La novela literaria del escritor argentino Guillermo Martínez plantea que para comprender bien la obra del autor de «Ficciones», conviene enfocarla como la bibliografía de un formidable ensayista, que despliega sus ideas generales en forma de narración o de poesía.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 12.2.2026
Guillermo Martínez publicó en 2003 a cargo de la Universidad de Buenos Aires una primera edición de este libro, que después conocería otra, en 2007, debida a la Editorial Destino, de España. El texto recoge dos charlas (así las llama) organizadas por el Departamento de Literatura del centro académico aludido gracias a la feliz iniciativa de Soledad Cosnstantini y Ana Quiroga.
El autor es cuentista, ensayista, novelista y matemático. Esto le faculta para rastrear en la obra de Borges los fundamentos matemáticos de su escritura, y de paso demostrar con hechos la posibilidad de la «tercera cultura», aquella que trata de unir ciencia y humanidades, los dos pensamientos, por la que suspiraban tanto C. P. Snow como Ilya Prigogine. Y lo hace siguiendo el consejo de Horacio, prodesse et delectare (enseñar deleitando).
Un interesante análisis muestra el fondo ensayístico de la técnica literaria de Borges, según la tesis de Lucila Pagliai, al partir de una idea general matemática y desarrollarla e ilustrarla luego en una breve narración de modo que el origen del cuento queda encubierto o sugerido todo lo más por la pericia de la escritura.
Son de sobras conocidos los temas que se tratan en los relatos. La fascinación de Borges por el infinito y los números ordinales de Georg Cantor, cuya notación: Aleph, da título a uno de los mejores entre ellos, describe un punto en sí finito que contiene lo que no posee fin.
Borges comentaba en muchas ocasiones el alborozo de los antiguos griegos al descubrir que la raíz cuadrada de dos tiene infinitos decimales y que expresa la hipotenusa de un triángulo rectángulo cuyos catetos miden la unidad según el Teorema de Pitágoras.
Lo curioso es que, si se dibuja el triángulo en un papel, dicha hipotenusa sí puede calcularse con una regla milimetrada, pero dentro de ese trazo limitado el desarrollo decimal es infinito.
Otro tanto ocurre con el número pi: la razón entre la longitud de la circunferencia y su diámetro, una operación geométrica real que esconde un desenvolvimiento decimal sin límite.
La experiencia del absurdo y la soledad
Otra idea que maravillaba la imaginación de Borges es la de que en el infinito el todo no es mayor que la parte. Cada descubrimiento que encerraba un desafío paradójico para el pensamiento, le hacía encontrarse con el misterio del mundo y estimulaba su creatividad. Y las matemáticas abundan en ellos.
De la mano, aparecen también conceptos como la recursión o los objetos y procesos recursivos, aquellos que se contienen a sí mismos indefinidamente, por ejemplo, la autopoiesis, la geometría fractal o, en gramática, las oraciones subordinadas.
Cuentos como La biblioteca de Babel tocan las estructuras combinatorias y barruntan la complejidad algorítmica. El acercamiento a Almotásim disfruta con conceptos del tipo de la convergencia, el límite y las curvas asintóticas. Y, en especial, El jardín de senderos que se bifurcan presenta al asunto del laberinto.
Así, y con una especial dedicación al tema, afirma que un laberinto no es un galimatías, sino que se gobierna por un principio de economía. No se trata de pasillos quebrados, falsas puertas, escaleras truncadas, trampas y ángulos rectos; más bien se trata del estado psicológico de quien viaja por él.
A veces, el espacio de horizontes de línea confusa lo ejemplifica a la perfección. Su narración Historia de los dos reyes y los dos laberintos lo muestra con nitidez, situándolo en el desierto.
Aún va más lejos Borges al señalar que el ideal de un dédalo es una distancia en línea recta de unos 100 pasos en la que un hombre por razones psicológicas se extravía. Está aquí señalando que la maraña más grande que existe la constituye la locura.
Este punto de vista queda recogido luminosamente en la siguiente historia real, que podría titularse: «Un niño de cuatro años descubre el laberinto». Sucedió que el pequeño vivía en una casita baja de un pueblo y estaba acostumbrado a salir directamente a la calle desde su hogar.
La puerta de entrada era el límite entre el interior de la vivienda y la sensación de aire fresco y libertad que experimentaba la criatura. Un día lo llevaron sus padres a una gran ciudad, en la que visitaron uno de los últimos pisos de un edificio alto.
Para bajar a la calle no lo hicieron utilizando un ascensor, sino que decidieron hacerlo por las escaleras. A cada planta que descendían, el niño esperaba encontrarse con la luz de día. Sin embargo, solo le esperaba otro rellano más y otros tramos de escalones añadidos.
Conforme proseguía el proceso, el infante iba sintiendo un malestar opresivo, una sensación de prisa interna por salir pronto de allí y una incomprensión creciente de la situación. No obstante, se repetía la escena una y otra vez durante la bajada.
En cambio, nada parecía preocupar a los padres a quienes no acertaba a expresar lo que le estaba pasando por dentro. El niño comenzó a tener miedo, y probablemente se encontró, por vez primera en su vida, con la experiencia del absurdo y la soledad. Heidegger lo describiría como un encuentro con el ser a través del desasosiego repetido, del tedio que secuestra el fluir y suspende el tiempo.
Cuando al fin pudo divisar el hueco de la puerta de salida que daba a la calle, advirtió unas lágrimas en sus mejillas y la alegría de ver recuperado el sentido del mundo. La angustia que le había poseído lo abandonó. Había descubierto el laberinto, y había descubierto también, sin formulárselo, que su esencia es psicológica, precisamente la angustia.
Un formidable ensayista
Para comprender bien la obra de Borges, conviene enfocarla como la de un formidable ensayista, que despliega sus ideas generales en forma de narración o de poesía.
Si se quiere acceder a sus poemas, hay que verlos como ensayos más o menos rimados. Composiciones de un hombre que piensa en los conceptos más abstractos. Sonetos que contienen reflexiones y perplejidades. Para Borges la poesía no admite desahogos líricos, sino un asombro ante el vuelo del intelecto.
Así, se entiende que insistiera en declarar que la filosofía y la teología son ramas de la literatura. Su criterio fundamental para valorar un cuento o un poema era el valor estético de los mismos.
A la emoción por el pensamiento; la emoción que encierra el infinito, el límite, la curva asintótica, el azar y los grandes números entre otros tantos conceptos matemáticos.
He intentado desarrollar el artículo aprovechando la enseñanza del maestro: partir de una idea general y continuar con un pequeño relato ilustrativo, quizá demostrativo, que toca la comprensión a través de lo estético emocional.
Quisiera pensar que casi lo he conseguido.
***
Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.
Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Jorge Luis Borges en 1967 (por Annemarie Heinrich).

