El lugar de este artículo —obra del destacado sociólogo nacional José Joaquín Brunner en 1979—, es el de un umbral reflexivo en la historia intelectual chilena: el instante preciso en el cual la crítica al cesarismo deja de ser moral o filosófica, para transformarse en analítica.
Por Mauro Salazar Jaque
Publicado el 19.3.2026
«Lo cotidiano no es el suelo sobre el que caminan las ideas: es la materia de la que están hechas. No hay ideología que no respire por los gestos del día, por el modo en que nos sentamos a la mesa o callamos ante el jefe. El poder no baja: germina».
Octavio Paz (Epígrafe en prosa de Octavio Paz)
Prefacio: en 1979 José Joaquín Brunner Ried (1944) utilizaba, por la vía de la «migración conceptual», ciertas categorías de Antonio Gramsci (evitando las militancias) y tomaba distancia simultánea de dos corrientes —y una tercera variante— que, aunque opuestas en sus diagnósticos, compartían el mismo defecto metodológico: ambas afirman sin demostrar evidencia.
La cita original es la siguiente: «Crear una nueva cultura, ha escrito Gramsci, no significa sólo hacer individualmente descubrimientos originales; significa también, y especialmente, difundir verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decir, convertirlas en base de acciones vitales, en elementos de coordinación y de orden intelectual y moral. Que una masa de hombres sea llevada a pensar coherentemente y en forma unitaria la realidad presente, es un hecho filosófico mucho más importante y original que el hallazgo, por parte de un genio filosófico, de una nueva verdad que sea patrimonio de pequeños grupos intelectuales» (Véase, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Nueva Visión, Buenos Aires, 1973, p. 9).
Todo transcurría dos años antes de su celebre libro La cultura autoritaria (Sgto., FLACSO, 1981).
De la izquierda más ortodoxa, que en ese momento analizaba la dictadura exclusivamente como instrumento de dominación de clase, Brunner rechazaba tal reducción no porque fuera falsa, sino porque era analítica y empíricamente insuficiente. No explicaba por qué amplios sectores populares y medios que, objetivamente, fueron perjudicados por el modelo lo apoyaron con distintas intensidades.
La teoría del reflejo no tenía herramientas para responder esa pregunta. De la izquierda de la denuncia moral, que producía en esos años textos de resistencia intelectualmente honestos pero metodológicamente débiles: textos que describían el horror, nombraban las víctimas, documentaban la represión. Brunner no discutía esa necesidad política; discutía su capacidad analítica.
Denunciar no es demostrar. Y lo que el momento requería, para Brunner, no era más denuncia —había suficiente— sino un análisis que explicara los mecanismos por los cuales el régimen producía adhesión además de terror.
Con relación a la izquierda culturalista, representada en Chile por cierto ensayismo crítico que describía la cultura autoritaria con sensibilidad pero sin rigor empírico, Brunner valoraba intervenciones intelectualmente sofisticadas que leían los residuos simbólicos del autoritarismo desde la teoría francesa, pero reparaba en que no se preguntaban cómo esos residuos se articulaban con los mecanismos materiales de producción del conformismo.
Lejos del positivismo, aunque sin descuidar los datos, reclamaba sociología de la cultura y no ensayo político disfrazado de análisis cultural. La diferencia no es de sensibilidad: es de método. En los tres casos la distancia es metodológica antes que política. Brunner no abandonaba la izquierda: le exigía que demostrara lo que pretendía saber.
La tesis: demostrar, no afirmar
Lo que hace este artículo que ningún otro texto de 1979 realizó de igual manera es demostrar, con fuentes primarias y metodología sociológica rigurosa, que la dictadura no se sostuvo por la fuerza sino por la construcción activa de un «orden simbólico» que hizo que la obediencia pareciera natural. No lo afirma: lo demuestra. Esa distinción —entre afirmar y demostrar— es la contribución irreemplazable y la razón por la que el texto sigue siendo una herramienta de análisis en 2026.
Hay textos de la época que denuncian la represión. Hay otros que describen las políticas económicas. Hay ensayos que critican la ideología del régimen desde la filosofía o la teología.
Lo que no existía antes de este artículo era una arquitectura analítica que articulara los tres pilares ideológicos —seguridad nacional, mercado, catolicismo conservador— con los mecanismos diferenciados de producción de conformismo según clase social, mostrando cómo esa articulación funcionaba precisamente porque era políticamente eficaz y no filosóficamente coherente.
1979: la datación no es accidental
Brunner escribe en septiembre de 1979 y no antes ni después por una razón precisa: ese es el momento en que la dictadura chilena transita de la represión pura a la construcción hegemónica. Los primeros años del régimen —1973 a 1976— funcionaron fundamentalmente por el terror: detenciones, desapariciones, control militar directo de las instituciones.
Para 1979, ese dispositivo represivo no ha desaparecido, pero ya no es el mecanismo principal de reproducción del orden. El régimen ha aprendido que la fuerza sola es estructuralmente frágil y ha comenzado a construir algo más durable: un sistema de ideas, prácticas e instituciones que hace que la obediencia parezca natural y el orden, inevitable.
Esa transición —de la dictadura como terror a la dictadura como hegemonía— es lo que el artículo captura en tiempo real. Brunner no analiza el pasado desde la distancia: analiza el presente desde el interior del proceso. Eso explica tanto la urgencia del texto como su precisión metodológica.
La Constitución de 1980 está en proceso de elaboración; el modelo económico ha producido sus primeros resultados visibles; las clases medias han comenzado a beneficiarse del acceso al crédito y al consumo. Es el momento exacto en que la dominación simbólica empieza a ser más eficaz que la represión directa.
Un año antes, el análisis habría sido prematuro. Un año después, parte del proceso ya habría sido naturalizado e invisible para los propios actores. 1979 es, exactamente, la «ventana analítica».
Qué es este texto y cómo leerlo
El artículo fue redactado en septiembre de 1979 por José Joaquín Brunner, sociólogo e investigador de FLACSO —la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales—, y circuló de manera restringida. Chile llevaba seis años bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Las universidades habían sido intervenidas, muchos intelectuales estaban en el exilio, y criticar públicamente al régimen era arriesgado.
FLACSO no era una universidad ni un centro de estudios libre: era una institución bajo presión permanente que producía conocimiento crítico operando en los márgenes estrechos tolerados por el régimen. Esa condición de enunciación —producir sociología rigurosa desde el interior del cerco autoritario— no es contexto decorativo; es parte constitutiva del argumento y define su apuesta intelectual.
Es importante señalar que el artículo es un trabajo sociológico riguroso, no un manifiesto político. Brunner no busca denunciar sino analizar: demostrar que esa concepción del mundo no es natural ni inevitable, que fue construida deliberadamente, que tiene contradicciones, y que por lo tanto puede ser cuestionada.
Que escribir en ese Chile fuera arriesgado no convierte el texto en propaganda; significa que ejercer el rigor intelectual era ya, en ese contexto, una toma de posición frente al régimen.
El artículo tampoco es un texto aislado: ese mismo año Brunner publica «La estructuración autoritaria del espacio creativo» y «El diseño autoritario de la educación en Chile», capítulos paralelos de un mismo proyecto intelectual colectivo dentro de FLACSO, cuya constelación permite ver la lógica acumulativa y el carácter deliberado de la intervención.
La dimensión comparativa: Chile en el campo latinoamericano e internacional
El artículo está en diálogo explícito con debates internacionales que el comentario inicial no registró. La nota 3 del original cita a E. R. Tannenbaum y su análisis del fascismo italiano, usando los resultados diferenciados de la organización fascista de la sociedad italiana como referencia comparativa para la tipología del conformismo.
Con todo, eso no es una cita de contexto: es una operación metodológica. Brunner está diciendo que el caso chileno no es excepcional sino que forma parte de una familia de fenómenos —los autoritarismos del siglo XX que construyeron hegemonía además de ejercer represión— cuya lógica puede ser analizada de manera sistemática.
Al mismo tiempo, el artículo dialoga con los debates latinoamericanos sobre autoritarismo burocrático que en esos años producían O’Donnell en Argentina, Cardoso en Brasil y Lechner en FLACSO (Chile). Brunner cita explícitamente a Lechner en la nota 16 (Lechner, 1977).
Por aquellos años, Lechner analiza ahí cómo una minoría políticamente consistente logra imponer su orden sobre una mayoría desorganizada, preguntándose por los mecanismos de legitimación que hacen sostenible esa asimetría.
Brunner lo cita porque Lechner está haciendo en 1977 una pregunta adyacente a la suya: no cómo se produce la dominación simbólica, sino cómo una minoría mantiene el orden sin necesidad de consenso mayoritario (Lechner, Norbert. Poder y Orden. La estrategia de la minoría consistente, FLACSO, 1977).
Esa red de referencias sitúa el texto dentro de un campo intelectual regional que buscaba entender no solo la represión sino la producción de legitimidad en los regímenes autoritarios latinoamericanos. Omitir esa dimensión comparativa es hacer aparecer el artículo más local y más contingente de lo que es. Su argumento sobre la producción diferenciada del conformismo no es solo una descripción del Chile de 1979: es una contribución a la teoría sociológica de la dominación.
La referencia a Tannenbaum no es decorativa: Brunner extrae de ese análisis la constatación de que los regímenes autoritarios exitosos producen adhesiones diferenciadas según los grupos sociales, no uniformidad del consenso, y traslada esa lógica al caso chileno con precisión empírica propia.
El problema central: la dominación invisible
Para entender el argumento de Brunner hay que partir de una distinción. Habitualmente pensamos la «ideología» como un conjunto de ideas que el poder difunde: discursos, propaganda, declaraciones oficiales.
Brunner propone algo más complejo. La dominación no opera solo a través de las ideas que se proclaman, sino a través de los «hábitos cotidianos», las formas de consumir, los modos de relacionarse en el trabajo y en la familia, los valores que se consideran evidentes. Una sociedad no acepta un orden injusto solo porque se lo digan: lo acepta porque ese orden se ha vuelto invisible, porque parece la forma natural de que las cosas sean.
Eso es lo que el artículo llama «concepción del mundo»: no una ideología explícita sino una manera de ver y de vivir que penetra todos los rincones de la vida social. La tarea investigativa es demostrar que esa manera de ver fue construida —que tiene fecha, actores y decisiones identificables— y que, por lo tanto, puede ser transformada.
Así, este planteamiento tiene una genealogía teórica precisa que no es accidental: Gramsci y los conceptos de hegemonía e «intelectual orgánico», la sociología del conocimiento de Mannheim y la semiótica social. Esa filiación es parte de la tesis, no un apéndice metodológico.
El concepto gramsciano de hegemonía es exactamente lo que permite distinguir entre un régimen que domina por la fuerza y uno que domina porque ha logrado que los dominados adopten como propios los esquemas interpretativos de los dominadores.
Mannheim agrega la pregunta decisiva: ¿desde qué posición social se produce el conocimiento que legitima ese orden? La respuesta de Brunner es que los intelectuales orgánicos del régimen —los economistas de El Mercurio, los doctrinarios militares, los teólogos conservadores— producen ese conocimiento desde posiciones institucionales concretas y con recursos materiales específicos.
Sin esa genealogía explicitada, el método del artículo parece una ocurrencia personal. Con ella, se revela como una posición deliberada dentro de un campo de disputas intelectuales que en 1979 tenía consecuencias políticas inmediatas.
Los tres pilares del orden autoritario y su aparato institucional
El artículo identifica tres fuentes de las que se alimenta la concepción autoritaria del mundo en el Chile de 1979. De un lado, es la ideología de la «seguridad nacional»: Chile está en guerra permanente contra un enemigo interior —el comunismo, la subversión, el desorden— que amenaza la sociedad desde adentro. Esa lógica justifica la represión, la vigilancia y la eliminación de cualquier disidencia. Si estamos en guerra, no hay lugar para el debate.
De otro (segunda fuente), y la más duradera, es la «ideología del mercado». Su argumento central es que el mercado —el libre juego de la oferta y la demanda— es el mecanismo más justo y eficiente para organizar la sociedad. El Estado debe retirarse y dejar que el mercado funcione.
Esta idea no solo justifica las privatizaciones y la desregulación, sino que produce una forma de conformismo más profunda: convierte las desigualdades sociales en resultados «naturales» del esfuerzo individual, y hace que cualquier demanda colectiva parezca irracional.
Por fin, la tercera fuente es el tradicionalismo católico, que aporta una retórica del orden, la jerarquía y la familia. Es la menos sistemática de las tres, pero cumple una función concreta: da un barniz moral a un proyecto que de otro modo aparecería como pura dominación económica y militar.
Lo que Brunner muestra con precisión es que estas tres fuentes son aparentemente contradictorias —la lógica militar, el liberalismo económico y el conservadurismo religioso no comparten los mismos valores— pero funcionan en conjunto porque no están ahí para ser filosóficamente coherentes sino para ser políticamente eficaces. Se refuerzan donde se necesitan y se toleran donde divergen.
El punto que el comentario inicial no trabajó como mecanismo es el siguiente: esos tres pilares no operan solo como discurso sino a través de aparatos institucionales concretos. La escuela reorganizada bajo el diseño autoritario transmite la ideología de la seguridad y el mérito individual como si fueran hechos naturales.
Los medios de comunicación —monopolizados o disciplinados por el régimen— producen la «pseudo-esfera pública» que Brunner describe: un espacio saturado de información trivial que desplaza el debate político real. El mercado laboral precarizado y los sindicatos desarticulados regulan los comportamientos cotidianos con más eficacia que cualquier decreto.
Así, la familia, reorganizada en torno al consumo privado y la educación de pago, internaliza la lógica del esfuerzo individual como horizonte de vida. La ideología no flota en el aire: se materializa en estas instituciones y prácticas, y es ahí donde produce conformismo duradero.
El procedimiento que hace posible todo lo anterior puede enunciarse en una sola operación: leer el discurso del poder contra sí mismo. Brunner toma los textos que el régimen produce para legitimarse —editoriales de El Mercurio, discursos militares, publicaciones de economistas— y los analiza para mostrar qué visión del mundo construyen, a quién interpelan de manera diferente y qué contradicciones revelan involuntariamente.
El hallazgo no es que el poder mienta: es que para dominar necesita convencer, y esa necesidad deja huellas en el lenguaje que solo la sociología, practicada con rigor, puede rastrear.
Cómo se produce el conformismo: no todos obedecen igual
Una de las contribuciones más originales del artículo es mostrar que el conformismo no funciona igual para todos. Brunner distingue cuatro modalidades según el lugar que cada grupo ocupa en la sociedad.
En el núcleo del poder —los militares y la élite económica que gobiernan juntos— existe un acuerdo tácito sobre los objetivos comunes y las reglas del juego. Entre los grupos medios —profesionales, comerciantes, técnicos— el régimen busca adhesión activa basada en beneficios concretos: estabilidad, consumo creciente, acceso a bienes antes inalcanzables.
Luego, en las clases populares, el conformismo es fundamentalmente pasivo: no es adhesión entusiasta sino adaptación forzada, producida por la reorganización de la vida cotidiana —trabajo precario, educación controlada, sindicatos desarticulados— que deja poco espacio para actuar de otra manera.
Después, la pregunta que el artículo permite responder es la siguiente: ¿por qué sectores medios y populares apoyaron o toleraron un modelo que los perjudicaba? La respuesta no es ignorancia ni manipulación simple. El régimen ofreció beneficios reales, aunque desiguales: el endeudamiento fue vivido como movilidad social, la educación de pago como inversión en el futuro de los hijos.
El orden funcionó porque distribuyó algo entre quienes necesitaba como aliados. Eso es el «conformismo asociativo»: no adhesión forzada sino identificación genuina con un orden que parecía ofrecer más de lo que quitaba. La democracia heredó esa identificación, y junto con ella, la Constitución.
Los mecanismos concretos que producen adhesión en las clases medias son distintos de los que producen resignación en las populares, y esa distinción es el hallazgo empírico más fino del artículo. En las clases medias, el mecanismo central es el «acceso diferido»: el crédito de consumo, la educación universitaria de pago para los hijos, el seguro privado de salud.
Estos bienes no se regalan: se ofrecen como recompensas alcanzables mediante esfuerzo individual, lo que convierte la adhesión al modelo en una apuesta racional con beneficios verificables en el corto plazo. El profesional que accede a una casa propia mediante crédito hipotecario no necesita ser convencido de la superioridad del modelo: el mercado le ha dado algo concreto, y eso produce identificación más duradera que cualquier discurso.
De esta forma, en las clases populares, el mecanismo es la reorganización del tiempo y del espacio: el trabajo por turnos y la precariedad contractual fragmentan la posibilidad de organización colectiva; los sindicatos desarticulados eliminan los espacios de deliberación; la educación controlada produce individuos que compiten entre sí en lugar de organizarse. El conformismo popular no es adhesión: es «agotamiento estructural».
Esa diferencia —entre quien acepta porque recibe y quien cede porque no puede hacer otra cosa— es lo que la tipología del conformismo diferenciado permite ver con precisión, y lo que ningún análisis puramente ideológico habría podido capturar.
También, el artículo describe lo que Brunner denomina «función ideológica microscópica»: la regulación cotidiana de las interacciones situadas que opera por debajo del nivel de los grandes discursos.
La pseudo-esfera pública fabricada por los medios —donde información trivial sobre personajes, anécdotas y triunfos personales ocupa el espacio que debería corresponder al debate político— no es entretenimiento inocente: es el mecanismo mediante el cual la esfera pública real queda privatizada y despolitizada. Francesca y los Chicago Boys no llenan ese espacio por casualidad: su presencia es funcional al régimen.
El conformismo pasivo de las clases populares no se produce solo por la represión directa o la precariedad laboral: se produce también, y quizás principalmente, por esta reorganización del espacio simbólico cotidiano que hace que el debate político parezca ajeno, técnico e inaccesible.
Por qué este artículo sigue siendo relevante
El mecanismo del conformismo asociativo —identificación genuina con un orden que parece ofrecer más de lo que quita— operó en democracia con igual eficacia y sin necesidad de represión visible. El endeudamiento para acceder a educación superior, salud y vivienda no es una política pública: es el mismo mecanismo de «acceso diferido» que Brunner describía en 1979, ahora administrado por bancos en lugar de por el Estado.
Las clases medias que en la década de 1990 accedieron al crédito hipotecario, al seguro de salud privado y a la universidad para sus hijos no necesitaban ser convencidas de la superioridad del modelo: el mercado les entregaba algo concreto y verificable. La identificación con el modelo no fue impuesta: fue producida por los mismos mecanismos que el artículo describe, operando ahora bajo condiciones de libertad formal.
El mecanismo del conformismo pasivo —»agotamiento estructural» en lugar de adhesión— también sobrevivió. La precarización del trabajo, documentada por la Encuesta de Ocupación de la Universidad de Chile desde los 90, fragmentó la base organizacional de los sectores populares con la misma eficacia que la represión sindical de los 70, pero sin decretos ni detenciones.
La tasa de sindicalización cayó del 35 % en 1973 al 11 % en 1990 y no recuperó niveles significativos en las décadas siguientes. El resultado fue el mismo que Brunner describía: trabajadores desorganizados estructuralmente, incapaces de actuar de manera colectiva, no por convicción ideológica sino por la reorganización material de sus condiciones de vida.
Por último, la ideología del mercado que Brunner describía como núcleo del autoritarismo pasó a ser «sentido común» democrático. Eso es lo que el artículo llama el «gran interruptor» operando en condiciones distintas: no bloqueando las concepciones alternativas por la fuerza sino desarticulándolas por irrelevancia práctica.
Que la pregunta central de 1979 —cómo el poder logra que el orden parezca natural e inevitable— siga sin respuesta satisfactoria en 2026 no es una coincidencia histórica. Es la prueba más directa de la vigencia del análisis.
El lugar del artículo en la historia intelectual: diálogos y tensiones
El artículo de 1979 no es el punto de partida de la sociología crítica chilena ni su momento más logrado en términos de elaboración teórica. Es algo más preciso y más difícil de sostener: su «límite constitutivo» más productivo. Esa formulación no es un elogio encubierto ni una condescendencia disfrazada. Es una posición sobre lo que el texto hace y lo que, por razones estructurales, no podía hacer.
Lo que hace es irreemplazable: demuestra empíricamente que la dominación simbólica opera a través de mecanismos diferenciados según clase social, y que esos mecanismos son verificables en fuentes primarias concretas. Ningún otro texto chileno de 1979 ejecuta esa operación con igual rigor.
En ese sentido, el artículo funda un modo de hacer sociología crítica —no de opinión, no de denuncia, sino de demostración— que la disciplina chilena no había alcanzado antes y que tardaría en sostener después.
Lo que no podía hacer —y aquí reside el límite constitutivo— es resolver la pregunta que abre. Brunner demuestra que la obediencia fue construida. No puede demostrar todavía por qué los construidos la aceptaron sin mayor resistencia durante dieciséis años.
Con todo, la teoría del conformismo diferenciado explica la adhesión de las clases medias y la resignación de las populares, pero no explica la ausencia de ruptura en los momentos en que las condiciones materiales la habrían justificado. Eso no es una falla del artículo: es el horizonte que el artículo abre.
La distancia entre Brunner y Manuel Antonio Garretón en ese período es real pero más matizada que con los otros dos. Garretón trabaja en el mismo FLACSO y comparte con Brunner el marco gramsciano y la preocupación por entender el autoritarismo más allá de la represión.
Sin embargo, el foco analítico diverge de manera significativa. Garretón centra su trabajo en la dimensión política del autoritarismo: el Estado, los actores políticos, los partidos, la pregunta por la transición y la reconstitución del sujeto político colectivo. Su teoría del «actor social» busca identificar quién puede protagonizar el cambio y bajo qué condiciones.
Brunner considera que esa pregunta, siendo legítima, presupone lo que todavía no ha sido explicado: por qué ese actor no existe o está desarticulado. Antes de preguntar quién puede resistir, hay que demostrar por qué la resistencia no se produjo cuando las condiciones materiales la habrían justificado.
La distancia es de prioridad analítica: Garretón mira hacia la reconstitución del sujeto; Brunner mira hacia los mecanismos que lo disuelven. Los dos problemas son complementarios, pero Brunner insiste en que el suyo es previo. Sin entender la producción del conformismo, la teoría del actor político flota sin anclaje empírico.
Así, la distancia con Lechner es la más compleja de las tres porque es también la más cercana intelectualmente. Lechner comparte con Brunner la influencia gramsciana y la convicción de que el autoritarismo no puede entenderse solo desde la represión.
Sin embargo, su aproximación privilegia la dimensión subjetiva y afectiva de la dominación: los miedos, las incertidumbres, las formas en que el autoritarismo reorganiza no solo las instituciones sino las estructuras de deseo y expectativa de los individuos.
En 1979, Brunner considera que esa perspectiva —aunque fértil— corre el riesgo de disolverse en el ensayo filosófico si no se ancla en evidencia empírica concreta. La pregunta de Lechner sobre qué quieren los dominados y por qué lo quieren es sociológicamente legítima; pero responderla requiere fuentes, no solo conceptos.
La distancia es, una vez más, metodológica: Lechner trabaja con categorías de la subjetividad que Brunner considera insuficientemente verificables.
Con el tiempo, sin embargo, Brunner reconocería que Lechner estaba abriendo una dimensión —los sedimentos afectivos del autoritarismo, los miedos que persisten después del régimen— que su propio análisis de 1979 no podía capturar desde la sociología empírica de los discursos.
El lugar de este artículo en la historia intelectual chilena es el de un umbral: el instante preciso en que la crítica del autoritarismo deja de ser moral o filosófica y se vuelve analítica.
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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y también doctor en comunicación por la Universidad de La Frontera (Chile) y la Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

Mauro Salazar Jaque
Imagen destacada: José Joaquín Brunner.
