[Ensayo] La restauración: Carlos Peña, la batalla de Kast y sus soldados

Las intervenciones del rector de la Universidad Diego Portales gozan siempre de una solvencia analítica que no conviene subestimar y de una sobriedad medial que en el campo intelectual chileno —saturado de mesianismos, de profecías sin riesgo, de oráculos que confunden la cátedra con el púlpito—, funcionan casi como una anomalía.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 4.2.2026

Hay que reconocerle a Carlos Peña lo que pocos columnistas de circulación semanal logran: no perder la compostura analítica —la sobriedad emocional— cuando el objeto se vuelve incómodo.

«La batalla de Kast y sus soldados» identifica con precisión quirúrgica el nudo que el gobierno de Kast no puede desatar: la incompatibilidad entre un proyecto de restauración valórica y una sociedad que ya metabolizó las transformaciones culturales que ese proyecto pretende revertir.

Peña lo hace sin caer en la denuncia fácil, ni en el catastrofismo que hoy funciona como moneda corriente del campo progresista. El diagnóstico es correcto. Pero un diagnóstico correcto no es todavía un pensamiento suficiente, y la distancia entre lo uno y lo otro es exactamente lo que conviene interrogar —no para impugnar siempre a Peña, sino para pensar lo que su columna abre sin terminar de recorrer—.

Carlos Peña González lee la ofensiva cultural de Kast como un problema de adecuación: las ideas que el presidente quiere hacer triunfar no caben en la sociedad que pretende gobernar. Autonomía personal y sexual, formas culturales diversas, múltiples configuraciones familiares —todo eso ya está ahí, consolidado, irreversible, y ningún decreto lo desmonta—.

La observación es tibiamente gramsciana: la hegemonía cultural no se conquista por voluntad ni por instrucción presidencial sino que requiere un trabajo molecular sobre el sentido común, y Kast (Presidente electo) carece de los operadores culturales, las mediaciones institucionales y la paciencia histórica que esa tarea exige.

Hasta ahí, Peña tiene razón, y su razón importa. Pero la pregunta que la columna no termina de formular —y que quizá no pretende formular desde las coordenadas en que se instala— es otra: ¿qué tipo de operación política es, exactamente, una «batalla cultural» declarada desde el Estado?

¿Se trata simplemente de un error de cálculo, de una torpeza estratégica, o estamos ante un dispositivo más preciso, más insidioso, más eficaz de lo que el diagnóstico liberal permite ver?

 

Lo que inmuniza no prohíbe: clasifica

Alain Brossat, en La démocratie immunitaire (2003), propuso una categoría que ilumina lo que Kast hace, y que la columna de Peña, pese a su lucidez, deja en sombra.

La democracia contemporánea no funciona por represión directa sino por «inmunización»: neutraliza todo lo que perturba la homeostasis del cuerpo social mediante procedimientos de absorción, metabolización y anestesia.

No prohíbe, clasifica. No reprime, administra. No censura, sino que distribuye visibilidades e invisibilidades de tal modo que lo perturbador queda reducido a «tema de debate», a «polémica», a «disputa cultural», es decir, a objeto de gestión discursiva donde la potencia disruptiva se disuelve en la circulación mediática sin tocar jamás la carne de lo real.

Con todo, la «batalla cultural» de Kast opera exactamente así: no necesita ganar, le basta con declararla, con instalarla como marco de inteligibilidad, para que todo lo que excede ese marco quede capturado en la lógica binaria del «a favor» o «en contra».

La experiencia concreta de los cuerpos que viven las transformaciones culturales, el dolor de quienes son amenazados por la restauración, la materialidad de las vidas que no caben en la «familia tradicional»: todo eso queda reducido a variable de un debate abstracto entre «conservadores» y «progresistas» donde lo único que circula son posiciones y lo que se pierde es la textura misma de lo vivido.

Conviene detenerse aquí, porque la operación de Kast es más sofisticada de lo que su tosquedad retórica sugiere. El dispositivo inmunitario no necesita ser sutil para ser eficaz —le basta con ser constante—.

Así, cuando el gobierno instala la «ideología de género» como amenaza, no necesita demostrar que lo es: le basta con instalar el sintagma, con repetirlo hasta naturalizarlo, para que quienes trabajan en educación sexual, en diversidad, en derechos reproductivos, deban justificarse, defenderse, explicar que no son lo que el poder dice que son.

La carga de la prueba se invierte. Y esa inversión, silenciosa, administrativa, burocráticamente eficaz, produce efectos materiales que ninguna columna dominical puede desactivar: programas recortados, funcionarios amedrentados, docentes que se autocensuran, cuerpos que aprenden a replegar su diferencia al ámbito privado —que es, como sabemos desde siempre, el lugar donde el poder opera sin testigos y la violencia se ejerce sin registro—.

Por añadidura, la «batalla cultural» tiene además una función que conviene nombrar sin rodeos: la producción de «anestesia». No se trata solo de que el gobierno quiera restaurar un orden valórico (se trata de que la declaración misma de la batalla anestesia la capacidad de sentir políticamente el daño).

Cuando todo se convierte en «guerra cultural», cuando cada derecho conquistado se presenta como «trinchera ideológica», la percepción del sufrimiento concreto, el adolescente trans expulsado del reconocimiento, la mujer cuya autonomía reproductiva vuelve a ser «tema de discusión», las familias diversas cuyas existencias se convierten en «agenda» quedan suspendidas, neutralizadas, convertidas en piezas de un tablero estratégico donde lo que importa es la correlación de fuerzas y no la vida que se juega en cada casilla.

La anestesia no consiste en prohibir sino en convertir la existencia de los otros en «problema cultural», y esa conversión —esa reducción de la vida a tesis— es la forma más refinada de violencia simbólica porque no deja marcas visibles: solo silencios.

 

El reparto de lo visible y sus cuerpos

Hay una dimensión que la columna de Carlos Peña no recorre y que sin embargo es decisiva. La «batalla cultural» de Kast no se libra entre ideas, sino entre distribuciones de lo sensible —entre modos de determinar quién tiene parte y quién no, qué se escucha como discurso y qué se descarta como ruido, qué cuerpos son visibles en el espacio público y cuáles deben replegar su existencia al silencio—.

Lo que octubre de 2019 fisuró, esa distribución que mantenía a ciertos cuerpos fuera del espacio de la cuenta política, Kast busca restaurarlo, y la «batalla cultural» es el nombre que esa restauración se da a sí misma para presentarse como proyecto y no como lo que efectivamente es: clausura.

En efecto, los «soldados» de Kast; funcionarios, comunicadores, operadores mediáticos, influencers de la restauración, no argumentan. Solo ocupan el espacio de lo decible hasta que lo otro se vuelve indecible. No refutan la diversidad: la convierten en «ideología» hasta que defenderla se vuelve sospechoso. No censuran: producen un clima donde la autocensura se vuelve sentido común, donde el repliegue se confunde con la prudencia, donde el silencio se naturaliza como sensatez.

Dicho esto —y aquí la honestidad intelectual exige un matiz que la radicalidad suele impacientarse por saltar—, la posición de Peña conserva un valor que no conviene desestimar.

Su insistencia en la autonomía personal, en la pluralidad irreversible de las formas de vida, en la imposibilidad de desmontar por decreto lo que décadas de transformación cultural han consolidado, funciona como un dique modesto, liberal, insuficiente pero dique al fin, contra la pretensión restauradora de Kast.

Peña no teoriza la emancipación ni reclama «stásis»: recuerda, con la obstinación del que sabe que lo obvio necesita ser repetido cuando lo obvio está amenazado, que la sociedad chilena ya no es la que Kast imagina ni la que sus «soldados» pueden reconstruir.

Esa constatación no es revolucionaria, pero en un campo donde la crítica radical habla para su cofradía con una elocuencia inversamente proporcional a su incidencia, la intervención de Peña tiene la virtud de llegar donde la teoría crítica no llega: a las páginas que lee el poder, en la lengua que el poder todavía descifra.

Pero el límite de Peña no es de Peña: es del liberalismo como marco.

Con todo, la columna diagnostica la inadecuación sin interrogar el dispositivo. Describe la «batalla cultural» como error estratégico sin analizar su función inmunitaria. Señala que las ideas de Kast no caben en la sociedad abierta sin preguntar qué le hace esa batalla a la sociedad abierta mientras se libra —cuántos silencios produce, cuántos cuerpos repliega, cuántas vidas se vuelven más precarias no porque la restauración triunfe sino porque su mera declaración redistribuye el miedo—.

Lo que Kast ha comprendido, con la intuición brutal del que no necesita leer a Gramsci para operar gramscianamente, es que la «batalla cultural» no se gana con ideas: se gana con clima. Y el clima no se analiza con columnas: se padece con el cuerpo.

 

La burla es el deporte de los impotentes

Y sin embargo, escribámoslo con la ironía que merece, con el filo que el objeto exige, hay algo conmovedor en el presidente que declara una «batalla cultural» sin haber leído jamás a quienes pensaron qué significa cultura.

Kast (Presidente electo) invoca la batalla sin conocer el campo: general de un ejército que confunde los cuarteles con las bibliotecas y las bibliotecas con las iglesias, que cree que la cultura se decreta como se decreta un estado de excepción —por firma, por voluntad, por la soberanía desnuda del que manda sin escuchar—.

Hay en esa ignorancia algo que la filosofía debería tomarse en serio, no para burlarse —la burla es el deporte de los impotentes— sino para medir el abismo.

Porque el presidente que declara la guerra a la «ideología de género» sin saber que el género es una categoría antes que una ideología, que invoca la «familia tradicional» sin sospechar que la tradición es una invención moderna, que llama «batalla» a lo que es administración del miedo, ese mandatario no es simplemente ignorante: es el síntoma perfecto de un orden que ha separado el poder del saber hasta volverlos irreconciliables.

Kast gobierna como quien ara el mar —con la convicción del que no sabe que el mar no se ara, que el surco se deshace antes de completarse, que la espuma no es cosecha—. Sus «soldados» avanzan sobre un territorio que no existe. Imaginan un País que nunca existió, la restauración que persiguen restaura un original que jamás tuvo lugar.

Y ahí reside la ironía más cruel: el presidente de la «batalla cultural» es, él mismo, la prueba más elocuente de que la batalla está perdida desde antes de comenzar, porque no se puede restaurar lo que nunca existió, no se puede volver a una casa que nadie habitó, no se puede imponer por decreto lo que solo la vida produce cuando se la deja vivir sin vigilancia.

Pero el decreto se firma igual, los «soldados» marchan igual, y la máquina sigue funcionando —no porque tenga destino, sino porque tiene inercia—. Y la inercia, en política, se confunde fatalmente con el poder.

Las intervenciones de Peña gozan siempre de una solvencia analítica que no conviene subestimar y de una sobriedad medial que en el campo intelectual chileno —saturado de mesianismos, de profecías sin riesgo, de oráculos que confunden la cátedra con el púlpito—, funcionan casi como anomalía. Quizá convendría, y esto se escribe sin esperanza de ser escuchado, como quien traza un surco en la arena sabiendo que la marea viene.

Y sí, que nuestros «nuevos filósofos» olviden por algunas semanas su narcisismo mesiánico, esa convicción solemne de que el mundo aguarda su diagnóstico para empezar a girar, y abran sus templos (esas capillas de cristal donde la teoría se celebra a sí misma sin que nadie interrumpa la liturgia) a un campo abierto de debates que no se juegan en los muros de la universidad sin libros.

Porque los debates que importan, los que cortan, los que duelen, los que dejan marca, ocurren donde la filosofía no llega: en la intemperie, donde pensar todavía cuesta algo.

 

 

Referencias bibliográficas

—Brossat, A. (2003). La démocratie immunitaire. París: La Dispute.

—Rancière, J. (2000). Le partage du sensible. Esthétique et politique. París: La Fabrique.

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera y Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

Imagen destacada: Carlos Peña González.