[Ensayo] «El callejón de las almas perdidas»: El deseo de lo mágico

Cultor de la oscuridad, de lo fabuloso, y de los cuentos de hadas enrevesados, el realizador mexicano Guillermo Del Toro se encuentra en su «salsa» para brindarnos todo un deleite audiovisual henchido de referencias cinéfilas, como es el ya de por sí arcaico recurso de la transición al negro por iris y las poses alambicadas, bajo las formas estereotipadas del viejo «noir».

Por Horacio Ramírez

Publicado el 14.2.2022

“Dead end”. Así rezan los carteles de tránsito que, en los EE. UU. y en otros sitios de habla inglesa cuando se les quiere anunciar a los conductores que están ante el peligro de entrar a una calle que no los llevará a ningún lado. A un callejón sin salida… a un final muerto. Allí donde las ciudades y sus civilizaciones parecen querer esconder lo peor de sí mismas.

Como en las urbes no hay alfombras bajo las cuales barrer nada, sólo quedan estos rincones donde se cometen los crímenes en novelas, series, películas y en la vida real. Allí donde se esconden los pordioseros. Callejones donde se acumulan las oscuridades de todo tipo.

Y, en verdad, todo lo relativo a lo humano, en tanto que ser ligado a una idea del bien y del mal, tiene siempre una zona oscura que se quiere ocultar a los demás ya sea por pudor, franca vergüenza o miedo. Todos tenemos un esqueleto en el armario.

Antropólogos y psicólogos han querido ver en nuestro tubo digestivo la razón oculta de esta tendencia inevitable de la mente que quiebra nuestra integridad moral en estas dos áreas del corazón: la luminosa y la umbrosa. Pero el mal no está mal: le da sabor a nuestras vidas. A escala humana, la perfección sabe sosa, aburrida, inconducente.

Para el Hombre, la perfección puede ser un grande y hondo anhelo que se ve bien por inalcanzable, y que genera una tensión interna. “Neurosis” podría llamarse a esta tensión, y aunque siempre tiene mala prensa la palabra, es la que le da cierto sabor a nuestros vivires.

En las perfecciones no hay tensiones internas, no hay conflictos. Todo está en su lugar… no pasa nada, en pocas palabras. Pero, por el contrario, son nuestras mezquindades de carácter, nuestros apetitos que asoman desde el balcón de nuestra intimidad aquí y allá, los que nos fortalecen y dan tono muscular a nuestros espíritus, aunque más no sea por el esfuerzo de ocultarlos por vergüenza o por la saludable intención de minimizar su presencia en nuestras vidas públicas por respeto y amor al prójimo.

En la imperfección está el amor. Como posibilidad o hecho, el amor deviene del error, mientras que una eventual perfección incluiría un amor absoluto que quedaría estancado en sí mismo. Eso estará bien para los dioses pero no para los Hombres quienes, enclavados en un mundo humanamente imperfecto, ansían vencer la imperfección con el cincel del amor.

El problema surge —limitándonos a la perspectiva judeocristiana— cuando queremos vencer al mal y su esclavitud de callejones sin salida usando las mismas armas del mal. Cuando usamos armas de oscuridad para combatir la oscuridad, el resultado no puede ser otro que el fracaso y la burla de lo real naciendo de nosotros mismos.

Y eso a causa del dolor y del hambre de realidad que con nada se satisfará. Cuando nos sabemos imperfectos y condenamos a esa imperfección a una lucha sin cuartel contra lo que somos y contra aquello que es, el resultado será, tanto en el callejón de mala muerte como en la grande y luminosa avenida, el horror y la muerte.

Y así llegamos al filme que nos convoca: Nightmare Alley (Callejón de las pesadillas) y su pobre traducción a El callejón de las almas perdidas para su distribución en español.

Película del 2021, dirigida por el mexicano Guillermo del Toro, con cuatro nominaciones para el Oscar, entre ellas como mejor película.

 

Sin salida

Basada en la novela homónima de 1946 de William Lindsay Gresham, El callejón de las almas perdidas de Del Toro se ha criticado como adoleciendo de un principal problema: que el resultado final de la tragedia se va trasluciendo rápida y fácilmente.

Pero esto es un inconveniente si nos hemos de basar para el análisis únicamente en el guión: por fundarse en una novela tan conocida, la fórmula del final va cayendo sola. En el entramado de palabras de una novela un final predecible se encubre mejor, mientras que en el cine, que debe apelar a mayor síntesis, esto se vuelve más difícil.

Y si la decisión fue respetar la novela, ese proceso guionístico se hace más complicado aún. Pero no se trata de “una película de guión”, sino una cinta donde el guión es eso: la principal, la más grande guía de la obra, pero no su sustancia final.

Bradley Cooper es Stanton Carlisle, un buscavidas que es presentado enterrando clandestinamente un cadáver. Pero comienza una nueva vida siguiendo lo anómalo: un enano que lo guía hacia un Freak Show, típico de los años 30.

Gracias a su buena disposición y encanto personal, se gana la tolerancia de la comunidad trashumante y especialmente el afecto de la adivina “Zeena, la vidente” y de su esposo y partenaire, Pete (David Strathairn). De ellos aprende el arte de la lectura mental para engañar a sus audiencias.

Conoce a Molly Cahill (Rooney Mara), a quien mejora su acto de “electrificación” y de ella se enamora. Recibe el apoyo del dueño del parque, Clem Hoatley (William Dafoe) quien le confiesa el método que utiliza para conseguir enfermar a una persona normal y hacerla un “engendro” para sus espectáculos, que se exhibía como gran atracción todas las noches.

Stanton muestra compasión por el engendro, mientras resuenan en los shows las preguntas de su “creador” Clem quien pregunta a la multitud: “¿Es un hombre o una bestia?”. Y en esa pregunta empieza a perfilarse la tragedia particular de Stanton.

Su compasión por el “engendro”; su perturbación ante los fetos deformes y su creciente amor por Molly comenzaban a enfrentarse con su astucia para recaudar dinero de los incautos y conseguir su atención en los diversos cenáculos donde desfilaban las diferentes monstruosidades.

Su fidelidad a Clem le sirve para descubrir en él la habilidad innata para percibir las pequeñas señales: evita una redada policial y la clausura de la feria, engañando al jefe de los oficiales, absorbiendo como vampiro toda la información que un cuerpo podía ofrecerle. Stanton se descubre como observador antes que vidente.

Dijo Martin Scorsese acerca de los personajes de este filme: «Están todos embrujados». De hecho, la observación es absolutamente certera: están todos embrujados por el deseo de lo mágico. Y todos ven magia allí donde están las cosas que sus corazones quieren ver. Están todos embrujados por el ver. Y lo que ven es lo que tienen en sus ojos, en sus mentes y corazones.

Mentes desteñidas y almas desteñidas como sus ropas tras la crisis de los 30. Y allí está el deseo de creer… y de ese deseo comienza a nutrirse Stanton. Es un astuto observador y se hace llamar «vidente», pero el sólo observa, no ve.

 

El modelo «neo noir»

Nadie es nunca plenamente consciente de toda la información que genera con su cuerpo para el que sabe atraparla, y Stanton tiene ese talento, lo que lo va alejando de la feria rumbo al otro lado de lo esperpéntico que plantea Del Toro como oscura metáfora del mundo civilizado.

Un lado de riqueza y lujo —diez años posterior— en el que Stanton y Molly conforman una exitosa pareja que lleva adelante uno de esos espectaculares shows de videncia que estuvieran de moda en los 30.

Y si antes le sacaban sus últimos centavos a pobres cándidos, ahora recibían fortunas de millonarios que aplaudían sus excentricidades en teatros y cabarets plenos de brillantemente oscuros decorados.

Los trucos que aprendió en la feria los aplicará con mayor boato y sabrá cómo salir de apuros ante los cada vez más frecuentes errores en las señales que Molly le enviaba para que él adivinara lo que se sostenía en la mano.

Hasta que una noche, intentando desenmascararlo, se topa con una psicóloga que acaba por enhebrar el estilo de toda la película al modelo «neo noir»: utilizar elementos modélicos del viejo cine noir de los 40 y de los 50 pero con contenidos nuevos, diferentes.

El antihéroe no es un solitario detective y la «femme fatale» no es una rubia que suele ser una víctima despreciable, sino que es ahora una bellísima Cate Blanchett como la Dra. Lilith Ritter.

Más allá del hecho de que su nombre remite a la mítica Lilith de las antiguas escrituras judías (la mujer demonio), esta psicóloga es una suerte de monstruo de monstruos: no sólo se aprovecha de los millonarios monstruosos en sus riquezas, que aún hoy nos encandilan con sus caprichos y derroches, sino que en esa suerte de académico Freak Show en el que convierte su consultorio, ella misma es un monstruo de glamour que devora billetes… y mientras Molly busca alejarse de Stanton, Lilith Ritter busca acercarlo y devorar su talento.

 

«El callejón de las almas perdidas»

 

Monstruos en movimiento

En Nightmare Alley asistimos a la decadencia por la decadencia en sí. La decadencia es el eje de fuerza de descomposición y energía del relato. El cuerpo que se entierra al comienzo (la herida inicial de Stanton); el enano que atrae su atención y lo desvía de su rumbo; las luces, el dinero, son diferentes elementos que logran pervertir los principios morales que aún pervivían en el protagonista.

Estos principios cuajan en su amor por Molly pero la presencia de Lilith inicia nuevamente el proceso de decadencia. Stanton cae en una vorágine de ambición que lo desmadra y todo termina yéndose «al diablo».

Todo en Nightmare Alley es tan payasesco como triste. Decaen los colores y se desorbitan las tinieblas. Los dientes del engendro emergen en lo oscuro mientras Stanton trata de acercarse a él. Bruno, el simiesco “Hombre forzudo”, es el mismo Ron Perlman que no necesitó de prótesis en La guerra del fuego (1982) de J.J. Annaud para parecer un hombre prehistórico.

Es el monstruo forzudo que protege a Molly, la mujer eléctrica, cuya monstruosidad reside en su auto sacrificio para hacer su espectáculo. Junto al gigante, el enano, y junto a este despliegue, la monstruosidad interna de Stanton: su pasado, que se irá develando a lo largo del filme.

Todo este desarrollo contiene por momentos elementos fellinescos y en otros momentos se acerca a la estética de Freaks (1932) de Ted Browning. Cuando Del Toro afirma que: «Los verdaderos monstruos somos nosotros» nos está diciendo que en nosotros reside el deseo de verlos, partiendo del principio de que el monstruo está ahí para ser visto, para ser mo(n)strado.

Un mundo enmarcado por «fenómenos» —freaks— impide ver la realidad exterior del espíritu humano, el cual termina siendo más temible que los monstruos que nos atraen, porque la realidad es verdadera… y si no estamos moralmente preparados para ella, la verdad siempre será monstruosa.

Frente a la verdad, nuestra naturaleza humana, aún capaz de las peores perversiones, es siempre tonta, frágil e ingenua. Nos aislamos de lo real buscando el marco de lo monstruoso y nos defendemos de la muerte frente al deforme, al abortado o al loco.

Hay un muerto en la calle y estiramos el cuello por encima de los hombros de los curiosos que también quieren verlo: nuestros ojos se vuelven buitres que desean aferrarse a la vida comiendo la imagen de la muerte ajena. Y allí estalla de nuevo la pregunta de Clem: ¿somos hombres o bestias?

Buscamos la redención de nuestros errores en el error del otro. Queremos ser mejores apelando a lo equívoco, a lo desagradable y repugnante que nos rodea. Evadimos la vergüenza en la desvergüenza del diferente, y nos asimos a una pretendida inequivalencia sanadora con el que está al lado y es distinto.

Se vive la vida lejos del principio cristiano por el cual uno se lleva el dolor y la enfermedad de todos, y al faltar este inicio debemos transitar con nuestra fealdad a cuestas sobre nosotros mismos… con pena y sin gloria.

El monstruo nos defiende de nuestra verdad: la muerte. El feto en formaldehido que, prácticamente, abre y cierra el desfile freak de la cinta, mató a la madre para quedar atascado en lo horrible, sintetizando así esta relación entre lo vivo y lo muerto a partir de la tenebrosa ecuación de lo monstruoso: frente a él se estampará aquel cartel emblemático del «Dead End» de un callejón de pesadillas (nuestros sueños monstruosos).

Y las almas que en ese callejón encontramos no están para nada perdidas: están todas ellas, sean de estafadores o estafados, prisioneras, atrapadas por una verdad abyecta y mentirosa.

 

«No hagas espiritismo»

Cuando Stanton descubre en el pasillo del hotel donde se alojaba con Molly, un surrealista conejo que le da una especie de bienvenida a lo extraño, se le abría la puerta al breve reencuentro con sus compañeros del “Freak Show” de diez años atrás.

Y es también ahí cuando «Zeena, la vidente», interpretada por Toni Collette, le recomienda que no abandone el mundo encantado y acorralado por monstruos en el que viven todos ellos: «No hagas espiritismo…».

Tal su manera de recomendarle que no quiera ver la verdad más allá de los monstruos que definen y ocultan la muerte, sino que continuara en el engaño a los demás que apelaba al pobre consuelo del auto engaño.

Pero Stanton desoye el consejo y dominado por Lilith se embarca en su última aventura: engañar a un multimillonario (Richard Jenkins) que quiere reencontrarse con su esposa muerta. Desde esos momentos, Stanton comienza su camino de encuentro con la verdad de su naturaleza y con el cual se cierra el filme.

Cultor de la oscuridad y lo fabuloso, de los cuentos de hadas enrevesados, Del Toro se halla en su salsa para brindarnos todo un deleite visual henchido de referencias cinéfilas, como es el ya de por sí arcaico recurso de la transición al negro por iris y las poses alambicadas, estereotipadas del viejo cine noir.

Mientras en la primera parte Del Toro apela al dramatismo de la miseria y el hambre de espiritualidad, en la segunda apela a la deprimente arquitectura y decoración de estilo Bauhaus y un impecable diseño de producción que va de la mano de le exquisita fotografía del dinamarqués Dan Laustsen, logrando que, de forma natural, cada bloque visual acabe siendo una pintura…

Y esto a pesar de los casi constantes travellings y zooms que acompañan con morosa lentitud las diferentes tomas… como aceptando el consejo de A. Tarkovski al respecto: nunca hay que olvidar que el cine es movimiento.

En cuanto a lo actoral, se ve a las claras que Bradley Cooper puede dar mucho de sí mismo cuando un director lo entiende y sabe colocarlo en situación. Cate Blanchett está fantástica como «mujer fatal» y Toni Collette es, como siempre, atrapante en su intensidad y presencia en cámara.

La Molly de Rooney Mara queda un tanto opacada ante aquellos tres nombres, pero bien se sabe que sólo en el espacio sideral las estrellas no necesitan soporte alguno…

Una historia, en síntesis, con tropos remanidos por haber sido usados hasta el hartazgo tanto por el cine como por la literatura, pero eso es casi una mera cuestión de estilo y libertad creativa. No podíamos esperar otra cosa de Del Toro que su amor por el cine que a él le gusta… pero sin dudas, lo que nos deja es cine de verdad.

Nunca en Nightmare Alley, Del Toro nos promete un destino: sólo se concentró en pagarnos el viaje por lo retorcido y eso es lo que debemos aprender a disfrutar: un viaje sin salida por el lado más oscuro y amargo de la existencia humana.

 

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Tráiler:

 

 

Horacio Ramírez

 

Horacio Carlos Ramírez (1956) nació en la ciudad de Bernal, Partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, República Argentina. Tras terminar sus estudios secundarios comenzó a estudiar Ecología en la Facultad y Museo de Ciencias Naturales de La Plata, pero al cabo de algunos años:

“Reconocí que estudiaba la vida no por ella, sino por la estética de la vida. Fue una época de duras decisiones, hasta que me encontré con una serie de autores y un antropólogo de la Facultad —el Dr. Héctor Blas Lahitte— que me orientaron hacia un ámbito donde la ciencia instrumental se daba la mano con el pensamiento estético en sus facetas más abstractas y a la vez encantadoras… pero ese entrelazamiento tenía un precio, que era reencausarlo todo de nuevo… y así comencé a estudiar por mi cuenta estética, antropología y simbología, cine, poética. Todo conducía a todas partes, todo se abría a una red de conocimientos que se transformaban en saberes que se auto promovían y auto justificaban”.

“La religión —el mal llamado ‘mormonismo’— terminó de darle un cierre espiritual al asunto que encajaba con una perfección que ya me resultaba sin retorno… La práctica de la pintura —realicé varias exposiciones colectivas e individuales— me terminaron arrojando a las playas de la poesía. Hoy escribo poesía y teorizo sobre poesía, tanto occidental como en el ámbito del haiku japonés. Doy charlas sobre la simbólica humana y aspectos diversos de la estética en general y de estética de la vida, donde trato de mostrar cómo una mosca y un ángel de piedra tienen más elementos en común que mutuas segregaciones, y para ayudar a desentrañar el enredo sin sentido al que se somete a nuestra civilización con una deficiente visión de la ciencia que nos hace entrar en un permanente conflicto ambiental y social… La humana parece ser una especie que, de puro rica y a la vez desorientada, está en permanente conflicto con todo lo que la rodea y consigo misma…”.

“He escrito cuatro libros de poesía, el último con algunos relatos y una serie de reflexiones, y estoy terminando dos textos que quizás algún día vean la luz: uno sobre simbología universal y otro sobre teoría poética…”.

Horacio Ramírez actualmente vive con su familia en la localidad de Reta, también de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Tres Arroyos, sobre la costa atlántica (a unos 600 kilómetros de su lugar natal), dando charlas guiadas sobre ecología, epistemología y paseos nocturnos para apreciar el cielo y su sistema de símbolos astrológicos y las historias que le dieron origen en las diferentes tradiciones antiguas.

 

*Este artículo fue escrito para ser publicado exclusivamente por el Diario Cine y Literatura.

 

Imagen destacada: El callejón de las almas perdidas (2021).