La voluntad sin límites es la tónica del tiempo presente, la decisión del más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, vence al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.
Por Jaime Hales Dib
Publicado el 12.4.2026
La fuerza de la decisión
Así, la ministra de Seguridad respondió la pregunta del periodista:
— Ministra, ¿por qué usted envió ese oficio a la PDI?
— Porque puedo hacerlo.
Y ése es el estilo, la tónica del tiempo presente. De lo que se trata es de avanzar hacia las propias metas con voluntad. Por cierto, se me viene a la memoria Nietzsche, el gran filósofo alemán. Él decía que era psicólogo y no filósofo, porque lo que hacía era desnudar el ser íntimo de las personas («el hombre», en sus palabras). Mostrando que con su voluntad podía conseguirlo todo.
En definitiva, la voluntad más fuerte se hace del poder, derrota a los débiles, a quienes además desprecia, derrota al propio dios que se dejó asesinar por los romanos a instancias de los judíos y con eso puede llegar a la victoria.
Lo que acabo de decir es una simplificación de un pensamiento más complejo, pero es la forma precaria en que lo han entendido sus entusiastas seguidores que miraron a los líderes del nazismo y del fascismo, con la misma fascinación que hoy siguen a Putin y a Trump.
«Vamos hacia adelante», dicen Milei, Bukele y ahora Kast, haciendo todo lo que se pueda, con la sonrisa presta, la frialdad total ante los pesares de los pobres.
Son pobres porque son débiles, nos dirá la doctrina de la voluntad, incapaces de cambiar la historia y de modificar sus propias condiciones. El que no es capaz de salir de la pobreza con sus propias energías, tendrá que aceptar la realidad y someterse a la voluntad de los poderosos.
La autosuficiencia
Los que pueden, los que tienen voluntad y le «dan con todo», serán quienes manden. El discurso es: «sabemos lo que hay que hacer y somos los únicos que lo hacemos bien». Para ellos no hay límites y serán capaces de llevar la potestad reglamentaria del Ejecutivo hasta el límite, sin importar los intentos de los otros que quieren poner frenos o suavizar los procesos.
Estamos aquí, dirán, para llevar adelante nuestros planes y no para escuchar lamentos. Es la mirada de esa especie curiosa del cristianismo clasista: ser bien cristiano es seguir la voluntad del señor, que si te hizo nacer en esa realidad, sería pecado querer cambiarla.
Debes ser el mejor entre los tuyos, pero no tratar de salir de allí. Y si alguien lo logra se le admitirá arriscando un poco la nariz, al menos en las primeras generaciones, pero luego se le permitirá asociarse a los clubes de golf o comprar acciones de ciertos bancos o del Colo-Colo.
Con el poder todo se puede
Están acostumbrados a tener el poder, porque tienen el control de la economía. Cuando pierden el gobierno, harán lo posible porque los advenedizos fracasen. Su palabra será «que es un gobierno fracasado, que nos ha llevado a la ruina».
Alguna vez fue la reforma agraria y el desabastecimiento provocado, ahora simplemente es la palabra, la creación de imagen y el desprecio por provinciano joven que llega a las alturas sin haber pasado por los colegios de élite.
Entonces se hacen elegir por un pueblo cansado de que gobiernen los que no pueden conseguirlo todo, llegando a consolidar sus poderes con el control de gobierno.
Porque pueden.
Porque es, en definitiva, una cuestión de poder.
«Si yo tengo un auto potente, que corre a altas velocidades, ¿por qué debo ajustarme a límites que están hechos para los débiles y los mediocres?», parecen decir cuando andan por calles y carreteras. Voy a Viña del Mar y regreso por un asunto de trabajo.
En el túnel de la Costanera Norte voy a 80 kilómetros por hora, velocidad máxima permitida; salgo del túnel y puedo andar a 100 y en gran parte de la carretera puedo viajar a 120. Entonces, se me instalan detrás de cada tramo uno o más vehículos que quieren que corra, que sobrepase la velocidad que anuncian los letreros: se acercan a límites prohibidos para los demás, no para ellos, prenden luces y hasta tocan bocina.
Y cuando me sobre pasan lanzan todo tipo de groserías —que no escucho— pero las entiendo porque se acompañan de gestos. Es que ellos pueden: saben que es difícil que les cursen la infracción. Y si acaso eso se produce pueden eludirla. Y si no la eluden, pagarla no es problema.
Las noticias nos muestran a decenas de funcionarios de Carabineros juzgados por sus delitos que van desde apropiaciones de dineros institucionales hasta violaciones; funcionarios de PDI formando parte de bandas criminales; gendarmes involucrados en delitos con presos en las cárceles; funcionarios de las Fuerzas Armadas como participantes y ejecutores de diversos delitos.
Porque pueden. Pero, claro, a esos los han detenido. ¿Hay otros que pueden y no han sido sorprendidos aún? Es posible, porque pueden e incluso podrían quedar impunes para siempre, en una especie de «crimen perfecto». Tienen el poder y los recursos para violar una ley que los ciudadanos debemos respetar.
Como aquellos que usan información privilegiada violentando las normas que regulan la llamada «libre competencia» (no es necesario pensar en quien haya ejercido la Presidencia de la República, son muchos más), obteniendo enormes ganancias y están dispuestos a pagar una multa que no alcanza el 1 % de lo que están ganando.
Y no sólo ganan dinero: se ufanan, porque lo hicieron simplemente porque tenían voluntad para ello y las leyes existen para los demás. Y ganan prestigio entre los suyos, se muestran poderosos ante el pueblo, se sienten triunfadores.
El egocentrismo como instrumento de acción
YO puedo, YO, con mayúsculas, con la sonrisa, la mano al volante, la seguridad de que soy de los que están llamados a mandar.
Puedo promover leyes que beneficien a los amigos y los aliados. Lo hago porque puedo. Puedo hacer cualquier cosa, aunque luego condenen a mis amigos a clases de ética o les digan que no se les puede condenar porque el proceso legal ha durado mucho.
Esto nos recuerda a ese general que se apropió de mucho dinero público y lucró en el poder sin contrapeso por casi 17 años.
Mientras ejercía el mando, la Corte dijo que no había norma que permitiera procesarlo. Cuando dejó de existir esa protección, consiguió, siempre sonriendo y con la misma frialdad en sus ojos azules, que se le declarara demente y así eludiría hasta el día de su muerte aquella ley que se hizo para los débiles, pero no para ellos.
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Jaime Hales Dib (1948) es un abogado formado en la Universidad de Chile, poeta, narrador y profesor.
En 1995 fundó la Academia de Estudios Holísticos SYNCRONIA, luego fue agregado cultural en México durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos Escobar. También formó parte del directorio y fue secretario general de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech).
Además, integró el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile, participó en la comisión redactora de la Ley del Libro, fundó la Editorial Casa Doce, ha publicado varios textos de su autoría y ha dado recitales poéticos en diversas ciudades tanto de Chile como del extranjero (Francia, España, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Panamá, Uruguay, Argentina y México).
En la actualidad es columnista y redactor estable del Diario Cine y Literatura.

Jaime Hales Dib
Imagen destacada: La ministra de Seguridad Trinidad Steinert.
