[Ensayo] «El emperador de Alegría»: Una épica de la intimidad

La condensación descriptiva, la fenomenología de la apertura lingüística propia de la literatura china y sus ideogramas polisémicos, así como los retratos minuciosos de sus personajes y escenas —más que los avances lineales de la trama—, desembocan en la prosa de esta nueva novela del escritor norteamericano de origen vietnamita Ocean Vuong, con una potencia y un estilo que posee un sello personalísimo.

Por Alfonso Matus Santa Cruz

Publicado el 23.3.2026

Un muchacho camina en un puente al filo del vacío, considerando si arrojarse al río es o no una solución; una escena que puede ser trillada, pero no deja de ser profundamente visceral.

Lo que ocurre a partir de allí es lo improbable: una amistad entre una anciana lituana entrando en los umbrales de la demencia senil y este joven vietnamita que solo tiene la ficción como equipaje para sobrevivir ante los embates del desarraigo y la adicción a los fármacos. La yuxtaposición de dos perdidos, uno a los inicios de la adultez y otra al borde del final.

El lugar es Alegría este, una ciudad ficticia trasunto de Hartford, Connecticut, donde el escritor Ocean Vuong (1988) vivió su infancia y adolescencia temprana tras llegar a Estados Unidos desde un campo de refugiados con su madre y su abuela.

Y la obra es su segunda novela, una épica de las relaciones íntimas y la sobrevivencia en conjunto en una sociedad rapaz: El emperador de Alegría, cuya versión en castellano es editada por Anagrama con traducción de Daniel Saldaña París.

Como muchos adictos a la poesía mi primer encuentro con Vuong fue a partir de su poemario inaugural, Night Sky with Exit Wounds, por el cual recibió el premio T.S Elliot en 2017 con apenas 29 años. Su poesía atraviesa la piel del lector hasta calar corazón y huesos con una secuencia de imágenes y metáforas que resuenan en la cámara de la conciencia con una vitalidad cinematográfica.

Más que conjurar copulas de palabras extravagantes, Vuong talla versos que alumbran escenas concretas, emociones punzantes, incursionando en el limbo de una sensibilidad empapada del dolor y el desarraigo, pero también de la belleza cotidiana y la defensa de una vulnerabilidad compartida.

Y lo hace con contención, en un equilibrio osado entre la tradición grecolatina, la anglosajona y la afroamericana (algunas de sus influencias modernas son Toni Morrison y Anne Carson), y la percepción no linear y colectiva, una metafísica encarnada, del budismo y su herencia asiática.

 

Los puntos ciegos y los entredichos

Si me desvío por el meandro poético es porque en sus dos novelas el resplandor de su poesía arde con otro cariz, pero es sin duda el río troncal del que mana su prosa; su delicadeza y destreza al momento de narrar las conversaciones de un grupo de trabajadores de una cadena de comida rápida o las de su protagonista, Hai, con la tía encarcelada, cuyo hijo, Sony, el primo de Hai, es una suerte de Aliosha autista, oscila entre el oficio del narrador moderno, siempre concreto y específico, y la potencia de sus fogonazos líricos, nunca fuera de foco, siempre reveladores de las texturas internas de sus personajes.

De su primera novela, En la tierra somos fugazmente hermosos, Vuong dijo en una entrevista a The Paris Review, que intentaba ser el fantasma de una novela. En esa obra las vertebras narrativas estaban entramadas por hilos invisibles, elipsis de alto voltaje, insinuaciones entre líneas que entregaban al lector la oportunidad de imaginar lo que habitaba en los puntos ciegos y los entredichos.

El trauma, la experiencia queer de un adolescente vietnamita-norteamericano, los ritos de paso, la marginalidad y el arte de la sobrevivencia, así como la presencia de su madre y el duelo ante su muerte, eran los nudos centrales.

Muchos de ellos retornan en El emperador de Alegría, pero, aunque procuremos encasillar la obra de Vuong a partir de lecturas críticas enfocadas en la inmigración y la experiencia queer, la verdad es que la envergadura y las texturas de su nueva novela dan un paso más allá del umbral de lo previsible.

La condensación descriptiva, la fenomenología de la apertura lingüística propia de la literatura china y sus ideogramas polisémicos, así como los retratos minuciosos de sus personajes y escenas, más que los avances lineales de la trama, desembocan en su prosa con una potencia y un estilo que posee un sello personalísimo.

Al avanzar la trama se abre ante nosotros la improbable amistad de Grazina con Hai hasta el punto de que la estrategia de Hai para navegar las alucinaciones de la anciana —seguirle el juego y actuar como un soldado estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial— nos parece un acto de amor y una táctica de sobrevivencia bellísima.

La mentira, la ficción, como arte e instrumento de la sobrevivencia. Es paradójico (y un juego de espejos afilado, minuciosamente diseñado por Vuong) que Hai a la vez esté mintiéndole a su madre (otra yuxtaposición clave en la trama), la que lo imagina cursando la carrera de medicina en una universidad, esforzándose por cumplir el sueño americano, mientras lo que hace en verdad es actuar como enfermero, dosificar fármacos y acompañar las alucinaciones de la anciana con toda la compasión y la creatividad de la que es capaz.

 

Toda la complejidad y la dignidad humanas

Los lazos íntimos entre personajes disfuncionales se prolongan en la relación de Hai con su primo Sony, un obseso de la historia y la guerra civil estadounidense, que trabaja en Homemarket, la cadena de comida rápida a la que Hai entra a trabajar para ayudar a la economía hogareña.

Es allí donde se nos presenta un ecosistema proletario de personajes distintivos, peculiares a su manera, asfixiados pero dispuestos a hacer tribu. Esta faceta de la novela descubre al Vuong más realista y proletario, al adolescente que trabajó en esos rubros, y supo observar y acoger toda la complejidad y la dignidad humana, los accidentes y la violencia que permea las atmósferas de los trabajos más básicos.

Nada de eso es baladí si recordamos la frase que inaugura el libro: «Lo más difícil es vivir solo una vez». Vuong subvierte la lógica hedonista del leitmotiv asociado al carpe diem materialista, y lo transforma en una ética del cuidado, de la atención deliberada en la convivencia esté donde se esté.

Con todo, no es moralina barata ni explícita, los personajes de Vuong son falibles, dañan y son dañados, pero enfrentan sus situaciones sin necesidad de ser salvados: se acompañan y tratan de hacer lo que está en sus manos. El sueño americano no es aquí salir de los trabajos precarios, no hay ningún exitismo ni ganancia imprevista, ese hueso es para los bestsellers inspiracionales que se olvidarán a la primera de cambio.

El arco narrativo de la novela hace recordar la ilustrativa clase de Kurt Vonnegut (una de cuyas obras es mencionada por Hai si no recuerdo mal) sobre la oscilación en la situación del protagonista. No es que Hai acabe mejor o peor de lo que empieza, es que el viaje es errático, sinuoso y deslumbrante, plagado de violencia y pequeñas revelaciones a la orilla de un granero o en un estacionamiento abandonado.

Así, se trata de la estructura narrativa kishōtenketsu en acción: un desarrollo cíclico, enmarcado por las cuatro estaciones, en que la situación evoluciona con gestos mínimos, cambios de perspectiva, un punto de inflexión y una culminación a baja voz, sin resoluciones facilonas.

Que Hai sea una especie de no escritor, que le diga a Grazina que tiene una novela en mente, una novela fantasma que nunca escribe, es acaso la señal de que aquí lo relevante es la vida misma.

La literatura como arte de la sobrevivencia en conjunto, la ficción como una ética que permite lidiar con todo lo de avasallador e inabarcable que hay los desafíos cotidianos, porque la belleza está incluso en las descripciones que Vuong hace de un matadero de cerdos o los pensamientos a la deriva de un muchacho que solo desea ayudar a una anciana que camina en la cuerda floja de la demencia, acaso porque no sabe como ayudarse a sí mismo y ayudar a otros es un comienzo.

El emperador de Alegría es una novela polimorfa, abierta, oriental y occidental, que atiza tanto al lector crítico como al humano perdido y piadoso que llevamos dentro; nos preña de dudas y de ternuras, de indignación y coraje, nos entrega aquello que la gran literatura da a los sedientos, eso que cada lector necesita descubrir por sí mismo.

 

 

 

 

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Alfonso Matus Santa Cruz (1995) es un poeta y escritor autodidacta, que después de egresar de la Scuola Italiana Vittorio Montiglio de Santiago incursionó en las carreras de sociología y de filosofía en la Universidad de Chile, para luego viajar por el cono sur desempeñando diversos oficios, entre los cuales destacan el de garzón, el de barista y el de brigadista forestal.

Actualmente reside en la ciudad Puerto Varas, y acaba de publicar su primer poemario, titulado Tallar silencios (Notebook Poiesis, 2021). Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.

 

«El emperador de Alegría», de Ocean Vuong (Editorial Anagrama, 2025)

 

 

 

Alfonso Matus Santa Cruz

 

 

Imagen destacada: Ocean Vuong.