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[Crítica retro] «Silencio», de Martin Scorsese: Nieve de primavera

Este largometraje del realizador estadounidense —basado en la novela homónima del escritor nipón Shûsaku Endô—, relata las persecuciones y martirios que vivieron los católicos japoneses durante el siglo XVII, luego del proceso apostólico conducido por la antigua Compañía de Jesús. La actuación sobrecogedora de Andrew Garfield (es el papel de su carrera), la belleza de la dirección de fotografía, la sugestiva estética de la banda sonora, la calidad literaria y argumental del libreto, y las reflexiones y pensamientos que alumbran el desarrollo de la ficción, continúan la perspicaz pregunta que hiciera su autor sobre la esencia misma de la Fe, en su versión de «La última tentación de Cristo».

Por Enrique Morales Lastra

Publicado el 1.2.2021

“Busquemos el reposo allí donde se halla, es decir, en medio del combate. Se ha dicho que las grandes ideas vienen al mundo en patas de palomas. Si es así, y si aguzamos el oído, tal vez podamos oír, entre el fragor de imperios y naciones, un débil rumor de alas, el suave bullicio de la vida y de la esperanza. Unos dirán que esta esperanza la lleva un pueblo, otros que un hombre. Yo, por el contrario, creo que la despiertan, la reaniman y la mantienen millones de solitarios, cuyas obras y acciones niegan cada día las fronteras y las más burdas apariencias de la historia, para hacer resplandecer fugitivamente la verdad siempre amenazada que cada uno, por encima de sus sufrimientos y alegrías, eleva para todos”.
Albert Camus, en “Conferencia del 14 de diciembre de 1957”

Es una cinta difícil Silencio (Silence, 2016), el vigésimo cuarto largometraje de ficción del director norteamericano Martin Scorsese (Nueva York, 1942), el mayor director de cine vivo de la actualidad, junto a su colega de ciudad, Woody Allen.

Alejado de las últimas temáticas que abordó en sus obras más recientes, con esta pieza retorna a la retórica metafísica, moral y religiosa —valiéndose de un lenguaje de códigos y de señas audiovisuales—, a fin de desentrañar el impulso intelectual y emocional que mueve a la Fe trascendente, de quienes dicen profesar el cristianismo, y especialmente, adherir al corpus doctrinal que enseña la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Así, definimos que esta es una cinta “compleja” por la necesaria alfabetización teológica que se requiere para comprender la trama de este título. Lo que significó para la Iglesia, por ejemplo, la existencia en su interior de los Jesuitas, como sostenes intelectuales y guardianes filosóficos de su Magisterio, y su labor heroica en detener la germanización del cristianismo, impulsada por la Reforma protestante.

También, la especial atención que el artista estadounidense (Scorsese), ha dedicado a estudiar el fenómeno racional de la Fe y de sus implicancias psicológicas y conductuales, desde su polémica filmación de la La última tentación de Cristo (1988), inspirada en la novela homónima del narrador griego Nikos Kazantzakis.

Pero la espeluznante actuación de Andrew Garfield, facilitan la internalización del asunto: seguro de sus capacidades gestuales, dueño de variados registros faciales, y de una mirada ingenua, perspicaz y profunda, que recrean con fascinación y veracidad las dudas, tormentos y caídas de ese joven sacerdote portugués —adscrito al “ejército” fundado por el español Ignacio de Loyola—, y que en este relato cinematográfico recibe el nombre de “Rodrigues”.

La composición escénica y de diseño artístico de los fotogramas de Silencio brillan por el prendamiento estético que generan y reproducen en la sensibilidad de quienes los observan: la calidad de la fotografía, la ambientación con caracteres de santuario natural y religioso de las locaciones del rodaje (pasajes y rincones de la isla de Taiwán), el engarce de las secuencias, la ubicación de la cámara durante el registro de los planos, y el nivel esplendoroso del guión que conduce las directrices del realizador y de su montajista, acompañados por una música incidental de energías propias y particulares, hacen que el juicio completo que se pueda efectuar en torno a este filme, ronden por los calificativos de extraordinario, y se granjeen el aplauso de cinéfilos y de la crítica especializada en general.

Una voz en off, que encarna el timbre omnipotente, desconocido y eternamente presente de Dios: así, ese elemento y rasgo sonoro vital en la estructura de la película, establecen una ideologización simbólica y estética, acerca del sentido último de la trama: la renuncia de un presbítero a su Fe, luego de ser sometido al quebramiento espiritual, y al despojo de una mentalidad e imaginarios culturales, con los cuales éste pretendía sojuzgar y convencer, apaciguar las inquietudes religiosas de los japoneses.

Esa “traición”, la caída en esa tentación con el objeto de salvar su vida o la de otros seguidores de Cristo, determina el centro argumental y la motivación literaria principal de Silencio.

La música de Dios, en efecto, parece condensarse en esa búsqueda estéril de Rodrigues por los sonidos y las manifestaciones físicas, geográficas, o bien telúricas del creador, en desmedro de la pruebas tangibles de su presencia y acción, que significan abiertamente, los innumerables martirios y sacrificios, de las diócesis católicas instaladas en tierra nipona, dispuestas a la muerte más terrible y sanguinaria, antes que abjurar, escupir o pisar, una imagen simbólica y pictórica del mesías hecho hombre.

Un alegato audiovisual con tintes metafísicos, que se enfrenta a la ausencia de Dios, fuera de los márgenes civilizadores de las potencias hispánicas (España y Portugal, en el siglo XVII), y de sus afanes apostólicos: es un sacerdote cercado por una región hostil, que junto con las observancia de la masacre a la que son sometidas sus huestes, debe soportar el socavar constante de sus creencias fundamentales, a las cuales ha dedicado sus días, sentimientos y propagación.

La apostasía se cierne sobre Rodrigues, y éste no puede hacer nada por detenerla, y cuando piensa que le es posible luchar contra la figura política de su perseguidor, no sabe, ignora que ya ha caído en sus manos, y que en cambio se prepara para transmutar él, de derroteros biográficos y antropológicos.

Y la mirada de Andrew Garfield refleja esa tranquila desesperación del abandono, la traición de un soldado, de una legión, que debe proferir negaciones, si es que aspiran a proseguir viviendo.

Y ni el amor de las mujeres, como dirían Alonso de Ercilla y Rodrigo Lira, sirve para calmar esa desgracia, y la cámara de Scorsese y sus artilugios señalados (la música, las actuaciones, la luz, el diseño de vestuario, la dirección de arte y la escenografía) expresan esa sensación de tiempo detenido que representa variar de folio, de mentalidad, nacer de nuevo, contemplar la posibilidad de adoptar otra existencia, tomar la esposa de un hombre muerto, educar a un “hijo” extraño, y dedicarse al cultivo de una religión diferente, de sus señas panteístas, de la incomprensión que guarda esa cosmovisión acerca de la trascendencia espiritual, y de los ritos más elementales del credo cristiano.

Silencio, de esta manera, es la historia de un sacerdote que inexplicablemente, en un segundo de duda, temor y temblor, como diría Kierkegaard, cede a las insinuaciones, a las imploraciones de su rebaño, a la culpa que padece, por observar impávido el sufrimiento, el flagelo y la desolación de esos creyentes dispuestos a morir, antes que a mentir, a renegar, a desfallecer de Cristo.

Y como en la parábola del Evangelio, canta tres veces un gallo, durante esa madrugada: es la revelación de que Dios escuchaba los clamores de Rodrigues.

Martin Scorsese ha filmado un largometraje esencial con el objetivo de interrogarse con profundidad acerca de los fundamentos, credibilidad, el combate consigo mismo, y las fortalezas, siempre en duda, a causa de sus inherentes flaquezas, y soledades, que significan la mantención de la propia Fe, cualquiera que sea el signo de ésta.

Ojo, que no se trata de una crítica al catolicismo, al contrario, si no que como escribió el novelista alemán Heinrich Böll (a raíz de otra cuestión), analizamos una película que dialoga en torno al compromiso del magisterio de la Iglesia con las miserias, las caídas, y las debilidades del género humano, y con su necesidad perenne de arrepentimiento, perdón y anhelo de inmortalidad.

Asimismo, Silencio es un homenaje a ese puntal del catolicismo, que por siglos constituyeron, hasta hace poco tiempo atrás, las ejemplares filas de la Compañía de Jesús.

 

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Tráiler:

 

 

Imagen destacada: Silencio (2016).

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