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Cine trascendental: «La virgen de agosto», de Jonás Trueba: Entender(se) la feminidad

El realizador español dirige esta película a partir de un guión co-escrito con Itsaso Arana, quien interpreta a Eva, una mujer que está replanteándose su vida. Con reposo, delicadeza y bella luminosidad se nos muestra el día a día de ella en el cálido agosto madrileño. La obra es una reflexión sobre el resurgir de la feminidad, el empoderamiento de la mujer y sus repercusiones en los jóvenes treintañeros -mujeres y hombres- que es extrapolable a otras generaciones: actualmente el filme se exhibe en la cartelera española.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 24.8.2019

 

Feminidad y masculinidad

Desde hace demasiado tiempo las distintas sociedades de lo que denominamos “mundo civilizado” han estado regidas casi exclusivamente por hombres y  han sido vistas fundamentalmente desde lo masculino. Así, las mujeres y la feminidad (en hombres y mujeres) se han relegado siendo a menudo menospreciadas e incluso perseguidas. Muchos hombres (y algunas mujeres) en su necesidad de poder y control sobre la naturaleza femenina impusieron e imponen un modo de ver el Mundo que quiere pasar por encima de la feminidad, un modo de ver que pretende obviar su riqueza. Y en ese ver que tiene muchísimo de no ver y todo de no sentir, se forjó la incapacidad de entender a las mujeres (y a la feminidad de cada persona).  Así, no hace tanto que aquellas y aquellos seres sensibles de marcada feminidad eran mal vistos;  mal vistos no solo por la sociedad, sino también por sus propias familias. ¡Cuantas “locas” y “locos” encerrados o dopados por los supuestamente cuerdos! Triste realidad histórica de este Mundo desconectado, realidad que desafortunadamente perdura en algunos ambientes.

Aún hoy en día demasiados hombres y mujeres no comprenden-respetan a los que tenemos la feminidad a flor de piel. Aún hoy en día es común oír (yo lo escucho en la peluquería a la que acudo, el único lugar exclusivamente para hombres que frecuento) que “no hay quien entienda a las mujeres, son muy complicadas”. Se dice esto entre los hombres -medio en broma, medio en serio- del mismo modo que lo decía “Doc” Brown en la película Back to the Future al acabar sus experimentos sobre el espacio-tiempo: “Mejor me dedicaré a estudiar el otro misterio más grande de la humanidad: la mujer”.

Hablando seriamente, entiendo la dificultad cierta de comprender a las mujeres (en general a la feminidad) como uno de los mayores retos de nosotros los hombres. Al buscar comprender verdaderamente lo que hay detrás de la frecuente visceralidad o aparente irracionalidad de “nuestras” mujeres (madre, hermanas, parejas, hijas…) se nos abre la posibilidad de ayudarlas a entenderse y a la vez el poder encontrar y entender nuestra propia feminidad que tanto necesitamos para vivir plenamente. En este sentido, estimo muy acertadas las palabras del profesor Joseph Campbell gran estudioso de las distintas culturas de nuestro Mundo y experto en psicoanálisis del mito:

«La mujer (lo femenino) representa la Totalidad de lo que puede conocerse. El héroe es el que logra descubrirlo. La mujer le atrae, le incita, le guía a romper sus trabas…Y si el hombre logra tomarla como es, sin reacciones indebidas, con la seguridad y la bondad que ella requiere; es decir logra respetarla y entenderla, entonces ambos (mujer y hombre o feminidad y masculinidad) son libertados de sus limitaciones».

 

Visión conjunta

El guión de La virgen de agosto está escrito por Arana y Trueba. El director explica en una entrevista publicada en el barcelonés El Periódico sobre la película: “Para mí ha sido el gran salto mortal, me ha hecho sentir una clase de vértigo nuevo. Pienso que es algo a lo que quizás hace unos años no me habría atrevido. Pero con Itsaso ha surgido todo de manera natural a través de una sensibilidad compartida. Me encontré con una aliada, al igual que también me ayudaron otras mujeres de mi equipo. Ha sido un paso… no sé si de madurez, pero sí un paso adelante”.

La visión conjunta de una mujer y un hombre, o el valor de Trueba por empoderar a su actriz y  la confianza de Arana para entregarle su sentir. La danza de los eternos opuestos que deja de ser lucha de sexos -la estéril contienda de vencedor versus vencido- para llegar ser el abrazo que enriquece, que nos enriquece a todos. Esa es, a mi entender, la principal virtud -quizás no confesada- de esta excelente película.

Itsaso Arana como Eva se mueve con suma naturalidad ante la mirada tras la cámara de Trueba, la mirada que son los focos de luz (a menudo solar, ¡qué gran uso del astro rey!) que el director proyecta sobre ella, la mirada de lo masculino que busca realmente entender la feminidad que Arana como protagonista y coguionista es…

Una advertencia antes de proseguir, para aquellos lectores que no hayan visto la película y quieran hacerlo: quizás sea mejor leer este artículo plagado de “spoilers” tras su visionado.

 

Itsaso Arana (como Eva), en «La virgen de agosto», de Jonás Trueba

 

Una mujer

Eva está sola en la ciudad, se encuentra en un periodo de “standby” en el que parece saber más lo que no quiere en su vida que lo que realmente quiere. En esos sus días de estío en los que transcurre la acción se reencuentra con hombres y mujeres con los que evita hablar de sí misma. Observa a todos con sus grandes ojos, con su penetrante mirar. Y tiende a juzgar, especialmente a los hombres con los que mantiene una actitud de un cierto rechazo, un rechazo para nada agresivo sino amable.

De alguna manera en Eva late el desengaño de tantas mujeres que han recuperado su poder en este siglo del resurgir de la feminidad; mujeres a las que suele costarles encontrar hombres “a su altura” en el sentido de encontrar hombres que acepten y asuman el poder de la feminidad en las mujeres y en ellos mismos. Demasiados hombres se encuentran hoy en día “descolocados” por el fin del tradicional modo de ver del masculino dominador; son hombres temerosos de mostrar su lado femenino, de mostrarse en su naturaleza humana donde el llorar, el ser “débil” son imprescindibles para deshacer las absurdas y pesadas corazas con las que cargan. Y en ese “descoloque” optan por escudarse en el patético y caduco macho sin gracia alguna del que huyen las mujeres conectadas con su feminidad. O la también patética falsa aceptación de la mujer por complacerla y no por entenderla.

Así, Eva parece interesarse por las mujeres, una tendencia creciente en nuestra sociedad; la vemos siguiendo a una atractiva joven oriental y sonriendo cuando dos chicas se besan en un concierto nocturno. Nuestra protagonista observa, está abierta a todo.

En una salida con unos chicos y unas amigas, hablan de las relaciones de pareja, de las inseguridades de los jóvenes, del miedo a hacer daño y a hacerse daño que implica amar a otra o a otro. Y de temas existenciales como el “volver a empezar” que anida en Eva, en este sentido una chica rusa comenta que: “Reinventarse en tu entorno es un acto de valentía. Es más fácil empezar de nuevo en otro país” o el valor de mutar a una mayor autenticidad sin temor al limitante “qué dirán”, gran valor que es auténtica libertad. Es así, libre, como se va sintiendo Eva, Trueba nos ofrece una escena bellamente simbólica en la que ella flota en el río dejándose llevar por la suave corriente con su pañuelo rojizo (viste de esta tonalidad muy a menudo). O el atreverse a dejarse ir por el instinto pasional, ella que se confiesa pudorosa pero busca la pasión desnuda.

 

Un hombre y…

De regreso a casa en plena noche, Eva ve a un hombre en un puente mirando al vacío, le inquieta que esté allí y entabla conversación con él. Agost -así se llama- le tranquiliza, para nada es su intención suicidarse; y pronuncia unas palabras que a ella le resuenan muchísimo: “nunca estoy donde quiero estar”, “es una sensación horrible” apunta seguidamente Eva sabedora de lo que se siente.

Se vuelven a ver porque Eva acude nuevamente al puente, e incluso le sigue a escondidas hasta un bar. Ella parece más interesada que él, así le propone como revulsivo un ejercicio que realizan en interpretación los actores (Eva es actriz): darse una bofetada el uno al otro, lo que les lleva a hablar más profundamente, a ser más próximos. Y acaban haciendo el amor delicadamente cuidándose mutuamente.

El aire fresco que es esta relación para ambos hace que Agost se replantee su papel de padre divorciado y decida dedicarse más a su hija. Y que Eva quiera conocerla, de momento la niña la recibe bien creándose complicidad femenina. Complicidad reforzada por el embarazo que Eva confiesa a su padre. La niña le pregunta de quién está embarazada y ella enigmática afirma que de nadie: “¡como la Virgen de Agosto!”, exclama la pequeña. Y así en abierto acaba la historia narrada de una mujer que parece estar dispuesta a un nuevo “play”.

 

Link de la entrevista citada:

Jonás Trueba: «Muchas amigas de mi edad sufren porque no hay hombres a su altura».

 

También puedes leer:

La experiencia misma del amar: El cine del español Jonás Trueba.

Los exiliados románticos: Dejar de lamerse las heridas.

 

Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

Itsaso Arana en «La virgen de Agosto»

 

 

 

 

Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Un fotograma de La virgen de agosto (2019), del realizador español Jonás Trueba.

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