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[Crítica] «La metamorfosis de los pájaros»: El homenaje a una madre

La realizadora portuguesa Catarina Vasconcelos presenta en esta ópera prima —estrenada hace unos meses en Europa— un excelente largometraje documental, y el cual simboliza un poema audiovisual acerca de la maternidad, que valiéndose de los códigos de una obra experimental tiene el propósito artístico de destacar a las innumerables mujeres que han sido y representan una piedra angular para las vidas de sus respectivas familias.

Por Jordi Mat Amorós i Navarro

Publicado el 15.1.2022

«Madre dame un corazón tan grande como una ballena que con calma se sumerja en las tempestades. O un corazón alto como las copas de los árboles para desde lejos, poder acompañar siempre los vuelos de mis hijos que no le temen al viento».
Beatriz

La joven lisboeta Catarina Vasconcelos debuta en la dirección de largometrajes con este excelente documental que es todo un poema audiovisual en torno a la maternidad. Una ficción que tiene mucho de real y que honra a Beatriz su abuela paterna, con la voluntad de homenajear así mismo a tantas mujeres que han sido y son soporte fundamental para su descendencia.

Un filme en el que la muerte, el luto y la nostalgia son protagonistas absolutos; un filme que evoca la ausencia temprana de esa mujer madre con mayúsculas desde un sentir muy portugués, porque La metamorfosis de los pájaros tiene aires de fado impregnado de un realismo mágico que emana desde la tradición femenina de las tierras húmedas y atlánticas.

 

Mirada exquisita

Vasconcelos reconstruye desde su sensible creatividad la historia de esa mujer excepcional a partir del testimonio de quienes la conocieron bien, especialmente las voces de su padre, de su abuelo y de sus tíos. El resultado sorprende a su progenitor a quien vemos reflejado en un gran espejo circular expresando su sentir con total naturalidad leyendo el guion del filme; y en esa imagen se condensa la exquisitez y la fuerza audiovisual de la obra.

Exquisita es la mirada de la joven realizadora quien hace de lo cotidiano arte. Así, el documental contiene bellísimas imágenes que a menudo parecen pinturas de épocas antiguas; composiciones simples, minimalistas y que en cambio expresan mucho: el reflejo de unos ojos cansados en un humilde espejo, una composición frutal en la cocina materna, el mar invertido en una lupa a bordo de un navío, un enchufe solitario en una pared desnuda, un espejo en el bosque que refleja árboles enfrentados…

Imágenes con significado acompañadas de esas voces familiares que evocan décadas de vida en común en torno a Beatriz, una mujer madre hasta la médula quien con profunda convicción cristiana invocaba a la madre de Jesús —que bien pudiera ser la mítica madre Gea— con la bella oración reproducida en el encabezado.

Debo de advertir que el análisis que sigue contiene inevitablemente spoilers.

 

Madre Tierra

Beatriz, toda una madre tierra que encarnó la necesaria solidez para el buen crecimiento de sus numerosos hijos ante las ausencias prolongadas en alta mar del padre oficial de la Marina quien en sus cartas aseguraba a su mujer que su corazón se quedó en tierra con ellos.

Allí en tierra firme le esperaban siempre ella y sus hijos en común. Magna tarea para Beatriz el cuidarlos y educarlos con el único apoyo de la asistenta Zulmira.

Mujer esta también entregada que les ofrecía un contrapunto pagano a esos niños explicándoles historias misteriosas, de entre ellas la que más les fascinaba y asustaba era una de terror: un navío que atracaba en una isla muy lejana y que comenzaba a moverse por la noche al encender una hoguera, la isla era en realidad una ballena que se había llevado al barco y sus tripulantes a las profundidades marinas.

Esos recuerdos familiares son expresados especialmente por Jacinto, el nombre ficticio del hijo mayor y padre de la realizadora. Un hombre tan sensible como ella y que en su niñez vemos esconderse bellamente tras unas plumas de pavo real o en la vegetación del jardín familiar.

Pájaros, plantas y árboles o el universo tierra que cuidaba y definía a la madre del clan hasta el punto de que el hogar interior era también vergel natural. Porque tal y cómo expresa Jacinto: “Mi madre no era solo una madre, era un árbol. Los árboles son adoradores de la tierra y nos dejan trepar por sus ramas como si fuera fácil. Cuando ella murió dejamos de balancearnos en sus ramas y caímos a tierra, todos. Nunca olvidaré lo que era el mundo posado en sus brazos”.

 

Hogar natural

Beatriz soñaba con una casa mayor cuyo jardín estuviera repleto de árboles y ubicado frente al agua: “para que las raíces flotantes de Henrique —su esposo— encontrasen siempre reposo”, así lo recuerda el primogénito al tiempo que la vemos nadar en ese mar costero; y surge como de las profundidades la palabra madre en muy distintos idiomas: mai en armenio, mare en catalán, mutchi en chino, mitéra en griego, mat en hindú… y en esas aguas tranquilas aparece el reflejo de los árboles que la definen. Sublime mostrar la humilde grandeza de su ser madre.

Esa madre sólida —incluso en el agua— cuyas manos cuidan a los hijos, al hogar y al jardín. Una madre cuidadora a la que todos —especialmente Henrique— veían en el cuadro que presidía la sala, la reproducción de un óleo de Sorolla que mostraba a una mujer con su hijo recién nacido.

Una madre que observaba crecer a esos niños y quienes progresivamente cual pájaros deseaban volar fuera del protector hogar: Jacinto y su despertar sexual a quien vemos besar un busto femenino. O Teresa —la única chica entre tanto chico— y quien toma conciencia del papel marginal de la mujer en un mundo dominado por los hombres, Vasconcelos nos lo muestra con maestría gracias a la imagen de su larga cabellera sobre el sofá que la esconde.

Una madre que murió sin alcanzar la vejez, murió una primavera lejana que resultó otoño persistente para los suyos: “sobre nuestro mundo cayó un otoño igual a la tristeza que sentíamos, para nosotros todo era demasiado triste, éramos una naturaleza muerta, observábamos el mundo como si estuviéramos dentro de un cuadro, mientras fuera de ahí la vida insistiera en continuar”, recuerda Jacinto muy afectado.

Y ante tamaña pérdida él buscó reconocer en su cuerpo a la madre, esa búsqueda visualizada en su mano en un primer plano con el paisaje de fondo, y su pensamiento en cascada a través de los tiempos de todas las madres de su árbol familiar, y así mismo de todas las madres del mundo.

Otro momento sublime del filme.

 

Fuego, playa

Transcurren los años, los hijos ya dejaron muy atrás esos tiempos maternos. La nieta nos habla de Jacinto quien ya tiene 69, de como él recordó al cumplir los 57 que a esa edad murió la madre. Y en ese significativo punto temporal se miró al espejo —los espejos omnipresentes en el filme, los espejos que reflejan la verdad de uno mismo—.

Nos lo muestra Vasconcelos en otra bella imagen, su padre sostiene uno pequeño entre las manos que deja ver sus ojos cansados. Y en ese acto, su reflexión sobre lo que aún le quedaba por hacer pensando en su madre más allá de sí mismo, en que de morir a esa edad lo haría sumido en una enorme tristeza (la que sabe sintió ella).

Pero la que estaba cercana era la muerte del abuelo Henrique quien les pide a sus hijos que cumplan una tarea durísima: vaciar la casa y quemar la correspondencia de los progenitores que ellos vivenciaron intensamente siendo niños.

Conmueve la escena de los hermanos junto a una hoguera al aire libre en plena noche quemando esas cartas queridas, sus voces sintientes: «en la cabeza de cada uno habían palabras que imaginaban escritas en esas cartas que veían quemar».

Y las hechizantes imágenes de esas páginas replegándose y ardiendo. No menos hechizante sus cenizas que sostienen a la mañana siguiente las manos de Jacinto, cenizas que aún conservan las palabras, cenizas que le conmovieron dándose cuenta de que: «algunas cosas son más fuertes que el fuego».

Y como bello final dos escenas:

Primero, tras la muerte del patriarca y vaciado del hogar materno, ocurrió algo muy simbólico. Nadie se acordó de llevarse las semillas de Beatriz y estas germinaron por todos los lugares.

«Toda la naturaleza que hasta ahora viviera en las manos de su madre, se apoderó de toda la casa. Porque Beatriz no se dejaba morir. Su amor a la tierra era demasiado grande y al invadir la casa les recordó a sus hijos que habían nacido para ser pájaros», relata la voz de la nieta mientras se nos ofrecen las bellas imágenes de esas plantas luminosas dando vida a la casa vacía.

Segundo, padre e hija con un joven árbol en una barca a la orilla del mar tranquilo, imagen que entiendo como la unión madre-padre y también como la prevalencia de las raíces familiares maternas.

Las raíces maternas que les nutren, la solidez materna del árbol que encarnó Beatriz que pervive y de alguna manera también enraíza en las aguas vinculadas a los horizontes paternos. Tierra y mar en comunión como base para el simbólico vuelo de los pájaros familiares presentes y futuros.

 

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Jordi Mat Amorós i Navarro es pedagogo terapeuta por la Universitat de Barcelona, España, además de zahorí, poeta, y redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

 

 

Tráiler:

 

 

Jordi Mat Amorós i Navarro

 

 

Imagen destacada: La metamorfosis de los pájaros (2021).

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