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[Crítica] «Arrau, el otoño del emperador»: Un hito para la escena teatral chilena

Es un verdadero acierto del Municipal de Santiago producir y presentar esta obra que aborda la contradictoria figura del mayor intérprete de música docta nacido en el territorio nacional a lo largo de la historia moderna, y la cual se exhibe hasta el próximo domingo 22 de mayo —debido a su éxito entre las audiencias—, al interior de la elegante sala del recinto de calle Agustinas que fue bautizada en su honor.

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 13.5.2022

Si en semanas anteriores se consignaba a través de esta plataforma el alto nivel escénico de una obra como Auge y caída del ruiseñor, la verdad es que donde ese título exhibe falencias y lagunas artísticas, en Arrau, el otoño del emperador, la cual también se inspira en una figura que es leyenda en la historia de la música chilena, esas debilidades se transforman en fortalezas y en perdurables cualidades interpretativas.

Le achacábamos al crédito del colectivo Mákina Dos, en esa oportunidad, su registro dramático a ratos inconducente a fin de mostrar una historia tan profunda y a veces triste como la de Rosita Serrano; y un ejemplo del modo adecuado sobre el tono diegético para exhibir tragedias de imposturas, renuncias y silencios esenciales, se observan en esta pieza que por éxito de funciones se presentará hasta el próximo domingo 22 de mayo, paradójicamente, sobre las tablas de la sala Arrau del Teatro Municipal de Santiago.

Una de las características que tienen las humanidades nacionales cuando auscultan en las biografías de sus hombres y mujeres célebres, deviene en la ausencia de matices al instante de entender a esas vidas humanas llenas de altibajos como las de cualquier ser humano. Se pasa desde el panegírico al insulto irrespetuoso sin peldaños ni escalas intermedias. Arrau, el otoño del emperador salda de alguna manera esa deuda, por lo menos frente a la estatua para la posteridad del célebre pianista chillanejo (1903 – 1991).

La actuación protagónica de Tito Bustamante es el corolario interpretativo para una carrera que ha desempeñado amplios roles y labores en el circuito actoral chileno. En efecto, la realista versión que Ernesto Bustamante Zamora entrega de Claudio Arrau, asume las contradicciones que se le acusan e indican al solista nacional.

Su acomodaticio comportamiento ante el régimen nazi en tanto catedrático del Conservatorio Stern, pese a que su esposa era de origen judío, ese famoso concierto que brindó en el mismo Municipal de Santiago en 1984, y el cual contó con la presencia de Augusto Pinochet Ugarte en el palco presidencial, aunque luego Arrau sería uno de los rostros principales de la Franja del No durante el plebiscito de 1988.

En ese laberinto humano, social y político, la actuación de Bustamante personifica a ese hombre parsimonioso que siempre pareció callarse y mirar hacia el lado, cuando las condiciones no eran las adecuadas para hacerlo de frente. Así, y con el objetivo de narrar esos saltos temporales dentro de un idéntico encuadre, la régie efectúa un trabajo notable de sincronización y de movimientos que simbolizan y representan audaces traslados temporales, en otro punto fuerte, a nivel artístico de esta obra, y debido, sin dudas, a su director Francisco Krebs.

 

Sin mitos ni olvidos

Abatido, y reflexivo, el Arrau de Bustamante —en complicidad con la cuidada iluminación de Ricardo Castro— nunca se derrumba y finalmente siempre sigue adelante, aunque sus fantasmas sean duros y fuertes: un amor y un hijo extraviados y negados en el horror de la Segunda Guerra Mundial y de sus campos de exterminio.

Así, ese hombre en apariencia timorato e irresoluto, cuyo verdadero padre, por lo menos emocionalmente fue su maestro Martin Krause, obtenía las fuerzas que necesitaba a fin de avanzar, de los caracteres de las mujeres que lo acompañaron en esa existencia que llevó en el primer mundo, gracias a las proezas musicales que fueron cultivadas por su madre y sus deudas financieras, en la precariedad cultural del Chillán de principios del siglo XX. Pleno campo farrangoso de Chile.

La música en vivo es otro detalle que aumenta la calidad escénica de esta obra. Ahí, el pianista Ángelo Solari recrea pistas de las partituras cuya ejecución hicieron famoso a Arrau, a nivel mundial.

Es cierto que Arrau, el otoño del emperador, cuenta con otras actuaciones como las de Paloma Moreno, Francisco Ossa y Paola Volpato, las cuales pese a su corrección, especialmente la interpretación de la primera actriz mencionada, la verdad es que el resto del elenco palidece ante el brillante desempeño de Tito Bustamente en esta ocasión, un trabajo que lo revela como un artista escénico completísimo y dueño de una prestancia y de una composición de roles que a un nivel masivo de ignoraban, empero su extensa y prolífica trayectoria profesional.

Sin apego a los mitos ni a las mentiras institucionalizadas, el montaje de Ximena Carrera y de Francisco Krebs se esfuerza por divulgar a un Claudio Arrau sobre todo honesto, sin negar sus miedos, sus vergüenzas, sus claudicaciones y sus auto engaños, sobre los cuales, sin embargo, el niño, el adolescente, el artista nacido en Chile, edificó el inmenso talento que legó a la música docta del siglo XX.

 

Ficha artística:

Dramaturgia: Ximena Carrera.
Dirección de escena: Francisco Krebs.
Curatoria de vestuario: Pablo Núñez.
Iluminación: Ricardo Castro.

Arrau: Tito Bustamente.
Ana: Paloma Moreno.
Lucrecia, La Carreño, Ruth: Paola Volpato.
Hans, Montt: Francisco Ossa.
Pianista: Ángelo Solari.

Nueva producción del Teatro Municipal de Santiago.

 

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El elenco de «Arrau, el otoño del emperador» en el Teatro Municipal de Santiago

 

 

La actriz Paola Volpato y el actor Tito Bustamante en «Arrau, el otoño del emperador»

 

 

Crédito de las imágenes utilizadas: Teatro Municipal de Santiago.

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