En esa complicación de pararse frente al hombre que en 1973, como líder de la Democracia Cristiana, pidió al Congreso que declarara ilegal al gobierno de Salvador Allende, que firmó resoluciones de amparo al golpe y lo justificó sin ambages, yacía latente la posibilidad de otra cosa: que la dificultad hablara, que el entonces joven Presidente de la República dijera en voz alta lo que callaba.
Por Mauro Salazar Jaque
Publicado el 17.3.2026
El Frente Amplio (FA) no mató su padre Concertacionista. Lo amó. Con esa clase de amor que no se declara porque declararlo sería perderlo, porque perderlo sería quedarse sin el nombre que lo sostiene y sin el deseo que ese nombre alimenta.
Aprendió además que el realismo no describe la realidad: la produce. Que el bronce es la condición de posibilidad de que el hijo siga siendo hijo. Que gobernar es cumplimiento de deseo.
El palacio bombardeado en 1973, con el respaldo activo del «campo político». Casi cinco décadas después el bronce se activa, nos deja rodeados, en su fachada sur, por una «arquitectura de la impunidad»: agua como barrera, estatua como centinela, «sutil rotación del plinto» que no confronta el edificio sino que lo flanquea.
La «operación estética» no es inocente: el «campo simbólico» ha dispuesto un cuerpo que ocupa el forecourt del poder sin mirarlo directamente —oblicuo, nunca confesional, siempre presente—. Es la «postura del cómplice»: decisivo en su orientación, irreprochable en su gesto. Los brazos extendidos no saludan: «apropian» el espacio.
Un cuerpo que expande su «dominio visual» sobre el lugar que su partido (Democracia Cristiana) ayudó a destruir. El asedio, en su operación más perturbadora, no ocurrió en 1973. Ocurre ahora, en bronce, en silencio, todos los días— con «pátina verde» y brazos abiertos—.
El palacio bombardeado en 1973 —con el respaldo activo del «campo político» que el bronce ahora consagra— queda rodeado, en su fachada sur, por una «arquitectura de la impunidad»: agua como barrera, estatua como centinela, «sutil rotación del plinto» que no confronta el edificio sino que lo flanquea.
La «operación estética» no es inocente: el «campo simbólico» ha dispuesto un cuerpo que ocupa el forecourt del poder sin mirarlo directamente —oblicuo, nunca confesional, siempre presente—. Es la «postura del cómplice»: decisivo en su orientación, irreprochable en su gesto. Los brazos extendidos no saludan: «apropian» el espacio.
Un cuerpo que expande su «dominio visual» sobre el lugar que su partido ayudó a destruir. El asedio, en su lectura más perturbadora, no ocurrió en 1973. Ocurre ahora —en bronce leviatanico, en silencio, todos los días— con «pátina verde» y brazos abiertos.
No hablamos de un «pacto político» sino una «puesta en escena», una «gubernamentalidad» que se debe al consenso de las imágenes (estallada en los muros de la economía política) que organizó la «visibilidad del acuerdo» para hacer invisible su contenido.
El Frente Amplio heredó ese «régimen de deseos concertacionistas» —creyó impugnar la «pantalla» y terminó siendo «realismo funcionalizado». El bronce destila fósiles: somos hijos del realismo. La estatua es sutura.
Toda estatua, Patricio Aylwin, contiene una decisión sobre el realismo que merece durar. No sobre lo que duró. Esto lo decide la historia, sino sobre lo que debe durar. Cuestión que ya es poder: convertir un cuerpo en metal, un hombre en alegoría, un pasado en mandato. La estatua no recuerda: prescribe.
Y en el caso que nos ocupa, el hombre de bronce de 3 metros 40 centímetros inaugurado el 30 de noviembre de 2022 en la Plaza de la Ciudadanía, prescribió con toda la solemnidad republicana disponible una versión de Chile que alguien, hace no tanto tiempo, había prometido cuestionar hasta sus fundamentos.
Gabriel Boric Font y su promesa de identificación, si es que puede llamarse de una generación entera que es un cuerpo castrado, estaba cifrada en la capacidad de nombrar precisamente lo que la estatua no puede nombrar: el silencio de los vencidos, la deuda con los muertos, la trampa del pacto que se llamó transición y que fue, en rigor, la administración concertada del legado dictatorial bajo envoltura democrática.
«Es difícil para mí el poder pararme acá», dijo el presidente en la ceremonia. Palabras que, pronunciadas por quien las pronunció, debieron resonar como confesión antes que como elogio.
Con todo, en esa dificultad de pararse frente al hombre que en 1973, como presidente de la Democracia Cristiana, pidió al Congreso que declarara ilegal al gobierno de Salvador Allende, que firmó resoluciones de amparo al golpe y lo justificó sin ambages, yacía latente la posibilidad de otra cosa: que la dificultad hablara, que el presidente dijera en voz alta lo que callaba.
En cambio dijo:
—Trato todos los días de aprender de la sobriedad y dignidad republicana del homenajeado.
Aprender. De quien apoyó el golpe. La frase no pide análisis: lo cancela.
El metal y su simbología
Hay, sin embargo, algo más oscuro que la simple mentira o el simple olvido en todo esto: que el monumento no recuerda sino que promete, y que esa promesa es ya, en el instante mismo en que el metal enfría, una promesa rota.
No rota por negligencia —que eso sería todavía consolador— sino por necesidad: el gesto que dice «recordamos» hace posible el olvido, lo organiza, le da forma presentable, le presta la sobriedad y la dignidad que el olvido, librado a sí mismo, jamás alcanzaría.
Este mecanismo tiene muchos nombres en la filosofía: el suplemento que revela, en su adición misma, la falta que pretendía colmar; el remedio que es también el veneno; la palabra que cierra la herida y al cerrarla confirma que la herida era. En Chile esa palabra se pronuncia «patria justa y buena», se funde en bronce, se ubica mirando hacia la Bandera Bicentenario, y se custodia con la complicidad entusiasta de quienes deberían, si algo les quedara de lo que un día dijeron ser, haberla impugnado.
Así, el metal no sella la deuda, la administra. El bronce, entonces, no resiste el tiempo: es el tiempo. Es la forma que la «pulsión archivística», conservarlo todo, fundir en metal lo que no puede borrarse, toma cuando el Estado necesita que la deuda no sea pagada sino exhibida.
El archivo conserva y borra simultáneamente; hay un mal radical que habita al archivo y actúa en el conjunto de operaciones de custodia, conservación e interpretación. La «sutil rotación de la base inferior» que orienta la estatua hacia la Bandera Bicentenario no es un gesto estético: es la operación archivística por excelencia —conservar la «huella» del golpe precisamente al borrarlo bajo la forma del homenaje—.
Porque el bronce no viene solo. El bronce es una aleación: necesita del estaño para fraguar, para adquirir la consistencia que lo vuelve apto para el monumento, para la duración, para la administración simbólica del duelo que no se duela.
Y esa condición de aleación —bronce como estaño, dureza como blandura endurecida, memoria como olvido fraguado— es precisamente la lógica del dispositivo: el artefacto que «alió» y «alinea» en un mismo gesto, que produce subjetividad al mismo tiempo que la captura, que convoca al ciudadano a reconocerse en la figura de bronce y al reconocerse queda fijado, orientado, gestionado.
El monumento a Patrico Ailwyn no es mármol inerte: es máquina. Una máquina que procesa la historia en una dirección única —hacia la Bandera Bicentenario, hacia la conciliación, hacia el Chile donde todos caben— y que necesita, para funcionar, que nadie pregunte de qué está hecho el metal.
La ceremonia no fue un «homenaje». Fue una «invocación», y la distinción no es menor: la invocación no recuerda al muerto sino que lo instala, lo convoca como «función», lo pone a operar en el «campo simbólico» con independencia de toda intención declarada.
Boric Font convocó al «padre muerto» —al que promovió el golpe y al que el bronce consagra— no para exorcizarlo sino para inscribirlo.
Porque la «estructura» lo exige: lo que instaura la ley no es una persona sino el «significante del Nombre del Padre». Y el «significante», una vez inscrito, opera por su propia lógica —no obedece a quien lo pronuncia, no devuelve lo que su enunciador creyó depositar en él—. Boric Font pudo haber dicho lo que quiso.
Lo que hizo fue otra cosa: legitimó la «función árquica» del padre muerto, su «capacidad de prescribir desde el metal», su persistencia como «mandato» que el monumento materializa y el ceremonial reactiva.
Porque hay un «goce» que la ceremonia no nombra pero «administra». La muerte del padre no abre la vía al goce, lo que hace es «reforzar su interdicción», aumentar la severidad del «superyó» que regula lo que puede ser dicho, reclamado, exigido.
Para quién fue el golpe
El bronce de Aylwin no libera nada: «comprime». Cada sujeto que se para frente al metal queda fijado en una «estructura de deuda» que el monumento «escenifica» sin resolver —la deuda como «dispositivo de captura», como mecanismo que produce «subjetividad política» al mismo tiempo que la contiene.
La «impunidad» no es entonces el nombre de una ausencia de justicia: es el nombre del «goce administrado», de ese resto que el «campo institucional» necesita mantener activo para seguir justificando el «relato de la transición».
El sistema no castiga porque necesita conservar la deuda como «motor del deseo» colectivo —ese deseo de reparación que el Estado redirige hacia la «emoción republicana» antes de que llegue al «expediente judicial»—.
La ceremonia no formuló la pregunta que mejor la define: ¿para quién fue el golpe? No en el sentido de quién lo ejecutó —eso lo sabe hasta quien preferiría no saberlo— sino en el sentido de quiénes se beneficiaron. Quiénes celebraron, quiénes suspiraron de alivio, quiénes vieron en los días posteriores al 11 de septiembre de 1973 el comienzo de una nueva era de orden, propiedad y jerarquía.
Esos mismos que después, cuando la dictadura se volvió un costo reputacional inconveniente, negociaron el retorno a la democracia como se negocia un traspaso de acciones: garantizando los activos, limitando las responsabilidades, estableciendo los enclaves que protegerían lo esencial del modelo.
Aquello fue la transición. Aylwin fue su administrador más hábil, su cara más presentable, el hombre que pudo decir «en la medida de lo posible» con la voz de quien genuinamente cree estar haciendo lo máximo.
Lo terrible en Aylwin no era la mala fe: era la buena conciencia. El pueblo que había luchado contra la dictadura, el que organizó las protestas de los años 80, el que puso los cuerpos y los muertos, fue educado en el retiro en cuanto la transición comenzó: «muchas gracias, déjennos a nosotros hacernos cargo».
Y aprendió tan bien la lección que la sabe de memoria 30 años después.
Lo que Boric escribió en 2016
Boric no sólo lo sabía en los pasillos de la Cámara, con la comodidad de quien habla desde la oposición. Lo sabía y lo escribió el 21 abril de 2016, en una columna publicada en The Clinic a propósito de la muerte del mismo hombre cuya estatua inauguró seis años después.
Lo escribió con la precisión de quien todavía no ha aprendido a ser estadista, es decir, de quien todavía no ha aprendido a decir menos de lo que piensa:
«Si tuviera que definirlo en una sola palabra, diría que Aylwin fue un personaje contradictorio. Contradictorio porque promovió el golpe de Estado del 11 de septiembre y una vez consumado este lo justificó sin ambages, como también fue promotor de la recuperación de la democracia una vez consolidada la dictadura, más extensa y más brutal de lo que cualquiera se hubiera imaginado en los tensos días de 1973».
Lo que ocurrió el 30 de noviembre de 2022 no fue un cambio de opinión —cambiar de opinión es un acto que se declara, se argumenta, se expone al escrutinio público—. Fue la absorción de una posición por su contrario sin retiro formal de la primera.
El Boric de 2016 sigue en el archivo de The Clinic, con su descripción precisa de un personaje que promovió el golpe y lo justificó. El Boric de 2022 está en el video de la ceremonia, aprendiendo «todos los días» de la dignidad republicana de ese mismo personaje.
Los dos textos no se contradicen: se yuxtaponen. En esa superposición sin resolución reside toda la política chilena de los últimos 30 años. El sistema no necesita que usted cambie de opinión. El sistema sólo necesita que cambie de lugar.
Porque la paradoja no es biográfica: es estructural. Un hombre escribe en 2016 que Aylwin fue contradictorio porque primero promovió el golpe y luego promovió la democracia. Seis años después, ese mismo hombre reproduce la misma estructura: primero critica el pacto, luego lo administra; primero denuncia la transición, luego la condecora; primero señala que Aylwin justificó el golpe «sin ambages», luego inaugura su estatua «sin ambages».
La contradicción que Boric le atribuía a Aylwin no era un defecto de carácter: era la descripción de un mecanismo. Y ese mecanismo, seis años después, lo encontró a él también como objeto de su funcionamiento.
Y entonces sucedió lo que sólo puede ocurrir cuando el lenguaje ha sido suficientemente vaciado: el golpe. No el de septiembre, que el bronce guarda con su pátina verde de decorosa amnesia. Sino el otro, el que no necesitó tanques ni helicópteros porque se ejecutó con algo más eficiente y más duradero: un discurso pronunciado en tono de autocrítica generacional ante cinco metros de metal.
Hay un golpe que antecede al ritual: no como su causa sino como condición de imposibilidad enunciada como posibilidad. El rito no funda el golpe —lo recubre, lo convierte en gesto republicano— pero no puede borrarlo sin borrarse.
La ceremonia se erige sobre una impunidad estructural que impide la ilusión de logos: su diferimiento no es ausencia de justicia sino huella que resiste todo cierre. Y es Boric Font —su nombre, su cuerpo, su palabra presidencial— quien garantiza esa trascendencia: al comparecer ante el metal, consagra que el golpe aún opera.
El golpe de Boric: ¿siempre seremos transición pactada?
Que el pacto no fue un episodio superado sino la condición permanente, la gramática profunda de toda política posible en este territorio. El golpe de Boric no derrocó a nadie: instaló la evidencia de que no hay nada que derrocar porque el sistema no reside en un gobierno sino en el acuerdo tácito de que todos los gobiernos, al final, gobiernan para el mismo Chile. El Chile del bronce. El Chile de la conciliación como horizonte último y como límite primero. La ceremonia instala su propia coartada: se presenta como «acto de memoria» cuando opera, estructuralmente, como su reemplazo. Funciona como ese dispositivo de doble filo que simultáneamente cura y envenena, que salda la deuda con los cuerpos desaparecidos en el preciso gesto de convertirla en «símbolo transferible», en «patrimonio circulable», en objeto de emoción republicana. El bronce no recuerda: gestiona el olvido con formulario de duelo. Desplaza hacia una «decoratividad conmemorativa» todo aquello que, de ingresar sin mediación al campo de lo decible, haría estallar el relato de la transición como «progreso democrático» —ese relato cuya función principal ha sido siempre la de volver administrable lo que no debería serlo.
El nombre —Patricio Aylwin Azócar— no describe: produce. Produce la ilusión de continuidad entre lo que no puede ser continuo, entre el crimen y la república, entre 1973 y 1990, entre la firma que avaló el golpe y la voz que dijo «en la medida de lo posible» con entonación de máximo esfuerzo. La ceremonia requiere ese nombre como el campo cultural chileno ha requerido siempre sus «figuras de sutura»: para que las contradicciones irresolubles —golpista y demócrata, cómplice y estadista— adquieran la apariencia de una «tensión productiva» antes que de una impostura. Pero el nombre propio nunca es propio del todo. En su interior más íntimo trabaja la alteridad que pretende neutralizar; lleva consigo lo que intenta silenciar.
Boric no traicionó —fue operado. Su presencia ante el bronce no es efecto de una debilidad subjetiva sino demostración de algo más estructural y menos consolador: que todo «signo crítico» —toda promesa de ruptura, todo programa que se enuncia contra el orden existente— contiene desde su formulación inicial las condiciones de su propia reversibilidad. La palabra pronunciada en 2016 ya portaba, en su textura misma, la posibilidad de ser reapropiada, «re-citada», «re-encuadrada» por los dispositivos del poder que esa palabra decía impugnar. No hay traición porque no hay exterior: la «firma crítica» es también, simultáneamente, la condición de su captura. La ceremonia no clausura la crítica. La recicla como ritual de legitimación. El ceremonial chileno es «panacústico»: no sólo produce un discurso —produce un «campo de vigilancia» donde toda disonancia queda registrada como «ruido».
He aquí la aporía que ningún monumento resuelve y que el ensayo debe, al menos, sostener sin cerrar: el primer golpe lo dio Aylwin en 1973, con su partido, su firma, su justificación pública de lo que vino. El segundo golpe lo dio Boric en 2022, con su discurso, su autocrítica, su abrazo sin memoria crítica a un programa de impunidad que aún no ha sido nombrado como tal. Ambos gestos se complementan: el primero abrió el ciclo, el segundo lo selló. Y el sello, en los dos casos, lleva la misma inscripción: «primer presidente democrático, según reglamentos».
En noviembre de 1995 —quinto año de la transición que ya entonces se administraba a sí misma como «relato de superación»— el pensamiento de la deconstrucción llegó a Santiago convocado por una revista que había emergido exactamente en el umbral del No y las elecciones de 1989, desde ese «borde intersticial» donde lo que el «optimismo político de la nueva elite gobernante» silenciaba encontraba todavía forma crítica. Lo que revela no es coincidencia sino aporía estructural: el archivo que teorizó la différance del pacto transicional —su «diferimiento constitutivo», su impunidad como condición no declarada de posibilidad— fue contemporáneo exacto del pacto mismo. Nació con él; lo acompañó. Lo interrogó desde sus márgenes. La ceremonia de 2022 no clausuró ese archivo: lo «citó al revés», operación que no es error sino mecanismo, convirtiendo en bronce lo que la deconstrucción había sostenido abierto como «herida productiva», como tensión que resiste el cierre ornamental. Boric Font compareció ante el metal en el mismo suelo donde, veintisiete años antes, una voz había señalado que «no hay ningún análisis político social que no esté determinado por esas desapariciones». El ceremonial no ignoró esa frase. La «recicló»: la volvió patrimonio de la «sobriedad republicana», la despojó de su filo, la integró al «relato legitimador» que ella misma había sido convocada a interrumpir.
La impunidad no clausura el ciclo: lo reproduce. Cuando el nombre que apoyó el golpe es fundido en bronce y declarado «patrimonio republicano», no se sella una herida —se emite una «autorización». El espectro no retorna porque no se fue: fue «administrado», «diferido», guardado como «condición de posibilidad». Y lo que el ceremonial llama «reconciliación» es, en su lógica más profunda, la garantía de que el próximo golpe —esta vez sin tanques, con votos— ya tiene su «genealogía legitimada». Chile 2022 es ese giro: la «comunidad crítica» de los años ochenta reconvertida en «patrimonio republicano administrable». Hay que decirlo —y decirlo es ya tomar partido, que no es lo mismo que tener razón—: lo que allí se escribió sobre los espectros no es un libro sobre los espectros. Es una «toma de posición». Una exigencia. La de conjurar de nuevo los espectros —no para rehabilitar lo que no merece rehabilitación, no para repetir el error, sino para romper la censura: esa censura que estigmatiza todo lo que los nombra, todo lo que se atreve a pronunciar el nombre de lo que fue suprimido. Eso es lo que allí se dice. Eso es lo que aquí no se hizo.
La ceremonia de 2022 opera —y «opera» es aquí el término clínico, el único que no miente— exactamente en sentido inverso a toda lógica de reparación. Convoca el espectro del golpe, sí: lo hace comparecer. Pero no para interrogarlo ni para escuchar lo que guarda. Para «sancionarlo». Para convertirlo en «derecho republicano», en «procedimiento», en la formalidad solemne que clausura la justicia en el preciso instante en que gesticula rendirle homenaje. El rito no exorciza al fantasma: lo «firma». Le otorga —con toda la solemnidad «disponible», con toda la parafernalia del «campo simbólico» en pleno despliegue— el estatuto de lo «irrevisable». Lo que no se puede revisar ya no necesita ser defendido: simplemente, es.
Boric Font, su nombre, su cuerpo, su «palabra presidencial» en ese instante, no es estadista. «Estadista» sería una categoría demasiado honesta, demasiado expuesta a la interpelación. Es «jurista del olvido»: el «funcionario» que certifica, con su mera presencia ante el metal, que el «expediente está cerrado», que la deuda fue «saldada», que el bronce es la prueba y la prueba es definitiva. Y que lo definitivo —esta es la «operación» más profunda, la que el metal guarda sin enunciarla— es también lo «irrecurrible». No hay recurso posible contra lo que el «campo legitimador» ya ha declarado patrimonio. El «dispositivo» no necesita argumentar: le basta con comparecer.
Hay que decirlo, y decirlo duele más que callarlo: la «convivencia de civiles y militares» fue también una «comedia» que protagonizaron en las «altas esferas», y esa comedia tuvo su dramáturgo. La frase «en la medida de lo posible» correspondía a un «mínimo de prudencia»: si la justicia iba a ser total, significaba procesar a Pinochet y a toda su gente —es decir, la impunidad no fue accidente sino cálculo. La ceremonia de 2022 no clausuró ese cálculo: lo «trascendió», lo elevó a «patrimonio». Y lo que se trascendió —hay que decirlo también— es la «condición de posibilidad» de Kast
La placa en la base del monumento reproduce la frase del discurso de Aylwin en el Estadio Nacional, el 12 de marzo de 1990, el día después de asumir. El mismo estadio donde, diecisiete años antes, se había torturado y ejecutado a quienes soñaban también, con otra gramática y otra urgencia, con algo llamado patria justa y buena. La reutilización de la frase no es casual: es la operación lingüística más precisa de toda la ceremonia. Tomar las palabras que deberían doler y devolverlas pulidas, inofensivas, disponibles para todos los usos, incluido el presidencial que las vacía de contenido específico.
A pocos metros del bronce de Aylwin está la estatua de Allende. El mismo Allende que fue derrocado con el respaldo activo, documentado, del partido que Aylwin presidía. Esa proximidad geográfica no es una ironía: es una contradicción irresuelta que la ceremonia intentó clausurar mediante la absorción simbólica. Todos somos Chile. Todos somos la República. Y entre los dos metales, si se mira bien, el silencio de todo lo que no cabe en el bronce. La estatua mira hacia la Bandera Bicentenario. Su «sutil rotación» apunta al futuro. Y el futuro, en ese gesto, es el de una república donde todos caben, donde las trincheras se abandonan, donde la «sobriedad y dignidad republicana» es el tono correcto para hablar de todo, incluido lo que no admite solución sobria ni digna: los muertos sin justicia, la desigualdad que no se doblega ante ningún homenaje, los derechos incumplidos después de cada promesa de cambio. Lo que antes se llamaba «en la medida de lo posible» y que ahora, con nueva estética generacional y con el mea culpa del joven presidente que aprendió de sus errores críticos, se llama simplemente: Chile.
Lo que este ensayo deja sin resolver —y que constituye su fractura más productiva— es que la «democracia por venir» no es una promesa rota sino algo más corrosivo: el nombre de lo que el poder administra precisamente en el gesto de prometersélo al pueblo. El monumento no clausura la deuda: la recicla». La convierte en símbolo transferible, en cicatriz que se exhibe como prueba de sanación cuando es, en rigor, la gestión ornamental de una herida que el sistema necesita mantener abierta en sordina para seguir justificando el relato de la transición como proceso inacabado hacia una plenitud que —por diseño, no por azar— nunca termina de llegar. El bronce no fija lo diferido: lo «escenifica». Lo pone en vitrina. Lo vuelve visitable, fotografiable, conmemorable. Y en esa puesta en escena del diferimiento, la deuda —los nombres, los cuerpos, la justicia específica y no la justicia en abstracto— queda desplazada hacia un horizonte decorativo donde la emoción republicana sustituye a la reparación material y la lágrima presidencial reemplaza al expediente judicial.
La escritura también es aleación
Aquí, si se quiere ser riguroso hasta el incomodidad, no hay un argumento: hay una herida gráfica. Y la herida gráfica —a diferencia de la herida política, que al menos sabe dónde duele— no sabe si denuncia o reproduce, si corta o sutura, si el filo que porta está orientado hacia afuera o ya ha comenzado, sin que nadie lo decidiera, a volverse hacia adentro. Porque nombrar el dispositivo no equivale a desactivarlo. Señalar la «cicatriz administrada», la «lágrima presidencial», el ªbronce como fármaco» produce, sí, una legibilidad del daño; pero esa legibilidad es también una forma de gestión: lo vuelve citable, transferible, disponible para usos que el texto no puede prohibir porque ninguna escritura puede prohibir sus propios usos. La pluralidad de sentidos sería todavía soportable —una polisemia administrada, un campo semántico con bordes. Lo que aquí se disemina es algo más radical: el exceso irreductible que ninguna intención autorial agota, la sobredosis de significación que trabaja por debajo del programa crítico y lo desborda sin anunciarlo.
El fármaco platónico —ese concepto que una filosofía sin nombre ha leído en el diálogo sobre la escritura como remedio que es veneno, como escritura que es fármaco contra la memoria y también su sustituto mortal, su elegante cadáver— no se deja decidir. Elegirlo como metáfora del bronce de Aylwin supone aún la ilusión de que hay un centro: una verdad que la escritura transporta intacta desde quien la produce hasta quien la recibe, una intención que el texto obedecería con la deferencia de un funcionario. Pero el texto no obedece. El texto, una vez escrito, es un huérfano: no puede regresar al padre a preguntar qué quiso decir. Y ese orfanato —que la filosofía del logos ha querido siempre remediar, siempre cerrar, siempre administrar con tutores y glosadores y comentaristas— es exactamente lo que este ensayo, al nombrar el fármaco del bronce, reproduce en sí mismo: remedio contra la desmemoria y, simultáneamente, su sustituto letrado.
El título lo anunció sin saberlo: «El metal que no recuerda». Pero la escritura tampoco recuerda. La escritura es semilla dispersada que no vuelve al origen, que fecunda sentidos que el sembrador no previó y no puede revocar. El doble golpe, la aporía, el bronce como aleación de olvido fraguado: esas semillas ya no le pertenecen al ensayo. Serán leídas por quien las use contra él, por quien encuentre en la frase «primer presidente democrático, según reglamentos» no ironía sino programa, por quien lea la crítica del metal como elogio de la sobriedad republicana que el metal encarna. Eso es la diseminación: no que el texto diga varias cosas sino que dice más de lo que puede contener. Y ese exceso, ese resto que ninguna relectura agota, es lo único que la escritura crítica —a diferencia del bronce— no puede fundir. Porque el bronce se cierra. La escritura, no.
No hay ese centro republicano que Boric clama y que el discurso del monumento sanciona —ese punto de gravedad desde el cual todo sentido irradia ordenado, toda herida cierra, toda deuda queda saldada con la solemnidad suficiente. No hay ese transporte intacto entre la promesa y su cumplimiento, entre la ceremonia y la justicia que la ceremonia dice representar. La escena del lenguaje fundado dispersa el sentido antes de que cualquier ciudadano llegue a escucharlo. Y este ensayo, al creer que puede clausurar el significado del monumento mediante la crítica, repite —con distinto metal, con letra antes que bronce— la misma operación que el monumento realiza: la ilusión de que existe una forma de fijar, de una vez y para siempre, lo que algo quiere decir. No existe. Ni en el bronce. Ni aquí.
Hay que decirlo al final, porque el final es donde las cosas muestran lo que son: Boric Font invocó a Allende con frenésí —con esa fogosidad generacional que confunde la emoción con el programa, y lo hizo también, con toda la parafernalia disponible, en los cincuenta años. Después vino la prudencia. Y la prudencia, en este territorio, tiene un nombre más preciso: el aprendizaje. El mismo que declaró ante el bronce.
***
Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

Mauro Salazar Jaque
Imagen destacada: Gabriel Boric y estatua de Patricio Aylwin.
