Esta obra del escritor y comunicador Cristián Warnken —subtitulada «confesiones de un apóstata»—, corresponde a un libro excepcional por su honestidad, que con independencia de aceptar o no algunas de sus proposiciones y cuestionamientos, es un texto que debería leerse más allá del hecho específico del denominado estallido social (2019), a fin de evitar un juicio apresurado y parcial sobre las causas profundas de una sociedad en crisis.
Por Juan Mihovilovich
Publicado el 11.2.2026
«Estoy en completo desacuerdo con tus ideas, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlas».
Evelyn Beatrice Hall
La sombra del ícono se yergue sobre el pedestal vacío en una plaza que convoca a moros y cristianos cada cierto tiempo y enarbolan las consignas de un presente reconvertido en futuro imaginado, soñado o declamado, con vítores y exclamaciones que emplazan o desunen, que atrapan o liberan.
El «sumun» ciudadano recrea imágenes que surgen desde las vísceras, desde el constreñido espacio donde el dolor se asocia con las ansias, las expectativas con las esperanzas y el malestar, a veces, con el resentimiento, en una pugna persistente que, a duras penas, se expresa como válvula de escape desde una sociedad enferma o ahíta de mercantilismo, de desigualdades e ilusiones, de apruebos o rechazos contenidos.
La plaza pública emerge entonces como una zona de encuentros y desencuentros a la vez. Las fuerzas antagónicas se confrontan, ya no desde las ideas susceptibles de legítimas divergencias, sino con el ímpetu del desajuste emocional, donde la razón huye asediada por la masa que exige y que avanza hacia un destino incierto, pero que se soporta a sí misma con un anhelo desprovisto de cordura.
El narrador aprecia que las inquietudes y exigencias colectivas del denominado «estallido social», que, si bien se sustentaban en la sensatez desplegadas en protestas pacíficas, rápidamente, derivaron en atentados y saqueos indiscriminados, en intimidación desatada, donde la acción depredadora se extendía con una sospechosa planificación.
Con todo, el bandidaje se organiza exento de visibles intermediarios. La ira se consume en gritos destemplados, en operaciones descabelladas y usurpación de las zonas de conflicto, donde cada actor subversivo participa concertado en una trágica y patética comedia humana.
Desde la óptica lúcida de quien esgrime la reflexión y la prudencia, de quien asume que el transito biográfico unido a su original subjetivismo, lo ha teñido de sensibilidad ante un descontrol que pretende sojuzgar a los adversarios, desde la experiencia subsumida con una honestidad que nos parece real y creíble, que abarca los senderos de la infancia y de la premura por descubrir los ignotos sitios de la poesía, de la metafísica inserta en los genes maternos, en la recopilación sin tregua de autores y libros que nutren la soledad personal, desde ese mítico resquicio que da el mirar el universo con ojos desorbitados por la sorpresa de vivir y de sentirlo junto a sus semejantes.
Así, y desde un pedestal a ras de suelo, Cristian Warnken Lihn (1961) ha elaborado una síntesis consciente y penetrante, que describe, no solamente los aciagos acontecimientos del mes de octubre de 2019, sino y principalmente, abre las compuertas de su siquismo individual, de su historia íntima y la engarza con los hechos que establecen la columna vertebral de una república llamada Chile, con sus luces y sus sombras «junguianas» y que, sin rodeos incursiona en las ideologías que avalaron, implícita o explícitamente, el estallido social y sus derivados.
Los temores inherentes a «la condición humana»
En esa perspectiva, se puede o no estar de acuerdo con sus postulados, se puede o no reflexionar en conjunto con quienes ostentan el poder político circunstancial y con aquellos que aspiran a obtenerlo en democracia, fundada sobre instituciones avaladas por el voto ciudadano y el ejercicio inclaudicable de una mayor libertad y participación, con respeto y acatando las reglas del juego, pero sin «obsecuencia ciega» a las autoridades que el pueblo soberano ha elegido.
Cristián Warnken opta por desentrañar a la nación a partir de un enfoque inusual para entender los fenómenos que la han hecho tambalear en el período anotado. Su apuesta corrobora, de manera ejemplificadora, que sin la poesía ni el arte que conlleva lo mejor de nuestra especie, no es posible transitar hacia el entendimiento común.
En tal sentido, su historiografía enlaza el devenir particular, su desarrollo infantil, las dispersas lecturas y profusa bibliografía de formación, los aprendizajes que lo sedujeron, sus vínculos con una «mamadre» inspiradora y comprometida con el mundo político de los años 70, sus desajustes emocionales con un rol paterno ajeno, en principio, y entendible con el correr de los años, el apoyo afectivo de un «segundo padre» como el poeta Eduardo Anguita, Premio Nacional de Literatura 1988 o los versos inspiradores del insigne vate, Enrique Lihn Carrasco, hermano de su madre, del sufrimiento entrañable por la pérdida del hijo engendrado con su compañera Danitza Pavlovic, en los albores de su mutua madurez, y el milagro angelical que los hizo renacer con el peso de la pérdida a cuestas .
Así, entre la pureza paterna y ese orden por lo conocido y el advenimiento de una sociedad igualitaria, Warnken oscila a menudo por desafiar a los cuadros políticos, a las vanguardias revolucionarias extremas, a las elites de todo signo, que se adueñan de la masividad según sus propios intereses y se alejan, por cierto, de «la realidad empírica».
No existe, para el autor, mayor conocimiento del acontecer social y político, que no sea la «praxis directa», la conjugación de las dudas, de los temores inherentes a la fragilidad de «la condición humana» y a su interrelación con los fenómenos que nos engloban y conforman nuestra multifacética identidad.
Desde que el sujeto se adentra en los conflictos, avalado por sus deficiencias o ambiciones personales, desde que la codicia por el poder obnubila las conciencias y las mecaniza al punto de estructurar «ideologías cerradas», sin que el cambio sea posible, porque se está bajo la égida dominante, los dominados serán presa fácil del autoritarismo, esclavos de una hegemonía absoluta y, por ende, susceptibles de ser sojuzgados por un período siempre indeterminado, pero con un invariable sello de caducidad.
Las formas que hacen del aparato público un «botín de guerra» apto de repartición, según se accede a ese poder transitorio, desvirtúa el carácter genuino del servicio del Estado hacia quienes le otorgan la potestad de gobernar por un lapso específico.
Ello constituye la esencia del mandato supremo, sus reglas son la aceptación común porque el sentido común lo indica, y no hay mayor instrucción posible que el servicio austero, regulado con las normas constitucionales y legales que lo sustentan.
La ecuación que Warnken propone no es compleja, así se asiente en premisas filosóficas, sociológicas, políticas, pero especialmente en un sentido de humanismo clásico, sin medias tintas, en una depuración del verbo, que, más allá de las especulaciones religiosas, se consiente por esa adscripción irrestricta a la aceptación del otro, en cuanto individuo sujeto de derechos y obligaciones que instauran la vida en sociedad.
Su colofón respecto a «la madre revolución», sintetizada en su seductora invocación para sustituir el sistema capitalista, acaba siendo patrimonio de los comisarios y controladores de un régimen que, amparado en el supuesto sacrificio general, consolida a un «hombre nuevo», que apenas esbozado en su carácter fundacional, terminará desprovisto del auténtico sentido de libertad que se esgrimió como la panacea del paraíso humano en la tierra.
De esta manera, y sin ansias de imponer a «troche y moche» sus ideas ni de ser un iluminado de los dioses, los postulados de Cristián Warnken arrancan de la observación, tanto de su elección transicional desde la literatura hacia la política accidental, como del conocimiento real que ha tenido de los regímenes totalitarios y dictaduras que han asolado la vida, no sólo de América Latina, sino que de la misma Europa post guerra y de los llamados socialismos reales, que terminaron con la caída del muro de Berlín y devinieron en democracias representativas.
Un llamado por mayor humanidad
El sentido del «ensayo autobiográfico» advierte de los peligros que subyacen en las ideologías a ultranza, en los aparatos de dominación que socavan las libertades esenciales, como el legítimo derecho a disentir y expresar el pensamiento autónomo, sin riesgo de terminar en las mazmorras de cualquier régimen político, sean de derechas o de izquierdas, que a fin de cuentas se metamorfosean en dictaduras o totalitarismos que socavan el anhelo de existir por encima de las diferencias o de sustentar ideas disímiles, toda vez que las imperfectas democracias conocidas, al menos mantienen la posibilidad de discrepar sin terminar en el cadalso.
De ahí que su alegoría sea un llamado por mayor humanidad, por no perder el norte de toda sociedad libre que se precie de tal.
Los conflictos que emanan de la violencia, cualquiera sea su sello, ya que los fascismos suelen ser transversales como la historia lo prueba reiteradamente, solo pueden ser rechazados si preexiste un acuerdo total, si la condena de dicha violencia no admite cortapisas ni actitudes acomodaticias en la mira de obtener prebendas para los aspirantes al poder por medio de acciones de intimidación, de amenazas físicas o intelectuales, de coacciones de las libertades individuales, de ser «funados» o de la condena sin causa por pensar diferente.
En suma, su propuesta y su «apostasía» así entendida, resulta un clamor humanitario, un apuntar con el índice de la historia, y señalar que siempre y en cualquier momento es posible entenderse con reglas básicas de convivencia acatadas por todos los actores sociales, económicos y políticos en que el Estado se desdobla a través de gobiernos elegidos por la soberanía popular.
De allí que el relato de este «renegado» se ampare en sus sueños de niño, en sus dudas acuciantes y en esas confesiones que lo autoidentifican como buscador de una verdad siempre transitoria, embargado por la aspiración de acceder a un mundo nuevo que no discrimine ni sea discriminado, de un país que no reniegue de su historia ni de su memoria, que conviva con sus diferencias y se sustente en un diálogo constructivo, que involucre a las diferentes capas de la sociedad, que no reniegue de su mestizaje ni deje de lado a la ancestralidad que realmente la constituye, que no segregue a quienes otorgan su sabiduría natural, el conocimiento de la ciencia o de las artes, la divulgación de la música o del invaluable aporte de la lírica.
«Chile es un país de poetas», repite incansable y la poesía insinúa o señala sin ambages los peligros de los totalitarismos y los experimentos económicos neoliberales a ultranza que olvidan al ser humano y el medio ambiente que lo sostiene, a menudo dudando de sí mismo y del incierto espacio en que se desenvuelve.
Se trata, en definitiva, de un libro excepcional por su honestidad, bien construido desde sus causas y efectos temporales e independientemente de aceptar o no algunas de sus proposiciones y cuestionamientos, debería leerse excediendo el fenómeno del estallido social, para no tener un juicio apresurado y parcial sobre las causas profundas de una sociedad en crisis.
Con todo, es preciso conciliar también el análisis implícito de la historia cívica que su autor refiere con un conocimiento de causa basado en las vivencias propias y familiares, de cercanos y de avecindados, que lo han instruido como ser social, intelectual y primordialmente, humano.
Es desde su visión personal que desmenuza su interioridad y las expresiones externas que lo rodean. Es, por ende, un personaje activo, lo ha sido desde su opción por defender sus ideales, por desnudar sus dudas razonables, sus miedos y decepciones, que lo han dejado más de una vez a la deriva, con el riesgo asumido de ser cuestionado, tildado de traidor y «funado» en una época reciente.
Pero ha resurgido, optó y ya tiene un lugar en la historia de un país que sobrevive a sus devaneos exóticos, a esa suerte de «pruebas de laboratorio», donde se expanden y contraen las fuerzas centrípetas y centrífugas que lo constituyen.
Aparte de las reacciones que en uno u otro sentido este libro ocasionará, será, probablemente, un texto imprescindible, necesario, una invitación a dialogar por sobre las discusiones que, invariablemente, nos separan en vez de aproximarnos.
Quizás porque, recapitulando, «sólo el diálogo humaniza y de ese modo, el enemigo se convierte en adversario ocasional».
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Juan Mihovilovich Hernández (Punta Arenas, 1951) es un importante autor chileno de la generación literaria de los 80, nacido en la zona austral de Magallanes, y quien en la actualidad reside en la ciudad de Linares (Séptima Región del Maule).
Entre sus obras destacan las novelas El amor de los caracoles (Simplemente Editores, 2024), Útero (Zuramérica, 2020), Yo mi hermano (Lom, 2015), Grados de referencia (Lom, 2011) y El contagio de la locura (Lom, 2006, y semifinalista del prestigioso Premio Herralde en España, el año anterior).

«El pedestal vacío», de Cristián Warnken Lihn (Ediciones El Mercurio, 2026)

Juan Mihovilovich Hernández
Imagen destacada: Cristián Warnken Lihn.
