La historia antigua y moderna muestran que la autoridad concentrada, cuando queda sometida a un sujeto incapaz de aceptar límites, tiende a degradar las instituciones, a convertir la política en teatro de autoafirmación y a exponer a pueblos enteros a decisiones tomadas desde la herida narcisista, el cálculo vengativo o la pura voluntad de dominio, que puede llegar a ser brutal.
Por Luis Cruz-Villalobos
Publicado el 15.3.2026
Un ensayo serio sobre la personalidad de un gobernante es importante que comience por una precisión metodológica y ética. No corresponde emitir un diagnóstico psiquiátrico formal sobre una persona sin una minuciosa evaluación clínica directa, consentimiento y antecedentes personales suficientes. La propia Asociación Psiquiátrica Americana mantiene esa cautela mediante la llamada Goldwater Rule.
Por eso, el propósito de este texto no es entregar un diagnóstico ni una opinión clínica concluyente, sino examinar con detención si la conducta pública y la trayectoria verificable del actual presidente de los Estados Unidos de América muestran rasgos consistentes con descripciones clínicas particulares, tales como las de los trastornos de personalidad narcisista y antisocial, dado que esos rasgos, de estar presentes en quien ostenta la conducción del país con el mayor poder económico y militar del mundo, pueden representar un grave peligro concreto para la estabilidad y la seguridad del planeta.
Las fuentes clínicas contemporáneas señalan que los trastornos de personalidad no consisten en un síntoma o conductas aisladas particulares, sino en patrones duraderos, rígidos y desadaptativos que atraviesan distintos contextos de la vida y afectan el juicio, las relaciones interpersonales y la regulación de la conducta.
Con todo, la pregunta importante no es si un líder a veces se muestra egocéntrico, impulsivo o agresivo, sino si esas características aparecen de manera persistente, si estructuran su forma de vincularse con los demás y si producen decisiones gravemente distorsionadas o socialmente disruptivas y peligrosas. Esa distinción es decisiva, porque la política contemporánea suele confundir psicopatología con carisma, brutalidad con autenticidad y desprecio por los límites con fuerza de mando.
El trastorno narcisista de personalidad, según manuales clínicos de referencia, se caracteriza por una grandiosidad persistente, necesidad intensa de admiración y falta de empatía. A ello suelen añadirse la sensación de ser excepcional, el sentido de derecho o privilegio sobre los demás, la explotación instrumental de otras personas, la arrogancia y una notable fragilidad de la autoestima, que no siempre se presenta como inseguridad visible, sino como intolerancia extrema a la crítica.
Cuando la autoimagen grandiosa se siente amenazada, el sujeto narcisista puede responder con desprecio, rabia, humillación del adversario o escalada retaliativa, es decir, aplicando la ley del Talión. Esa combinación es especialmente inquietante en cargos de mando, porque el líder puede vivir cualquier desacuerdo como afrenta personal y toda negociación como teatro de reconocimiento.
La literatura empírica refuerza esta preocupación. Una metaanálisis amplio realizado por Kjærvik y Bushman (2021) concluyó que el narcisismo se asocia de forma significativa con agresión y violencia, y que esta relación se intensifica cuando el individuo se siente provocado, avergonzado o públicamente desafiado.
Otra revisión reciente, de Shukla y Upadhyay (2025), sobre la llamada «tríada oscura» halló que el narcisismo se relaciona negativamente sobre todo con la empatía afectiva, mientras que la psicopatía y, en menor medida, el maquiavelismo muestran asociaciones aún más intensas con la insensibilidad afectiva hacia los demás, dibujando un perfil especialmente preocupante en los rasgos cercanos al polo antisocial.
A su vez, investigaciones sobre narcisismo y liderazgo efectuadas por Braun (2017), muestran una paradoja conocida: ciertos rasgos que en el plano clínico resultan destructivos pueden ser socialmente percibidos, al menos al comienzo, como señales de decisión, audacia, carisma o magnetismo, especialmente en contextos organizacionales o políticos marcados por incertidumbre y búsqueda de figuras dominantes.
Justamente por eso el problema es tan serio. Un rasgo dañino no deja de ser dañino porque produzca adhesión de masas; en ciertos contextos, esa adhesión lo vuelve más peligroso.
En el caso del trastorno de personalidad antisocial, las fuentes clínicas hablan de un patrón persistente de desprecio por los derechos ajenos y por las consecuencias del propio comportamiento. Entre sus rasgos típicos figuran el engaño reiterado, la manipulación, la irresponsabilidad, la agresividad, la explotación, la imprudencia y la ausencia de remordimiento.
Los manuales subrayan además que estas personas suelen racionalizar sus actos, culpar a las víctimas o presentarse a sí mismas como injustamente perseguidas. Conviene insistir en una cautela técnica: el diagnóstico formal de trastorno antisocial requiere información evolutiva, incluyendo antecedentes de conducta previos a la adultez. La categoría de «rasgos antisociales» puede usarse descriptivamente para referirse a conductas públicas reiteradas que expresan engaño instrumental, desprecio por normas compartidas y falta de contrición.
Cuando se pasa de los criterios diagnósticos al caso particular del mandatario Donald Trump, lo primero que salta a la vista es la persistencia de la grandiosidad como estilo de auto-presentación.
Un estudio revisado por pares sobre su comunicación política concluyó que Trump destacaba, en comparación con los demás candidatos republicanos analizados en las primarias de 2016, por un nivel especialmente alto de grandiosidad verbal, informalidad y dinamismo, medidos a partir de discursos de campaña y conducta en Twitter (Ahmadian, Azarshahi, & Paulhus, 2017).
El hallazgo es relevante porque muestra algo más que una impresión subjetiva de sus adversarios: su retórica se organiza en torno a una expansión constante de sí mismo, a la exhibición de fuerza personal y a la centralidad de su propia figura como criterio de realidad. Esa sobredimensión del yo, en perspectiva política, no constituye por sí sola un trastorno, pero sí encaja con uno de los núcleos más característicos del narcisismo.
A ello se suma un historial jurídico y público difícil de explicar solo como «agresividad empresarial» o «estilo disruptivo». En 2024, Trump fue declarado culpable en Nueva York por 34 cargos graves relacionados con falsificación de registros comerciales, aunque esa condena siguió siendo objeto de disputa jurídica posterior.
En el caso civil por fraude financiero, tribunales de Nueva York mantuvieron en pie hallazgos centrales de que infló fraudulentamente el valor de sus activos durante años, aunque una instancia de apelación redujo de manera sustancial la sanción monetaria inicial.
Así, en los litigios promovidos por E. Jean Carroll, un jurado lo halló responsable por abuso sexual y difamación, y posteriormente una corte de apelaciones dejó firme otro veredicto millonario por difamación. Lo importante aquí es la observación de un patrón: engaño, instrumentalización del otro, negación persistente de responsabilidad y ausencia pública de contrición.
Ese conjunto de elementos se aproxima mucho más a rasgos antisociales que a una simple «personalidad fuerte».
El propio lenguaje judicial empleado en algunos de estos casos resulta llamativo. En el proceso civil por fraude, el juez Arthur Engoron describió una «completa ausencia de contrición y remordimiento» y señaló que la incapacidad de reconocer el error bordeaba lo patológico.
Con todo, esta observación judicial es interesante porque coincide con lo que la psicopatología describe como uno de los signos más preocupantes de la organización antisocial: la imposibilidad de asumir responsabilidad moral por el daño causado.
Donde una persona ordinaria podría experimentar límite, culpa, vergüenza o revisión de sí, el sujeto con fuertes rasgos antisociales suele ofrecer externalización, negación o ataque.
Una lógica de exhibición personal y arbitrariedad
Ahora bien, el problema histórico de fondo que enfrentamos hoy en día no consiste solo en que ciertos individuos puedan presentar rasgos narcisistas o antisociales, sino en lo que ocurre cuando esos rasgos están presentes en individuos que tienen un poder altamente concentrado.
La historia ofrece numerosos ejemplos de gobernantes cuya grandiosidad, teatralidad, crueldad, impulsividad o necesidad de reconocimiento público tuvieron efectos devastadores sobre el orden político.
No se trata de «retrodiagnosticar» a personajes antiguos con categorías modernas de manera ingenua. Se trata más bien de usar la historia como ilustración moral y política para reconocer configuraciones recurrentes del poder personalista: desmesura de la percepción de sí mismo, humillación de adversarios, desprecio por límites institucionales, confusión entre el interés del Estado y la autoestima del gobernante, y la transformación del aparato público en extensión del propio narcisismo.
Calígula es uno de los ejemplos más citados, aunque también uno de los más difíciles de interpretar con total certeza.
Las fuentes antiguas que lo describen están marcadas por hostilidad senatorial y por el gusto romano por la exageración moralizante, de modo que la historiografía contemporánea advierte que la imagen del emperador «loco» debe leerse con cautela.
Aun así, incluso las síntesis históricas más prudentes coinciden en algunos elementos: tras acceder al trono, dilapidó el tesoro imperial, ejecutó a rivales y también a antiguos partidarios, cultivó pretensiones de divinidad y promovió una política de autoexaltación escénica. El poder imperial quedó en gran medida capturado por una lógica de exhibición personal y arbitrariedad, una combinación que vuelve frágil cualquier sistema político.
Nerón ofrece otro caso iluminador. La imagen popular lo ha reducido al cliché del emperador que «tocaba la lira mientras Roma ardía», escena que la crítica histórica considera, al menos en esa forma simple, dudosa.
Sin embargo, las fuentes sí coinciden en rasgos estructurales: extravagancia fiscal, fuerte auto-dramatización artística, persecución selectiva, creciente irresponsabilidad de gobierno y tendencia a tratar el imperio como escenario de su propia imagen.
La Encyclopaedia Britannica destaca que las provincias fueron exprimidas para sostener gastos fastuosos y que las revueltas suscitadas por su desgobierno desembocaron en guerras civiles que pusieron en riesgo la continuidad misma del Imperio.
El problema de Nerón no fue solo moral ni temperamental, fue político en el sentido más estricto: cuando el gobernante convierte la realidad en teatro de sí mismo, las instituciones se vacían y los costos recaen sobre millones de personas arbitrariamente.
Commodus, heredero de Marco Aurelio, permite observar otra forma de narcisismo gubernamental. Las fuentes señalan que se imaginó a sí mismo como Hércules reencarnado, rebautizó Roma con su propio nombre y transformó el gobierno en una puesta en escena gladiatoria de su persona.
Entraba en la arena, mataba animales como demostración pública y subordinaba cada vez más el aparato imperial a su autocelebración. Tras un intento de asesinato, su gobierno se volvió más errático y brutal, y su mal gobierno precipitó conflictos que pusieron fin a décadas de estabilidad.
Otra vez, más allá del color pintoresco del personaje, lo esencial es el mecanismo: el narcisismo y brutalidad del gobernante tiende a reconfigurar el espacio público como espejo, y cuando el Estado se vuelve espejo, deja de cumplir su función de límite, orden y bien común.
Más cerca de la modernidad, está el caso Iván IV de Rusia, conocido como Iván el Terrible. La historiografía admite que parte de su legado fue centralizador y que las fuentes son complejas, pero también subraya que la oprichnina, concebida como dispositivo de control y purga, terminó siendo más peligrosa para la estabilidad del país que las amenazas que decía combatir.
La represión sobre Nóvgorod en 1570, con miles de ejecuciones y devastación sistemática, expresa una lógica reconocible: cuando el soberano interpreta toda diferencia como traición y todo límite como ultraje, el aparato del Estado se convierte en instrumento de inquisición y castigo. En términos clínicos, podría hablarse de convergencia entre grandiosidad, agresión retaliativa y deshumanización del otro.
Después, la Alemania nazi llevó este mecanismo a una intensidad brutal. La figura del Führer fue rodeada por un culto cuidadosamente construido: retratos omnipresentes, saludo obligatorio, fórmulas rituales ubicuas como «Heil Hitler» y una identificación creciente entre pueblo, Estado y voluntad personal del líder.
Sin duda, sería absurdo equiparar sin matices a Trump o a cualquier otro líder mundial actual con Hitler, considerando su escalada criminal, proyecto genocida y ambición estructuralmente totalitaria. Sin embargo, resulta relevante distinguir algunos rasgos compartidos propios del poder personalista: el líder como centro afectivo del orden político, la adhesión como prueba de verdad y la crítica como deslealtad esencial intolerable. Esa dinámica, llevada al extremo, fue uno de los caminos del desastre europeo.
Algo semejante puede decirse del estalinismo. Stalin desarrolló un culto de personalidad asentado en su imagen como heredero legítimo e intérprete infalible de Lenin. Esta infalibilidad atribuida reorganizaba la realidad institucional, cerraba el espacio de corrección y convertía la discrepancia en amenaza política que debía eliminarse.
En regímenes de esta naturaleza, el narcisismo del líder se vuelve epistémico: ya no solo quiere ser admirado, sino decidir qué puede ser pensado como verdadero. El resultado es conocido. De nuevo, no se trata de igualar fenómenos heterogéneos, sino de mostrar por qué la psicología y la psicopatología del poder importa tanto.
Luego, estas analogías históricas permiten volver al presente con una idea más clara. El riesgo que representa Trump no deriva simplemente de su estilo grosero, de su gusto por la provocación ni de sus excesos verbales, sino de la convergencia entre ciertos rasgos de personalidad y la arquitectura del poder estadounidense ante el mundo entero.
Estados Unidos posee la mayor capacidad militar proyectada a nivel del planeta, una centralidad monetaria decisiva, alianzas globales, arsenal nuclear y enorme influencia sobre energía, comercio y seguridad.
Cuando un sujeto con tendencia a la grandiosidad, a la retaliación personal, al desprecio por normas y a la coerción instrumental ocupa un lugar de liderazgo a nivel mundial, el peligro deja de ser psicológico en sentido privado y se vuelve estructural.
La personalidad del gobernante comienza a modelar el sistema internacional.
Cuando la necesidad de imponerse o humillar sustituye al cálculo prudencial
Un ejemplo reciente de lo que aquí hemos ido desarrollando lo vemos en un discurso dado el 9 de marzo de 2026 ante la Republican Members Issues Conference, celebrada en Doral, Florida, donde Trump se refirió al ataque contra buques iraníes en un tono marcadamente jocoso y triunfalista.
Allí afirmó que la marina iraní estaba «en el fondo del océano» y que habían sido destruidos «46 barcos»; a continuación relató, casi como una anécdota humorística, que él había preguntado por qué no los habían capturado en vez de hundirlos: «Podríamos haberlos usado. ¿Por qué los hundimos? Me dijeron: es más divertido hundirlos…».
El comentario provocó risas en la sala. Trump presentó la destrucción de esos buques —con la respectiva muerte de cientos de sus tripulantes— bajo un tono humorístico y jactancioso.
Los rasgos de un individuo, en este caso, tienen implicancias y costos globales inmediatos. Reuters reportó que el tráfico por el estrecho de Ormuz —por donde pasa alrededor de una quinta parte del petróleo consumido mundialmente y grandes volúmenes de gas natural licuado— quedó casi paralizado, y que los costos de los superpetroleros y del transporte de GNL se dispararon en todo el mundo.
Analistas y funcionarios advirtieron que una interrupción prolongada podría desestabilizar expectativas de inflación, agravar vulnerabilidades externas de economías emergentes y producir consecuencias severas para la economía mundial.
Cuando la necesidad de imponerse o humillar sustituye al cálculo prudencial y la cordura humana, muchas personas pagan el precio con su vida o millones bajo la forma de combustible más caro, cadenas de suministro alteradas y mayor inseguridad internacional.
La reacción europea ha sido igualmente reveladora. El canciller alemán Friedrich Merz advirtió que no veía un plan conjunto claro para poner fin rápidamente a la guerra con Irán y expresó preocupación por la seguridad, el suministro energético y las consecuencias geopolíticas más amplias.
Este tipo de diagnóstico por parte de aliados estratégicos es importante, porque muestra que el problema no se reduce a la confrontación con enemigos declarados. Un liderazgo narcisista e inmisericorde también erosiona la confianza entre socios, ya que vuelve menos predecible el proceso de colaboración.
Las alianzas estables no dependen solo de recursos materiales; dependen también de la confiabilidad del carácter político que las conduce.
Otro rasgo preocupante es la personalización coercitiva de la diplomacia. Este mismo mes, Trump amenazó a España con un embargo comercial total después de desacuerdos vinculados con la guerra y con la política militar.
Más allá de la factibilidad jurídica de semejante medida, lo significativo es el patrón performativo: un aliado pasa a ser tratado como adversario insubordinado y el comercio deja de funcionar como marco de cooperación regulada para convertirse en instrumento de castigo personal. En términos clínicos, esto recuerda la lógica del narcisismo herido, que responde al desacuerdo con represalia agresiva y humillación.
En este contexto, hablar de riesgo para la estabilidad y la seguridad mundial de la presencia de rasgos psicopatológicos en el liderazgo político no es alarmismo retórico.
Los rasgos narcisistas favorecen la grandiosidad, la hipersensibilidad a la humillación, la necesidad de dominación simbólica y la baja empatía; los rasgos antisociales añaden engaño instrumental, desprecio por normas, explotación, ausencia de remordimiento y respeto por la vida humana.
Cuando ambos conjuntos convergen en un líder con poder militar, económico y comunicacional sin paralelo, aumentan la probabilidad de escalada innecesaria, represalias desproporcionadas, erosión institucional, debilitamiento de alianzas y toma de decisiones bajo lógicas de prestigio personal más que de prudencia pública y cuidado del bien colectivo.
Históricamente, esa convergencia ha sido una de las rutas más constantes hacia el desastre social y político. Hay, además, una contradicción ética particularmente visible si se toma en serio la propia autoidentificación pública de Trump como «cristiano».
En 2024 dijo explícitamente ante un auditorio de creyentes: «I’ m a Christian», y durante su actual ciclo político ha reforzado de modo reiterado su cercanía simbólica con el cristianismo público en Estados Unidos.
Sin embargo, el patrón de grandiosidad, humillación del adversario, agresividad verbal, desprecio por la verdad factual y escasa disposición a reconocer culpa o daño entra en profunda tensión con algunos de los ejes más elementales de la enseñanza de Jesús.
En los evangelios, Cristo se presenta a sí mismo como «manso y humilde de corazón» (Mt 11:29); manda a sus discípulos amarse unos a otros «como yo los he amado» (Jn 13:34); y exige una veracidad radical al afirmar en Mateo 5:37 que el «sí» sea «sí» y el «no» sea «no».
Desde esta perspectiva, el problema no es si Trump logra movilizar símbolos religiosos o atraer apoyo evangélico/protestante, sino que sus conductas públicas parecen oponerse precisamente a las virtudes que el cristianismo considera centrales: humildad en lugar de autoexaltación, amor al prójimo en lugar de instrumentalización del otro y honestidad en lugar de manipulación o falsedad.
Sin mencionar siquiera las acusaciones de abuso sexual en su contra.
Una forma de autoafirmación desordenada y desbordada
Por otro lado, desde la perspectiva del gran pensador alemán Paul Tillich (1886 – 1965), muchas de las conductas públicas de Trump también pueden interpretarse como expresiones del mal ético fundamental, es decir, una forma de fractura interior y relacional.
Dicho de otra manera: una existencia que pierde su orientación hacia aquello que la trasciende ―lo último, sagrado o fundamental―, se tiende a replegar sobre sí misma (hybris), en una autoexaltación desbordante, que busca, finalmente llenar su vacío mediante dominio, reconocimiento y posesión.
Tillich entendía el mal moral, en sentido profundo, no solo como una falta ética puntual, sino como un estado de separación: separación respecto del fundamento último de la existencia, de los otros, del mundo y de uno mismo.
Leído desde esta clave hermenéutica, el comportamiento de Trump sugiere una personalidad que convierte el sí mismo en centro y medida de todas las cosas, que necesita afirmarse continuamente por encima de los demás y que parece incapaz de encontrar límite y atenerse a la reciprocidad, el bien común o la responsabilidad social.
No se trataría solo de una ambición política intensa, sino de una forma de autoafirmación desordenada y desbordada que termina vaciando al sujeto mientras intenta expandirlo sin fronteras.
En ese sentido, su búsqueda incesante de admiración, su dificultad para reconocer la culpa, su tendencia a humillar al adversario y su impulso a instrumentalizar personas e instituciones pueden leerse como manifestaciones de una existencia centrada en sí misma y, por ello, cada vez más desconectada de la verdad compartida, de la comunidad humana y de toda medida superior de bien.
Con todo, esa lectura tillichiana permite comprender que el problema no es únicamente político o psicológico: es también muy íntimo, espiritual, en el sentido más amplio del término, porque muestra a una persona y a un estilo de ejercicio del poder atrapados en una dinámica de autoengrandecimiento que, cuanto más se impone, más evidencia su propia indigencia radical.
Hasta aquí, la conclusión más responsable de este breve ensayo sigue siendo doble. Por una parte, no corresponde emitir un diagnóstico psiquiátrico formal sobre Donald Trump sin evaluación clínica directa, tal como recuerda la Goldwater Rule de la Asociación Psiquiátrica Americana.
Por otra, sí es intelectualmente legítimo y políticamente necesario examinar, a partir de su conducta pública y de los hechos verificables, la presencia de rasgos persistentes de grandiosidad, necesidad de admiración, baja empatía, agresión retaliativa, engaño instrumental y escasa consciencia de daño o contrición.
Cuando esos rasgos convergen en la figura del presidente de Estados Unidos, dejan de ser un asunto privado y pasan a ser un factor de riesgo sistémico.
La historia antigua y moderna muestra que el poder concentrado, cuando queda sometido a un sujeto incapaz de aceptar límites, tiende a degradar las instituciones, a convertir la política en teatro de autoafirmación y a exponer a pueblos enteros a decisiones tomadas desde la herida narcisista, el cálculo vengativo o la pura voluntad de dominio, que puede llegar a ser brutal.
Si a ello se suma una apelación pública al cristianismo que contradice las exigencias evangélicas básicas de humildad, amor y veracidad, entonces el problema deja de ser solo clínico o geopolítico: se vuelve también ético.
El punto decisivo, en consecuencia, no consiste en demonizar a un individuo ni en psicopatologizarlo, sino en reconocer con sobriedad que ciertos rasgos de personalidad, cuando se unen a un poder de alcance global sin suficiente contención ética e institucional, pueden convertirse en una amenaza real para la estabilidad internacional y para la dignidad misma de la vida humana.
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Luis Cruz-Villalobos es un escritor, editor, poeta y psicoterapeuta chileno.
Especialista y posgraduado en psicología clínica de la Universidad de Chile, y doctor en filosofía por la Vrije Universiteit Amsterdam (Países Bajos).
Creador de una amplia obra literaria, con más de 50 libros de poesía publicados, además de varios ensayos sobre afrontamiento postraumático, hermenéutica aplicada y estética, el director titular del Diario Cine y Literatura también fue académico de posgrado en la Universidad de Chile (en el programa de magíster en psicología clínica) y de pregrado en la Universidad de Talca (en la Facultad de Psicología).
El profesor Cruz-Villalobos también es el autor de la reciente versión hispanoamericana del protocolo SPIRIT para terapia espiritualmente integrada, y cuyo texto original es usado en el McLean Hospital de la ciudad de Belmont, en Massachusetts, Estados Unidos, y el cual es un establecimiento de tratamiento psiquiátrico asociado a la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard.

Luis Cruz-Villalobos
Imagen destacada: Donald Trump.
