[Ensayo] «Dame pan y llámame perro»: Una forma de afecto sensorial

A lo largo de la obra novelística del escritor chileno Nicolás Poblete Pardo, la vejez en este mundo capitalista, es sinónimo de deterioro, y una condición etaria que lejos de servir para fines publicitarios, tampoco existe como connotación de sabiduría venerada por pueblos ancestrales (el mundo de nuestros abuelos, a fin de no ir tan lejos), para finalmente representar sólo una avería progresiva tanto física como mental.

Por Aníbal Ricci Anduaga

Publicado el 27.8.2025

Dame pan y llámame perro, o tonto como dice el antiguo refrán, ofréceme lo mínimo y podrás hacer conmigo lo que quieras, la dignidad importa un comino. Esa dignidad nos hace humanos y Nicolás Poblete Pardo (1971) nos revela cómo se hace añicos. Pretende mostrarnos la forma en la cual el maltrato animal puede suprimir el fruto de la domesticación y transformar a una mascota en un verdadero monstruo.

El autor se refiere a la tenencia responsable de mascotas con deliberada fuerza, una ley a punto de ser aprobada en el Congreso. Describe unos maltratos difíciles de tragar no sólo para un alma sensible, sino hasta para el más abyecto. Pero también habla de seres que por la violencia en su contra o el hambre son capaces del mayor salvajismo.

Nicolás Poblete invoca conductas a través de los animales, pero no se refiere a ellos, sino a la animalidad subyacente del ser humano.

La novela es un artefacto de alta toxicidad, detrás de Clara y sus amigos que pertenecen a una fundación de rescate animal hay mucho altruismo, son almas caritativas, demasiado buenas para este mundo despiadado, pero dentro de esa ingenuidad se oculta ese fanatismo religioso que lleva a algunas personas a extremar hasta su alimentación.

Se convierten en vegetarianos porque incluso los huevos o la leche la entienden como forma de explotación animal. Ese fanatismo los ciega y los vuelve incapaces de percibir la maldad en otros, al punto de descuidar el bienestar de una de sus colaboradoras.

Hay una arista muy oscura que surge tras adentrarse en la novela: la vejez. En alguna parte se critica a las nuevas generaciones que no cuidan a sus padres o abuelos, el tema de las redes sociales orientadas a la juventud hace ver a los viejos como un estorbo.

La vejez es encarnada en Lola, la madre de Clara que padece de esquizofrenia y ha sido expuesta a un tratamiento inhumano de doce electroshocks. Para restaurar la mente bastarían dos o tres sesiones, pero doce ya no es un simple reseteo, sino una aniquilación total de neuronas. En una mente dislocada el deterioro es más rápido, la vejez avanza a saltos. Estos síntomas mentales suelen desarrollarse a partir de la adolescencia, en cierto modo, la condición va recrudeciendo con la edad.

El autor profundiza en el deterioro que producen los años: una perrita se caga y mea delante del negocio de otra señora entrada en años. En su desesperación, para deshacerse de ella, la muele a palos y causa su muerte. La mujer era una devota cristiana y quizás de más joven habría encontrado otra solución.

Este deterioro alcanza a las religiones que, con el paso de los siglos, se van degradando al ser reinterpretadas por los seres humanos. Quizás eso explica las cada vez peores prácticas de los sacerdotes que, ante la asimetría de poder, cometen pecados en nombre o en la ausencia de Dios.

La vejez no es sólo deterioro físico. Un ser humano que pudo estar enamorado, también podría ser capaz de envenenar a su cónyuge llegado el momento. Quizás en un principio era todo cariño y respeto, pero con los años ese amor se tornó en gritos o incluso golpes.

Con todo, la novela de Nicolás Poblete Pardo es descarnada porque insinúa el deterioro mental que traen los años, el alzhéimer o la demencia senil vuelven a una persona a su estado primitivo, donde la ira y la furia se abren camino.

 

Un collage de voces narrativas

Interesantes son las metáforas del cuidado de las plantas y flores que hay que regar para producir belleza. De la misma forma, hay que cuidar a los niños desde su nacimiento, incluso desde el útero, la educación de unos padres sanos es lo ideal. Podrá faltar alguno o ser criado por familiares, pero el amor, el riego es fundamental para que esos árboles no se tuerzan.

El profesor Ignacio se crio sin referente alguno, vagaba por las calles y claramente su psiquis se extravió a temprana edad. Un ser capaz de engendrar el mal a su alrededor, donde sus relaciones personales, en este caso con su polola del colegio y posteriormente con Clara, no corresponden a lazos afectivos, sino a extraños desvíos de conducta, denunciados en su entorno laboral.

«Ojos» se llama el collage que elabora Clara, cientos de ojos que la observan, miles de pasajeros del tren subterráneo que reciben su mensaje. La novela es un collage de voces narrativas para explicar esta terrenalidad que mucho tiene de infierno en la visión del autor.

Clara es ingenua, no mide el peligro que corre junto a Ignacio, predica ante su público, exagera los datos, pero su ingenuidad se desvanece ante el dinero que colecta para ayudar a los animales maltratados. Manipula en cierto modo, hasta la bondad tiene un lado perverso, dame pan y llámame perro, por unas monedas te cuento historias escabrosas. Las repite en forma mecánica e incluso ir descalza podría ser una treta para cazar incautos.

El libro me hizo reflexionar acerca de los ritos indígenas que también obedecen a interpretaciones de índole religiosa, hay mucho de superstición e ignorancia en ellos, resulta engañoso pensar que la humanidad no ha progresado a través de los siglos, todo es una permanente evolución, pero los ancestros tenían algo a su favor: el contacto con la naturaleza. La belleza de lo simple, regar y cultivar las plantas, cuidar de los ancianos para que ellos ayuden a forjar raíces fuertes en la juventud.

Ignacio no estudió historia en la universidad y hace clases en el colegio de Peñaflor. No recibió una educación formal y por eso interpreta libros antiguos a su antojo. No es riguroso, se deja llevar por esos ritos de la cueva que cultivaban los indígenas. No es la caverna de Platón, es algo menos filosófico y más alimentado por la superstición. Lola ya desconfía de Ignacio, no es la única en ese pueblo chico, pero al parecer Clara ha sido abducida por su mirada penetrante.

Para Nicolás Poblete, la vejez en este mundo capitalista es sinónimo de deterioro, no sirve para fines publicitarios. No existe esa connotación de sabiduría venerada por pueblos ancestrales (el mundo de nuestros abuelos para no ir tan lejos), es una avería progresiva tanto física como mental.

La vejez que obra peor sobre un alma perturbada podría ser otra premisa. Una antesala a la muerte, eso es la vejez, la religión no propone salvación en esta novela. Tampoco da sentido a la vida, en términos filosóficos. La visión es más oscura, después de la muerte no hay nada. El miedo al instante final no moviliza al hombre, no lo hace trascender, simplemente es un miedo ante el dolor, los perros devoran las carnes de Clara sin compasión.

Me atrevo a extrapolar que el autor echa de menos la cultura, los libros y las artes en la formación del ser humano. Sin esos factores un niño puede transformarse en un monstruo y estar cerca de su versión más primitiva. El arte sublima el dolor y les da una salida a los maltratos, es una forma de afecto sensorial que permite interpretar mejor este mundo despiadado.

 

Imposible sobrevivir las estocadas

Nicolás Poblete profundiza en el deterioro mental. Lola, la madre, ha venido a vivir a Peñaflor porque su mente no aguanta el ajetreo. En la ciudad hubo que internarla en una clínica psiquiátrica, doce electroshocks, sólo algunos pueden acceder a un tratamiento tan costoso.

La madre es un ser defectuoso, la esquizofrenia se hereda, la gente en el campo murmura que Clara también debe estar loca. Dios ha enfermado a Lola, ella no es católica porque no asiste a misa, en el campo han visto a la hija desnuda junto al río. Machismo exacerbado, madre e hija viven solas, ningún hombre, Clara lleva velas a la caverna, debe ser bruja, se merecía ese destino aciago.

La chica es una mosquita muerta, siguen murmurando, viene de un convento en Rancagua. Está influenciada por Ignacio, sólo piensa en sexo y no va a la iglesia, ergo, es una bruja que se trae algo raro con los animales. Clara es una afuerina y su madre es rara. La gente en el campo es supersticiosa y creen de verdad en la brujería.

Ignacio hace clases de historia, pero no tiene título. Practica karate y Clara se enamoró de sus músculos y de esos ojos indómitos. La madre sabe que Ignacio lee libros acerca de las cuevas, esos ritos ancestrales donde los indígenas acudían con fines medicinales y podían cambiar la voluntad de las personas, creencias antiguas, pero para la gente del campo Clara es una bruja que sigue los consejos de Ignacio.

La novela está narrada en presente, el presente de múltiples voces, vecinos de las parcelas aledañas.

El suceso trágico ya aconteció, muchas de las voces se refieren a la madre y a la hija, unos le dieron la bienvenida, otros desconfiaron de las afuerinas, el bien y el mal, pero en el campo los rumores son mayores, cada vecino cree tener derecho a expresar su opinión, muchas de esas voces parecieran declaraciones a la brigada del crimen, la muerte macabra pudo haberse evitado, estaban las alertas, pero la naturaleza cubrió todo con su tiempo indeterminado, el jugo de las ciruelas se mezcló con la sangre, quiso ocultar esa violencia animal, esos perros cebados contra la niña indefensa.

La oficial a cargo es testigo de la bestialidad y de informar a Lola la muerte de su hija. Son relatos en presente, la propia voz de Clara está en presente, pero es uno situado más allá de la muerte. Los detalles son expuestos por la occisa desde otro lugar donde lo sórdido encuentra las palabras precisas. El instante debió ser terrible, el cerebro se apagó por el exceso de dolor. Faltó alguien que la auxiliara, se convirtió en una perrita abandonada a su suerte.

El personaje de Ignacio está insinuado, inconcluso, poco afecto en la infancia y tampoco una educación formal de historia. Se ha forjado con rudimentos y los instintos primarios están acentuados. No es necesario especificar su participación en la horrorosa muerte.

Un sujeto (Ignacio) que colecciona perros sin tener consciencia de su peligrosidad, no les brinda cuidados, también a Clara la trata con algo de rudeza. Un ser al que le falta riego, sus ramas crecen sin mucha guía. Su lado animal seduce a Clara, dispara sus hormonas y la adolescente no advierte la situación.

Clara es ingenua y no desconfía del resto. Siente un amor inmenso por los animales y cobija a los maltratados. Existe una simbiosis con Ignacio. Ella lo cobija y él la domina, fuerzas de igual intensidad.

En cierta forma, la chica es como una perrita desvalida para el muchacho. Otro miembro de la manada de perros de su parcela. Ignacio es puro instinto y no calibra el peligro. Es culpable por no ser precavido.

Clara tampoco dimensiona el riesgo y la jauría olfatea al más débil de la camada, tan indefensa, imposible sobrevivir las estocadas y llegar a vieja.

 

 

 

 

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Aníbal Ricci Anduaga (Santiago, 1968) es un ingeniero comercial titulado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, con estudios formales de estética del cine cursados en la misma casa de estudios (bajo la tutela del profesor Luis Cecereu Lagos), y quien también es magíster en gestión cultural de la Universidad ARCIS.

Como escritor ha publicado con gran éxito de crítica y de lectores las novelas Fear (Mosquito Editores, 2007), Tan lejos. Tan cerca (Simplemente Editores, 2011), El rincón más lejano (Simplemente Editores, 2013), El pasado nunca termina de ocurrir (Mosquito Editores, 2016) y las nouvelles Siempre me roban el reloj (Mosquito Editores, 2014) y El martirio de los días y las noches (Editorial Escritores.cl, 2015).

Además, ha lanzado los volúmenes de cuentos Sin besos en la boca (Mosquito Editores, 2008), los relatos y ensayos de Meditaciones de los jueves (Renkü Editores, 2013), los textos cinematográficos de Reflexiones de la imagen (Editorial Escritores.cl, 2014), y las historias ficticias de Pensamiento replicante (Editorial Vicio Impune, 2025).

Sus últimos libros puestos en circulación son las novelas Voces en mi cabeza (Editorial Vicio Impune, 2020), Miedo (Zuramérica Ediciones, 2021), Pensamiento delirante (Editorial Vicio Impune, 2023), Vivir atormentado de sentido (Editorial Vicio Impune, 2024) y la recopilación de críticas audiovisuales Hablemos de cine (Ediciones Liz, 2023).

 

«Dame pan y llámame perro», de Nicolás Poblete Pardo (Editorial Cuarto Propio, 2020)

 

 

 

Aníbal Ricci Anduaga

 

 

Imagen destacada: Nicolás Poblete Pardo.