[Ensayo] «Ecos de la soberbia»: Los riesgos de jugar a ser dioses

La ópera prima del destacado ingeniero civil, político y columnista chileno Mario Waissbluth corresponde a una novela que explora los límites éticos de la biotecnología, y la cual nos invita a reflexionar sobre la soberbia humana y el respeto por la conciencia animal.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 28.7.2025

Ecos de la soberbia, primera novela de Mario Waissbluth (1948), se inspira en hechos científicos reales y toma como protagonista a Jessica Ruiz, una joven neurocientífica quien, en un laboratorio del norte de Chile, ve sus horizontes ampliarse al tomar contacto con departamentos de avanzada en los Estados Unidos.

La doctoranda se embarca así en un experimento inédito: insertar células humanas en embriones de roedores para potenciar sus capacidades cognitivas.

Waissbluth es ingeniero y PhD en biotecnología (Universidad de Wisconsin), ha sido además investigador, consultor y empresario. Ha publicado libros sobre educación, política y sociedad. El autor cuenta con un blog que invita a visitar.

Como anuncia Julio Rojas, Ecos de la soberbia es una novela: «que explora los límites éticos de la biotecnología… [y nos] invita a reflexionar sobre la soberbia humana y el respeto por la conciencia animal».

Viene a la mente el conflicto que Mary Shelley plantea en su novela Frankenstein, con el consecuente castigo que conlleva traspasar los límites que nos acercarían a la omnipotencia de dioses, y que se juegan entre las paredes del laboratorio. En esta línea, Rojas precisamente agrega que la novela alerta sobre: «los riesgos de jugar a ser dioses».

 

La invasión de ratas en Antofagasta

En primera persona Jessica nos describe la fragilidad de su situación: tanto sus padres como sus abuelos paternos han muerto en un accidente de tránsito. Ella ha perdido contacto con su único hermano, disoluto en su propio mundo drogadictil, y sus abuelos maternos están lejos, en un campo del sur de Chile.

La invitación a San Francisco le abre los ojos a Jessica y le hace contrastar la vanguardia que acontece ahí con el conservadurismo que caracteriza a la academia chilena. Pero ya antes los dilemas éticos han proliferado en el país y en la universidad misma, el rector responsabiliza a Jessica y a su jefa, Melinda González, de la invasión de ratas en la ciudad de Antofagasta.

Con todo, la epidemia de las ratas escala y, a continuación, emiten su opinión el obispo de la zona y, luego, el mismo Papa.

Es interesante el modo en que Jessica se transforma en una heroína solo por el hecho de estar en una zona de conflictos éticos. Tanto en la universidad como en su único vínculo familiar (abuelos) se encuentra con límites morales que ella debe integrar y luego rebatir.

Relata: «Mi abuela María, a sus 76 años, ni tan vieja ni tan conservadora, quedó sencillamente horrorizada al oír lo que les contaba. ‘¡Por Dios, hija mía!’, exclamó casi con un temblor en la voz, ‘estás cortejando al demonio… deja esos experimentos infernales, te lo ruego'».

La misma Jessica se muestra dubitativa y le dice a su abuela que aún no sabe si seguirá en esta área. Ella sigue pegoteada a esta tradición supersticiosa y cuando, de vuelta en su trabajo, se entera de que algunas ratas han escapado del laboratorio, interpreta este accidente como una profecía de su abuela, advertida previamente en sus palabras místicas.

En efecto, la rata es el primer signo en el horóscopo chino y simboliza adaptabilidad y astucia, pero la rata también es asociada a la peste negra, por las pulgas que transportaba, y consolida una fobia: la musofobia.

Así, todo un corpus social entra en jaque a partir de la amenaza que representa la gesta de ratas: el discurso académico y el discurso religioso cruzan sables y las investigadoras se embarcan en un viaje a Roma para reunirse con la FAO, pues han sido amonestadas y se les exige un informe serio de su gestión.

 

Atravesar el campo social minado

El trasfondo que se lee tras la trama se relaciona con la preocupación sobre la experimentación animal, los alcances y límites éticos que estamos dispuestos a experimentar y el rol que cumplen los animales como seres sintientes en nuestro planeta.

La voz narrativa transparenta estos dilemas a través de sus investigaciones, que también nos informan sobre el estudio de áreas relacionadas con los seres vivos, como la biología, la zoología y la etología, donde se comentan descubrimientos, avances y experimentos, como la prueba del espejo.

Hacia la mitad de la novela, en el contexto de las instalaciones Mega-Link, empresa de neurotecnología, en San Francisco, Jessica medita:

«A todo esto, yo tenía mi mente como partida en dos: una era la que participaba y dialogaba con todos alrededor de la mesa. La otra mitad, más introspectiva, balanceaba todo tipo de mensajes contradictorios: estar en la cumbre misma de la innovación mundial, por un lado, y por el otro asustada como adolescente frente a lo que pasaría con la pandemia roedora y con los problemas éticos que ya he archi mencionado».

La investigación se plantea seguir con otras especies, y da cuenta de los avances que comienzan a lograr en cuanto al diálogo inter–especies: «Logramos crear en breve tiempo una línea ‘súper hámster 35’ con una inteligencia aún mayor que la de las ‘súper ratas 35’, con una gran capacidad para jugar Pong, recorrer y recordar laberintos, empatizar con congéneres, pasar la prueba del espejo, etcétera».

Más adelante: «Obtuvimos la marca registrada ‘Súper Hámster 35’ con un logo ad hoc». No hay cómo no ver este trayecto al modo de un: «emprendimiento capitalista y bio-tecnológico en acción. Por algo estábamos cerca de ese emporio de innovación llamado Silicon Valley». Prontamente, dan otro golpe noticioso: «mucho mayor: el diálogo inter-especies hombre-rata».

El heroísmo de Jessica consiste en atravesar el campo social minado por estándares reaccionarios, cuando no retrógrados. Hacia el final vemos que Jessica ha pasado a otro estadio, con un proyecto familiar y personal, y la investigación se dispara mucho más allá de su agencia.

Como el negocio fructífero que evidencia el vertiginoso avance y expansión de sus hallazgos, el impulso científico se degenera para transformarse en posibilidad de politización y extorsión política, con los tentáculos explotadores de ciertos regímenes totalitarios.

Y el epílogo —que nos proyecta al año 2029—, nos deja con la angustiosa pregunta por el futuro que aguarda con su batería de tecnologías que prometen bienestar con seductoras máscaras, pero que prontamente se revelan como perniciosas trampas en las que, sin duda, habremos de caer.

 

 

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio, Succión, Corral y La casa de las arañas, además de los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, la novela bilingüe En la isla/On the Island, y el conjunto de poemas Atisbos.

Traducciones de sus textos han aparecido en las revistas The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Ecos de la soberbia», de Mario Waissbluth (JC Sáez Editor, 2025)

 

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Mario Waissbluth.