[Crónica] Tiempo para escuchar

Los líderes políticos deben hacer siempre un esfuerzo por ir más allá de las rencillas. Es lo que ha sucedido en Chile siempre. Incluso en tiempos de dictadura, los dirigentes opositores estábamos dispuestos a conversar para avanzar hacia la democracia. No dejábamos de ser duros en nuestras críticas, pero siempre llanos a oír sin renunciar a los planteamientos de fondo.

Por Jaime Hales Dib

Publicado el 26.2.2026

En estos tiempos, los hechos políticos tienen una dinámica que no se compadece con la prudencia. Desde el 2010 los gobernantes han sido elegidos por la oposición al gobierno en ejercicio, situación que algunos llaman «el péndulo».

Pero a partir de 2022 las cosas se extremaron, pues fue elegido Gabriel Boric militante de uno de los partidos de la entonces agrupación llamada Frente Amplio y que devino en partido político.

Quienes ganaron, dando vuelta el resultado inicial (Kast primero, Boric segundo), lo hacían con el apoyo de mucha gente que no quería que un candidato de posiciones de la derecha más extrema (a la derecha de la UDI) fuera elegido presidente.

Por eso ganó Boric, aunque muchos de los que «in extremis» votamos por él, no lo sentíamos como nuestro candidato, sino que era una especie de mal menor.

Las encuestas dejaron eso en claro desde el primer día, porque quienes figuraban como apoyo del gobierno nunca superaron la votación obtenida en primera vuelta por Boric, más Artés, más Enríquez, más los socialistas que no votaron por Provoste.

Y así fue en todo el gobierno, llegando a momentos críticos en los que sólo sus compañeros del Frente Amplio le daban el apoyo. Nunca, en todo caso, tuvo este gobierno tan poco apoyo como Piñera en sus momentos más difíciles, donde no llegaba al 10 %. Después se recuperó.

El acceso al poder del Frente Amplio, con el apoyo de los comunistas, los socialistas, el PPD, los radicales y otros grupos menores, venía premunido del discurso de esos jóvenes dirigentes universitarios que pretendían ser una renovación de la política, haciendo gala de un discurso de tipo moralista, en el sentido de poner fin a lo que calificaban gobiernos corruptos.

Con todo, esa especie de discurso de prepotencia ética terminó jugando malas pasadas a quienes cayeron en iguales o peores prácticas que sus antecesores, lo que se vio exacerbado por el tono de improvisación que se notó en muchas de las primeras medidas.

 

Problemas de lenguaje

Después del plebiscito constitucional de 2022, Boric tuvo una reacción positiva y su discurso se hizo más amigable con la oposición, más relativista respecto de las consignas absolutas que exhibía antes. Pero esa nueva mirada no encontró correspondencia en el resto del gobierno que, siempre con la idea de la superioridad moral, miraban de soslayo todas las posiciones contrarias.

Muchas de las eximentes invocadas por los gobiernistas por los errores y la ya dicha improvisación, decían relación con la juventud de los gobernantes. Eso, en estricta verdad, no habido así, ya que siempre ha habido jóvenes en la política chilena.

Hubo presidentes de menos de 50 años (Gabriel González) o muy poco más (Arturo Alessandri y Eduardo Frei Montalva ambos a los 52). Muchos ministros lo fueron antes de los 30 años. En varios gobiernos del siglo XX hubo jóvenes a cargo de tareas importantes y larga sería la lista como para dar nombres.

Una periodista le pregunta a Boric si considera un fracaso entregar el gobierno a quien está en las antípodas. Él responde que no lo ve así, sino que siente que es un éxito de la democracia que siga habiendo traspasos democráticos en los que el pueblo se manifiesta con mucha libertad.

Pero estrictamente mucha gente tenía claro que este gobierno no lograría entregar el mando a uno de los suyos, sobre todo cuando Kast recibió apoyos directos o indirectos de personas que estaban ligadas a mundos que ayer fueron de izquierda o concertacionistas. En el gabinete que asumirá eso queda en evidencia total.

El traspaso de mando estaba siendo relativamente amable, pese a la dureza de las críticas que Kast pronunciaba en contra de Boric y su gobierno. La amabilidad terminó el 3 de marzo, cuando Kast se retira de La Moneda dando por terminadas las reuniones programadas, acusando falta de trasparencia y de voluntad.

Si uno u otro decía la verdad, si acaso hubo —como dijo Kast— problemas de lenguaje, si acaso el gobierno no entregaba toda la información que los otros creían que debían recibir, en fin, en cualquiera de esos eventos y quizás todos ellos, lo que no parece adecuado para el país, para los ciudadanos, para la República, es que un diálogo iniciado se termine en forma abrupta.

Los líderes democráticos deben hacer siempre un esfuerzo por ir más allá de las rencillas. Es lo que ha sucedido en Chile siempre. Incluso en tiempos de dictadura, los dirigentes políticos opositores estábamos dispuestos a conversar para avanzar hacia la democracia. No dejábamos de ser duros en nuestras críticas, pero siempre llanos a escuchar sin renunciar a los planteamientos de fondo.

Hubo momentos difíciles, estuvimos privados de libertad, pero jamás renunciamos a la posibilidad de una salida pactada. Que el pacto haya ido más allá de lo razonable, podemos discutirlo y criticarlo, pero era necesario conversar. Incluso, para eliminar algunas normas de la Constitución impuesta por Pinochet que afectaban severamente la democracia, hubo que aceptar ir a un plebiscito en 1989 en el cual más del 90 % de los chilenos votó a favor.

Boric y Kast deben volver a reunirse, deben deponer discusiones menores para exhibir la voluntad de que prime en Chile la democracia. Creerse dueño de la verdad, rechazar rotundamente lo que el otro pueda hacer o no, en definitiva muestra más soberbia que solidez. Se puede ser sólido, conversando hasta el extremo. Y si al final no hay acuerdo, simplemente cada uno seguirá su camino.

Pero la negativa a conversar deja en deuda a los líderes. Ellos deben mostrar ante el país una disposición a respetar al adversario y a hacer todo lo posible porque le traspaso de mando se haga con tranquilidad.

Más que seguir acusando, al pueblo de Chile le conviene que las cosas se vayan haciendo con calma, que haya prudencia y respeto. Los líderes no pueden reaccionar tan livianamente o funcionar a la velocidad de internet. Hay que darse tiempo. Tiempo para escuchar. Tiempo para decir. Tiempo para reaccionar. Tiempo para mostrarse respetuosos de todos, sobre todo de sí mismos.

Chile merece más.

Confío en que antes que este comentario se difunda, alguno de ellos reaccione y llame al otro a sentarse a la mesa.
Los líderes nos deben eso.

 

 

 

 

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Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.

En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).

Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).

En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

 

Jaime Hales Dib

 

 

Imagen destacada: Gabriel Boric y José Antonio Kast.