[Ensayo] «Memoria y vida»: Las palabras enmascaradas

Reflexiona Henri Bergson que los momentos pretéritos quedan embutidos uno en otro al modo del conocido, en el ámbito de la psiquiatría, como un pensamiento embolismático, es decir, que cada remembranza está contenida en otra y ambas en otra, y así de modo sucesivo y continuado.

Por Luis Miguel Iruela Cuadrado

Publicado el 12.3.2026

Alianza Editorial, de Madrid, publicó en 1977, un libro titulado Memoria y vida en el que se recogía una selección de textos del filósofo francés Henri Bergson (1859 – 1951) debida al fino instinto de antólogo e historiador del pensamiento de Gilles Deleuze (1925 – 1995).

En él se dedica un espacio variable y significativo a cada una de las principales obras de Bergson, más en concreto a La evolución creadora (1907) y a Materia y memoria (1896).

Con respecto a esta última, se encuentra un tratamiento de la actividad mnémica bastante acertado y de validez actual. Distingue el autor entre una memoria del cuerpo o sensorio-motriz para señalar la reacción inmediata de un organismo a la actividad del medio externo, y otra denominada memoria pura o del pasado, que da cuenta de la persistencia de los recuerdos en el presente.

Señala Bergson que los momentos pretéritos quedan embutidos uno en otro al modo del conocido, en el ámbito de la psiquiatría, como pensamiento embolismático. Es decir, que cada remembranza está contenida en otra y ambas en otra, y así de modo sucesivo y continuado. De manera que la función de la memoria puede recuperarlas. En un principio nada de lo experimentado ni experienciado se perdería. Hay un término quirúrgico que designa este mecanismo: el telescopaje por comparación con el encaje entre sí de las piezas de un telescopio manual al plegarse y desplegarse.

Un fenómeno común a los seres humanos de cierta edad es el bloqueo de alguna que otra palabra al intentar rememorarla, con el frustrante sentimiento de que dicho vocablo no pueda quizá recobrarse. Tras un esfuerzo de la voluntad, la palabra aparece de forma espontánea y es reconocida al instante.

Mientras tanto, su nombre no puede pronunciarse. Esta especie de afasia nominativa ocurre también en edades más tempranas, aunque se le ha asociado al proceso de envejecimiento cerebral.

 

Una sutil esperanza aguarda la respuesta

Bergson subrayaba que el acontecimiento sucede en primer lugar para los nombres propios, seguido de los comunes, después de los adjetivos y, para finalizar, de los verbos. Una magnífica observación, sin duda, ya que resulta ser lo más difícil la retención de los nombres únicos, y lo más sencillo la de aquellos vocablos que indican movimiento y acción en una frase.

Observaciones posteriores de la neurociencia cognitiva sobre la memoria han detectado que, durante esos bloqueos nominales, la palabra buscada se mantiene oculta, tapada por otra de parecido sonido y estructura silábica cercana. Lo que implica una sugerencia tentadora: el material mnémico no se disuelve, sino que se vuelve inaccesible (al menos transitoriamente), si bien es muy posible que acabe, al fin, desapareciendo.

Tres ejemplos tomados de la vida real ayudarán a entender el proceso: primero, un anciano trata de recuperar el nombre del pintor BALTUS, de discutido arte a causa de sus retratos de muchachas en situaciones delicadas. Hermano de Pierre Klossowski, catedrático de filosofía en París y especialista mundial en la figura de Nietzsche.

Pues bien, en vez del esperado nombre, aparecía sistemáticamente en la conciencia el vocablo BITELCHUS, que es el título dado en España a una película de Tim Burton. Se aprecia con facilidad la proximidad por sonido de las dos palabras. Ambas comienzan por la letra B, poseen una T en el centro del término, finalizan en US y su pronunciación es llana o grave. Es muy tentador pensar que la segunda de ellas está apantallando a la primera.

Después, en un segundo caso, el intento de hacer presente el apelativo MEPENTOL, un aceite usado para prevenir y curar las úlceras por presión, dio como resultado el nombre del futbolista MBAPPÉ con parecidas similitudes que en anterior ejemplo.

Y tercero, el caso más demostrativo, el esfuerzo por recordar PRINK, una cadena de tiendas de informática, fue solapado por PRIMARK, una serie de establecimientos de ropa. Todos ellos, nombres propios. Como las nominaciones originales primitivas fueron al fin conseguidas, hay que suponer que no habían sido borradas, sino más bien enmascaradas por otras de sonido cercano.

Roger Penrose explicaba en una conferencia que la información no desaparecía del universo. Más bien se iba haciendo inaccesible a nuestro conocimiento. Si aplicamos esta analogía a la memoria humana, podría ser que, en los procesos de deterioro cognitivo, la memoria no olvide, sino que se vuelva inaccesible a nuestra conciencia.

Si esto fuera así, ¿podría, asimismo, intentarse una exploración rescatadora de esta naturaleza en los primeros indicios de la Enfermedad de Alzheimer? Antes de que se cumpla la gran destrucción neuronal. Una sutil esperanza aguarda la respuesta solapada por una sonrisa.

 

 

 

 

 

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Luis Miguel Iruela Cuadrado es un poeta y escritor, doctor en medicina y cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en psiquiatría, jefe emérito del servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Puerta de Hierro (Madrid), y profesor asociado (jubilado) de psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid.

Dentro de sus obras literarias se encuentran: A flor de agua, Tiempo diamante, Disclinaciones, No-verdad y Diccionario poético de psiquiatría.

En la actualidad ejerce como asesor editorial y de contenidos del Diario Cine y Literatura.

 

«Memoria y vida», de Henri Bergson (Alianza Editorial, 2016)

 

 

 

 

Luis Miguel Iruela

 

 

Imagen destacada: Henri Bergson.