertad.

—Es un déjà vu, hemos estado en esto siempre. Simplemente no nos queríamos dar cuenta.

 

—En tu obra propones un vínculo entre los sueños y el acto de recordar. Vinculado a lo anterior, ¿cuál crees que ha sido el rol de la memoria en el transcurso de la revuelta social?, ¿cómo se ha manifestado?

—Los sueños están hechos de material de memoria. Lo que da vuelta en nuestros sueños es la memoria inconsciente. Incluso, a veces, cuando hablamos de sueños que no comprendemos, con huellas anteriores. Son parte de la carga de la memoria que llevamos en nuestro ADN. Es parte de lo que somos, pura memoria: física, consciente e inconsciente. Los sueños están hechos de ese material. Sueño y recuerdo son las dos caras diferentes de la Luna. Me encanta eso, porque los sueños tienen esa cualidad de ser tan personales. De ser incuestionables, porque son personales. No te puedo criticar tus sueños y tus recuerdos. Incluso, esa curatoría que haces de tus sueños, es muy personal. Es como una huella digital, un sello de identidad. De empoderamiento personal, muy necesario para construir lo colectivo.

Ahora en la revuelta lo que ha pasado, es que se ha despertado una memoria antigua, que estaba sobre todo en los cuerpos más viejos. Se despertó esa memoria corporal. Me pasó el mismo 18 de octubre que tuve una jornada de caminata impactante, desde el centro hasta mi casa. Uno tiene los códigos corporales. Viene la lacrimógena, corre pa’ allá, el limón. Incluso con los compañeros más jóvenes, porque tú sabes lo que hay qué hacer. Con el miedo también, hay una sabiduría corporal. La misma memoria florece. No sé si viste o tuviste la experiencia de ver a la gente más vieja, cómo lloraba el día del toque de queda. Porque les dices toque de queda y se van a la cresta. Porque hay algo en ellos que es más fuerte que el raciocinio. Es parte del mismo recuerdo, del mismo sueño. Con la revuelta lo que ha pasado es que hay una memoria atávica que aparece y nos instala en los ochenta, en los setenta. Tantos códigos que dejamos de lado o que el guion general pauteó de lado, que empezaron a aparecer de nuevo. El mismo hecho de que estemos todos cantando El derecho de vivir en paz, El pueblo unido, son cosas que yo pensé que estaba sepultabas. Sin embargo, aparecieron con nuevos bríos. Aparecieron porque nunca se fueron.

 

¿Cómo ves, a futuro, los procesos de reparación por violaciones sistemáticas a los derechos humanos durante el estallido social?

—Tenemos tanta deuda en eso. Si entendemos que tenemos una democracia que pactó la Verdad y la Justicia con los militares, que solo algunos casos, los más emblemáticos fueron esclarecidos. Con el tiempo se llegó a puerto con muchas causas, pero hay muchas otras sobre las que ya no vamos a saber. No va a haber justicia, no va a haber verdad. Nunca vamos a saber lo qué pasó. Pienso incluso en la Caravana de la Muerte, que me tocó reportear, para el caso de Voyager (Penguin Random House, 2019). Esas mujeres no lo van a saber nunca. Es así. No van a tener nunca una reparación real, efectiva. Porque la única reparación real y efectiva, más allá de las reparaciones monetarias, que ha habido en algunos casos, es saber qué ocurrió y dónde está tu gente. Eso para alguien que ha vivido un luto es fundamental. Estamos al debe.

En este revival, si hay algo que debiésemos aprender, es que no podemos tener un nuevo proceso, ni siquiera deberíamos estar hablando de un proceso constituyente si no tenemos claridad de qué es lo que está pasando. No lo sabemos, no se reconoce, no hay responsabilidades. Todavía no tenemos claridad del nombre de todos los muertos, porque no los sabemos. Me he dedicado insistentemente a buscarlos. No digo que no estén todos, pero hay muchos que todavía no sabemos. Esos quemados que aparecieron en un supermercado en Puente Alto, por ejemplo. No sabemos nada y si aplicamos nuestra memoria reciente, yo digo: Claro, nunca vamos a saber.

Tenemos que exigirlo y no abrir la posibilidad de un nuevo proceso, Nueva Constitución o nuevo Chile, si volvemos a cometer los mismos errores. Es caminar sobre las mismas heridas abiertas del pasado. Todo indica, por como se está conduciendo la situación, que para allá vamos de nuevo. Los cuatro informes de Derechos Humanos que se han hecho, el de Amnistía Internacional, por ejemplo, fue absolutamente negado por el Gobierno.

 

—Sobre lo mismo, hay una disputa en el relato.

—Por supuesto, de quienes son los violentos. De quien debe parar con la violencia. Eso es muy impresionante de observar, desde el comienzo hasta ahora. Al comienzo la derecha se quedó en pelota, no sabían cómo reaccionar, no tenían relato. Pero, en algún minuto se acomodaron con la fórmula de siempre. Instrumentalizar la violencia, decir que es el pueblo el que está generando esta situación. Ellos no lo van a asumir, no va a haber respuesta.

 

—Dentro de la disputa por el lenguaje y la construcción de la memoria, ¿crees que el relato ha sido dominado por el discurso transicional?, ¿es ese relato conciliador el que ha permitido la subsistencia del horror?

—Detengámonos acá. Porque hay algo que empiezo a observar casi a nivel mundial, que son estas democracias blandas en poner un límite a lo ético. Estamos en una crisis ética y moral. En Chile, a partir de la llegada de la democracia pactada, cuando pactamos la Verdad y Justicia, le vendimos el alma al diablo. Ese fue el comienzo del fin, porque de ahí en adelante todo el discurso de la democracia conciliadora, esta democracia de los acuerdos, lo único que ha hecho es darle espacio y terreno a los que no respetan los acuerdos, a los que no son conciliadores, a todos los racistas, clasistas, violentos, impúdicos, inmorales que se han adueñado de todo. También se han adueñado de los discursos. Finalmente, por permitir este Chile conciliador, ahora estamos donde estamos.

 

—Hoy estaba escuchando el programa de Paulsen en la radio, y un diputado de la UDI señalaba que una democracia debe permitir que fascistas marchen con banderas nazis.

—No, no podemos ser tolerantes con los intolerantes. No se puede decir cualquier huevada. No se puede. Me acuerdo de una anécdota de mi hijo, que tenía un debate en el colegio acerca del bus de la libertad y la profesora les decía a los niños que uno debe respetar todas las opiniones. ¡Cómo vamos a respetar la opinión de un grupo de pelotudos que encuentra que la opción sexual de un grupo de personas no es correcta y que debiera ser eliminada! En este ejercicio de tolerancia hemos perdido demasiado. Perdimos la épica con respecto a cosas fundamentales, como los Derechos Humanos.

 

—Pensando en el proceso constituyente y en el Chile que tendremos que re-construir. ¿Cómo crees que el pueblo puede recuperar el dominio del lenguaje? ¿Una reconfiguración simbólica puede ser relevante para la soberanía del pueblo?, ¿podrá haber ahí un camino para construir alguna forma de soberanía popular?

—Bueno, Fantaseemos. Cada vez soy más pesimista. Pero, precisamente lo que pasa el 18-O es que algo despierta, y despierta también un imaginario. Lo que hemos visto en la calle es algo que no había visto nunca. Pienso en relatos acerca de lo que había en la Unidad Popular, de esa energía vital que había en la calle, a lo mejor tiene que ver con eso. No tengo punto de comparación. Pienso que hay un imaginario colectivo y popular que emergió, emergió de la calle. Todos esos signos que no tienen autoría, uno no sabe quién inventó todas esas cosas, ¿quién inventó al matapacos y la bandera negra? ¿A quién se le ocurrió que a Baquedano había que ponerle una olla en la cabeza? Los rayados en la calle, el arte de los murales, hemos visto cosas hermosas en las calles, sin autoría, que nadie se adjudica. Eso es tremendo, porque es adjudicárselo a la calle, al colectivo, a todos y todas. Ese ejercicio es maravilloso.

Lo que estamos viviendo ahora, en relación a cómo eso podría articularse…

 

—¿Utilizarse estratégicamente?

—Utilizarse estratégicamente… se puede. Es un legado nuestro, independiente de lo que ocurra políticamente, esto ya es nuestro. Entendimos ciertos códigos de funcionamiento que están anclados. Más allá de estos accionares de imaginarios, pienso en las asambleas y cabildos ciudadanos que siguen funcionando, entendiendo que tal cual como se ha articulado el proceso constituyente, todo lo que se opinó y se sigue opinando ahí, da lo mismo. No tiene vinculación con esa Convención Constitucional que, en el mejor de los casos, va a ser como se pide. No hay vinculación. Sin embargo, la gente se sigue organizando. Acá, en la plaza de este barrio burgués, se sigue juntando la gente todos los domingos en la mañana, se toma desayuno, se conversa, hay actividades, hay cine, hay conversación, hay charla. Es impresionante. Ahora conozco a mis vecinos. Antes ubicaba algunos, ahora los conozco. Eso es un potencial que no vamos a perder. Lo tenemos y nos puede ayudar muchísimo en el futuro.

Pero, si me preguntas cómo podemos hacer de esto algo real en el proceso que estamos llevando. La verdad es que, no lo sé. Podría aventurarme, la verdad es que, si seguimos las lógicas de este funcionamiento, lo que tenemos que hacer es construir soberanía popular, seguir esperando nuestros procesos. No escuchar y seguir. Si levantamos organizaciones, si levantamos lenguaje e imaginarios, podremos levantar estrategias políticas. Esperar los ritmos de la ciudadanía y esperar para ver cómo vamos ejerciendo soberanía popular. Eso en el Chile del ahora, es imposible. Esa es mi parte pesimista.

Lo que estamos haciendo ahora es seguir un proceso constituyente con la pistola en la cabeza. Otra vez, en la medida de lo posible.

 

El estallido social en Chile

 

El proceso constituyente: «El mundo político no quiere cambiar nada»

—¿Piensas que podríamos llegar a conseguir una Asamblea Constituyente a través de la movilización popular?, ¿o la Convención Constitucional es lo que viene, porque ya está amarrado?

—A ver, una cosa es lo que yo pienso y otra es lo que deseo. Mi pensamiento tiene que ver con lógicas realistas, tiene que ver con cómo es este país. Lo que yo deseo es otra cosa, está anclado a mi fantasía y también a lo que he observado en este tiempo, que me hace ser optimista. Estoy dividida entre mi yo pesimista y mi yo fantasioso, energético, que sigue trabajando, que sigue twitteando, que sigue yendo a las asambleas, que sigue movilizándose. Mi yo realista, piensa que esto va a ser difícil sacarlo de la conducción que el mundo político ya ofreció, porque veo que la gran mayoría va a ese lugar. Veo también que la gente está cansada, que quiere que esto se organice rápido y esta es una manera de organizar las cosas. Ir por el apruebo y tener un Convención Constitucional, que no es paritaria, ni plurinacional, ni tiene vinculación con la ciudadanía, no sé si me interesa.

Sé que el mundo político no está queriendo cambiar nada y que incluso, aquellos que en un minuto dijeron, vamos por una nueva Constitución, ahora están diciendo que no. Muchos que abrieron la puerta, la están cerrando nuevamente. Veo que es difícil y que estamos en un sistema que a la gente le da pánico romper. En todo este despertar a la gente le da miedo perder su cuota de seguridad, le da miedo perder tanto tiempo, le da miedo perder tanta plata, le da miedo perderlo todo. Porque no es mucho lo que se tiene. Entiendo esas lógicas.

Tengo muchas expectativas puestas en lo que está haciendo el movimiento feminista para este marzo. Nos queda la calle, creo que se puede hacer mucho en la calle. Quiero creer. Sinceramente, espero que se pueda votar por el Apruebo, existen las ganas y la energía de tener una nueva Constitución y que podamos modificar esa asamblea. A eso estoy apostando, esas son mis ganas. Hay mucho por hacer.

 

—Acerca del proceso de reconfiguración simbólica de los últimos meses, ¿hay en el arte un espacio al que el poder no tiene acceso?

—Creo que sí. Bueno, el poder tiene acceso a todo, no hay espacio que quede ajeno, estamos pauteados, está en nuestro ADN. Sin embargo, hemos vivido una apertura de conciencia, donde nos hemos dado cuenta cómo esas pautas están en los escenarios más particulares y domésticos. Pero, creo también que efectivamente el arte puede ser un espacio de resistencia. Hay que ocupar esos espacios de resistencia. Cuando veo esa explosión callejera, desde un lugar tremendamente popular, ahí no hay vinculación ninguna con el poder.

 

—Antes de cualquier demanda, antes de que se parara cualquier cabildo ciudadano, ya estaba funcionando esta articulación simbólica, en las marchas y en las calles ya estaban las banderas negras y el matapacos. Fue lo primero, lo más inmediato. El arte y el símbolo parecen tener algo especial, que llega antes que el derecho y la organización política.

—Lo que pasa es que el arte, hablo desde la literatura y el teatro, lo que hace es codificar el imaginario de un momento histórico, de una época. La gente que crea, crea con eso, con los signos. Lo decía antes, cuando estoy trabajando no tengo claro qué es lo que hago, pero trabajo con signos. Con el tiempo caigo en cuenta, como cuando uno cuenta un sueño y dos semanas después dice: ‘Mierda, ahora entiendo lo que soñé’. El arte hace eso, intenta perfilar, mostrar, dar sentido. Esos sentidos van mucho más allá de quien lo hace, esos sentidos se completan con todos y todas las que lo ven. Ese es el trabajo del arte. Se dijo mucho que no lo vimos venir, pero en los libros, en las obras de teatros, en la danza y en los trabajos plásticos ya estaba todo, porque ese es el trabajo que nosotros hacemos. Vamos como las gitanas, viendo las hojas de té. Vamos ordenando todo eso que está ahí, lo vamos disponiendo sin entender lo que estamos haciendo. Los creadores nunca tienen la completa claridad.

 

Una escultura frente al Museo Nacional de Bellas Artes (Santiago) con un cartel que hace referencia a la pintora y activista Judith Alpi

 

Derechos humanos: «La Vicaría de la Solidaridad es la gran biblioteca de lo que sucedió en la Dictadura»

—Dentro de los materiales de la memoria que utilizas en tu obra encontramos cartas, fotografías, revistas, encefalogramas, ¿cuál ha sido la importancia del trabajo de archivo que has realizado?

—Ha sido fundamental. No sé trabajar sin archivos, me siento en pelota. Desde el origen, siempre trabajé con mucha investigación, mucho archivo. Con el tiempo he ido de alguna manera, abriendo la cocinería en mi trabajo. Por ejemplo, Mapocho (Alquimia, 2019) es un trabajo que hice con mucho archivo, pero esos fueron los materiales que inspiraron la ficción. Cada vez me parece más que esos materiales que inspiran mis ficciones y mi trabajo, son infinitamente más interesantes que todo lo que yo pueda aportar. De hecho, ahora lo que hago es ser una DJ que organiza materiales para darles sentido, pero los materiales están y cada vez se hace más interesante ponerlos tal cual son. Como en Voyager, con el encefalograma, la crónica, incluso noticias tal cual. Me parece interesantísimo, me encanta y me motiva muchísimo. Siento que tiene que ver con que para mí el vínculo con la realidad es vital. Me gusta ese trabajo sucio, de mostrar, evidenciar y dejar claro. Es una pega que todos podemos hacer. No es una pega que le toque única y exclusivamente a una escritora. El trabajo de decodificar la realidad es un trabajo que debería hacer cada ciudadano. Darle sentido a la simbología, a los signos, a los materiales que te dan vuelta. La gente normalmente no lo hace, no es suspicaz, no ve debajo del agua. Ese es el ejercicio que hago con la literatura y con la escritura, hablar sobre temas concretos que me preocupan a partir de materiales reales. No a partir de mi propia imaginación.

 

—¿Cómo ha sido tu encuentro con los archivos judiciales?, ¿crees que en ellos hay un valor narrativo?

–Hay dos archivos que a mí me parecen tremendamente interesantes: Los policiales y los judiciales.

A partir de todos los diálogos que se han dado en el Congreso por la paridad, he tenido que meterme en ese lenguaje para entender de qué se habla cuando están trabajando un proyecto de ley, por ejemplo. Las politólogas sacan sus proyectos para tensionar en la Cámara de Diputados y una no entiende nada. Entonces, hicimos un proyecto para poder explicar a la ciudadanía qué era esto de la paridad. Era muy difícil entenderlo y más difícil aun traducirlo. Son maneras y lógicas de observar el mundo, que se quedan circunscritas a un universo críptico, que no es el común de la gente. Lo mismo pasa en el mundo judicial con sus archivos. Son lenguajes muy técnicos. Incluso me ha tocado leer informes forenses. Esto habla de maneras y sensibilidades de ver el mundo que son interesantísimas de plasmar. En la literatura trato siempre de traducir todo eso, para que se entienda, se observe y el lector o lectora entre, que no se quede tan fuera como uno. Todo eso me alucina.

 

—¿Tuviste la posibilidad de trabajar con los archivos de la Vicaría de la Solidaridad?

—Sí, trabajamos con hartos archivos, que están disponibles. No es algo que sea de muy difícil acceso. Pero sí, trabajé con algunos de esos archivos, dependiendo de los casos que uno quería ver. Era algo muy loco, porque muchos de esos archivos tienen que ver con algo que uno vivenció y vio desde otro lugar. Recuerdo, el Caso Degollados, o cuando trabajé para la serie Los archivos del Cardenal. Pero claro, uno va visitando archivos de los casos que fueron emblemáticos en un momento de la vida, que uno vivenció desde la infancia o adolescencia, cosas que uno leyó, escuchó. Es interesante tener acceso a la reconstrucción de todo eso, al detalle, a los testimonios, es un trabajo que resultó ser muy bonito de hacer. Aunque son materiales rudos.

 

Cumplen el rol de mantener vivo el relato, los archivos están ahí, van a permanecer.

—En el caso de los archivos de la Vicaría, sobre todo en el lugar de contrainteligencia que ellos tomaron, porque la Vicaría trabajó por muchas partes, pero en la inteligencia, que es donde más me metí, lo más interesante fue poder generar el relato de lo que sucedió, porque solo está en esos archivos. Hay muchas causas que se han podido remitir a esos archivos. A las personas que salían de tortura las interrogaban muchísimo. A partir de eso, más algunas fuentes dentro de los mismos agentes torturadores, cruzaron información y lograron tener el relato.

Está ahí, es la gran biblioteca de lo que pasó. Porque claro, la dictadura nunca permitió que esa contrainteligencia lograra hacer mucho en términos de salvar a alguien. Al Papudo sí, lo sacaron. Pero, en general, lo que lograron hacer es archivar la desgracia, con el detalle, que no quede duda de qué fue lo pasó y quienes fueron los responsables. Eso es doloroso, pero es precioso. Ese es el gran valor del testimonio y el archivo.

 

Manifestación por violación a los DD.HH. cometidas en Chile durante la dictadura cívico-militar (1973 – 1990)

 

Voyage y Space Invaders: «Estos libros son para entender el horror»

—En el epílogo de la tercera edición de Space Invaders hay una cita a Enrique Lihn, que dice: “¿Qué será de los niños que fuimos?”. ¿Qué te gustaría contarles a los niños que hoy están viviendo la revuelta, particularmente a las niñas y adolescentes de cara a la movilización y huelga general feminista convocada para el 8 y 9 de marzo?

—Gran parte de lo que he escrito es para esos niños que fuimos. Para tratar de entender esa infancia que tuvimos, todo aquello que no entendimos, que yo sigo sin entender. Con el tiempo y la experiencia, he entendido que esos niños que fuimos se han reencarnado en los niños que son. Estos libros llegan a los niños de la actualidad como un llamado de auxilio desde el pasado. Para entender, que ese espacio de horror es posible, que nos está pasando ahora y hay que tener cuidado. Uno cuando es niño siempre piensa que es el héroe del universo, que no te va a pasar nada. Ante el horror las cosas pasan.

¿Recuerdas el caso de Rodrigo Avilés? En ese tiempo era profe de la Católica y me tocó ir a reuniones de los estudiantes. Me di cuenta de que había algo, que nosotros como generación no estábamos haciendo. Intento escribir sobre eso. No estábamos contando lo difícil que fue. Que ser joven no implica que no te va a pasar nada. Que el horror es posible y que los protocolos de los pacos son los mismos que en dictadura. Nosotros tuvimos compañeros que murieron, eso puede seguir pasando. Está pasando. Nuestros jóvenes están perdiendo los ojos. Tengo alumnos de Teatro de la Chile que están ciegos. El horror está instalado y los jóvenes pueden ser víctimas de eso. Estos libros intentan poner ese foco, ese llamado de alerta.

Ojo, la juventud y la infancia no son espacios intransgredibles. El horror estatal lo transgrede todo. Para entender que hay caminos que ya se han tomado, es importante entender que uno viene de algo. Es como el trabajo de las luchas feministas. No se inventó ahora. Viene desde hace mucho tiempo. Los feminismos han profundizado la democracia chilena. Tenemos voto universal porque las mujeres se organizaron para que fuera así. Somos herederas de eso y nuestras jóvenes siguen ese camino.

Estos libros están aquí para entender que somos parte de un largo proceso de horror, que somos parte en esa cadena de horror, que tenemos que seguir en el intento de romperla, que tenemos que tener cuidado, que tenemos que trabajar en colectivo, y que llegará nuestro momento, tenemos que seguir trabajando para que llegue nuestro momento. Porque han sido demasiados los sacrificios que se han hecho a lo largo, no solo de esta pequeña historia de cuatro meses, es una gran historia. Esta gran historia tiene un tiempo, se han hecho muchos sacrificios durante ese tiempo. Es un sacrificio que no solo tiene que ver con pérdidas o vulneraciones a los derechos humanos. Tiene que ver con el sacrificio que ha hecho la ciudadanía durante décadas soportando esta mierda.

La lucha feminista se inserta en esta historia. Las mujeres no peleamos por las mujeres. Peleamos por tener una perspectiva más amplia de mirada, por igualar derechos. Nosotras estamos aquí por tener procesos que sean anti racistas, anti clasistas, anti neoliberales, anti capitalistas, es mucho más amplio. Es tener una mirada política transversal e igualitaria en todas las áreas.

 

El colectivo Las Tesis en plena performance feminista de protesta

 

26 de abril: «Me gustaría un proceso constituyente en clave feminista, paritario, plurinacional y vinculante con la ciudadanía»

—El movimiento feminista en Chile ha articulado tácticas y estrategias que se encuentran en la vanguardia de la acción política. ¿Cuál ha sido tu impresión acerca de la performance de Las Tesis? ¿Cuál crees que ha sido su importancia en el contexto de la revuelta?

—Lo que pasa con Las Tesis es el resumen de cómo el arte puede catalizar la voz de un momento colectivo e histórico a nivel mundial. Ese es el poder del arte, hacer eco. Lo que ha hecho la performance y el movimiento feminista es una articulación de años. Son mujeres que lograron articular su discurso en algo así. Han logrado renovar la estética. Porque se ha revivido la estética ochentera, se ha vuelto a apoderar de las calles. Yo me he preguntado, ¿cómo no hemos sido capaces de construir algo nuevo, más contemporáneo?

El movimiento feminista y Las Tesis como parte de ese movimiento, han logrado renovar el imaginario, proponernos algo nuevo. Esto viene de antes, desde el mayo feminista empezamos a ver otros códigos. Más agresivos, porque las niñas muestran las tetas, son códigos que a nivel estético te ponen a prueba. Ponen a la misma ciudadanía a prueba, es un lugar mucho más peligroso, menos amable. Nos obliga a avanzar mucho más allá, a plantearnos cosas nuevas. Cuando las cabras se ponen en la esquina a hacer pipí, en la calle, con sus capuchas, pintadas, eso es una acción artística. Evidentemente, parte de la ciudadanía no lo entiende. Pero cuando has crecido viendo hueones que mean encima de ti, por todas las veredas y te lo has mamado sin problemas, o con todos los problemas del mundo, pero normalizándolo y luego una mujer es capaz de mearse en una esquina a teta pelada te está diciendo: ‘Tengo derecho, ¿te gusta?’.

Son todos esos códigos los que el movimiento feminista ha venido a proponer. Las Tesis vino a catalizar un momento mundial que nadie esperó, ellas sin duda que tampoco esperaban esto. Es hermoso, porque te demuestra que es un movimiento de avanzada, no solo en términos de lo que se proponen políticamente que, por supuesto, es de avanzada, sino que también en términos estéticos y artísticos. Son acciones que te destapan la cabeza.

 

—Desde RACH (Red de Actrices Chilenas) y AUCH (Asociación de Autoras Chilenas), se han propuesto acciones relevantes para la opinión pública como #cuestionatucanon, ¿cómo ha sido la gestación y el desarrollo de su orgánica? ¿En qué situación crees que se encuentra el mundo editorial y de las mujeres que participan de la cadena del libro?

—Participo de ambos colectivos. RACH fue muy movilizado por el #metoo y porque las actrices a diferencia de otros gremios, estamos muy expuestas y somos vulneradas en términos corporales y físicos. El uso del cuerpo femenino, sobre todo en medios audiovisuales, es muy fuerte. El abuso es heavy, en el teatro también. Así aparece RACH, que busca proteger. Se trata de protección entre mujeres, generar un colectivo que pudiese cuidarse, poder decir: oye, me pasó esto, cómo lo hacemos entre todas para poder visualizar a las personas responsables, tener protocolo, todo eso. Sobre todo, con el tema de los abusos y de las vulneraciones. Luego, comenzó a articularse mucho más, como un colectivo feminista que quiere incidir culturalmente en la igualdad de derecho, si te contratan como actriz, que te paguen lo mismo que a tus compañeros. Empezó a crecer cada vez más. Ahora con la revuelta, ha estado súper activo.

Con AUCH, creo que ahora se va a cumplir un año desde la marcha que generó el movimiento. Partió naturalmente. Con las autoras empezamos a generar este hashtag #cuestionatucanon, que prendió mucho. Luego, quisimos marchas juntas. No solamente autoras, sino mujeres relacionadas con la cadena del libro. A partir de entonces, dijimos: ‘¿Por qué no nos juntamos y vemos si podemos hacer algo?’. Fue a fines de mayo, que hubo una primera reunión para intentar hacer algo, o por lo menos ver si queríamos hacer algo. Desde entonces hasta ahora, en ese colectivo, a diferencia de RACH donde se trataba de cuidarse corporalmente, surgió una línea de trabajo para lograr paridad y corregir la brecha de género que existe en la literatura. Lo hemos definido como democratizar la pluma, en términos de tener una presencia igualitaria con los compañeros. En el mundo de la literatura, en antologías, premios, jurados, programas de lectura, en establecer cánones nuevos. Ese era nuestro objetivo. La revuelta nos cayó encima siendo un colectivo nuevo, y nos metimos al servicio de la revuelta. Visibilizando temas de género, visibilizando violaciones a los Derechos Humanos, visibilizando y trabajando por la paridad, por una Nueva Constitución. Ahora, en el caso de las autoras, hemos trabajado por la necesidad de la escritura de una constitución feminista. Por la necesidad de llevar un proceso constituyente en clave feminista.

 

—¿Tienen alguna acción planificada para este 8-M?

—Tenemos planificado generar una marcha, una gran acción desde el Teatro del Puente, con un pendón que va a decir: ‘A escribir una constitución feminista’, ese es el hashtag de este 8-M. Estamos trabajando en red con todas las mujeres del área cultural y artística. Los colectivos de audiovisualistas, de músicas, actrices, plásticas y escritoras. Vamos a marchar juntas con arengas y trabajo colectivo. Desde AUCH también estamos con una acción mediática para intentar hablar de la necesidad de una Constitución Feminista.

Lo que pasa en términos autorales, es cómo destituir desde el lenguaje, porque sentimos que este es un momento destituyente, en términos de que hay muchas cosas que tenemos que destituir, más que constituir. Si bien queremos un proceso constituyente para una Nueva Constitución, hay demasiado que erradicar desde el lenguaje. Tenemos que pensar mucho desde donde y cómo podemos hacerlo. Por lo pronto, nos vamos sumando a los trabajos colectivos y a la escritura de la Constitución Feminista.

 

—¿Cuál es tu sensación cuando te encuentras con editoriales feministas que mantienen a hombres acusados de abuso y violencia de género en su catálogo?

—Ese es un gran tema. El año pasado ocurrió que fuimos convocadas a una gran conversación sobre feminismo, por una editorial independiente, de la cual no recuerdo el nombre, que había publicado a Francisco Ide Wolleter, acusado de violación. Tuvimos una disputa con la organización para ver de qué se trataba esto, ¿cómo íbamos a estar hablando de feminismo con esta editorial?

Ahí hay una exigencia ética que hay que hacer. Cuando trabajo con editoriales independientes esa conversación la tenemos, con Alquimia y Oxímoron son cosas que tenemos súper claras. Yo no podría estar en una editorial donde eso ha ocurrido. El tema con Random, por ejemplo, que es una gran editorial con un catálogo tan enorme, donde comparto editorial con gente tan diversa.

 

—Pareciera ser que en las editoriales independientes es más fácil poner ese estándar ético, pero aun así ocurre.

—Es un cuestionamiento que hay que seguir haciendo, porque no debe ocurrir. En las grandes tampoco, es un trabajo que estamos haciendo de manera más activa. De todas formas, en las editoriales grandes he intentado investigar y no he sabido de casos de abuso. Es una investigación que hay que seguir haciendo. Hay cosas que tenemos muy claras, como la inclusión de mujeres en antologías y mesas de conversación. Ya no voy a participar de paneles para completar la cuota de género, ni en jurados, ni en mesas. Esas son articulaciones que ya tenemos, pero con las editoriales es una presión que hay que seguir haciendo de manera muy clara y radical.

Hay una gran discusión ética acerca de la censura: ¿Hasta qué punto queremos ejercerla?, es algo que todavía está en resolución. Hay casos donde digo: ‘sí, hay que sacarlo’; pero hay otros donde digo: ‘¿podemos hacernos cargo de esto?’. Cuando un autor es malo es súper fácil tener en cuenta lo que hay que hacer, ahí está el debate ético. Hay que hacer las correcciones, aunque impliquen cambios que nos puedan doler mucho. Después podremos comenzar a observarlo desde otro lugar. Los autores más viejos debemos ayudar a ejercer esa presión, en todo tipo de editoriales.

 

—En la presentación de Patti Smith, en la Catedra Bolaño de la UDP, ella señalaba que las y los artistas deben ser activistas y cumplir un rol social relevante, ¿compartes esa idea?

—Lo comparto, lo he compartido siempre. Estamos en un contexto en que se hace mucho más evidente. Me interesa ese trabajo. Escribo por eso, para mí el terreno literario y actoral pasa por un espacio de activismo. No es el panfleteo, a mí me interesa la literatura, no me interesa escribir manifiestos. Mi trabajo autoral pasa por la literatura y en ese espacio me interesa el activismo. En mi trabajo escritural y en lo que puedo aportar con las conversaciones que puedo tener más allá de la literatura. Para mí es un gran privilegio contar con el escenario, estar en el extranjero contando lo que estamos viviendo para entregar un punto de vista, una luz acerca lo que está pasando. Me gusta ese trabajo, creo que es necesario y es lo que me motiva a escribir. No entiendo el ejercicio creativo si no es desde un lugar que está anclado a la realidad y que intenta hacer un aporte a esa realidad. Creo que quien no lo ejerce, comete cierta irresponsabilidad. Uno como ciudadano debe ejercerlo día a día. Soy escritora y actriz, por tanto, lo ejerzo desde ahí, pero si fuera panadera, secretaría o contadora auditora, también lo haría. Todas y todos debemos hacerlo con compañeros de trabajo, familia y espacios territoriales.

Debemos tomar partido, eso es fundamental. Podemos equivocarnos, no hay que tenerle miedo a eso. Ahora mismo está circulando una entrevista que me hicieron en CNN hace un mes, la veo y encuentro que ha perdido vigencia completamente. Ya no pienso así. No estoy de acuerdo conmigo misma y no tengo ningún problema en no estar de acuerdo con lo que pensé hace un mes. Sobre todo, en una contingencia que te pide día a día estar con dilemas éticos, y estar muy activo sobre lo que piensas y tomar partidos distintos.

 

—¿Cuál crees que es la posición que deben tomar las escritoras y artistas para colaborar en la consecución de los objetivos del movimiento feminista?

—Primero, tener una posición activa. Lo que ha pasado, a partir de la revuelta, es que entendimos que las cosas tienen que hacerse con urgencia. hay que hacerse el tiempo para llevar adelante los movimientos, debemos estar activas día a día, estar en constante conversación y acción, estar siempre pensando en cómo podemos aportar. Encenderse, estar en los tiempos del Chile de hoy. Luego, cumplir un rol colaborativo, en términos de colectivo. Entender que nuestras demandas gremiales son importantes, pero lo más importante en este momento es trabajar por las grandes demandas colectivas. Lo principal es lograr una Asamblea Constituyente paritaria. Con la escritura de esa constitución en clave feminista será mucho más fácil entender que la brecha de género en la literatura hay que aminorarla. Entender que el trabajo está en la base, en la configuración del país, que tenemos mucho que hacer para dividirnos en ese trabajo basal y asociarnos con todo el movimiento feminista. El trabajo gremial, claramente, va llevar su agenda. Pero, tenemos que estar urgentemente presentes en el trabajo del movimiento feminista colectivo.

 

—¿Cuáles son tus expectativas para la movilización y huelga general de este año?

—Mi expectativa es que la movilización social sea encausada por el movimiento feminista, porque creo que es lo más organizativo que yo he visto durante estos cuatro meses. He estado observándolo todo, tuve la posibilidad de tener tiempo de observarlo todo. Confío en que la movilización social va a lograr generar un proceso constituyente, exigiendo el fin de la represión, exigiendo un proceso de Verdad y Justicia, exigiendo que el Proceso Constituyente sea vinculante con la ciudadanía, paritario y plurinacional. Confío en que la movilización social va a lograrlo, es lo que espero. Eso como objetivo del 2020. Que haya muestras de parte del Gobierno para cesar la violencia, para asumir alguna responsabilidad frente a las vulneraciones a los Derechos Humanos. Si logramos abrir esa Convención Constitucional, pero realmente paritaria, plurinacional y vinculante, estaremos mucho mejor.

 

—¿Para el Plebiscito del 26 de abril, vas a votar por el APRUEBO?

—Voy a votar por el Apruebo.

 

—¿Convención Constitucional?

—Para el 26 de abril, si seguimos así, voy a aprobar con la pistola en la cabeza. Apruebo Convención Constitucional. Pero este proceso no me tiene satisfecha. Creo que debe ser un proceso constituyente sin represión, con responsabilidad y apertura a Verdad y Justicia. Me gustaría un proceso constituyente en clave feminista, paritario, plurinacional y vinculante con la ciudadanía. Nada de eso lo tenemos. Por eso, este proceso abierto desde el mundo institucional no me satisface porque lo organizan las personas que son parte del problema. Al momento de votar, no me va a quedar otra. Por eso no hago campaña por el Apruebo, pero voy a votar, voy a estar ahí.

 

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Felipe Espinosa Alarcón (Chillán, 1989) es poeta y estudiante de quinto año de Derecho en la Universidad Diego Portales. Gestor de las Jornadas de Derecho y Literatura de la UDP (2018 – actualidad), participó del primer Congreso de Derecho y Literatura de la Universidad Austral de Chile con la ponencia “Despojados de la verdad” (2019) y del coloquio “El rol del arte en el proceso constituyente”, organizado a su vez por la Facultad de Derecho de la Universidad de Valparaíso (2019).

También fue el moderador de la conferencia “La norma como símbolo y sus implicancias políticas” en las Jornadas de Derecho y Literatura de la Universidad Diego Portales (2018), y asimismo impartirá —a partir de marzo de 2020— el “Taller de Escritura Creativa” junto con la escritora Fernanda Zamora.

 

«Voyager», de Nona Fernández (Penguin Random House, 2019)

 

 

«Space Invaders», de Nona Fernández (Alquimia Ediciones, 2020)

 

 

Felipe Espinosa Alarcón

 

 

Imagen destacada: Nona Fernández Silanes.