Muchas veces, cuando el fallecimiento de una madre ha tenido lugar, el apenado descubre que ella ha sido el transparente fondo de su vida como una especie de ángel de la guarda, permitiéndole desarrollar su peripecia personal y comprobar que ha gozado del don del amor incondicional.
Por Luis Miguel Iruela
Publicado el 27.12.2025
El 25 de octubre de 1977 falleció la madre de Roland Barthes con la cual convivía. Al día siguiente, el escritor comenzó un diario de duelo que se alarga hasta el 15 de septiembre de 1979.
Aquel cuaderno está escrito en papeletas confeccionadas al dividir un folio en cuatro partes y depositadas en la mesa de su despacho de trabajo sobre su labor intelectual: proyectos, conferencias, cursos para el Collège de France, borradores, manuscritos, etcétera, para tenerlas bien a mano.
El diario cuenta con un texto establecido por Nathalie Léger y con una meritoria traducción al español de Adolfo Castañón; contiene un rimero de reflexiones y pensamientos sentidos y profundos acerca de lo que significa la muerte de un ser querido, en este caso la madre, en la vida de una persona.
Barthes comienza preguntándose por la primera noche de duelo a lo que cabe responder que representa, en realidad, el fin del mundo tras descubrir el deudo lo irreversible del tiempo en el cuerpo de un ser humano. El implacable ya no más del viejo corazón que cesa. El nunca jamás que aguarda a cada regreso a la casa vacía con el ruido sin eco de la puerta al cerrarse y la ausencia de la voz de bienvenida. El refugio sin vida, violentado por un destino que siempre se sintió eterno.
Paul Valéry observaba después de la Primera Guerra Mundial que con ella habíamos aprendido a morir. Hasta entonces, también la civilización europea se creía interminable.
Lo primero que se asimila en un duelo es la omnipresencia de la muerte (et in Arcadia ego) en cada proyecto vital. La inevitable desaparición de todo lo valioso de una persona, la entrada de lo más querido en el Leteo, en el olvido forzado por el bienintencionado ambiente.
Por eso, Gabriel Marcel, filósofo existencialista, decía: «Amar a un ser es decirle tú no morirás». El recuerdo hace vivir, combate el desconcierto que nos produce la pérdida irrevocable y nos consuela de nuestro porvenir.
El duelo es melancolía y la melancolía, remanencia, es decir, la persistencia del pasado en el presente. Una rebelión del amor propio, que no del orgullo. Un clamor de inmortalidad.
Una presencia abrumadora del pasado
En mi libro A flor de agua, hay un poema que trata de esto mismo y que no me resisto a transcribir:
Se vuelve el rostro
Hacia el origen,
Al fundamento
Del mundo.
Y se entiende
Que la nostalgia
Cuida de la verdad
En la arcadia
Primigenia,
Donde lo real
Es eterno,
Como el vaso de agua
Atrapado
En una tarde de sol.
Hoy el enfermo pregunta:
¿Puede desvanecerse
Una vida
Que ha dedicado a vivir
Tanto esfuerzo?
Roland Barthes recoge en su libro el diálogo de Marcel Proust, recordando el fallecimiento de su propia madre, con un amigo que atravesaba por la misma circunstancia y le hace notar que, hasta ahora, dicho amigo vivía inclinado al futuro, pero que sentirá en poco tiempo una presencia abrumadora del pasado antes nunca imaginada.
¿No es precisamente toda la obra de Proust la recuperación minuciosa de ese tempus fugit?
La filosofía de la historia de Walter Benjamin insiste en el estudio del tiempo ido como el camino que nos permite comprendernos a nosotros mismos, quiénes somos en definitiva y cómo hemos llegado hasta aquí.
Sin embargo, el mundo de alrededor conspira contra esa contemplación de lo pretérito y se produce una actividad febril para hacer cambios de mobiliario, decoración, vestidos; todo aquello que ha impregnado la tierna memoria. Es lo que Roland Barthes denomina «futuromanía».
O, dicho de otra manera, ejecutar tabula rasa, borrón y cuenta nueva, y de paso sepultar nuestra personal esencia y biografía, peligro del que ya advirtiera Santayana con su célebre sentencia: «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo». Recordarlo para poder acceder a un futuro purificado y realmente nuevo.
Una vertiente significativa de este fenómeno es la intención de someter al doliente a una llamada «cura de calma» para evitarle sufrimiento. Socialización, entretenimiento, actividad, lo que sea para para que no se aísle y no verlo llorar. Ver sufrir hace sufrir a quien lo contempla (una manifestación clara de la acción de las neuronas espejo prefrontales, base neurobiológica de la empatía).
Ahora bien, sucede que un quebranto no es una enfermedad en sí misma y por lo tanto no precisa de un tratamiento, sino de paciencia y apoyo para ayudarlo a asimilar poco a poco el desconsuelo, entendiendo el curso de su vida hasta el acontecimiento y la entrada en una nueva etapa.
El llanto es la voz biológica del profundo animal herido en el interior. Dejarlo emerger, a veces como un aullido, es restaurar una homeostasis de la pena. Como señala el propio Roland Barthes: «Pero imposible (…) medir hasta qué punto alguien ha sido alcanzado».
Con todo, el afligido vive cualquier reunión como una gran futilidad, mientras va adquiriendo una idea aceptable de su muerte personal a la que el gran largo duelo precede. Pronto se nota la ausencia de voz («la querida inflexión») en los recuerdos, que se muestran en imágenes como cine mudo.
Algo importante que el deudo no se tolera es cualquier banalidad; el mundo se ha hecho radicalmente grave. Ni se permite tomar el óbito como una liberación ni un alivio, antes bien como un fracaso de la obligación de cuidar, si se ha producido a consecuencia de una prolongada enfermedad.
John Stuart Mill anota en su diario: «Aparte del dolor corporal y del sufrimiento de ver sufrir a aquellos que nos aman, lo más desagradable del morir es el tedio intolerable de todo ello. No debería haber muertes lentas».
En efecto, el universo se estrecha durante la agonía de una enfermedad letal, todo se encoge y la respiración se suspende con la espera, a veces con la esperanza, de algo maravilloso.
Muchas veces, cuando la muerte de una madre ha tenido lugar, el apenado descubre que ella ha sido el transparente fondo de su vida como una especie de ángel de la guarda, permitiéndole desarrollar su peripecia personal y comprobar que ha gozado del don del amor incondicional.
Entonces, cae el velo de Maya y queda frente a frente con el fin del mundo. Solo el memento dignifica el duelo y lo humaniza. También el universo entero necesita guardar un minuto de silencio.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.
«Diario de duelo» (Editorial Paidós, 2021)
Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Roland Barthes y su madre en 1923.

