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[Crítica] «Tan difícil como raro»: Narcisismo y misoginia, un cóctel letal

La nueva entrega novelística del autor madrileño Juan Vilá se perfila como una compleja y fatua cascada de citas, las cuales sirven para cruzar a los personajes y filtrarlos a través de ellas. De este modo, ningún nombre propio de esta obra adquiere particularidad, pues para la voz narrativa es indispensable ajustarlo a algún molde ya existente en la gran avenida que es la creación literaria.

Por Nicolás Poblete Pardo

Publicado el 20.10.2023

Tan difícil como raro del narrador español Juan Vilá (1972) es un título preciso: difícil es comprender la publicación (y aplausos) de un compendio de infinitas citas literarias (formateadas como autobiografía) y raro es el silencio de la crítica que ronda a esta narración transparentemente misógina.

La narración actúa como un pretexto para entronizar a la voz narrativa que brilla por su egocentrismo y afán de legitimarse con una exhaustiva biblioteca. Es la muerte de Roberto, por el que lloran los amigos, la que detona el trabajo creativo.

Este toma la forma de duelo y terapia, pero en realidad, no es más que un guiño para elaborar su propio narcisismo: «y yo hasta me pongo ahora a escribirle un librito». ¿Escribirle a una persona muerta un librito? Más tarde, dirá: «Lo malo empezó con la muerte de Roberto».

A partir de ahí comienza la fatua cascada de citas, las cuales sirven para cruzar a los personajes y filtrarlos a través de ellas. De este modo, ningún «personaje» adquiere tridimensionalidad ni particularidad, pues para la voz narrativa es indispensable ajustarlo a algún molde ya existente en la gran avenida que es la literatura.

En todo momento, el autor va comparando a uno y otro con protagonistas de libros. En un momento dice: «Toca ahora citar a Fitzgerald». En otro momento: «Leo lo que acabo de escribir y una parte me suena a Ginsberg».

Así, en su búsqueda terapéutica, el autor considera muy interesante plantear quién es él. Así lo formula, como pregunta: «¿Y yo? ¿Quién era yo entonces?»: «Yo era muy nihilista entonces, y lo sigo siendo… Odiaba yo mucho el mundo y a la humanidad. Y, por supuesto, me odiaba a mí mismo».

Este autodenominado enfant terrible por supuesto tiene su sustento en colegas a los que considera pares. Así, se embarca en su proyecto para transformarse en un portavoz de pretenciosa intelectualidad: «Aspiraba a la soledad… Leía a Nietzsche, Mishima y Céline. Podía recitar de memoria Los apuntes del subsuelo y Una temporada en el infierno». Como sintiendo necesario paliar su esnobismo, agrega: «Quizá, me di cuenta de pronto, algunas personas y cosas merecieran la pena».

 

Reducida a la comparación literaria

Demás está decir que no hay prácticamente menciones a escritoras mujeres (salvo una volátil alusión a Eider Rodríguez, una autora que el mismo Vilá ha reseñado y que resulta alienígena generacionalmente, insertada de modo postizo ante la batahola de «clásicos»), pues no parecen dignas de su consideración.

Sin embargo, y esto es lo más peligroso, el autor le cede este capricho a una de las mujeres que pueblan su escrito. Es Ana la que lee la novela de Carmen Laforet, Nada. Es como si, en este mundo ya post-me too, se hiciera necesario un desganado namedropping; una obligación ante la que se debe ceder para no quedar como un descarado misógino.

Mucho hay que decir del personaje de Ana, quien es plenamente mediatizada por el ojo masculino: «Ana nunca tuvo una buena relación con su cuerpo… odiaba su pecho —y yo nunca jamás he visto un pecho tan bonito como el suyo— y odiaba su menstruación. Ana tenía extrañas ideas sobre lo puro e impuro».

Vale decir, las percepciones de la propia Ana sobre su cuerpo merecen toda la descalificación de la mirada fálica, la autorizada para dirimir la belleza de los cuerpos. «La anorexia de Ana la hace sentir inmaculada», reflexiona. Y: «Ana cree estar a años luz de cualquier simple mortal».

Pero por muy interesante que sea esta mujer, ella jamás podría estar a la altura del pene-filosófico y resulta necesario descalificarla, incluso más allá de su perfil psiquiátrico. El autor nos dice que ella lee a Kafka y a Althusser, pero: «el Althusser que de verdad le interesaba a Ana era el más cercano a Stephen King», echando por tierra cualquier pretensión intelectual de la anoréxica.

Beckett («un libro a ratos cabrón, o travieso, que puede jugarte alguna mala pasada. Lo coges al azar y encuentras esto»), Kierkegaard, Dickens, Bernhard, James Salter, Wilde («Cito de memoria a Wilde»), Rubem Fonseca, Donald Ray Pollock son solo unos pocos nombres que atraviesan Tan difícil como raro.

Se requerirían páginas para reproducir el namedropping que conforma este pastiche, donde toda particularidad es reducida a la comparación literaria. Al hablar de otro personaje, Carlos, la voz dice: «Si hubiera que elegir un libro, solo uno, para describirlo, el libro sería por supuesto Bajo el signo de Marte, de Fritz Zorn».

En los agradecimientos, el autor confiesa: «Elena Medel tuvo que enfrentarse con cuatro o cinco versiones distintas de esta novela y con un autor insoportable que quería quemarlas todas».

Para pensar.

 

 

 

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Nicolás Poblete Pardo (Santiago, 1971) es periodista, profesor, traductor y doctorado en literatura hispanoamericana (Washington University in St. Louis).

Ha publicado las novelas Dos cuerpos, Réplicas, Nuestros desechos, No me ignores, Cardumen, Si ellos vieran, Concepciones, Sinestesia, Dame pan y llámame perro, Subterfugio y Succión, además de los volúmenes de cuentos Frivolidades y Espectro familiar, y la novela bilingüe En la isla/On the Island.

Traducciones de sus textos han aparecido en The Stinging Fly (Irlanda), ANMLY (EE.UU.), Alba (Alemania) y en la editorial Édicije Bozicevic (Croacia).

Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«Tan difícil como raro», de Juan Vilá (Editorial Anagrama, 2023)

 

 

 

Nicolás Poblete Pardo

 

 

Imagen destacada: Juan Vilá (por Jacobo Medrano).

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