En el texto del teórico estructuralista francés Roland Barthes, se aprecia la forma en la cual el proceso de pérdida alcanza un punto en el doliente —azuzado por la presencia irreversible de la muerte—, en que éste desea ardientemente vivir a fin de que la defunción sufrida no lo destruya.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 8.2.2026
Continuando con el análisis del libro Diario de duelo, de Roland Barthes, comenzado en Cine y Literatura (27 de diciembre de 2025), se ve como el proceso de pérdida alcanza un punto en el doliente, azuzado por la presencia irreversible de la muerte, en que desea ardientemente vivir para que esta defunción no lo destruya. Así, escribe: «Muchos seres me aman todavía, pero desde ahora mi muerte no matará a ninguno».
Poco a poco, se van alternando en coexistencia los hechos y obligaciones de la cotidianeidad con la pena. Y quedan en la textura de la rutina, islas de aflicción que se manifiestan sobre todo en la soledad. A estos momentos y lugares de profunda intimidad es a lo que Barthes nombra como «Duelo en placas», tomando la analogía con la enfermedad neurológica de la «Esclerosis múltiple o en placas».
Tejido indemne junto con zonas dañadas y mudas. Una parte del deudo aplicada a resolver los asuntos más fútiles, mientras el desespero se encierra en parches de un sentir y un recuerdo ya casi solipsistas. Tempus fugit esta vez más veloz que nunca. Pero, a veces, un dolor blanco, insensible, asusta con el temor y la culpa de un posible olvido, que el afligido no se puede permitir.
Se establece así una tensión entre el duelo absoluto y la ligereza del acontecer social diario. Recomendación de liviandad que puede encontrarse en Proust.
Y aparece entonces una acuidad especial al contemplar el destino de los viandantes (Homo Viator) como el de aquellos que no saben de su muerte futura, a la par que surgen los primeros sueños sobre la madre fallecida en medio de una solitud mate.
Una crónica del sufrimiento
Unas palabras casuales o un recuerdo producen de súbito un desgarro de emoción y en cierto modo una apropiación aceptada de la naturaleza y el ser de la propia vida materna con la sensación clara de que este sentimiento no se puede compartir con nadie.
La abstracción que impone la ausencia, un heraldo de la nada y una piedad de sí mismo. Nunca poder confesar a otra persona las cosas más insignificantes. Hay un tiempo en que la muerte es un suceso que conmueve a los demás, para convertirse luego en un estado gris informe que provoca la huida.
Con todo, lo primero en desaparecer del duelo es el temor, excepto el de la posibilidad de no llorar ya ante una reminiscencia significativa, el miedo al aburrimiento y la fatiga de la imagen caída. El descubrimiento de la pérdida como una herida del corazón y no como la desorganización de la vida sobreviviente. Pero ahora de una manera discontinua y con la sensación de que se amaba a la ausente menos de lo que se creía.
De esta forma, se va aprendiendo a vivir en soledad de un modo natural con la «presencia de la ausencia», en palabras del autor. Quien refleja así esta tensión entre la expresión general del desconsuelo y el sentimiento individual interior: «No puedo soportar que se reduzca —que se generalice— mi aflicción: es como si se la robaran». Frase apoyada en Soren Kierkegaard y su Temor y temblor: «En cuanto hablo, expreso lo general, y si me callo nadie puede comprenderme».
Y esta es la ruta del duelo en la etapa del presente especioso: momentos de aflicción y de amor a la vida, de curso fluctuante y errático que se posan como un vuelo silente en la sangre del corazón y su rumor de tiempo absoluto.
Todo ello está recogido en este excepcional libro, escrito como una crónica del sufrimiento desde el llanto hasta la congoja amortiguada por el resto de los años. Dicen que durante la agonía se va produciendo un sueño prolongado, una desaparición del dolor físico, una pérdida del sentido de las horas y una sensación de calma. Que así sea.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.
«Diario de duelo», de Roland Barthes (Siglo XXI Editores, 2009)
Luis Miguel Iruela Cuadrado
Imagen destacada: Roland Barthes.

