El objetivo principal de esta obra del desaparecido pensador argentino Mario Augusto Bunge es conseguir que los profesionales de la salud piensen con claridad conceptual y eviten errores derivados de orientaciones confusas como el vitalismo o el dualismo, entre otras pseudociencias.
Por Luis Miguel Iruela Cuadrado
Publicado el 1.3.2026
Mario Augusto Bunge (1919 – 2020) fue un físico y filósofo nacido en Argentina y nacionalizado canadiense que dirigió, desde 1966, la cátedra de lógica y metafísica de la Universidad McGill de Montreal, ciudad en cuyo hospital fallecería a los 100 años de edad.
Gozó de una gran presencia en el panorama cultural de todo el mundo gracias a su obra y a su actitud combativa y polémica en defensa de sus ideas. Su padre era médico, Augusto Bunge, y lo educó siguiendo las inclinaciones de la medicina social; su madre, María Müser, enfermera de origen alemán le decía que el oficio de cuidar y curar necesitaba inteligencia, coraje y delicadeza.
En 2012, publicó en la Editorial Gedisa, de Barcelona, un libro titulado Filosofía para médicos, que no se trata de una filosofía segunda, es decir, de una forma de pensamiento sistemático sobre la medicina al estilo de una filosofía de la ciencia o de la matemática, sino más bien de la aplicación racional de conceptos filosóficos al conocimiento sanitario y a la práctica de la asistencia.
Bunge consideraba a la medicina como una ciencia aplicada con una parte de investigación básica, un desarrollo tecnológico y una tekné o un verum factum, un saber hacer las cosas en la práctica, de fuerte contenido ético.
El libro está presidido por un retrato de Claude Bernard (1813 – 1898), a quien describe como padre de la medicina experimental y gran filósofo de la ciencia, lo cual presenta ya de entrada la firme y clara orientación científica del texto. Hoy en día, Mario Bunge miraría con simpatía el crecimiento de la biomedicina que domina la atención sanitaria, sobre todo en Occidente.
Con todo, el objetivo fundamental es ayudar a que los médicos piensen con claridad conceptual y eviten los errores derivados de las seudociencias. Aquí Bunge engloba una larga serie de orientaciones y disciplinas filosóficas y sociales. Para él todo conocimiento ha de tener una explicación científica, un fundamento lógico avalado por los hechos y por el método experimental.
Una postura neopositivista expurgada de las limitaciones del positivismo clásico de Comte. En ese sentido, se inscribe en la llamada «medicina basada en la evidencia» (cuya traducción correcta debiera ser «la medicina basada en las pruebas»).
Ejerce una fuerte crítica sobre orientaciones como el psicoanálisis, la hermenéutica, los holismos, etcétera, debido a la falta de método experimental para comprobar sus afirmaciones.
Con un importante contenido ético
Para Mario Bunge, el médico está filosofando continuamente sin advertirlo. Sus decisiones clínicas suponen contar con una ontología, es decir, definir lo que existe; una gnoseología: en qué se basa el conocimiento y cómo se obtiene; y una ética: qué se debe hacer en la práctica de su ejercicio. Para ello, quiere hacer explícitos estos fundamentos.
Su enfoque filosófico reúne una suerte de cuatro puntos cardinales: el realismo, por el que considera que tanto los pacientes como sus enfermedades son reales y no construcciones subjetivas; el materialismo, o por mejor decir, un materialismo monista que decreta que toda la patología es un proceso de la materia y no depende de fuerzas ocultas; el sistemismo o la visión del cuerpo como un sistema complejo sin ningún elemento separado; y el cientifismo: la medicina ha de apoyarse en la ciencia, no en las teorías sin corroborar, ni en la tradición o la autoridad.
A ello hay que sumar el emergentismo, la aparición como un todo de estructuras más elaboradas a partir de componentes sencillos, con propiedades nuevas que no existían previamente en cada uno de ellos. El ejemplo de lo cual estaría bien representado por la evolución de las especies.
El objetivo principal de la obra es conseguir que los médicos piensen con claridad conceptual y evitar errores derivados de orientaciones confusas como el vitalismo o el dualismo además de las arriba citadas. Todo esto lleva a la conclusión de que la medicina es una ciencia aplicada (como la ingeniería) con un importante contenido ético que se desempeña en un no menos notable medio social.
La filosofía moral de Mario Bunge es el agatonismo (palabra derivada del vocablo griego: bueno) que se rige por la máxima: «Disfruta de la vida y ayuda a los demás a disfrutar la suya de una forma digna». Una ética humanista, materialista y realista.
Realismo, materialismo y cientifismo
Así, la responsabilidad social de la medicina es el otro aspecto en el que Bunge insiste con asiduidad. No en vano, era un convencido de los valores de un socialismo corporativista.
El estilo del libro es directo, polémico y claro. No hay adornos ni expresiones superfluas. Su técnica combina ejemplos clínicos prácticos con análisis filosóficos. Ángel Martín Municio, antiguo director de la Real Academia de Ciencias Naturales, Físicas y Exactas, de España, diferenciaba con nitidez el lenguaje científico del literario.
Del primero señalaba que debía ser preciso, austero, dirigido a exponer y discutir resultados sin confusión, evitando todo aquello que enturbiara la transparencia. Del literario, en cambio, indicaba que su objeto (y objetivo) era la propia lengua escribiéndose a sí misma. O, dicho en otras palabras, distinguía entre el lenguaje como instrumento y el lenguaje como estética.
Pues bien, Filosofía para médicos, cumple perfectamente con las condiciones mismas de la redacción científica. Quizá, le resulta al lector algo seco, incoloro, incluso feo en ocasiones. Pero ha de tener en cuenta que en él se refleja la posición de un hombre cardinalmente veraz e intelectualmente honesto al que importa más que su mensaje quede claro que el envoltorio de la presentación.
Con todo y con eso, entre tanta aridez de estilo y propósito, salta una chispa de recóndita emoción al comienzo del libro. Escribe Bunge en la dedicatoria: «En memoria de mi hermana Eva, tan lista como hermosa y cariñosa, muerta a los nueve meses de edad de gastritis, enfermedad que 20 años después se hubiera curado con una dosis de penicilina».
Sin ir más lejos, y con gran probabilidad se esté refiriendo a una infección bacteriana sensible hoy en día a la terapia con antibióticos, presentada en una época anterior a los mismos.
Esta dedicatoria significa el eje del libro. Gracias a los avances de la ciencia, casos como este pueden salvarse cotidianamente. O, dicho de otra forma: realismo, materialismo y cientifismo en el fondo del problema. Parece ser que el beligerante e incómodo filósofo también tenía su corazoncito.
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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.
En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

«Filosofía para médicos», de Mario Bunge (Editorial Gedisa, 2012)

Luis Miguel Iruela
Imagen destacada: Mario Augusto Bunge.
