Desde los valores éticos y antropológicos que sostuvieron la reciente victoria presidencial de José Antonio Kast, sólo el nombre del poeta, periodista y columnista de «El Mercurio», reúne la competencia simbólica con el propósito de ejercer tan alto e importante cargo en la futura administración republicana.
Por Enrique Morales Lastra
Publicado el 14.1.2026
En una oportunidad política histórica, y pese a que algunas informaciones de prensa afirman que el publicista Francisco Undurraga sería el elegido, todavía sobrevive y se alza el nombre del escritor Cristián Warnken Lihn, a fin de ocupar la plaza de ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, durante el próximo gobierno que conducirá el Presidente Electo, José Antonio Kast (11 de marzo de 2026).
La posible elección de Warnken sería la más acertada si se piensa en un gobierno de emergencia nacional, tanto desde un punto de vista político como técnico.
Fundador del Partido Amarillos por Chile y proveniente de las filas de la añorada Concertación (sólo valoramos «el paraíso» cuando lo hemos perdido), el destacado columnista fue un hombre decisivo para detener la barbarie octubrista surgida en 2019, aún a costa de su integridad personal y de su tranquilidad familiar.
Y en un hecho inédito, su prestigio intelectual y su autoridad socialmente reconocida (moral), lo transformaron en una figura política sin cuya presencia no se entiende el punto de inflexión que tuvo la caída de la retórica revolucionaria, luego del triunfo de la opción rechazo en el plebiscito constitucional de septiembre de 2022.
Pero además de esa importancia política reciente que ha tenido su nombre, Cristián Warnken debe ser uno de los mayores periodistas culturales de Hispanoamérica, sin ser reportero de profesión, pero con una formación disciplinaria cercana a ésta, como lo es la de su título de profesor de castellano.
En Chile no exista un periodista que pueda acometer una entrevista cultural (en el género audiovisual) con el rigor técnico, la destreza verbal y el sentido de la narrativa temática, al modo de Warnken. Y cuando no está él, su ausencia se nota.
Recuerdo que a raíz de la visita conjunta a Chile durante el primer semestre de 2014 de los escritores Paul Auster y J. M. Coetzee, y su presencia en el ciclo La Ciudad y la Palabras, y ante la inexistencia de un entrevistador capacitado que dialogara con ellos, que los entrevistara en el campus Lo Contador de la Universidad Católica, estos sólo se limitaron a leer fragmentos de un libro que contenía el epistolario mantenido entre ambos… ¡Tamaña oportunidad desperdiciada, con Siri Hustvedt inclusive, presente en el mismo auditorio!
Asimismo, y si Warnken fuera el próximo ministro de las Culturas, ¿qué país de Occidente podría permitirse, por ejemplo, un ciclo de entrevistas a grandes escritores o filósofos, efectuadas por una autoridad estatal de ese rango?
Ya imagino una serie de cátedras expositivas ha desarrollarse en la Estación Mapocho (el mismo espacio donde Warnken inmortalizara a Roberto Bolaño en 1999), donde se invitara a los embajadores acreditados en el país, también a un público diverso, y cuyos anfitriones fueran el mismísimo Presidente de la República, acompañado de su larguirucho ministro, quien luego encarnaría al entrevistador de siempre, para mantener una conversación de tintes didácticos y divulgatorios con personajes culturales de estatura mundial.
Es decir, que en tiempos políticos donde se extrañan tanto el «relato» y la llamada dimensión épica de un gobierno, la presencia de este hipotético ministro de las Culturas, podría aportarle a la administración del Presidente Kast, esa aura de prestigio y de prestancia, que se transforman en símbolo y en autoridad inmaterial, en la expresión de Hannah Arendt.
En en el sendero de la vida peligrosa
La figura de Warnken atraería igualmente a otros nombres de «centro» y con pasado concertacionista, como el abogado Óscar Acuña Poblete, si pensamos en una subsecretaría del ramo, con el objetivo de aunar criterios y de ofrecerle al país una nueva ley de carácter patrimonial con amplio apoyo político. Algo que ha resultado difícil y esquivo desde 2018.
Cuando en estas primeras décadas del siglo XXI, la prensa escrita chilena ha perdido a sus grandes columnistas de antaño (Enrique Lafourcade, Luis Sánchez Latorre, Sara Vial, Gonzalo Vial y Jorge Edwards), los poéticos y reflexivos textos mercuriales de Cristián Warnken han tomado la posta y llenado con holgura ese vacío dejado por esas inmensas firmas, que ya parecen de un tiempo lejano cuando no extraviado.
Para los adolescentes de la década de 1990, su pasión por la literatura ha sido un motivo de ejemplo e inspiración, que sólo la madurez y la experiencia nos han enseñado a valorar (y a querer preservar), en la magnitud de un contexto formativo y espiritual, que celebra el amor a la existencia a través de la poesía, en un esfuerzo sustentado mediante los dos proyectos personales más queridos por Warnken: el periódico Noreste y el programa televisivo La belleza de pensar.
En 1927, el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo se planteaba como una solución a la grave crisis institucional chilena del primer cuarto del siglo XX . Con ese objetivo, el mandatario acercó a su gabinete a dos intelectuales claves de ese tiempo para buscar consejo y apoyo en los días difíciles por venir: a Alberto Edwards Vives y a Francisco Antonio Encina.
Y aunque la crisis parecía solucionada en los años siguientes, el quiebre de 1931 (azuzado por el Crack del 29) tiraría todo por la borda, con Sublevación de la Armada incluida y un golpe de Estado que desembocaría en otro polvorín revolucionario, el de la fugaz República Socialista (1932).
Así, el Presidente Electo debería tomar nota de aquello, pues su administración se propone sortear la emergencia activada por la misteriosa debacle que implosionó en octubre de 2019 (cuyos orígenes factuales, por lo demás, todavía desconocemos).
La imposición del voto obligatorio ha solucionado en parte el problema de la legitimidad institucional, pero los problemas políticos que originaron la crisis, siguen latentes y presentes.
Cuando en las políticas públicas de la cultura administrada por el Estado, la sobrerrepresentación de cuadros provenientes desde las artes escénicas y el circuito audiovisual, ha creado una cofradía que irradia a lo menos falta de probidad en la adjudicación de millonarios fondos de origen fiscal, es cuando se necesita con urgencia un nombre bajo cuyo amparo se unan la ascendencia efectiva junto con la capacidad técnica en el campo interdisciplinario que nos convoca.
La presencia de Cristián Warnken podría ayudar al gobierno del Presidente Electo en el empeño de cruzar el río tormentoso y de llegar a buen destino, desde un ministerio que por comodidad y por falta de ideas, el conservadurismo arroja con displicencia en manos de los tecnócratas liberales, causantes, en cierta medida, de la misma crisis que se busca remediar (la de 2019).
En efecto, el primer mandatario se apresura, cuando podría entregarle ese vital nombramiento y voto de confianza —para un país que persigue el verdadero desarrollo—, a un íntegro, talentoso y resiliente profesor de literatura, que bajo grandes costos personales, ayudó con afán humanista a destrabar la amenaza violentista.
Warnken arribaría a una cartera ministerial sustentado por su destacada trayectoria pública, por la tradición poética chilena —que él mismo con generosidad ha ayudado a difundir—, y por las enseñanzas pedagógicas de su admirada Gabriela Mistral. Bastante, y demasiado a la vez, para un gobierno de emergencia nacional.
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Roberto Bolaño entrevistado por Cristián Warnken en 1999 en la Estación Mapocho
Imagen destacada: Cristián Warnken Lihn.
