Icono del sitio Cine y Literatura

[Columna] La libertad de expresión es el negocio de Elon Musk

Las redes sociales amplificaron la polarización política, fomentaron el populismo, y están asociadas con la difusión de información errónea: en efecto, Twitter trabaja sobre la ingenuidad de la psicología humana, y la indignación que provoca es la clave de su éxito y de la «viralidad».

Por Omar Pérez Santiago

Publicado el 30.4.2022

En 2009 Facebook ofreció a los usuarios el botón «Me gusta» a los tweets. Con un clic. Ese mismo año, Twitter introdujo el botón «Retuitear», que permitía a los usuarios compartir un tweet o una publicación con todos sus seguidores.

En 2012 Facebook copió esa innovación con su propio botón «Compartir». Los botones «Me gusta» y «Compartir» se convirtieron en la nueva forma de relación entre los usuarios.

A su vez, el botón «Me gusta» creó datos sobre lo que más atraía a sus usuarios, el hoy célebre algoritmo. Facebook desarrolló algoritmos para brindarle a cada usuario el contenido con más probabilidades de generar un «me gusta», o «compartir».

Y se demostró que los tweets que desencadenan mayores emociones, como la ira y el odio, son las que tienen más probabilidades de ser compartidas.

Así surgió el sueño de crear una publicación que se «viralizaría» y te haría «famoso en Internet» por unos días. Andy Warhol y su profecía: «todos serán mundialmente famosos por 15 minutos».

La fama o la ignominia, digamos, pues Twitter fomentó la impudicia: Twitter fue un lugar desagradable, el edén de los más moralizadores y los menos reflexivos. Creció la indignación.

Se propagó la ira nerviosa y explosiva, la turbulencia y las pasiones ingobernables. Calentó las pasiones.

 

¿Cómo ganará dinero con la compra de Twitter?

En mi novela El pezón de Sei Shônagon (Los Perros Románticos, 2018) cuento la historia de una joven japonesa admirada y alabada en la escuela de arte de la Gedai de Tokio, por su referente: su perfecto pezón.

Un día, su ingenuo novio sube a las redes una foto de sus bellos pezones. En un vertiginoso proceso, Sei Shônagon logra las bondades efímeras de la fama virtual en las redes sociales. Se convierte, de cierta forma, en una imagen digital o un nuevo tipo de animal digital. Se explota a sí misma voluntariamente.

Ella ya no amaba a un ser de carne y hueso. Todo tenía que estar en gigas, o no era seductor para ella. Así Sei Shônagon se valorizó en el mercado del arte de las redes sociales, en spams y motores de búsqueda. Una máquina digital barata y persuasiva funcionó gratis para que Sei Shônagon expusiera sus hermosos pechos. Like, like, like.

Mientras ella recibía más like, ella era más feliz. Sei Shônagon logró el sueño bastardo de ser famosa en las vidrieras de las redes sociales. Deseaba ser una influencer a base de estar siempre conectada y propiciar el consumo de la belleza física y el sexo frío. En un vacío metafísico y complaciente domina un micro fascismo y un mercado de ilusiones inicuas.

Las redes sociales magnificaron lo frívolo.

Las redes sociales amplificaron la polarización política, fomentaron el populismo, y están asociadas con la difusión de información errónea. Twitter trabaja sobre la ingenuidad de la psicología humana.

La indignación es la clave de la viralidad.

Si Twitter no logra despegar y continúa con un público estancado, entonces: ¿Cómo ganará plata Elon Musk?

Reducirá el personal, como todo empresario rata.

Buscará aumentar los ingresos publicitarios de las inversiones de las grandes empresas en publicidad.

Y entonces la pregunta clave es: ¿Qué hará Elon Musk para crear el interés de los inversionistas?

Fácil. Crear ruido.

Elevar la viralidad de Twitter. Generar controversias. Más veneno para las masas. Más influencers tóxicos. Más Sei Shônagon. Más opiniones beligerantes. Dar chipe libre a los extremos. Liberar las mediaciones.

A eso, Elon Musk lo llama libertad de expresión.

Elon Musk, como todo multimillonario, no le importan las enfermas consecuencias sociales.

 

***

Omar Pérez Santiago es un escritor y cronista chileno que egresó de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de Chile, y el cual luego estudió historia económica en la Universidad de Lund (Suecia).

Sus últimos libros publicados son: Julia, la belleza y el sentido de la vida (novela), El pezón de Sei Shonagon (novela), Caricias, poemas de amor de Michael Strunge (traducción), Allende, el retorno (novela), Introducción para inquietos, de Tomas Tranströmer (traducción, 2011), Nefilim en Alhué y otros relatos sobre la muerte (cuentos, 2011), Breve historia del cómic en Chile (2007) y Escritores de la guerra. Vigencia de una generación de narradores chilenos (ensayo, 2007).

 

Omar Pérez Santiago

 

 

Imagen destacada: Elon Musk.

Salir de la versión móvil