El largometraje documental de los hermanos Sebastián y Eduardo Lavados —una obra audiovisual del género etnográfico, y el cual retrata la religiosidad popular de un campesinado chileno atribulado por una pobreza material propia del siglo XX— acaba de ganar en su categoría, el Premio Especial del Jurado que entregó en su undécima versión, el Festival Internacional de Cine de La Serena (2025).
Por Tomás Lavados Sepúlveda
Publicado el 31.1.2026
En la tradición nuestra del pensamiento occidental, el «espíritu dialéctico» como mecanismo intencionado de oposición de contrarios, ha configurado mundos: desde el socratismo, con el «método mayéutico», destinado a despertar el espíritu crítico, hasta el materialismo histórico marxista de oposición social de clases como vía de transformación política por la acción, nuestra historia es una historia de la dialéctica.
Asimismo, la crisis romana entre el verdadero Dios y el culto al emperador, las revoluciones ilustradas contra el absolutismo, la revolución industrial y científica contra la escolástica, por ejemplo, son realidades todas que podrían narrarse, resumidamente, mediante la oposición. La dialéctica produce reconfiguraciones en el mundo, se transforman cosmovisiones, culturas, leyes, técnicas, estructuras sociales.
En los albores de la época moderna, Immanuel Kant, en su canónica obra, la Crítica de la razón pura, califica a la dialéctica como una cuestión de la razón, interna a la mente, y no atribuible necesariamente al mundo. Podemos sospechar que la realidad está más allá de nuestras representaciones al considerar que el mundo está afuera.
Pero el mundo en el que vivimos, es ese «mundo de la diálectica»: especialmente allí donde hay oposiciones (teorías, ideologías); lo cual supone que, para ver cómo es auténticamente una realidad supeditada a estas esferas, hay que averiguar más allá de representaciones, más allá de nosotros mismos.
En este sentido, encontrar un discurso realista que trascienda la dialéctica, es una gracia, porque supone recibir el resultado de un valioso y fructífero esfuerzo ante el mundo, intentado más allá de la mente.
Y es en esta zona, precisamente, de agudeza profunda, más allá de preconcepciones, donde se ubica He de morir cantando, documental de los hermanos Lavados, quienes como en un gesto unificador «de lo humano y lo divino», retratan, cuidadosamente, un universo donde estas polaridades, propias de la esfera de la religión, se develan unidas.
Con todo, el filme cuenta, por medio de una fotografía delicada y un montaje inmersivo, un poblado rural de Chile, cohabitado comunitariamente por una vivencia cultural en torno a un patrimonio de la humanidad: el canto a la humano.
Por un lado, encarnado por un simpático bebedor, jolgorioso, y a veces emocional y bufonesco, Caballito Blanco, y por otra parte, el canto a lo divino, personificado por Don Arnoldo, hombre apacible, sereno, estable y profundamente religioso, y los ritos catárticos comunitarios de los bailes chinos, finalmente.
Lo humano y lo divino unidos por la realidad
El documental describe un viaje hipnótico musical entre los cantos y el baile folclórico chileno, donde se ora al Dios católico entre alabanzas y lamentos, tanto en las danzas, así como en la salmodia guitarreada.
Con todo, esta cultura lírica y popular, que es especial de nuestro valle del Aconcagua, reúne a la congregación, ya sea festiva en torno al licor, ritualista en el trance o compungida y afectada en la piedad de la solemnidad y el recogimiento: la tierra y el cielo, lo humano y lo divino, coexisten en el sonido, el espacio y el tiempo. De la pieza documental de los hermanos Lavados, primeramente, ha de decirse, sin lugar a duda, que es una obra de valor patrimonial.
Quisiera detenerme y tomar por eje la estética de la praxis específica de los bailes chinos. Aquí quiero intentar comunicar cómo el filme me expresó una auténtica coexistencia de estos mundos por un vínculo verdadero, donde lo jubiloso y lo penoso, lo sereno y lo inestable, lo sensual al extremo así como lo impasible, lo delicado y lo vulgar, pícaro y soez, o dicho así: «lo humano y lo divino», se reúnen, visiblemente, por un elemento real.
La obra hila una etnografía del campo chileno, articulando sonoramente la exploración de este mundo, donde la virtud religiosa de Don Arnoldo, y el carisma errático de Caballito Blanco, se reúnen en el momento de la fiesta religiosa, la cual en el trance de los bailes chinos es capaz de contener, a modo de sinécdoque, la totalidad del universo.
Así, la musicalidad propia de la pifilca mapuche a la par del tambor, en la rítmica monótona, repetitiva y bitonal, entre las coreografías coordinadas y sincrónicas, manifiestan, en este sincretismo patrimonial, una vivencia religiosa sensual más allá de la pura emocionalidad del carácter individual de Caballito, o de la impasibilidad y serenidad ascética del anciano y cojo Arnoldo, quién no participa de esta costumbre.
En efecto, es un momento donde la sensibilidad se reordena, a través de una excepción temporal y narrativa: no representa a ninguno de los dos personajes en específico. En relación con este rito de sonoridad indígena arcaica, dice Caballito Blanco hacia la mitad del filme: «se dentra en ese trance donde no se sienten dolores, y yo digo, si yo pudiera hacer todas las cosas bailándole a la virgen, sería fenomenal».
La catarsis, precisamente, en una forma específica de sensualidad, que sublima por la descarga, y que, aquí, por el vehículo religioso, aunque solo de forma momentánea, significa para Caballito una elevación hacia una forma de impasibilidad, conduce a lo humano allí donde Don Arnoldo vive de forma continua, pero en la forma de templanza.
Y es que tanto la suspensión de la sensibilidad, aunque de forma breve, así como la sensibilidad moderada y estable de los afectos, constituyen una experiencia positiva.
La interrupción del régimen común, alcanzado en el pícaro como un cese del dolor, y la moderación normal del «salmista a susurros», supone, así mismo, en su gozo de paz, una afectividad positiva.
En este momento, no son, en lo fundamental, dos distintos, ambos participan de una realidad afectiva compartida: la religiosidad viva es en este filme una sensibilidad, una experiencia, una vivencia que abarca en lo íntimo caracteres psicológicos radicalmente distintos, donde la religión es una emocionalidad vital.
Más allá de una dialéctica, precisamente, este largometraje nos muestra una «dinámica», donde se descubre, por la observación, una religiosidad que incluye la vida, en la interacción social, ritual y musical, y como en un auténtico devenir, se nos presenta una existencia organizada en torno a lo elevado, si por elevaciones, o por lo que está en «las alturas», como una presencia universal de lo divino: la paz animada; el culto orienta los afectos, lo humano necesita a lo divino para lidiar con su sensibilidad individual, y la espiritualidad profunda, a su vez, se manifiesta claramente, como una sensibilidad.
Lo estable convive con lo inestable por un valor común: el gozo moral, si uno en el trabajo, el otro en el rito comunitario. Tanto apreciar el no sentir dolor en ese contexto, como expresar una armonía interna, son formas de vivir una bondad religiosa.
Más allá de conceptos estáticos, acá vemos, vívidamente, que el espíritu no se opone a la sensibilidad; tanto Don Arnoldo en su calma firme, como Caballito liberado del sufrimiento por la saturación de los sentidos, poseen una sensibilidad.
El canturreo de Don Arnolodo, en medio del cantar de las aves al amanecer y el trabajo duro, en su tardía vejez, ofrecen una luz vivencial respecto de la comprensión de la virtud religiosa. La templanza no parece ser ausencia de deseos, ni tampoco negación del cuerpo, sino que se percibe como deseos moderados: el caminar hacendoso y paciente, y los cantos suaves; el cielo de este filme, no es una negación de la Tierra, sino que la visión cautivadora de una animosidad estable, pacífica, si no racional.
Lo divino que cohabita a Don Arnoldo, no es una oposición contra el cuerpo y los afectos, sino que un signo de una psicología transformada y elevada interiormente, como de forma constituida.
Y este Dios que anima a Don Arnoldo, en su religiosidad vivida, no niega tampoco ni excluye a Caballito: ambos experimentan la religión en tanto virtud, y de forma anímica, solo que de formas diferentes; uno ya como «purificado», y el otro, como padeciendo gracias a la religión, el remedio de afecciones llanamente, «humanas».
«Dios no es de muertos, sino de vivos»
El Dios de He morir cantando, entonces, expresa, y también por la vía sensible, una compatibilidad plena entre cuerpo y espíritu, que se hacen complementarios, por el aprecio que supone para el espectador la especial psique de ambos, como distintos carismas, que no se desearía ninguno excluyera al otro. La religiosidad de este mundo es una realidad viva, como dice el Evangelio de Jesús: «Dios no es de muertos, sino de vivos».
Quizá, la impronta religiosa de la cosmovisión antropológica católica respecto del ser humano en esta comunidad, podría resultar esclarecedora al momento de descifrar su espiritualidad, y ser así también, este «cuerpo social» de afectos únicos, un patrimonio de espiritualidad cristiana, que, radicalmente comunitaria y sencilla, a modo de un tesoro viviente, rememora intuitivamente como una religiosidad de otros tiempos, evocando lo primitivo, una raíz.
Pero, por qué partí yo con la cuestión de la dialéctica: porque acá reside lo que como pensador hallo valiosísimo de esta obra; que si quisiéramos llegar por la vía del solo pensamiento a averiguar qué vínculo hay entre la inestabilidad y la estabilidad, o qué une al espíritu con el cuerpo, o cómo podría ser compatible Dios con la materia, seguramente, terminaríamos en aporías, problemas y no más lejos que de los conceptos; definiciones, estáticas, frías, sino muertas, en tanto conforme a una lógica binaria, necesariamente, es completamente distinta la tierra del cielo; ideas mentales que no reflejan la verdad que se manifiesta en esta realidad visible.
Manifestación que en su testimonio sí argumenta que la Tierra y el cielo, lo humano y lo divino, están unidos: la diferencia de caracteres psicológicos es notable, y no se puede sino calificar a uno como espiritual, y al otro como humano.
Acá, los hermanos Lavados, no solo obran etnográficamente, sino que articulan un discurso cinematográfico que podríamos calificar de «vital»; quizá, a modo de un manifiesto ético documental. El foco sensible dota al espectador de un pensar «examinativo» de la realidad en su organicidad, donde un mundo vasto se expresa transparente, en sus formas, riqueza y profundidad, presentando una realidad honestamente atendida, que observada reflexivamente en su dinámica más propia, y no manipulada por preconceptos, trasciende una mera articulación de la voluntad, en tanto representación propia.
Esta etnografía contemplativa, por otro lado, tampoco roza las fronteras de la videncia poética, como penetración interpretativa de lo oculto, que sería algo así como una «tentación contemplativa», sino que realiza un gesto pensante, en tanto construye la narración como bajo el principio de un «tercero incluido», donde un sistema integra elementos en apariencia opuestos, resignificando la oposición, a mi ver, por medio del baile chino, que establece que las polaridades, en el proceso del visionado, devengan, tan solo, como «diferencias».
Precisamente, esto es lo que distingue a la estética de este documental: que transmite un encuentro auténtico con la realidad, en tanto «complejidad», de donde el espectador recibe una forma real, gesto que dignifica el oficio de retratar y atestiguar un mundo, hacia el entendimiento por el conocimiento verdadero, y que solo es posible esto, por un trabajo agudo, paciente, y, especialmente, contemplativo.
De esta manera, podría decirse que «sensibilidad no excluye racionalidad», y que «los afectos desmesurados pueden coexistir con el espíritu», como conviven Don Arnoldo y Caballito, y que esto por la virtud de la justicia y la simpatía, o de la comunidad religiosa, y que la Tierra y el cielo no son opuestos, sino que son complementarios porque ambos subsisten sin excluirse.
Pero ninguna de todas estas sentencias podría compartirnos prístinamente una aproximación privilegiada a la dinámica y constitución de un mundo, donde, precisamente, se encarnan de forma auténtica y visible estos conceptos; como sí lo ha hecho, en un valioso gesto unificador del entendimiento, y con profundo rigor documental, el largometraje de los hermanos Lavados: He de morir cantando.
***
Tomás Lavados Sepúlveda (Santiago, 1994) es un poeta chileno, principalmente del estilo narrativo. Guionista y fundador de la productora de guiones cinematográficos Filocalia, especializada en el género épico y de contenido animado para adolescentes.
Licenciado como director audiovisual de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y ensayista de estética cinematográfica, en particular, del género épico en la actualidad. Es autor del poemario Los versos inmortales (Hebel Ediciones, 2022).
Tráiler:
Tomás Lavados Sepúlveda
Imagen destacada: He de morir cantando (2025).

