Lo que prevalece en la narración de Augusto D’ Halmar es la fuerza imperiosa y a la vez aherrojada del deseo sexual, de la entrega física al sujeto-objeto amado, impedida por rigurosos imperativos religiosos y sociales y sus conceptos de «honor», «pecado», «condenación» y «juicio público».
Por Edmundo Moure Rojas
Publicado el 24.1.2026
Esta novela, de la que escribo hoy, fue publicada hace ciento cinco años, por primera vez. Su autor recibió el Premio Nacional de Literatura, en 1942, inaugurando esta premiación que siempre suscita controversia entre nosotros, aunque en aquella ocasión la unanimidad ratificó al maestro.
Sí, se trata de Augusto D’ Halmar (Augusto Jorge Goeminne Thomson, 1880 – 1950), narrador chileno, perteneciente al célebre Grupo de los Diez y a la Colonia Tolstoyana, aquella utopía de los discípulos espirituales chilenos del gran León Tolstoi, en la que participaron el mismo D’ Halmar, Fernando Santiván (1886 – 1973), y el pintor Julio Ortíz de Zárate (1885 – 1946) entre los años 1904 y 1905, a quienes debemos considerar como fundadores.
A ellos se sumaron mi tío, el escritor y pintor Manuel Magallanes Moure (1878 – 1924), quien cedió una parcela, con casa de adobes, en San Bernardo, como habitáculo y sede de aquel sueño comunitario, efímero como un verso en duermevela.
Concurrieron a la Colonia connotados intelectuales, incapaces también de abandonar la vida burguesa y sus comodidades. Recordemos a los pintores Carlos Lastra (1875 – 1925), Rafael Valdés (1883 – 1923), José Backhaus (1884 – 1922) y Pablo Burchard (1875 – 1964); al escultor el Carlos Canut de Bon (1877 – 1945), y al escritor Baldomero Lillo (1867-1923), entre otros.
¿Quién lee hoy a D’Halmar?, ¿quién se acuerda hoy de los viejos maestros?
El consuelo de lo sórdido y secreto
Leí esta novela, por primera vez, en 1951, cuando tenía 10 años, estaba en el programa de lecturas del primer año de humanidades en el Liceo Manuel de Salas, y nos examinaba entonces, nada menos que Roberto Parada, el actor famoso del teatro chileno, a la sazón «profesor de castellano».
Me quedó grande aquel texto; no entendí su trama ni su desarrollo, estructurado bajo un simbolismo quizá decimonónico. Lo acabo de releer, cuando friso en los 85, y sí, amigo lector, es otro el libro y yo no soy el mismo, qué duda cabe.
Historia de una pasión amorosa entre dos varones: Ignacio Deusto, el cura vasco de mediana edad (33) y el adolescente sevillano, gitanillo como los mozuelos de Sierra Morena que cantaba García Lorca; es Pedro Miguel (14), apodado el Aceitunita.
Sucede en Sevilla, en el corazón de la Andalucía mudéjar y mozárabe. Apreciamos el contraste de dos espíritus, raciales o étnicos, que acentúan las diferencias vitales de estos personajes: el carácter andaluz enfrentado al carácter de los hijos de Euskadi: la expansión ubérrima de las gentes del sur, nacidos bajo el influjo del ábrego, y el retraimiento adusto y desconfiado de esa antigua y enigmática etnia del norte y sur de los Pirineos, entre Francia y España.
Cabe, por cierto, situarnos en la época en que transcurre la narración (1913), contexto de una España decimonónica, gobernada por Alfonso XII, retrógrada y clerical, con la presencia de la Inquisición en el inconsciente colectivo y aun en ciertos manejos y privilegios administrativos del clero dominante; y, por supuesto, en el mundo histórico social del autor, chileno de clase burguesa acomodada, educado en los parámetros afrancesados de finales del siglo XIX y en la pacatería de la religión católica criolla y militante.
Asimismo, en su condición de homosexual reprimido y oculto entre las bambalinas sociales donde se repudiaba y castigaba el «pecado nefando».
En efecto, a D’ Halmar se le considera «el pionero del modernismo y del naturalismo» en la narrativa chilena. Quizá sea por su novela Juana Lucero, pero tal clasificación no me cuadra con la historia del cura Deusto, donde hay más rasgos del simbolismo y de la novela psicológica e intimista, en cuyas formas el autor se desenvuelve con maestría singular, derrochando un estilo con matices barrocos, a través de los cuales manifiesta su fruición por el lenguaje, sus ritmos y cadencias, sus variadas sonoridades.
Es notorio también como apela al recurso de introducir —a riesgo de cierta redundancia— muchas palabras castellanas (españolas) de origen árabe, con el propósito de resaltar la atmósfera moruna de Sevilla, en la que se mezclan hispanos, árabes, judíos y gitanos, dando lugar a expresiones culturales de notable simbiosis, sobre todo en la música y derivaciones del flamenco y el cante jondo.
Con todo, en la atmósfera psicológica de esta novela encontramos similitudes con La casa de Bernarda Alba, esa vibrante tragedia modernista de Federico García Lorca, escrita en 1936, tres lustros posteriores a Pasión y muerte del cura Deusto, aunque no creo probable que Federico la haya conocido; no son, pues, influjos, sino coincidencias anímicas y estéticas, mundos espirituales semejantes.
Lo que prevalece en la narración de D’ Halmar y en el ámbito dramático de García Lorca, es la fuerza imperiosa y a la vez aherrojada del deseo sexual, de la entrega física al sujeto-objeto amado, impedida por rigurosos imperativos religiosos y sociales y sus conceptos de «honor», «pecado», «condenación» y «juicio público».
La morosidad interminable del deseo
En el caso de la novela que comentamos, agregaremos el «arrobo místico» que padece el cura Deusto, similar a lo experimentado por Teresa de Ávila, Juan de la Cruz o sor Juana Inés; la búsqueda del éxtasis arrebatador, que, en la condición mística, suponemos, es una suerte de unión o cópula eterna con el Amado (Cristo Jesús en figura y esencia divinas).
Pero eso está negado en el Reino de este mundo, más aún a los sacerdotes sujetos al voto de castidad; aquí, con el agravante que se trata de una atracción homosexual, prohibida y nefanda.
D’ Halmar parece a ratos transfigurarse en Deusto, padeciendo con él sus inclinaciones abismales, y refrenándolas como creyente, en ese doble padecimiento que para el autor careció de respuesta, bajo criterios y dogmas de época que no aceptaban esas transgresiones, para las que no había misericordia ni perdón, a duras penas, el consuelo de lo sórdido y secreto.
Así, el autor desenvuelve la trama central de la novela durante los días de la Pasión de Cristo, en busca de expiar sus pecados en la catarsis narrativa, aunque no exista la esperanza de una solución, enfrentado sutilmente a la imposibilidad de un final feliz. Tampoco será viable la resurrección, pues sólo la muerte clausurará en definitiva los equívoco anhelos de un humor perdurable.
Sabemos que uno de los autores favoritos de Augusto D’ Halmar fue Gustave Flaubert, a quien leyó en francés. Podemos colegir que aprendió mucho del maestro galo, sobre todo en la sutileza del decir, valor que parece perdido en nuestro tiempo.
Me refiero aquí a la recreación magistral del ambiente erótico a través de un lenguaje fino y evocador, que descubre extrae desde los más nimios detalles, ese temblor soterrado que nos embriaga cuando somos llamados por el amor.
También la negativa de los cuerpos ante el apremio de la conjunción aparece en estas páginas, como parte de los ritos amorosos en una complacencia que niega la plétora y la sustituye por la morosidad interminable del deseo.
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Edmundo Moure Rojas (1941), escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de Lingua e Cultura Galegas.
Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Uno de sus últimos títulos puestos en circulación corresponde al volumen de crónicas biográficas Memorias transeúntes.
Exdirector titular del Diario Cine y Literatura (2020 – 2024), en la actualidad ejerce como la cabeza visible y responsable de la prestigiosa casa impresora Unión del Sur Editores.

«Pasión y muerte del cura Deusto», de A. D’ Halmar (2023)

Edmundo Moure Rojas
Imagen destacada: Augusto D’ Halmar.
