[Ensayo] Morir con bibliografía: Capitalismo académico e indigencia simbólica

La población doctoral precarizada de Chile lejos de radicalizarse políticamente, como predeciría la teoría de la sobreproducción de élites, sólo se enferma: ansiedad, depresión, burnout, licencias que se prolongan más allá de los 45 días son la «parte maldita» del saber que retorna como síntoma, lejos de la revuelta.

Por Mauro Salazar Jaque

Publicado el 22.2.2026

 

Propósitos

Las universidades terciarias, surgidas en 1981, esas instituciones que la retórica oficial denomina «de acceso», no constituyen anomalías del sistema ni errores de planificación susceptibles de corrección mediante «políticas de aseguramiento de la calidad» sino acaso su producto más coherente, su verdad administrativa finalmente confesada en la forma de una oferta que no necesita demanda porque la demanda la fábrica el mismo dispositivo que luego lamenta su exceso.

Instituciones que venden credenciales a una población que el mercado laboral no puede absorber, que no necesita absorber excedente críticos, generando un excedente de titulados cuya función no es ser empleados, cuya función nunca fue ser empleados, sino haber pagado aranceles durante el tiempo suficiente para que la máquina contable registre una «cohorte» donde solo hubo un cuerpo endeudado.

 

Primera paradoja

La universidad no falla cuando produce doctores («energía deseante») que no puede emplear; funciona. Funciona porque la sobreproducción de credenciales no es un error de cálculo sino el mecanismo mismo de extracción de valor.

El sistema genera más doctores de los que puede remunerar no por impericia sino porque la «sobreproducción» misma es la función: produce aranceles doctorales que financian la operación, indicadores de «capital humano avanzado» que legitiman la política pública, y una reserva de investigadores desechables cuya competencia desesperada por fondos concursables eleva la «calidad» del output académico a costo cero para la institución.

Con todo, el excedente no es residuo: es combustible. La máquina no produce doctores y además precariedad; produce precariedad mediante doctores. El potlatch invertido: se dilapida inteligencia humana no para demostrar riqueza sino para fabricar valor institucional a partir de la destrucción, administrativa y silenciosa, de los cuerpos que generan ese valor.

 

Segunda paradoja, acaso más retorcida

En el potlatch doctoral chileno, concitando a Bataille, el «destruido» también cree ganar prestigio. El doctor precarizado exhibe su sacrificio como credencial de vocación, como marca de distinción en un campo donde la escasez de posiciones ha convertido la mera sobrevivencia en éxito. «Tengo seis publicaciones WoS», dice henchido, como quien muestra cicatrices de una guerra que no pidió pelear, pero cuyas heridas lleva con un orgullo indistinguible de la resignación. El dispositivo funciona porque esa exhibición es, simultáneamente, denuncia y legitimación: se denuncia la precariedad y se la consagra en el mismo acto discursivo, porque denunciarla «desde adentro» del sistema supone haber aceptado ya sus reglas, haber internalizado la lógica del gasto sin retorno como única relación pensable con el saber. El gasto improductivo deviene, en esta lectura, una tecnología de subjetivación: no es lo que el sistema le hace al investigador sino lo que el investigador se hace a sí mismo, conducido por un dispositivo que ha logrado que la servidumbre se experimente como vocación desregulada: la producción de un excedente que la institución captura como indicador y el sujeto padece una deuda no es aquí solo financiera: es ontológica.

 

Tercera paradoja, la que compromete al que escribe

La crítica de la precarización académica, tal como circula en coloquios financiados con fondos concursables, en papers que nadie fuera del gremio lee, en columnas que se comparten entre precarizados que intercambian «likes» como raciones de supervivencia, reproduce con precisión quirúrgica la estructura que pretende denunciar. El intelectual que «pontifica» la precariedad, que la convierte en objeto sofisticado de análisis desde una posición que es ella misma precaria, realiza lo que cabría reconocer como un «sacrificio simbólico»: se ofrece a sí mismo como víctima y como sacerdote, como el que nombra el daño y como el que lo padece, y en esa doble función obtiene la única forma de capital que el sistema le concede: el «capital del sufrimiento articulado». La rabia deviene paper. La frustración, footnote. La indignación, ponencia de veinte minutos con cinco de preguntas y cero consecuencias.

Y el sistema necesita esa crítica tanto como necesita la precarización, porque la crítica provee la apariencia de «reflexividad» que legitima la reproducción. La universidad que permite, que incluso fomenta, la publicación de un artículo sobre la explotación de sus propios docentes a honorarios demuestra, en ese permiso, que es un espacio de «pensamiento libre»; y esa demostración refuerza la acreditación que atrae la matrícula que financia los puestos de planta que jamás se abren para el autor del artículo.

El crítico de la precariedad resulta, paradoja cuarta, el mejor «argumento de venta» de la institución que lo precariza. La «visibilidad crítica» que obtiene circula por los mismos canales que reproducen la condición criticada. Esto no es contradicción: es «funcionalidad».

 

Quinta paradoja, quizá la más eficaz

El intelectual que ha convertido su precarización en objeto teórico ha realizado, sin saberlo o sabiéndolo demasiado bien, el tránsito del «mundo profano» al «mundo sagrado». Ha transformado la contingencia de su situación laboral en necesidad de su posición intelectual. Ya no es precario a pesar de su trabajo teórico: es precario gracias a él. La precariedad abandona su condición material y deviene condición de posibilidad del saber «crítico»: como si el hambre aguzara el concepto, como si el frío del departamento sin calefacción clarificara la prosa, como si la indigencia fuera una forma superior de ascesis intelectual, último avatar del romanticismo criollo: la miseria como precio de la «autenticidad». Un intelectual que ha sublimado su precariedad (subjetividad improductiva) es un intelectual desactivado.

 

Sexta paradoja, la más brutal

Existe una porción de energía que toda sociedad produce y no puede integrar a su circuito productivo, una «parte maldita» que debe ser gastada, dilapidada, destruida, so pena de que su acumulación desestabilice el sistema entero. En las sociedades premodernas, ese excedente se canalizaba mediante el sacrificio ritual, la fiesta, la guerra suntuaria. En la universidad chilena del siglo XXI, la «parte maldita» son los doctores: no en cuanto personas sino en cuanto excedente sistémico. El sistema genera más saber del que puede remunerar, más credenciales de las que puede honrar, más expectativas de las que puede satisfacer, y el excedente se «gasta» bajo la forma de precariedad, de frustración, de cuerpos que se consumen en la espera de un reconocimiento que no llega y que, precisamente porque no llega, sostiene la máquina que lo promete.

Y cuando la «parte maldita» no se canaliza mediante instituciones que la reconozcan como tal, retorna como catástrofe. La energía excedente que no se gasta en la fiesta se gasta en la guerra; el saber excedente que no se emplea en la investigación se gasta en la patología.

 

Paradoja séptima

La población doctoral precarizada no se radicaliza políticamente, como predeciría la teoría de la sobreproducción de élites, sino que se enferma. Ansiedad, depresión, burnout, licencias que se prolongan más allá de los cuarenta y cinco días: la «parte maldita» del saber retorna como síntoma. No como revuelta: como síntoma. El cuerpo que no puede protestar, porque protestar significaría perder las cuatro cátedras que le permiten comer, somatiza. Y la enfermedad, a diferencia de la protesta, no amenaza al sistema: lo alimenta. Porque el enfermo necesita licencia, y la licencia, diagnóstico, y el diagnóstico genera datos, y los datos justifican políticas públicas, y las políticas públicas generan investigaciones, y las investigaciones las producen doctores a honorarios que, a su vez, se enferman. La destrucción productiva en su forma más «soberana».

 

Octava paradoja, la que captura la esperanza como insumo

El investigador que postula a FONDECYT con un 6% de probabilidad y un 100% de certeza de que no postular equivale a desaparecer no es irracional: ofrece al sistema el último recurso que le queda, la «creencia» en que el mérito será finalmente reconocido, en que la próxima postulación será la buena, en que los seis años invertidos en una tesis que leyó el tribunal y quizás nadie más tendrán alguna retribución. Esa esperanza, irrisoria si se la calcula estadísticamente, necesaria si se la vive como único horizonte, es la energía que el sistema no puede producir por sí mismo y que extrae gratuitamente de sus víctimas: la «plusvalía de la fe». Y en ese «la próxima vez sí», en esa frase que se repite entre noviembre y marzo como un mantra cuya función no es comunicar información sino impedir el derrumbe psíquico, reside la forma más refinada de extracción que el capitalismo académico haya inventado: no extrae trabajo ni plusvalía en el sentido clásico, extrae «fe», extrae la última reserva energética de un cuerpo que ya dio todo lo que tenía y al que solo le queda la creencia desnuda de que alguna vez, en algún concurso, ante algún evaluador, la indigencia será finalmente recompensada. No lo será. Pero la «promesa» de que lo será es exactamente lo que permite que el indigente siga produciendo papers a costo cero, siga evaluando revistas sin remuneración, siga formando estudiantes que repetirán el ciclo con idéntica fe e idéntico resultado. La indigencia y la promesa no son opuestos: son «cómplices». La promesa produce la indigencia y la indigencia necesita la promesa. Y entre ambas, como entre la hostia y el hambre, se sostiene el último sacramento del «capitalismo académico» chileno.

 

Novena paradoja, que compromete la pregunta misma por el «qué hacer»

Las lecturas reformistas proponen «más becas», «mejor inserción», «políticas de retención de talentos», es decir, el vocabulario gerencial que el propio sistema ha producido para simular que soluciona lo que en realidad administra. No se trata de integrar la «parte maldita» al circuito productivo: eso ya lo hace el sistema, y lo hace destruyéndola. Se trata de reconocerla como «parte maldita», de aceptar que la sobreproducción de saber no es un error de planificación sino un excedente energético cuya redistribución exigiría modificar no los mecanismos de inserción sino la lógica misma de la acumulación. Mientras la universidad funcione como máquina de acreditación, el doctor será materia prima consumida sin retorno. Mientras el saber se mida en «impacto bibliométrico», el investigador será obrero que produce valor sin salario. Mientras la investigación se financie por competencia con tasas de aprobación del 6%, la esperanza será el único salario y la espera la única forma de vida.

 

Décima paradoja, y última, la más difícil de formular porque alcanza al que la formula

La reificación de la indigencia como «posición intelectual» tiene un nombre que la crítica cultural conoce bien pero que rara vez aplica a su propia condición material: «fetichismo». El intelectual precarizado que celebra su precariedad como prueba de autenticidad, como distancia respecto del mercado, como signo de que «su pensamiento no tiene precio» (porque efectivamente nadie lo paga), ha fetichizado las condiciones de su sometimiento exactamente como la mercancía fetichiza las relaciones que la producen. El paper sobre precariedad es la mercancía. La precariedad del autor, la relación borrada. La celebración de la precariedad como «crítica», el acto de fetichización: la operación mediante la cual la coerción económica se transfigura en «elección ética», la necesidad en virtud, el sometimiento en estilo. «Yo elijo la vida del pensamiento», dice el doctor que no eligió la precariedad sino que la precariedad lo eligió a él. «El mercado no comprende lo que hacemos», repite, como si la incomprensión del mercado fuera un elogio y no una sentencia.

No hay economía sin sacrificio, pero hay formas de sacrificio que producen vida y formas que producen muerte. El saber es «gasto improductivo» en su forma más radical: no sirve para nada y por eso lo vale todo para College que administran indigencia. Esa es su «soberanía». Pero la pregunta no es cómo eliminar el gasto improductivo del saber, porque eliminarlo equivaldría a reducirlo a técnica, a «competencia», a esa obscenidad curricular que el mercado denomina «perfil de egreso». La pregunta es quién decide cómo se distribuye ese gasto, a costa de qué cuerpos se realiza el sacrificio, y quién captura el beneficio de la destrucción. En Chile, la respuesta es nítida: el gasto lo realizan los cuerpos de los investigadores precarizados; el beneficio lo capturan las universidades que se acreditan con sus papers, las agencias que miden «capital humano avanzado» con sus diplomas, y un Estado que celebra tener «más doctores que nunca» mientras les paga menos que nunca. La «precariedad ontológica» no es condición metafísica: es política del sacrificio que ha logrado presentarse como destino. Desmontar esa presentación, exhibir el artificio donde se proclama la fatalidad, exponer la máquina donde se invoca la naturaleza: quizá la única tarea que aún merece el nombre de «crítica». Si queda alguien en condiciones materiales de ejercerla. Si queda alguien dispuesto a ejercerla sin convertirla, a su vez, en el próximo paper indexado que alimenta la máquina que acaba de denunciar.

 

Burocracia y derrumbe

El funcionario que hoy ocupa una posición en la universidad sin producir saber, sin exponerse al riesgo del pensamiento, sin «gastar» nada de sí mismo en la operación que dice representar, configura la forma más acabada de lo que cabría llamar «servidumbre administrativa del conocimiento»: el triunfo definitivo del orden profano, del orden de lo gestionable y lo tramitable, sobre cualquier residuo de «soberanía» intelectual que la institución pudiera todavía albergar. No se trata de que administre mal o bien, con mayor o menor eficiencia, con más o menos buenas intenciones.

Se trata de que «administrar» es exactamente lo contrario de lo que la universidad, en su sentido más radical, en el sentido que justificaría su existencia si es que algo la justifica más allá de su propia reproducción burocrática, debería hacer. La universidad existe para producir y canalizar el excedente de saber que una sociedad genera y que su circuito productivo no puede reabsorber. Es decir: la universidad es, o debería ser, el lugar institucional del «gasto improductivo» del pensamiento, el espacio donde el saber excede la utilidad, donde la investigación desborda la rúbrica, donde la enseñanza no se subordina al «perfil de egreso» ni la reflexión al «indicador de impacto». El funcionario municipal devenido «académico» invierte esa función con una eficacia que ningún enemigo externo podría igualar: transforma el lugar del «gasto» en lugar de la «conservación», el espacio de la transgresión intelectual en oficina de trámites con horario de atención, la zona donde el saber debería exceder toda utilidad en un dispositivo donde nada excede nada porque nada se «arriesga».

Lo que ese funcionario encarna, y lo que la crítica cultural debería señalar sin las complacencias que suelen acompañar a los diagnósticos sobre la «crisis universitaria», es la victoria total de la «economía restringida» sobre la «economía general» en el interior mismo del espacio que debería resistirla. «Administrar» es calcular, prever, subordinar el presente al futuro, reducir lo posible a lo gestionable, convertir cada acto en medio para otro acto y ese otro en medio para un «indicador» y ese indicador en medio para una «acreditación» y esa acreditación en medio para un «presupuesto»: cadena infinita de la servidumbre donde nada vale por sí mismo y todo vale por lo que produce, donde el pensamiento solo se justifica si genera un «producto» verificable y el «producto» solo se justifica si alimenta una «métrica» y la «métrica» solo se justifica si sostiene un «ranking». El funcionario no «gasta»: ahorra, tramita, archiva, firma, deriva. Su relación con el conocimiento es la del contador con la mercancía: lo registra, lo clasifica, lo reporta en «planillas» que tienen la opacidad de lo evidente, pero jamás lo consume, jamás se expone a su fuerza disolvente, jamás permite que el saber haga lo que el saber hace cuando funciona de verdad, que es «desestabilizar» las certezas del que lo practica.

El funcionario que ocupa una posición en la universidad sin producir saber, sin exponerse al riesgo del pensamiento, sin «gastar» nada de sí mismo en la operación que dice representar, configura la forma más acabada de lo que cabría llamar «servidumbre administrativa del conocimiento»: Y aquí la paradoja más brutal, la que conviene formular sin atenuantes: el funcionario municipal no llegó a la universidad por accidente ni por error de selección. El sistema lo «necesita» como el «anticuerpo» que el sistema genera contra su propia función originaria: está ahí para garantizar que el «gasto improductivo» (Bataille) no ocurra, que el pensamiento no exceda los formatos preestablecidos, que la investigación no desborde la rúbrica de evaluación, que nadie confunda la universidad con un lugar donde se piensa «peligrosamente».  La universidad convertida en empresa de «acreditación» necesita más administradores que pensadores, más gestores que investigadores, más cuerpos que tramiten que cuerpos que arriesguen.

«La próxima vez sí»: fórmula que no comunica sino que sutura, que no informa sino que contiene el desborde de un cuerpo al que se le ha confiscado todo salvo la capacidad de seguir creyendo.

Se repite entre noviembre y marzo como letanía, como ejercicio respiratorio del precariado doctoral, como dispositivo de aplazamiento cuya eficacia no reside en su contenido (vacío) sino en su ritmo (puntual, cíclico, insistente como un tic nervioso que reemplaza al pensamiento cuando el pensamiento ya no puede sostenerse sin quebrarse).

Ahí, en esa repetición que hace las veces de subjetividad cuando la subjetividad ha sido evacuada por el formulario, opera la forma más refinada de extracción que el capitalismo académico haya producido: no extrae trabajo ni plusvalía en su acepción clásica. Extrae fe. Extrae la última reserva energética de un cuerpo que ya entregó todo lo que le era expropiable y al que solo le resta la creencia desnuda —obscenamente desnuda— de que alguna vez, en algún concurso, ante algún evaluador cuyo nombre desconoce y cuyo criterio no controla, la indigencia será finalmente recompensada. No lo será. Pero la promesa de que lo será es exactamente lo que permite que el indigente siga produciendo papers a costo cero, siga evaluando revistas sin remuneración, siga formando estudiantes que repetirán el ciclo con idéntica fe e idéntico resultado.

La indigencia y la promesa no son opuestos: son cómplices. La promesa produce la indigencia al diferir indefinidamente la retribución y la indigencia necesita la promesa porque sin ella no queda nada. Y «nada», aquí, no es figura retórica sino dirección postal: la casa de los padres, el cuarto de la infancia reconvertido en oficina del doctor cesante.

Entre ambas, como entre la hostia y el hambre, como entre la gracia prometida y el cuerpo que se arrodilla para recibirla sabiendo que no vendrá, se sostiene el último sacramento del capitalismo académico chileno: un sacramento sin dios, sin iglesia y sin salvación, pero con suficientes formularios como para simular que la liturgia continúa.

 

Referencias bibliográficas

—Bataille, G. (1933). «La notion de dépense». La Critique sociale, 7, 7–15.

—Bataille, G. (1949). La part maudite. Essai d’économie générale. I: La consumation. París: Éditions de Minuit.

—Bataille, G. (1954). L’expérience intérieure. París: Gallimard [1943].

 

 

 

 

 

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Mauro Salazar Jaque es sociólogo (2002) y doctor en comunicación por la Universidad de la Frontera y Universidad La Sapienza de Roma, Italia (Dual PhD, 2024).

 

Mauro Salazar Jaque

 

 

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