La falta de decoro en el poder se manifiesta también en la apropiación del lenguaje íntimo: los líderes hablan de amor a la patria mientras promueven exclusión, se expresan en torno a la familia mientras precarizan existencias, se refieren a la libertad mientras consolidan dispositivos de control.
Por Ana Arzoumanian
Publicado el 4.3.2026
El presidente argentino abre las sesiones ordinarias del Congreso, grita, humilla, se ríe de los parlamentarios. El presidente estadounidense promete aniquilar a sus enemigos, amenaza con sanciones comerciales si el resto de los países no se alinea con su combate en Medio Oriente.
Una primera dama preside el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, toma el foro internacional como una pasarela, se acomoda la cabellera, levanta un martillo para iniciar un debate al que invita balbuceando.
No se trata solo de gobernantes que mienten o manipulan (eso pertenece a la vieja gramática del poder) sino de algo más radical: la exhibición orgullosa del daño, la explicitación del desprecio, la conversión del otro en residuo visible.
La crisis contemporánea no es solo institucional, sino estética y, por lo tanto, ética; una incapacidad de sentir vergüenza ante el perjuicio producido. Vergüenza como conciencia de un límite. Y esa falta de estética se manifiesta en la ostentación constante.
Todo se transmite, todo se declara, todo se performa. El gesto político ya no busca contener; porque busca impactar. La diplomacia, que alguna vez funcionó como coreografía del desacuerdo, es reemplazada por el ultimátum público. Entonces la afrenta se convierte en herramienta estratégica.
La estética es también ritmo, pausa, distancia. Pero estamos frente a un mundo que está gobernado por la aceleración. Reacciones inmediatas, políticas instantáneas, respuestas sin reflexión. La pausa, ese espacio donde la decisión podría reconsiderarse, desaparece.
En la política contemporánea el poder parece haber perdido esa respiración. Se enuncia sin calma. Se declara expulsiones, guerras, cierres de fronteras, recortes de derechos con una sintaxis de eficiencia. El lenguaje oficial ya no se protege tras eufemismos elaborados; se vuelve directo, cortante, orgulloso de su brutalidad.
La falta de pudor en el poder se manifiesta también en la apropiación del lenguaje íntimo. Los líderes hablan de amor a la patria mientras promueven exclusión; hablan de familia mientras precarizan existencias; hablan de libertad mientras consolidan dispositivos de control. La palabra pública invade el espacio privado, lo coloniza, lo instrumentaliza.
El pudor no es una delicadeza particular ni una herencia religiosa. Es una forma de estar frente al otro en una interdependencia como condición básica de vida.
Si tomamos la noción de response-ability de Donna Haraway (esa capacidad de responder y de habilitar la respuesta, de reconocer que estamos entramados en vínculos que nos exceden) el pudor aparece como una condición política radical: la conciencia de que cada acto produce mundo y que ese mundo se funda en una ecología de las relaciones.
La palabra configura realidades
La response-ability sobrepasa la responsabilidad jurídica, es la habilidad de responder sin cancelar la voz del otro. Es sostener la tensión de la convivencia sin reducirla a dominio. En ese sentido, el pudor es una ética de la distancia; es medida, es límite.
Y los dirigentes de hoy día parecen haber perdido esa medida. Regulan como si la vida social fuera una variable técnica. Exponen invasiones, anuncian bombardeos, celebran sanciones como si la palabra fuera un instrumento neutro. Pero la palabra no es higiénica, inscribe, atraviesa cuerpos; configura realidades.
La falta de pudor es la incapacidad de percibir esa inscripción, de latir en el tiempo lento antes de la destrucción. En un mundo hiperexpuesto, donde todo se transmite y todo se enuncia en tiempo real, el pudor es la negativa a convertir la vida en contenido exhibible.
Haraway insiste en que nunca actuamos solos, nuestras decisiones están entramadas en redes humanas y no humanas. Una ley económica afecta sistemas sanitarios, cuerpos precarizados, generaciones futuras. Una decisión bélica altera geografías, memorias, genealogías. La response-ability exige imaginar esas conexiones y el pudor es el reconocimiento sensible de esa red.
En la tradición política moderna, el poder se legitimó a través de la representación, alguien hablaba en nombre de otros. El pudor recordaba que esa representación es siempre parcial, débil, provisoria. Sin embargo, la falta de pudor transforma la representación en apropiación.
Pero lo más grave no es la espectacularización. Es la incapacidad de percibir la fragilidad que cada decisión toca. Un anuncio altera vidas concretas; una sanción internacional asfixia poblaciones; una orden militar transforma ciudades en escombros.
En la tradición trágica, incluso el héroe que cometía hybris reconocía su exceso. Había conciencia del borde transgredido.
Hoy, sabemos, no solo se actúa sin esa conciencia, sino que los dirigentes se jactan de esa fatuidad. Fredrich Schiller escribe en su libro Cartas sobre la educación estética del hombre que el Estado debe educar hacia la libertad a través de la forma.
En Medio Oriente, por ejemplo, la forma ha sido reemplazada por la urgencia permanente. Cada ataque genera represalia; cada represalia, nueva legitimación del ataque. El impulso domina sin justificaciones. Tal vez el mayor signo de fealdad política en estas guerras sea la ausencia de vergüenza. No vergüenza individual, sino vergüenza histórica.
Y otra vez traigo a Schiller quien pensaba que la educación estética era condición de posibilidad para una república verdaderamente libre. Quizás debamos pensar que una educación estética del poder es condición para un orden internacional menos brutal.
La fealdad no es aquí el horror visible, cosa que siempre existió en las guerras, sino la naturalización de ese horror como procedimiento regular. La diplomacia ha sido desplazada por el ultimátum público. Las negociaciones, por conferencias de prensa. La amenaza ya no se susurra en mesas cerradas; se pronuncia ante cámaras globales. Y esa exposición constante convierte al conflicto en espectáculo continuo.
Con todo, la falta de estética es, en el fondo, una falta de imaginación moral. Incapacidad de representarse el sufrimiento ajeno como propio. Incapacidad de sentir la disonancia entre discurso y realidad.
Observamos, entonces, que la crisis contemporánea no es solo institucional sino sensible. La vergüenza, como forma de inteligencia, restituye la dimensión estética del poder; lo obliga a preguntarse no solo qué puede hacer, sino qué debe abstenerse de hacer para que el mundo común no pierda su forma.
El pudor no es una moral de superficie sino una ontología del límite. No designa simplemente aquello que se oculta, sino la operación más fina por la cual el sujeto reconoce que no coincide plenamente consigo mismo ni con su exposición. Y volvemos a considerar ese punto donde el pudor no protege solo una materia, protege una distancia.
Por último, en la esfera política, esta categoría adquiere un espesor inquietante. Un poder sin pudor no es simplemente corrupto; es procaz, definitivamente, pornográfico.
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Ana Arzoumanian nació en Buenos Aires, Argentina, en 1962.
De formación abogada (titulada en la Universidad del Salvador), ha publicado los siguientes libros de poesía: Labios, Debajo de la piedra, El ahogadero, Cuando todo acabe todo acabará y Káukasos; la novela La mujer de ellos, los relatos de La granada, Mía, Juana I, y el ensayo El depósito humano: una geografía de la desaparición.
Tradujo desde el francés el libro Sade y la escritura de la orgía, de Lucienne Frappier-Mazur, y desde el inglés, Lo largo y lo corto del verso en el Holocausto, de Susan Gubar.
Asimismo, fue becada por la Escuela Internacional para el estudio del Holocausto Yad Vashem con el propósito de realizar el seminario Memoria de la Shoá y los dilemas de su transmisión, en Jerusalén, el año 2008.
Filmó en Armenia y en Argentina el largometraje documental A, bajo el subsidio del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, un registro testimonial en torno al genocidio armenio y a los desaparecidos en el régimen militar vivido al otro lado de la Cordillera (1976 – 1983), y que contó con la dirección del realizador Ignacio Dimattia (2010).
Es integrante, además, de la International Association of Genocide Scholars. El año 2012, en tanto, presentó en Chile su novela Mar negro, por el sello Ceibo Ediciones.
El artículo que aquí presentamos fue redactado especialmente por su autora para ser publicado por el Diario Cine y Literatura.

Ana Arzoumanian
Imagen destacada: Javier Milei.
